Capítulo 7 – El Impacto de los Invasores.

por | Feb 22, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…El silencio se había esfumado y los inminentes gritos se avecinaban. La Guardia Imperial estaba dispuesta…”

El Impacto de los Invasores

Durante las noches la probabilidad de un ataque al Imperio acrecentaba. Por tal razón, era imprescindible que los muros estuviesen en condiciones, debido a que cualquier ruidoso impacto despertaría a las legiones de espadachines para tomar cartas sobre el asunto.
El plan de descansar ya no era una opción, puesto que la rebelión del atardecer habría ocasionado destrozos en el paredón más importante.
Los hombres debían aguardar allí ante cualquier amenaza. Además, suponían que los fugitivos acabarían regresando al constatar hacia dónde se dirigieran.
Entre tanto, los monjes que transportaban el piletón con arcilla, asistían a las nodrizas. Era menester que el guerrero del rostro lloroso de porcelana debía estar completo para tomar las respectivas represalias.
Si los prisioneros regresaban, ya no lo harían solos.

La idea del posible regreso no era errónea, los hombres que disfrutaban de la corta libertad por seguir a Cluín y Jiont ahora yacían aterrados por algo peor que la propia esclavitud.

Desesperados gritos acontecían de camino al Pantano de Suglia.
Los sobrevivientes sufrían impresionantes mutilaciones ante la penumbra. Ni las armas, ni las armaduras halladas les ofrecían resguardo suficiente ante el cruel destino que descubrieron en aquel lugar.
Y aunque Rebok y Cluín hubieran promovido la huída, alejados uno del otro, aguardaban escondidos.
Tal como vaticinara la Guardia Imperial, uno de los prisioneros corría de regreso. El sudor se confundía con el llanto. Los desconsolados gritos de dolor, auspiciaban la violenta ventura de los rebeldes.

– ¡Ayuda! ¡No quiero morir! –

Al llegar a la fosa del muro, el hombre planeaba ingresar a costa de las diversas miradas que le perseguían. Siquiera podía verificar de que se trataran, pero oía densos pasos sobre la naturaleza con una presión abominable.
Desconocía que excusa usaría para salvarse de los espadachines dorados, pero prefería cualquier castigo a la propia muerte.

– ¡Yo no deseaba irme! Lo juro… ¡Me obligaron a irme! –

Los monjes fruncían el ceño y los soldados yacían de pie, entorpeciendo el pasaje de la fosa con sus dorados cuerpos.
Con el pasar de los segundos, una mano empujaba los gorjales que incumbían a su avance. Era imposible… Lamentos se oían y hacían eco hacia el interior del pasadizo.

– ¡Se los suplico! ¡Déjenme pasar! –

Y antes de, siquiera, considerarlo, los temibles rugidos ya se hacían presentes a pocos metros. Mientras que el dolor de los fugitivos se había desvanecido. Quizás solo quedasen Rebok y Cluín, ocultos en alguna parte de la oscuridad latente. Pero la llegada del siguiente amanecer no les ameritaba tranquilidad alguna.

– ¡Trabajaré duro y durante toda la noche! ¡Deseo pasar por favor! –

El muro humano permanecía en silencio. Tan solo se oían los abanicos deslizándose sobre el rostro lloroso de porcelana. La respiración tensa de los monjes y el guerrero del rostro contento que abrazaba con sus dedos, hacia su espalda, el asta dorada envainada.

– ¡Se los suplico! –

Los rugidos resonaban con mayor fiereza. Aseguraban la llegada inminente de un ataque. Los nobles clausuraban sus tiendas y corrían a resguardar sus productos.
Espadachines marchaban desde diferentes espacios hacia el muro del Norte. Y en lo alto de los torreones, los centinelas soplaban enormes cuernos para alertar a gran parte del Imperio.

Roños, Ralonte y algunos sobrevivientes seguían el trayecto de los nobles. Lograban confundirse con los mundanos y pasar desapercibidos por los guardias que marchaban a defender el muro.

–  ¡Vienen! ¡Ya vienen! –

Exclamaban algunos aldeanos, al borde de la desesperación. A medida que todos huían y se ocultaban, el prisionero de cabellos rojizos contemplaba el comercio tornarse desértico. Y en el más allá, el camino superado reunía  un sin número de unidades de la Guardia Imperial.

– ¿Qué está sucediendo? –
– A cubierto Roños –

Gritaba Ralonte, y el muchacho no podía dejar de observar hacia el frente.

– ¡Ocúltate! Ven… –

Clamaban otros y, en un acto valioso de protección, los nobles abrieron sus puertas invitando a los descalzos esclavos a aglomerarse en sus hogares.
En presencia de ellos y ante las agitadas llamas de las velas, encontraron mesadas cubiertas de alimentos y bebidas servidas. Sin siquiera sospecharlo, eran invitados a probar los diversos panecillos saborizados, las carnes asadas y la fresca hidromiel artesanal.
Roños palidecía, pues los nobles de pie, mayormente ancianos, les ofrecían de sus víveres como si anticiparan un degradante porvenir. O quizá creían que debían contribuir con los esclavos, producto de la rebelión.
Antes de poder indagar al respecto, Roños observaba a los hombres deglutir a mansalva, y sin poder enunciar palabra alguna, un hombre de finas prendas de seda murmuró:

– Cada vez que una invasión se aproxima festejamos la última cena, temiendo que no exista el mañana –

– Y así han vivido para contarlo –

Exclamaba Ralonte, con la boca llena. El noble asentía con suma humildad.

– Quizá solo se trate de una tormenta más –

Añadió luego y lapidó sus comentarios al digerir un embrollo de pan.

– El Cráneo Negro –

Murmuró el noble anciano y, de solo oír tal nombre, la mayoría de los comerciantes se alarmaron.

– ¿Qué es eso? –

Indago Roños, con firmeza. Mientras todos saboreaban los alimentos, él solo deseaba obtener información.

El anciano hizo una pausa y al comenzar a relatar de quién se trataba, los invitados alzaron el ceño y sus mandíbulas dejaron de labrar los alimentos. Siquiera logró contemplar la descripción que profundos rugidos se hicieron oír desde la distancia.

– ¡Están aquí! –

Clamó uno, entre los presentes.

Roños solo pudo deglutir un panecillo, al tiempo que oía el relato. Pero el terror le producía curiosidad. Necesitaba conocer aquella abominación tal, aquella que les preocupaba a los aldeanos. Para ello, debía marcharse por la puerta y siquiera lo consiguió que la mano de Ralonte pesó en su hombro.

– Estamos bien aquí ¿Verdad? –

Roños asintió, sorprendido.

– Entonces, nada debemos hacer allí –

Así, el muchacho de melena rojiza regresó a la mesa y le sirvieron un pocillo con fresca hidromiel. Se proponía beberla de un sorbo, pero los rugidos resonaron con mayor ímpetu que no logró contenerse. Tras golpear el envase sobre la tabla, se irguió y marchó hacia el ingreso. Todo Ser presente quedó pálido al contemplar su resolución.

La puerta se abrió de par en par, y así todos pudieron alertar lo venidero desde el más allá. El oscuro horizonte que solo permitía constatar los enormes torreones. Un relámpago refusilaba en aquél idóneo momento, como si una tormenta se aproximara. Y aunque la lluvia significase un símbolo de esperanza para los nobles, nunca recibieron una invasión junto al agua.
El temor, de pronto, se desvanecía. Los nobles corrían por doquier, tomaban recipientes y los colocaban en los senderos hacia el Norte.
Antes que consiguiesen comprender la entera situación, un desalmado grito de dolor atravesó todo muro posible y la lluvia comenzó a precipitarse sobre los recipientes.

– Es funesto –

Gritó un anciano, y Roños le observó sin comprensión.

– Nunca ha llovido bajo un ataque. Quizás debamos recibirlo como desesperanza –

Añadió una mujer, entre los nobles, que desnudaba la palma de sus manos para recibir el goteo fino y constante.
Y ante la reflexión de los nobles y el impacto del agua por doquier, Roños, notó al frente el inicio de una feroz batalla.
La oscuridad acrecentaba y se devoraba los torreones, hasta que una densa nubosidad negra conformaba el novedosos horizonte para sus ojos.

Rugidos feroces se confundían con el desarrollo interminable de los truenos, que parecían rasgar el cielo en pedazos.

– ¿Lo han visto? –

Exclamó de pronto un prisionero y los nobles se alarmaron nuevamente. Roños negaba sin descanso.

Y el relato del prisionero comenzó a angustiar a los presentes. La descripción asimilaba a la contada por uno de los ancianos.

Una estrella resplandecía sobre sus ojos. Tan enormes que sus iris reptiles asimilaban a un dragón.

– ¡Allí! Allí le vi formarse –

Roños no le había visto, por más que sus ojos no hubieran dejado de ver hacia aquél lugar desde tiempo atrás.
Los aldeanos correteaban enloquecidos y, finalmente, abandonaron los recipientes e ingresaban a sus hogares.

– No lo habrás soñado ¿Verdad? –
– Imposible. La estrella fue lo que atrajo mi atención –
– Pues has logrado que los nobles pierdan la cordura –
– Incluso nos han dejado afuera –

Replicó Roños al discurso y, de pronto, se oían las continuas trabas de las puertas.
La lluvia empapaba sus cabellos y rostros.

– ¿Qué haremos ahora Roños? –
– Les parecerá absurdo pero… Estamos más a salvo aquí fuera que allí dentro –

– ¡Tu curiosidad nos llevará a la muerte! –

Reclamó otro prisionero y, antes que Roños responda, la mayoría asentía al unísono. Ralonte se mantenía en silencio.

– ¿Qué dirás ahora? –
– ¿No tienes nada para responder? –
– Allí teníamos alimentos y bebidas! ¡Aquí moriremos a la intemperie! –
– ¡Moriremos perseguidos por bestias nocturnas! –
– ¡Responde necio! –
– ¿Has perdido, a caso, la voz ahora que has fallado? –

Roños sonrió y recordó las palabras de Fab en su plan de recuperación del campeón crepuscular. Luego de suspirar, contestó:

– Yo me sacrifiqué para saber que se avecinaba. Nunca les llamé. Todos y cada uno me han seguido a costa de lo que poseían allí. Sabían que la libertad tenía un alto costo y que esas recompensas eran perecederas –

Ralonte asentía y el resto de hombres perdió el habla de repente.

– No tengo dudas que un buen Líder debe ser capaz de unir diferentes perspectivas y llevarles a dónde sea. Claramente eres digno y, a pesar de los temores de los ancianos, seguimos con vida. ¿Verdad? –

Respondió Ralonte, y Roños murmuró:

– Tu también serían un buen Líder –

Adentrándose por las callejuelas del Imperio, abandonaron los hogares y buscaron un refugio más oculto.
En cuestión de minutos y con la llegada de los cántaros, las temibles bestias del Pantano de Suglia ya habían irrumpido en el muro Norte.
Tras destrozar el cuerpo del prisionero, los centinelas soltaron sus flechas hacia la densa neblina oscura que se aproximaba. Constantes, replicaban y los invasores, ignorando la fosa al centro del muro, fundieron las áreas contundentes con sus prominentes garras.

Las pinceladas de las nodrizas habían finalizado ya. El rostro lloroso de porcelana estaba completo y el guerrero se alzaba junto a su compañero del rostro contento. Los monjes soltaron la pileta, que en ningún momento habían dejado de sostener y desenfundaban cortos bastones de fresno.

– No pierdan la cordura ante su enemigo –

Exclamó uno.

Mientras la mayoría de los espadachines que conformaba la barricada dorada temblaba y sucumbía ante el temor atroz.
Detrás de los monjes aguardaban los guerreros de placas con astas doradas y las esbeltas nodrizas que, soltando las herramientas de pintura, doblegaban sus piernas en posición de ataque y desenvainaban un puñal por cada extremidad.

– ¡Por el Imperio! –

Clamó el monje, y la lluvia comenzó a humedecerlo todo. Los truenos se confundían entre presentes rugidos de lo desconocido.
Repentinamente unos enormes y verdosos iris parecían planear delante de sus miradas. Ostentaba una resplandeciente estrella en la frente, pero la penumbra era tal que no se conseguía formalizar su cuerpo ante sus perspectivas.

– Eso es… –

Anunció un espadachín dorado al borde del terror.

Antes que pudiesen nombrarlo, se había desvanecido y feroces impactos azotaron contra el muro. Un centinela cayó al siniestro abismo desde el torreón, ante el sorpresivo ataque.

– ¡Resistan! –

Gritaba el monje, sin contener el aliento.

Nobles comerciantes abrieron sus puertas para contemplar lo que se avecinaba y en la oscuridad latente que acontecía, la batalla había iniciado.
La densa nube negra se deshacía ante oleadas de vientos y las mismas se producían ante la fricción de las feroces extremidades que continuamente impactaban sobre la muralla. Dispares lanzamientos de flechas arrojaban los centinelas y los gritos descontrolados jamás cesaban…

¿Conseguirá la Guardia Imperial detener la invasión monstruosa? ¿Logrará llegar Fab a su meta, antes que el prisionero advierta a los verdugos?