Capítulo 7 – La Contienda entre Andy BlackHawk y Jarriet Dean

por | Sep 11, 2019 | Quinta Crónica: El Mercenario de las Tierras Perdidas de Runfenir (After)

“…Una vieja amistad con diferencias…”

La Contienda entre Andy BlackHawk y Jarriet Dean

Recostado, de espaldas a la hierba, yacía Andy BlackHawk contemplando como el cielo estrellado se desvanecía. La llegada de un nuevo amanecer se avecinaba.

Con una mano sostenía un trozo de carne cocida, mientras en la otra… transportaba aquél gunblade que inmortalizaba tantas historias.

Aquella arma de fuego, cuyas municiones de plomo le salvaran de pequeñajo en el asalto a su hogar. Aquel revólver que Érabo, su mentor, le ofreciera para aprender a disparar.

La misma que hubiera perdido durante treinta años…

A menudo se cuestionaba si el propietario del añejado armamento estaría con vida. Si, incluso, en alguna otra parte de Daghol se hallara sosteniendo el otro gunblade.

– Lo sé… Lo sé… Se cuestionaría lo mismo… –

En cuanto el amanecer se abría paso, se erguía para observar los alrededores. La débil pira asimilaba haber perecido durante la noche y su vasija de hierro pudo haberse caído. Apenas le suministraba unas míseras gotas de agua.

Tras alzar el envase, se proponía beber y estirarse en el lecho desértico en el que se encontraba.

– Helen –

Musitó con afonía… Y se volteó, buscándola en el horizonte. Tardíamente recordó que ella se había marchado y, como si creyera haber sido advertido, se acomodó el sombrero.

Las calurosas horas del día comenzaban a gestarse. Se dispuso a chistar buscando hallar a su corcel ante las ráfagas diurnas. Con ello logró recordar que había proporcionado un poco de agua sobre una cubeta para calmar la sed del cuadrúpedo. Sin embargo, también el contenido del recipiente se había derramado.

Alguna probable ventisca habría dispersado todo a su paso, mientras descansaba.

Luego el animal relinchó y el mercenario le sobó la mano sobre el cuello, a medida que resguardaba el pistolón. Más tarde se incorporó encima del estribo e inició la marcha hacia el Rigor Lejano. Aunque no estuviera demasiado lejos, rememoró con nostalgia la colina a metros de la Aldea.

Acaso se permitía creer que con pasar la noche allí, lograría que Érabo regresara a él.

Con pocos minutos para arrimarse a las murallas, logró advertir una caravana de doce vaqueros que arrastraba a un prisionero sobre la leve maleza.

En distancia de disparo, un Sheriff avanzó delante de Jarriet Dean para apuntar su rifle de caza.

– Aguarda –

Clamó el oficial de oscura vestimenta y portador de la estrella de oro.

– Por la pinta, no quepa duda que es un demonio. O un comadrón, quizá –
– Le conozco… –

Respondió el jinete que lideraba la campaña, y el resto de hombres le observaron sorprendidos.

– Ya comenzaba a preguntarme que era de ti –

Gritó Jarriet, avanzando con su yegua hacia donde se hallaba el otro. En desconfianza esperaban los once seguidores.

– Lo sé… Lo sé… Ahora, incluso, cuenta con una tropa de hombres –
– No es que les necesite. Pero tú sabes, ahora soy importante –

Sus manos se fundían ante un cordial saludo. Los once bajaban la guardia.

– Ese… Ese es…-

Tartamudeaba, Kirk, el cautivo. Y la escuadra de hombres se volteaba con confusión.

– E.. El Fantasma de Runfenir –

Proseguía el muchacho, al tiempo que un vaquero respondía:

– Bah… ¿Aún existen esas fábulas? –

Tal comentario fue idóneo para las risas.

Asimismo, el líder de las tropas proseguía el diálogo junto al sediento forajido.

– ¿Te diriges hacia la Aldea? –

Andy, por su parte, asentía y, tras una seña de Jarriet, prosiguieron la marcha.

– ¿Vienes de alguna misión? –

El mercenario sonrió, sin necesidad de afirmar. Antes de embarcarse por el último extremo del sendero hacia el Rigor Lejano, Jarriet detuvo su corcel e indagó:

– ¿Qué hay de Helen? –

De pronto Andy detuvo, también, la marcha. No obstante optó por no regresar la mirada.

– ¿Dónde está ella? –

Preguntó, alterado el General Jarriet Dean.

Apenas la brisa resoplaba entre las monturas y el silencio se tornaba tedioso.

El forajido acomodaba su sombrero y los once oficiales comenzaban a acortar distancias.

– Ella… –
– ¡¿En dónde está?! –

Ambos jinetes se observaron con desdén y no habían mayores palabras que declarar. Sin embargo, Jarriet contaba con pocas pulgas en ese día y, el otro, retomó la mirada hacia el frente.

– ¡Respóndeme necio! –

Vociferó y, faltando más la escuadrilla asistió a galope para enfrentar la situación.

Andy BlackHawk mantenía la vista al frente. Mientras contemplaba los pocos metros de llegada al pueblo, discernía la llegada de los corceles para enumerarlos sin retroceder la vista.

– ¡No puedo creer que no sepas cuidar de ella! Dime ¿En dónde se encuentra? –

Ante el descontrol de la plática, los oficiales procedían a apuntar sus rifles, pero Andy se irguió sobre el estribo y saltó a la montura de su compañero.

Los rifles apuntaban a su sonriente rostro y Jarriet Dean solicitaba la calma, a medida alzaba las manos.

La cuchilla del gunblade aguardaba junto al cuello del General.

– Esperen… Esperen… –

Exclamaba, con la mirada fija en el débil caballo de su camarada. Tras el impulso, el animal se desparramaba en la arena emitiendo diversos relinchos.

– Lo sé… Lo sé… Tu rostro no posee ese cuero para protegerte del plomo –
– ¡Tranquilo! Tranquilo BlackHawk… –

Andy reía, puesto que si quiera el revólver tenía proyectiles y sabía que al mínimo intento las descargas agujerearían su cráneo. Los rifles estaban tan cerca de su nuca y pómulos que los disparos le provocarían una explosión de sesos.

Kirk, atormentado, tironeaba de las sogas y uno de los oficiales tambaleaba ante el forcejeo entre su caballo y el muchacho.

– ¡Vamos Andy! Somos amigos, ¿verdad? –

Sin tanto revuelo, el nuevo Fantasma de Runfenir, accedió a cambio de beber un sorbo de agua de la vasija del General. Tras el asentimiento de su víctima, el pistolero apuntó el arma de fuego al suelo y manoteó el envase.

Así, liberado, Jarriet descansó las manos haciendo seña de bajar la guardia y el forajido descendió de la yegua ajena. A medida bebía un sorbo largo, se aproximó a su caballo y le humedeció las mandíbulas.

– ¡Lo ves, patán! El Fantasma bebe agua y la misma no se diluye sobre el terreno. –

Exclamó un Sheriff al preso y todos rieron a carcajadas.

Kirk estaba tan asustado que siquiera reincorporaba la vista ante tales sucesos.

– Al menos dime qué ha sido de ella… –

Murmuró Jarriet, de mala gana, observando como el mercenario vaciaba el envase en el cuadrúpedo y se lo regresaba.

– Ha ido a su hogar –

Respondió él.

– ¿A Colmena de Drill? ¡Es una dama! ¿Cómo no la has acompañado? ¡Maldición! –

Luego de entregar el envase, el otro posó los dedos en su sombrero en señal de agradecimiento. Luego acarició al animal para compensar el desgaste sufrido. Y, siquiera, optó por responder.

Más tanto uno de los oficiales replicó:

– Una dama en esa tierra de sabandijas. ¡Pobre de ella! –

Kirk, extrañamente sonreía. Como si imaginara el costo de tal pérdida y luego clamó:

– Si Wes la tomó, ya habrá dejado de ser una dama –

Jarriet Dean rechinaba los dientes por el comentario. Estaba deseoso de acabar con la vida del impostor. No obstante, requería su presencia para probar la conquista del Cruce Austero y descubrir los planes de los Demonios de Drill.

– Lo sé… Lo sé… Ellos no lo imaginan –

Murmuró Andy, hablando al aire, a medida que asistía a su corcel y preparaba los estribos.

– ¡¿Saber qué?! –

Exclamó uno de los oficiales, sosteniendo el rifle con firmeza para no dejarse llevar por los impulsos.

Y, tras voltear la mirada, el nuevo Fantasma de Runfenir observó la furia en los hombres.

– Ella no es una dama usual… Ella es… Helen DeathTrick –

Tan pronto oían el nombre completo, hasta el cautivo se arrepentía de sus palabras.

Los once prensaba las manos en sus armas de fuego y Jarriet Dean despertó del recuerdo que había abandonado. Cuando de niño acompañaba a aquella hija del Demonio de Drill y con la llegada de un Jinete oscuro acabó secuestrada.

– Ella podrá cuidarse mejor sin mí. Son ellos quienes deberían cuidarse de ella… –

Añadió, Andy, más tarde y la escuadra retomó la marcha hacia el Este.

Tras un suspiro, su compañero musitó:

– Entonces somos nosotros quienes deben cuidarse. Si Helen regresó a su hogar, no demorarán en ostentar un nuevo cabecilla DeathTrick en Colmena de Drill –

Y ante el leve galope de los corceles, el mercenario permaneció pensativo ante el último comentario.

– Más que cuidarla, debías vigilarla –

Exclamó a viva voz uno de los once.

Al pasar los minutos llegaron al Rigor Lejano y los aldeanos festejaban ante la proeza de Jarriet Dean. Innumerables aldeanos contemplaban la llegada de los doce oficiales, el Fantasma de Runfenir y un prisionero que se deleitaba observando los alrededores.

Damas del Saloon rechazaban su presencia y los más jóvenes se recluían detrás de las espaldas de los mayores. Ante el resplandor solar, Kirk, lograba divisar un extraordinario muro de hierro hacia la costa del mar.

A medida aplaudían, los individuos se abrían paso para permitir el paso a las tropas venideras.

– ¡Cruce Austero es nuestro! –

Exclamó uno de los jinetes y, tras desplegar su sombrero lo posó en su tórax. El resto de los espectadores respondía con la misma iniciativa y aullaban gritos de gloria.

– Lo sé… Lo sé… La fama apenas comienza –

Murmuró el otro, quién sobaba el cuero de su corcel con cariño.

– Tú tienes la tuya también, Andy –

Y, ciertamente, algunos alguaciles se paseaban con el papiro de buscado del antiguo Fantasma de Runfenir.

– Es él… –

Clamó uno de ellos y un encapuchado que ocultaba la tez rosada, custodiado por diversos guardianes de mayor estatura. respondió:

– No, no lo es –

Los alguaciles retrocedían ante su llegada.

– Son… Viriathros… –

Tan pronto la caravana avanzaba ante el más distinguido de la raza exterior, las miradas se cernían indecisas ante los sucesos y la aparición del líder extranjero.

– Ese Fantasma de Runfenir no posee una reliquia –

Murmuró con libertad. Los oficiales compararon la ilustración de Érabo que contaba con una capa cubierta de zafiros y, efectivamente, Andy no llevaba nada.

– Rav’Thos está aquí. Abran paso… –

La gran mayoría de los aldeanos se arrodillaba ante su presencia, como si fuera la eminencia que les salvara a todos en Rigor Lejano.