“…¿Podría haber sido todo producto de una cruel pesadilla? ¿Qué era verdad?…”

El Último Recurso.

La muerte del Gran Sabio y la desaparición de Velnor habían desatado la ira en Nozepul. Años de entrenamiento y meditación se consumían en cuestión de segundos. Los dos adeptos mayores, rivalizaban ante la expectativa de los guardianes de Triviltor.
El escenario de la batalla era sublime y ambos hacían uso de sus técnicas. Mientras el mago había petrificado las llamas en un mural congelado que les rodeaba, el rival parecía aguardar por un conjuro superior.

Las cenizas revoloteaban en torno a sus puños. Nozepul incineraba el propio aire que soplaba desde sus labios.

– Durante años fuiste excluido por el Gran Maestro. La advertencia había sido clara. Vivirías, pero nunca y jamás osarías regresar a este sitio –
– Por hacer lo que tú estás haciendo ahora mismo –

Replicó el encapuchado entre risas.

– ¡No blasfemes! –
– Siente el odio apoderarse de ti, Nozepul. Siéntete libre, tu maestro te ha negado la propia esencia desde que te descubriste en el ritual de iniciación –
– ¡Silencio! –
– Y una vez el yelmo este en mis manos, verás como el Gran Sabio se equivocaba –
– No funcionará. El yelmo ya ha elegido su poseedor –
– ¿Y me llamas necio? ¿A caso has olvidado mi título en el ritual? –

Nozepul rechina los dientes ante la maliciosa sonrisa de su oponente y por fuera del bastión helado, los aspirantes se observaban confundidos. No solo desconocían al supuesto adepto excluido, sino que ignoraban su capacidad mística.

– ¿Quién es él? –

Exclamó uno, temeroso.

– Sea quien sea, no logrará abatir a Nozepul. Es el místico más poderoso de Triviltor. –

Contestó otro, a su lado.

Aunque todos confiaran plenamente en su maestría, solo se constataba su espalda a través de la muralla fría. Pero el mago no se encontraba tan confiado, y el sonriente oponente lo tenía más que claro.

– ¿A caso has recordado y por ello ahora me temes? –
– ¡No pretendo liberarte! –

De pronto las cenizas se esfumaban y, alzando sus manos, el elementalista despidió un torrente de agua sobre él, fusionando las paredes y conformando un extenso bloque de hielo por encima de sus cabezas. Oscureciendo toda iluminación posible, la fortificación formaba un delgado tejado.

Tan pronto como finalizaba, el oponente aplaudía. Pero su sonrisa no se desvanecía por nada en el mundo.

– ¿Qué más tienes para alardear, Nozepul? –
– ¡Te obligaré a tragar dichos comentarios! –

Ambos permanecían en el oscuro espacio, encerrados por paredones.

Entre las tinieblas, la sonrisa maliciosa del asesino perduraba. Y, tan pronto como Nozepul movilizó sus manos a los lados, el aire comenzó a bajar la temperatura de forma gradual.
Suspirando, el místico, cerró sus ojos, mientras que su oponente ladeaba el rostro y sorprendido alertaba como todo a su alrededor se escarchaba. Sus propias manos y mejillas comenzaban a ser convertidas en diminutas láminas de cristal. La sonrisa del hombre, poco a poco, se desvanecía. Buscando detenerle como última alternativa, avanza contra el místico. Pero tardíamente comprende, sus pasos comenzaban a ralentizarse.

Finalmente, y ante el último frio suspiro de Nozepul, ambos quedaron estáticos, como si se trataran de estatuas macizas. El aliento del místico se transformaba, repentinamente, en un espiral congelado.

Ante la tétrica transparencia, a través de los muros, los guardias comenzaron a golpear las barreras con sus puños. Más luego desenfundando hachas y jabalinas buscaban resquebrajar los recios lienzos.

– ¡Nozepul! –
– Debemos salvarle –
– ¡Se ha sacrificado en una prisión congelada junto al culpable! –

Sin descanso, luchaban por rescatar al poderoso místico. Pero no había manera de abrirse paso, y tan pronto se iban dando por vencidos el más joven alertó movimientos en el interior del cuadro helado.

Uno de los ojos del encapuchado se abrió repentinamente y les observaba fijamente, mientras rastros de sangre se arrastraban y se petrificaban por doquier.

– ¿Han visto eso? –
– No tiene sentido, perderá su propio ojo de intentar moverse con esa temperatura –

De rodillas, los guardias lamentaban el sacrificio de Nozepul pero, por sobre todo, le admiraban. Había logrado vengar al Gran Sabio.
A poco comenzaron a cuestionarse sobre el liderazgo de Triviltor en ausencia de los místicos y el muchacho, que aún seguía confundido por el iris del encapuchado, decidió caminar en torno a la muralla de hielo. Pensaba que la siniestra y oscura membrana le seguiría el trayecto, pero para su sorpresa descubrió algo peor.

– M… Maldición –

La disputa entre los guardias se vio interrumpida al notar al transeúnte agitar una afilada y corta hacha de mano contra el cristal. Cada golpe rasgaba débilmente el hielo y producía un sonido agudo. El mismo podía despertar de un sueño eterno a cualquier osada criatura.

– ¿Qué crees que haces muchacho? –
– Er…. –

Siquiera podía contestar ante el espectáculo perpetuado, que comenzó a presionar con mayor ímpetu su filo, al tiempo que manoteaba un puñal.

– ¡Paún! –
– ¡Muchacho, detente! No podrás destruir esa solidez –

Sin siquiera contestar, el joven de desprolijo cabello color café, posó el puñal contra la fortaleza y, girando el hacha, golpeó mango con mango a modo de pica.
Si bien se trataba de un acto peligroso, había surtido efecto. La pared comenzaba a desgarrarse con mayor prisa. Pero ante la perspectiva del resto de los hombres, el joven solo perdía su tiempo.

– Como falles, ¡te arrancarás los dedos! –

Exclamó uno, y todos echaron a reír.

Paún lograba humillarlos, de pronto el cristal se hacía trizas. Todos se pusieron de pie, sin más rodeos, y optaron por compartir tal gran idea.
El muchacho no tardó en alertar como las manos de Nozepul parecían irradiar calor, lo que provocaba debilidad a los muros.
Sus labios, de repente, se movilizaron y sus ojos yacían abiertos. Era como si hubiera reencarnado de la mismísima muerte.

El muchacho no podía oírle, más bien le leía los labios.

– Corre, Paún, ve por el druida –

Al instante el muchacho soltó sus herramientas y retrocedió.

– ¿Acaso has perdido la fuerza, Paún? –
– Ya casi lo tenemos. ¡Animo! –
– ¡Preparen una jabalina! No permitiremos, siquiera, respirar a ese desgraciado asesino –

Todos asentían al unísono, al tiempo que un cazador trepaba un árbol y apuntaba su lanza de filo óseo.

El muchacho retrocedió con más prisa y notó que Nozepul caía de rodillas.

– Co… Corre Paún –

Exclamaba Nozepul, y aunque nadie lo oyera parecía haberse conectado con el inconsciente del joven cazador.

Paún se retiraba de todo aquello, sin conocer el destino hacia dónde sus pasos les dirigían. El camino no era más que el vago recuerdo de Nozepul, quien tiempo atrás buscaba proteger a sus guardias en el interior de la selva.

– Vean eso –

Gritó uno de los guardias, que despedazaba el hielo.

Ante la mirada del resto, se producía una envolvente de fuego que consumía y derretía las paredes hasta convertirlas en líquido. Las murallas pasaban a ser llamaradas. Los hombres procedían a mantener la guardia, cuando y delante de sus ojos, contemplaron al encapuchado girar su cuello de un lado a otro.

Delante de las llamas, Nozepul se erguía. Tras voltearse hacia sus seguidores murmuró:

– Huyan, los que valoren sus vidas –

Todos permanecían sin aliento, el rostro del adepto se asemejaba al plástico derretido. Sus rasgos le adjudicaban tristeza.

– ¡Maestro Nozepul! –
– ¿Qué hay de Velnor? –

Replicaron ellos, mientras el cazador buscaba el momento justo para derribar al enemigo.

– Vel… Nor… –

Murmuró Nozepul por lo bajo.

– Yo soy Velnor –

Respondió el encapuchado con una sonrisa siniestra, mientras el mago descendía la mirada. A su espalda, el enemigo avanzaba hasta posar la mano en el hombro del desfigurado Nozepul.

– Me vendrás muy bien con vida, Nozepul –

Con el último aliento, el devastado místico alzó el rostro y gritó:

– ¡Ejecútenme! –

Los guardias observaron atónitos, al tiempo que cazador sobre el árbol se preparaba para arrojar su jabalina contra Nozepul.

– ¡AGHHH!!! –

De pronto, los ojos del místico comenzaron a resplandecer de forma fulminante, como si se tratasen de las ráfagas solares.

– ¡Retirada! –

Gritó uno, ante la conmoción.

– Jamás –

Replicó otro, instando a varios a permanecer.

– Debemos cumplir la última orden de Nozepul –

De rodillas, el místico unificó sus manos mientras sus brillantes iris contemplaban la tierra bajo sus rodillas.

El cazador estaba a punto de extinguir la vida del mago con el arma arrojadiza, cuando algo sobrenatural le obligó a desviar la mirada. Traspasando el muro de fuego, y sin heridas aparentes, el encapuchado le observaba fijamente.

– ¿Co… Cómo ha logrado divisarme? –

Sin lograr su cometido, el cazador alertó las manos de Nozepul, plegadas una con otra. Las barreras de fuego se abrían paso, incinerando todo.
Aunque buscaran escapar del conjuro, el encapuchado había mantenido estáticas a todas las víctimas. Yacían obligadas a recibir el golpe de calor hasta el fin de sus vidas.

– ¿Q… Qué diablos sucede? E… Es la técnica de Velnor… –

Las llamas devastaban con la naturaleza, y a poco consumían el árbol que sostenía al cazador. Este, por su parte, no conseguía liberarse del conjuro psíquico. Ya sin más, opta por arrojar la jabalina hacia Nozepul.

Repentinamente, la misma se convierte en cenizas ante la llamarada que se desprendía de las manos del místico.
Sin darse por vencido, el cazador, manotea el hacha de hierro tras su espalda y cuando buscaba arrojarla, avizoró el rostro del encapuchado relucir.

– Gnn… Vel… Velnor… Eres tú –

El hombre asentía sonriente, a medida que las llamas se alzaban hacia el cielo.

– Mi última voluntad… –

Gritó el cazador arrojando el hacha al frente, y la mirada del encapuchado se tornaba terrorífica.

– ¡NO! –

El cazador reía, mientras el fuego le devoraba. Y antes de morir, alertó una gigantesca y anormal sombra que llegaba desde el cielo.

Sin lograr su cometido, el hacha asesta en el lomo de la enorme pantera que llegaba al lugar, y de un bocado, con sus fauces, engulló al último recurso de Nozepul.

Tras el potente rugido del felino, el encapuchado se acercó al mago. Posó sus manos en el hombro de éste, y en la peluda extremidad del animal. Luego murmuró:

– Juntos seremos invencibles –

¿Será este el fin de Triviltor? ¿Será el encapuchado, después de todo, el propio Velnor?