“…Ni el mayor impulso de paz, podrá proteger lo bueno sin una gota de ira…”

Triviltor en Llamas.

Apenas se oía en la distancia la cascada y, rodeado por salvajes animales, Geón avizoraba sin detenimiento a cada sitio entre la naturaleza. Buscaba hallar al individuo. Aquél, quien momentos antes, le había salvado.

De pronto, y ante la incertidumbre de lo venidero, el tigre blanco alzó sus orejas, encorvándolas en dirección hacia los arbustos. El muchacho procedía a portar el yelmo, cuando un espiral de viento se abrió paso desde el frente.

Con furia el tigre alzó sus garras, el oso lanzó un feroz bramido, el lagarto retrocedió y haciendo un salto sutil abrió sus fauces. Por otra parte, el cuervo, en señal de alerta revoloteaba de un lado a otro, sin cansancio alguno.

Geón alertó al sombra frente a él, saltando por encima de sus defensores. A tiempo, las fauces del reptil se cerraban para capturar al oponente, pero éste con suma destreza arrojó una patada sobre su mandíbula. Permitiéndole tal acto, impulsarse con mayor ímpetu hacia el muchacho.

Detrás de Geón, se cernía la costa del rio y sin tener escapatoria protegió el yelmo. Lo abrazaba sin dudarlo pero, para su sorpresa, cuando notaba al cuervo en alerta y estando el oponente próximo a alcanzarle, sintió sus manos capturarle y empujarlo hacia el agua.

Al tiempo que un chapuzón se producía en la costa, los arbustos se aplastaban delante de su vista y la enorme pantera llegaba a su encuentro.
Instantáneamente el oso se inclinó sobre dos patas y el tigre blanco saltó para capturar al monstruoso animal. Una lucha de bestias iniciaba y Geón contemplaba el resultado, al tiempo que el Ninja permanecía en guardia, delante de él y blandía el mango de su sable envainado.

– Espera, en el agua no nos atacará –
– Mis bestias… –
– Están perdidas –
– Jamás –

Posando el yelmo en su cabeza, las runas en su rostro se tatuaban con inverosímil velocidad, mientras sus ojos yacían cerrados. El sombra se sobresaltó, de pronto, creía alucinar.

El monstruoso animal estaba a punto de aplastar al oso con su garra, cuando repentinamente el mismo se convirtió en humo marrón, y se dirigió al rostro del druida. Más tarde, el lagarto se transformaba en humo verde, el cuervo en negro y el tigre, finalmente, en humo blanco. Los cuatro gases formaban un aluvión de colores hacia Geón y, sin vacilar, el ninja contemplaba la decisión de la inmensa pantera

Un feroz rugido diezmaba el silencio vivido en la selva. Tras este, la pantera se aproximaba al curso del agua entre gruñidos y, de pronto el ninja apresuró el paso, siguiendo la corriente. Geón era arrastrado por la fuerza del espadachín, quién entre la confusión gritaba:

– ¿Por qué? Dijiste que el agua… –
– Se lo que dije –
– ¿Te has equivocado? –

El hombre de prendas oscuras negó, y ante el paso audaz, sus botas apenas se humedecían con el salpicar del agua. Era como si corriese sobre la misma, provocando densas aureolas en la marea.

Entre el recorrido algunos arbustos parecían desperezarse, intercalando enormes ramas sobre el paso. En uno de los obstáculos, el ninja tuvo que alzar al muchacho hacia el cielo, puesto que una gigantesca garra le tomó desprevenido.

A tiempo, había desenvainado su sable y bloqueaba el contundente ataque. Tan pronto como la bestia entorpeció su avance, avizoró a Geón descendiendo a gran velocidad desde las alturas.

De repente la pantera saltó por encima del rio y se proponía a atrapar al muchacho, ante la mirada atónita del ninja.

– Maldición –

Antes de hundir sus calzados, en la humedad, el sombra retomó su voluntad saltando hacia el enloquecido animal. Pero se encontraba demasiado lejos de su alcance.

En ese entonces, una humareda negra se expandió en el cielo y las fauces de la pantera estaban por devorar a Geón, cuando repentinamente el cuervo apareció sobre el joven y, evitando la amenaza, descendió de forma rapaz.

Sus garras se agitaron de lado a lado, sin poder capturarlo. La pantera no tenía mejor destino que encaminarse hacia el abismo acuático, tras el salto. Para su suerte, alertó un diminuto montículo de tierra que le permitiría reincorporarse y conseguir un impulso mayor.

En ese camino se hallaba cuando un delgado y profundo corte le rebanó parte del cuello. El sombra le superaba y, de regreso al agua, envainó y contempló el monstruoso animal sumergirse en las aguas provocando un chapuzón sin precedentes.

Segundos más tarde el sombra envainaba su espada, al tiempo que el peludo cuerpo se arrastraba siguiendo el curso de la marea, detrás de él.

Geón se alejaba ante el mágico esfuerzo del cuerpo, y sus ojos notaban la fría mirada del extraño que por segunda ocasión le había salvado.

Tan pronto como se alejaba del peligro, Geón dispersó al cuervo que procedía a convertirse en humo negro y, mientras descendía a toda velocidad hacia los arbustos, invocó al tigre blanco. Éste, se disponía a trepar los árboles y en uno de sus saltos consiguió atrapar al druida, y de esta manera lo montó.
Ante el descenso, un enorme tronco obstaculizaba el paso y, a medida practicaba sus conjuros con mayor eficacia, el muchacho liberó al oso. El mismo con una fuerza prodigiosa consiguió quitar del paso el efímero destino del druida.

A breve distancia, el ninja suspiró y luego de voltearse advirtió algo siniestro. La temible pantera había desaparecido y el cauce permanecía cautivando el silencio de la naturaleza.

Temiendo lo peor, recorrió por sobre el agua con sus ligeros pasos, que le confundían con la noche.
Siguiendo la corriente, alertó las escalonadas praderas selváticas y el resplandeciente yelmo de diamante en descenso.
La marea conformaba una empinada cascada en aquél lugar. La calma afloraba en el ninja, quién aguardaba en el punto más alto de la naturaleza, cuando repentinamente sintió pasos entre los arbustos.

Sin meditarlo siquiera, se volteó de espaldas al tiempo que manoteaba su vaina. La oscuridad le tomó desprevenido y la enorme pantera se arrojaba hacia él, sin importarle el agua, ni el propio curso del rio.

– ¡GKKK..! –

Las afiladas garras del animal se sostenían de pronto sobre la vaina que bloqueaba el paso. Y cuando el peso de la criatura comenzaba a ganar espacio, el ninja se hundió hasta la cintura.

Dos fuerzas naturales le apresaban. El agua propia conformaba una pesada correntada hacia la cascada, y el feroz animal suponía una peligrosa amenaza. Sus enormes garras lograban desviar la vaina y, ante la mirada audaz del hombre, el felino abrió sus mandíbulas y enseñaba sus puntiagudos colmillos.

Lejos del lugar, el tigre se desvanecía y sonriente el druida estaba a salvo. Había hallado un refugio en una cueva y, como si todo estuviera predispuesto, encontró leña en el interior para preparar una fogata. Tras suspirar con aliento suficiente, recordó al guardián y desvió la mirada hacia las alturas del paisaje. Tan pronto como le buscaba en las silvestres áreas, se recostaba sobre una extensa roca que asimilaba a un incómodo lecho.

– ¡GUH!! –

Un tenue gemido resonó entre el silencio y los murciélagos echaron a volar por doquier.
Instantes más tarde, y ante la mirada perdida del druida, un rugido resonó en la distancia. Tan formidable, que por poco ensordecía el resto de sonidos naturales.

Y cuando el silencio regresaba a su origen y la criatura enmudecía, los chapuzones en el rio alertaron la atención del druida. Sin pensarlo siquiera, se irguió y corrió en dirección hacia el ruido.

Al aproximarse a un rejunte de arbustos notó, en las orillas, al ninja que sostenía su espada sobre la tierra mientras su cuerpo era empujado sin descanso por la corriente.

– ¿Sombra? –

Exclamó chistando Geón, pero el hombre parecía haber perdido el conocimiento.

Sin resguardo de lo que pudiese pasar luego, el druida se abalanzó hacia el frente, y alcanzó a sostener la mano enguantada del hombre, antes que la correntada lo engullera de regreso al curso el curso del rio.

Pero el cuerpo era demasiado pesado y la fuerza del druida no era suficiente. Así es que haciendo uso de un conjuro, se transformó en oso y sin morderle masticó el traje que le cubría la espalda, luego lo movilizó fuera del agua.

Más tarde se deshizo de la transformación y preparó una fogata en el mismo sitio.

Mientras astillaba la leña con una rama, y las cenizas revoloteaban sin descanso, Geón suspiró observando el contraste amarillento que connotaba el oscuro traje del sombra, con el resplandor de la llama.

Las horas pasaron con el fuego propicio, y en las lejanías la selva era azotada por la estridente furia. Circulantes, las figuras ardientes se devoraban todo a su paso en un espacio abundante de vegetación. Los animales huían despavoridos y los guardianes de Triviltor yacían temerosos, fuera de la luminosa esfera sobre la naturaleza.
Dos, de los tantos, discutían como concebir las atroces circunstancias.

– El Gran Sabio nunca se conformará después de esto –
– Ya ha muerto –
– Aún así, ¡destruimos la tierra que nos sustenta! –
– ¿Quién crees que está allí delante? ¿Quién crees que rivaliza con el asesino del Vidente? –
– ¿Y qué haremos entonces, si es derrotado? –

Ambos se miraban con temor.

Y el incendio forestal aumentaba, pero las murallas fogosas no hacían más que encerrar a ambos místicos. Los espirales de viento apenas llegaban y solo lograban una mayor combustión.

– ¡¿Qué has hecho con él?! –

Gritaba el enfurecido místico, cuyas manos parecían controlar el relevante incendio.

– ¿Hablas de Velnor? –

El defensor de Triviltor asentía, aunque consideraba a ese punto que ya podría haber muerto.

– Tus destructivos conjuros podrían tener un destino mejor, Nozepul. Por años has ocultado la ira en estas tierras y ahora que el Gran Sabio… –
– No te atrevas a nombrarlo con tu sucia lengua. ¡Impostor! –

Replicó sin cansancio, al tiempo que sus manos dirigían las palmas al cielo y sus dedos se alzaban provocando mareas afiladas de fuego a su alrededor.

– ¿Así es como respondes al adepto mayor? –
– Tu te marchaste, ¡y con tu regreso has destruido la paz! –
– ¿Para qué incineras todo, si es por la paz? –

Nozepul respiró hondo de repente y sus manos se cerraron conformando puños. Repentinamente los murales de fuego se convirtieron en rocas de hielo, cuyas llamas asimilaban a pintadas en el interior de un espejo. Tras el acontecer los guardianes de Triviltor, alertaron la batalla que estaba a punto de iniciar.

¿Podrá Nozepul detener al, supuesto, adepto mayor con sus conjuros elementales?