Capítulo 6 – Vestigios de Suglia.

por | Feb 12, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Inmersos en la agonía del pasado, ya no quedaba nada más que la añoranza lejana…”

Vestigios de Suglia

Entre sombríos pasillos, espadachines dorados se movilizaban ante la mirada de una silueta que avanzaba en la unión de dos caminos.
La propia noche parecía invadir el interior de aquellos senderos. Siquiera podía notar el suelo que sus pies pisaban, pero oía el eco de la marcha avasallante.
La silueta se trataba de Erion, quién seguía el resplandor dorado de las armaduras. Al notar que, extrañamente, los alimentos en sus bolsillos también brillaban optó por soltar algunos sobre el pasadizo, a modo de señuelo. Pues sabía que Fab se avecinaría a su espaldas.
Si bien podía aguardarle, temía que en el laberinto de sombras perdiese el rastro dorado que, delante de sus ojos, menguaba poco a poco.
Tras treinta pasos dejaba caer un fruto para guiar a sus compañeros.

En algún sitio, al término del viaje nocturno, el encapuchado yacía contra la pared atado en sus extremidades por sogas de hierro. Las mismas le aferraban contra el mural obligándole mirar delante.
Allí habían llegado unos pocos espadachines dorados al gran salón. El esclavo solo tenía ojos para constatar que acontecía en las alturas. Logró divisar un resplandeciente destello de diversos colores, entre celeste, blanco y anaranjado, que producía un aura luminosa en el área.

Un guerrero de placas aguardaba junto al encapuchado. Su rostro triste de porcelana solo parecía verle a él. Y, de pronto, hicieron entrada numerosos espadachines dorados. El primero denotaba alegría y, tras llegar al encapuchado, le palmó el tórax.

– ¿Qué crees que haces? –

Exclamó el guerrero con soberbia.

– Tenemos una agradable noticia del General –

Aún en las sombras, Lena y su concubina aguardaban mientras observaban la situación.

– No será sencillo, mi Lady –
– Esos hombres han venido a dar el mensaje. Quizás a nuestras espaldas se acerquen los verdugos –

– ¿Y bien? ¿Cuál es la noticia? –

Gritó, de repente, el guerrero de un tamaño corporal exorbitante junto a los espadachines menores. Apenas se podía sentir sus gruñidos tras aquél comentario.

– Debe morir. Resulta ser que es una amenaza para el Imperio –
– De acuerdo –

El guerrero se proponía desenvainar su asta dorada, detrás de su espalda, pero el enviado manoteó su brazo.

– No tú. Han enviado a los verdugos –
– Quita tu sucia mano de encima —
– Bien, no entristezcas –

Respondió, sonriente, el hombre hostigándole por su mascarilla.

– ¿Por qué no hacemos el trabajo nosotros? –
– El Gran Mariscal esta presente y nos observa. Se requiere de una buena labor para no estropear el salón –

El campeón crepuscular alzó el rostro, nuevamente, ante aquél comentario. Incluso se resistía ante el tenaz encadenamiento que por horas le mantenían rígido.

– Mi Lady –

Murmuró la concubina ante su curiosa mirada sobre el prisionero. Lena asintió.

– Si el Mariscal presencia dicho acto… –
– Si… Lo sé… Si solo… si lográsemos rescatarle –
– Entonces no habrá vuelta atrás –

La dama negaba cerrando sus ojos y sus pestañas se cernían como compuertas en su pálido rostro.

– Siempre ha sido un placer servirle, mi Lady –
– No te precipites. Primero hablaré con ellos –

En algún sitio del laberíntico torreón de sombras, Fab y sus compañeros ingresaron en busca de Erion. Era tan presente la noche interior que se detuvieron. Los hombres palmeaban los laterales buscando paredes contiguas para guiarse por medio del tacto.

– Esto es malo –

Exclamó uno.

Tan solo las espadas, que hurtaron durante la rebelión, resplandecían ante la oscuridad.

– Un laberinto nocturno –
– ¿A dónde habrá ido el muchacho? –

Y entre idas y vueltas, exploraban temiendo perderse incluso de ellos mismos. Siquiera se atrevían a gritar a la distancia, pues tenían la extraña sensación de que no estaban solos en aquel lugar.

– Allí… ¿Qué es eso? –

Declaró, de pronto, Fab. Acto seguido, como si su voz les guiase a todos, terminaron viendo al unísono un objeto cilíndrico que brillaba sobre la densa penumbra.
El más cercano de los hombres se aproximó, y con sus manos tomó aquello desconocido.
Al instante se oyó una leve carcajada, que hacía eco en las alturas.
Fab y los otros tres irguieron el rostro. Pues temían que se tratase de una emboscada.

– Reúnanse –

Susurró el Viriathro y las cuatro espadas, repentinamente, cubrían cada punto cardinal en la profunda noche espacial.

– ¿De qué se trata? –
– Al parecer es… un fruto –

El apetito se hizo notar, al instante los tres hombres comenzaron a desmembrar su contextura y planeaban engullir cada porción. Pero Fab les detuvo.

– Esperen. ¡Miren eso –

A dieciocho metros, efectivamente, se hallaba otro objeto luminoso sobre el suelo.

– Erión nos está orientando –

Clamó uno de los hambrientos esclavos.

– Dejen mi porción. Necesitaremos la pista para regresar –

Replicó Fab, y todos alzaron el ceño.

El no olvidaba la meta a pesar de la hambruna compartida. Aunque se pudiera tratar de una dieta típica para el viriathro, alimentarse únicamente por la media mañana y noche. Habían recibido el castigo de no poder probar bocado en todo el día, debido a la rebelión provocada. La que derivó en la muerte de Argos y el encarcelamiento del campeón crepuscular.

A medida avanzaban, hallaron más frutos y finalmente los tres prisioneros obligaron a Fab a comerse un fruto completo.

– No. Coman ustedes –
– Te necesitamos con energía Fab. El propósito es claro. Pero no lo haremos bajo diálogo –
– ¡Es verdad! –

Y el Viriathro acabó aceptando. Tras dar unos mordiscos, prosiguieron al encuentro de Erion.

La noche yacía en el vasto territorio, perteneciente al Imperio. Algunos rebeldes habían conseguido ocultarse en el área comercial, mientras otros eran reunidos en sus cavernas.
Rav’Thos, llegaba a su sitio de descanso y las nuevas malas eran oídas por todos. Tanto Viriathros como los nuevos prisioneros. La preocupación de Sinuesa era notable y Ralonte intentaba calmar a los suyos.

Sin embargo, el ejército imperial no descansaba. Planeaban pasar la noche protegiendo la muralla erosionada.
Era menester que los que la superaron regresarían, tarde o temprano, y probablemente no lo hicieran solos.
A pesar del temor por parte de los espadachines, un nuevo guerrero de placas llegaba para proteger a su compañero del rostro lloroso. Este portaba la sonrisa amplia grabada en la porcelana. También con él se aproximaban unos monjes que empujaban un abrevadero, que contenía arcilla fresca, con ruedas cóncavas de madera.
Los monjes portaban largas camisolas rojizas y una lámina de madera que se sostenía de sus propios cabellos.
Detrás, dos siluetas negras de tez tan clara que asimilaban a pintura sobre la piel. Batían el contenido de la carretilla con delgados mástiles de oro que portaban un abanico, a modo de pincel. El líquido contenido de feldespato, caolín y cuarzo se enchastraba en las paredes, mientras el dúo removía el interior
Por sus curvas y el resplandor lunar se constataba que eran mujeres. Y solo ellas se encargaban de reparar las mascarillas de porcelana. Poseían una sutileza y una precisión incomparable frente a los monjes. Asimismo, solían hacer acrobacias mientras se encargaban de su labor y se desconocía sus rostros y voces. Solo trabajaban durante la noche y los espadachines las alababan, pues se suponía que eran las nodrizas del propio emperador.
Se rumoreaba también que poseían grandes habilidades en la lucha y, por otra parte, los monjes solían entrenar al ejército y eran los encargados de fabricar la arcilla. Eran el aspecto religioso del Imperio y los que podían transmitir los mensajes del Líder a los Generales.

– Hoy han tenido más trabajo que nunca –

Ironizaba un espadachín, respecto del guerrero al que las siluetas aplicaban la esencia en su media máscara de porcelana destruida.

– ¡Silencio! –

Exclamó el guerrero de rostro alegre de porcelana.

– Deberían fortalecer el material –

Susurró otro, entre risas, y uno de los monjes alzó la vista con su peculiar trozo de madera cubriéndole el entero perfil. Tan solo dos orificios en sus ojos y otro en la zona de sus labios estaban hendidos.

– ¿no has oído la orden? –

Los soldados asintieron ante la fría pregunta del monje y procedieron a guardar silencio.

De repente, un feroz rugido replicó en la distancia. El silencio acabó por regarse en la entera columna del ejército. Incluidos los monjes, dejaron sus quehaceres y voltearon la mirada, al unísono, hacia la abertura en el muro.

– Prepárense –

Exclamó el guerrero de placas, al tiempo que los espadachines alzaban el ceño.
Apenas se lograba divisar a través de la rajadura los arbustos movilizando sus ramas y hojas, como si el bramido hubiese conseguido provocar brisas. El azulado cielo estaba tan oscuro que no se podía diferenciar del vasto horizonte.

Allí, en lo desconocido, en los senderos que llevasen al lejano Pantano de Suglia, unos catorce hombres marchaban al borde de la desesperación. Pues desconocían por donde caminaban y aspiraban con fuerza, tratando de descubrir las costas marítimas. Creían incluso, que quizá encontrarían algún navío para lograr retirarse del continente. Pero ese no era el camino hacia el Oeste y, de pronto, se quedaron estupefactos.
Para algunos fue un mensaje de protección, mientras que Cluín solo lograba temer más ante la situación.

– La luna y su leve resplandor nos ha sembrado la esperanza –

Exclamaba Jiont

Antes que Cluín lograra concebir la realidad y advirtiera al respecto, los hombres ya gritaban de gloria y soltaban las picas para tomar lo que resplandecía delante de sus pies.

Armas y armaduras yacían por doquier, diversas e innumerables.

El Viriathro se recluía en la hierba mientras avizoraba el alardeo de las masas.

– ¡Estamos salvados! –
– Tomen todo –
– Con esto podremos enfrentar al Imperio –

Y entre gritos de grandeza el brillo que la luna llegaba a producir en los metales comenzaba a empañarse. La penumbra, de pronto acaparaba todo. Aunque no pudieran alertar mucho en la noche, parecía como si la propia sombra hubiera engullido el espacio por completo.
Cluín solo tenía ojos para contemplar la luna, que repentinamente se desvanecía ante la negrura. Algo parecía obstaculizar el punto de su mirada y, Cluín, lo sabía pero el aliento lo había sofocado entre nervios. Yacía incapaz de divulgarlo y creyera acaso, que quizá, allí quieto no le notarían.

Los hombres, ignorantes, ya apilaban el armamento, vestían armaduras y tomaban enormes mandobles, sables y hachas. También habían hallado largos y finos cuchillos en sus respectivas vainas. Creían que algún Dios herrero les habría confiado un manjar de filos para ofrecerles un novedoso destino. Pues habían logrado vencer espadachines dorados con las delgadas telas de seda y un par de picas. Todo este premio adjudicaba posibilidades mayores a sus sueños.

Jiont no se fiaba de los Dioses ni de los premios. Mucho menos consideraba que la suerte estuviese de su lado. El equipo estaba allí por algún propósito y no planeaba descansar hasta saberlo. Pero aún así, tomó un gorjal platinado, lo calzó sobre su hombro y manoteó un hacha. Dicho armamento asimilaba a la vestimenta de los nórdicos de la Montaña de Jacor en el nuevo continente.

En cuanto desparramó el lote con mayor audacia su tacto sintió algo que no cuadraba. Sin más lo tomó y, al alzarlo hacia la breve visual lunar, los míseros reflejos le permitieron constatar un brazo esquelético. Al minuto siguiente toda iluminación posible se desvaneció por completo. Soltó los restos y, volteándose hacia la penumbra, gritó:

– ¡Huyan! –

Y tantos rugidos resonaron en la amplitud espacial que su respiración no era más que los estruendos de las propias voces, ante la tempestad que comenzaba a gestarse.

¿Por qué estaba dispuesto todo el armamento allí? ¿Conseguirán salvarse a lo venidero? ¿Hallará Fab a Erión? ¿Qué decisión tomará Lena respecto del campeón crepuscular?