“…Cuando la batalla se concretaba, la oscuridad se ampliaba sobre el territorio…”

La Resolución de la Viuda

 

El amanecer llegó tras una larga noche y los pompones de nieve comenzaron a descender.
Semnurd aguardaba con la mirada agotada desde la ventana. Mientras su hermana conciliaba, finalmente, el sueño. A pesar de haber llorado durante toda la oscuridad.
Por otra parte Zarek observaba al frente y sus ojos siquiera pestañeaban. La nieve había formado una blanca capa sobre su piel y hasta el paño de seda se hallaba entre la superficie.
De lenta respiración, el hombre no perdía de vista al horizonte. Los nudos de cuero parecían congelados.

Con el Sol naciente, Semnurd salió de la cabaña y no concebía fuerzas para desperezarse siquiera. Exploró los alrededores y tras aceptar que no habían enemigos, regresó donde se encontraba el prisionero.
Una lágrima se soltó de sus ojos al ver el cadáver de Othar bajo nieve y, con tal de tranquilizar a su hermana, resolvió enterrarlo él mismo.

Al término de aquella labor, regresó con su arco y flecha a mano. Sin mas rodeos apuntó un proyectil a Zarek.

– ¿Qué me detiene a hacerlo ahora? –

El Nórdico no respondió y la brisa fría empujaba su cabello rojizo.

Sin más, Semnurd se volteó y cayendo de rodillas gritó hacia el bosque.

– ¡OTHAAAR!! –

A puños cerrados golpeó el suelo helado.

– ¿Q.. Qué debo hacer, amigo mio? –
– Suéltame. Yo me encargare de ese hombre –

Tras oír las palabras de Zarek, el muchacho se puso de pie y girándose con furia replicó:

– ¿Tú? ¡Todo esto sucedió debido a ti! –
– Dispara –

Murmuró el hombre.

– ¡¡Por tu, entera, maldita culpa!! –
– Dispara… –
– ¡Cállate bestia! –

La puerta de la cabaña se entornó haciendo un agudo sonido. Semnurd oyó el ruido y ladeó su rostro de repente.

– ¿Qué es lo que haces hermano? –
– Debemos castigar a este hombre –
– No… Sin él, no podremos vengar a Othar –
– ¿Vengar? ¡Bera! Él nos quería muertos. ¡Eramos sus presas! –
– L… Lo se –

Asintió ella y su mirada se perdió hacia donde se hallaba su pareja, la noche pasada.

– ¿Lo sabes? Entonces debemos… –
– No –

Los rubios hermanos se miraron repentinamente. Él agotado y ella frágil.

– Déjenme libre y ese hombre tendrá porque regresar aquí. Le mataré por Othar –

– ¿Tú? Si no eres más que, ¡su cómplice! –
– Déjale ir, Sem –
– Othar murió por tu seguridad. Jamás le liberare –

De pronto Bera, quién parecía negar la realidad, recordó los acontecimientos y el llanto manó por sí solo, como si estrujaran su endeble corazón.

– L.. Lo lamento hermana –

Su hermano soltó el arco y corrió a abrazarla. Ella sollozó sin mesura, hasta que abrió los ojos y miró hacia el horizonte.

Los árboles, la nieve cayendo sin cesar. Y a su lado, tras mirar sobre el hombro de Semnurd, advirtió fríamente al Nórdico. Determinante soltó al muchacho y se encaminó hacia la prisión, tomó una de las hachas en fundas.
Semnurd se motivaba, puesto que su hermana lo había entendido. El Nórdico observó con recelo la valentía de la dama, había tomado una de las hachas de su antiguo Líder.
Repentinamente ella caminó hacia el tronco y la sonrisa de Sem se desvaneció.

– ¡Hermana no! –

Bera liberó al Nórdico de sus ataduras. Tras un certero corte consiguió arrancar los nudos congelados y retrocedió.

– ¡GROAGHHH! –

Zarek alzó sus brazos libre y rugió. Toda la ira acumulada se desprendía de un segundo al otro.

Rápidamente el muchacho corrió para tomar su arco, pero el Nórdico derribó la prisión y pateó aquella arma a un lado.

– ¡Maldita bestia! –

Gimió Sem y desenvainó un puñal, el que yacía junto a una de sus botas. Al instante, no lo dudo, atacó al hombre de mayor estatura que él.

Pero el guerrero del Norte le esquivó y tomándole por la garganta le alzó hacia el cielo.
Bera le observó atemorizada y, cerrando sus ojos, Zarek soltó al muchacho, quién se se revolcó dando tumbos. Tiempo mas tarde, se hallaba tosiendo sobre la nieve.

El Nórdico tomó sus hachas y se marchó murmurando:

– Gracias Bera –

Ni siquiera cubrió su tórax desnudo, ni tomó sus hombreras de adamantio, mucho menos optó por llevar la capa de seda con las gemas de zafiro. Solo se retiró y jamás desvió la mirada.

– ¡Q.. Qué haz hecho hermana! –

Gritó Semnurd al instante. Pero ella no respondió y se puso a encender la fogata, como hubiera hecho Othar, su pareja.

El joven no quitó al Nórdico de su vista. Le vio desaparecer hacia la distancia y furioso se levantó para tomar su arco. Tras envainar el puñal murmuró:

– Iré de caza –

Bera se percató de sus intenciones e intentó detenerle, pero no hubo remedio.

– Espera hermano. ¡No lo hagas! –
– Quizás tu hayas condenado a Othar a su suerte, pero es hora que yo me encargue de esto –
– ¡No podrás! Quédate conmigo, te lo imploro –
– Nunca podría sobrevivir, sabiendo que mi amigo ha muerto en vano –

Sin mas rodeos, el centinela marchó al frente y la dama sollozó sin consuelo. Lo había perdido todo.
La capa de zafiros se encontraba a pocos pasos de ella, sin consuelo se desmoronó y las lágrimas persistieron.

Al llegar al bosque, Zarek presenció la naturaleza. Buscaba la figura del hombre que recordó haber visto en la prisión.
Los árboles aún formaban una línea de devastación, tras el ataque ondulatorio de su hacha. No sabía hacia donde iniciar la exploración y resolvió que la naturaleza le guiaría, a donde fuera.

A su espalda, aún algo lejos se aproximaba Sem, quien cargaba su arco y el recuerdo inagotable de su difunto amigo. La pérdida de Othar le inducia una inmensurable ira.

Al atravesar los innumerables senderos de raíces arraigadas y bancos de nieve, el Nórdico se percató de una extraordinaria y anormal huella. La misma superaba al bosque, se encontraba en dirección hacia una colina. Al alzar la vista hacia aquél lugar, notó una secuencia de rastros que se encaminaban al horizonte.
Sorprendido, Zarek, se acercó a una de estas y tras inclinarse palpó la profundidad con su tacto. La formación asimilaba a una extremidad con dedos bien separados.

A espaldas del espacio, en la cabaña, Bera astillaba la leña y contemplaba con tristeza el lugar donde su hermano habría enterrado a Othar. Su llanto ya no encontraba aliento y aunque quería seguir haciéndolo, simplemente ya no podía.
Sobre ella, y ante su ceguera, en el tejado de la vivienda, se encontraba el forajido. Aquél que tras posar su mano en su largo sombrero le observaba fijamente.

¡CRICK! ¡CRICK!

Resonaron sus revólveres.

Bera no reconocía de donde proviniera el sonido y, ante la helada latente, optó por ingresar al hogar, llevando la capa consigo.

Un rugido se abrió paso ante el silencio auditivo.
Zarek irguió su postura y dirigió la mirada al frente.

– ¿Qué eres tu? –

Murmuró manoteando una de las hachas, tras su espalda. Para su sorpresa una extensa sombra oscurecía el resplandor solar. Ocultando, incluso, su presencia.
Al ver hacia el frente, el Nórdico rechinó los dientes y sus dedos abrazaron con fuerza la mandoble de su filo.

¿Que se avecina ante la mirada de Zarek? ¿Estará Bera a salvo ante el desenlace de los acontecimientos?