“…La noche se recostaba en los alrededores, y el temor a lo indescifrable acechaba…”

Sangriento Silencio

 

La noche fría se camuflaba ante las llamas de la fogata, que con empeño Othar controlaba.
El paño bañado de hidromiel, que portaba Bera, había limpiado la herida del Nórdico.

Durante ese corto período ella y Zarek pudieron dialogar, pero interrumpidos por su resentido hermano, las cenizas levitaron vaticinando una figura inesperada.

El siniestro forajido se hallaba cerca.

Entre gruñidos el guerrero se agitaba, a costa de los firmes nudos de cuero.

– Debes mantenerte quieto –

Susurró ella, pero alertó que el hombre no solo se movilizaba. Sino que su mirada se dirigía a aquella capa que resplandecía ante los destellos del fuego.

– ¿Othar? –
– ¿Qué sucede amor? –
– Este hombre está… –
– Quizás tenga fiebre, desajustaré los nudos. Aunque hayas cocido su herida y la hayas limpiado, es probable que necesite descansar –

Ella asintió y de pronto la figura sombría adelantó unos pasos. La fogata yacía detrás de él.

Othar se disponía a tomar el cuero atado en el tronco, mientras su mujer sacaba las manos del interior de la prisión. Semnurd aún no regresaba de la cabaña.

– No, no lo harás –

– ¿Qué? –

La voz afónica resonó repentinamente y ante la iluminación de las llamas Othar advirtió como algo aparecía detrás de la rubia melena de Bera. Se trataba de un largo revólver.

– A.. Aguarda –
– ¿Qué sucede? –

Exclamó ella confundida. Zarek rechinaba los dientes.

– Eso es.. Acércate –

Othar avanzó, ante las débiles palabras de aquél misterioso individuo, al tiempo que sus manos aguardaban sumisas debajo. Tras arrodillarse junto a Bera sintió como otro revólver se acercaba por detrás de su nuca.

– ¿Q.. Qué quieres? –
– El lo sabe –

Replicó el hombre ante el Nórdico.

– ¡Vamos tortuga! No tengo toda la maldita noche –

El sudor se arrastraba por sobre su frente. Zarek tenía lo suficiente cerca a ese extraño ser, como para cazarlo. Pero por mas que luchaba no lograba zafarse de los nudos.

– No intentes nada, o esta parejilla feliz te bendecirá con su sangre –

– S.. Solo entrega lo que quiere –

Exclamó Othar, mientras su mujer lagrimeaba.

– ¿Quién deseas que muera primero? –

Ante la fuerza del guerrero el tronco parecía ceder, pero aún no era suficiente.

– ¡¡¡GRAAAAGGHH!!! –

– Silencio bastardos. Te daré 5 segundos, y se que me oyes muy bien –

– Entrégalo por lo que mas quiera. No dejes que Bera… –

– 1 –

Una fulminante descarga produjo una lluvia rojiza sobre sus rodillas. El Nórdico vio la misma derramada y enloqueció.

Desde el interior de la cabaña, Semnurd despertó ante el disparo y al instante tomó su arco. Antes de salir, procuró ver por la ventana.

– Gnnn… –
– ¡Te lo advertí! –

– Cin… Cinco segundos… –

Murmuró furioso el Nórdico.

– No mereces ni uno –

¡Crick! ¡Crick!

Tras sonar la recarga y alzar la mirada Zarek advirtió a Bera ilesa, mientras que su amante yacía muerto. Ella le miraba con frialdad, temiendo voltear la vista. Temía lo razonable… las gotas rojizas salpicaban entre las maderas.

– ¡Es tu turno! 5 segundos –
– ¡Espera! –

Gimió él ante el espanto grabado en el rostro de la dama.

– Habla –

Zarek cerró los ojos un momento, y murmuró:

– Mátame a mi –

Ante una gélida brisa, que suspiraba a través de las llamas, las carcajadas afónicas del individuo acaparaban el silencio del área.

La figura del revólver se alzó detrás de la melena rubia y tras descender el rostro por la risa, el enemigo advirtió la resplandeciente capa hondeando junto a la puerta de la cabaña.

Un zumbido resonó de repente desde la ventana y el individuo volteó hacia la cabaña.

– ¡Deja a mi hermana en paz! –

Uno a otro, los proyectiles amenazaban al individuo, quién repentinamente se desvaneció ante las sombras y las llamas comenzaron a apagarse. Puesto que, tras su ágil movilidad, la nieve fue a parar contra la fogata.

– ¡Vuelve aquí canalla! –

Gritó enfurecido Semnurd, que ante la noche no alertaba al intruso.
Zarek suspiró un corto período de tiempo, hasta que los gritos de Bera sacudieron el silencio.
Ella había visto a Othar a su lado, sin aliento.

Por momentos quedó paralizada ante el acontecimiento y Semnurd vigilaba a los lados.

– ¡Hermana! Ven dentro –
– Pe… Pero –
Replicaba ella entre lágrimas.

– ¡Adentro! –

Como si se levantara lentamente, Bera se irguió y se dirigió hacia la caverna.

– Espera Bera –

Ella se volteó al oír las palabras del Nórdico.

– ¡Vamos hermana! –

– La capa… –

Murmuró Zarek y ella comprendió que Othar había muerto por esa pieza. Las lágrimas comenzaron a arrastrarse con suma abundancia.

– Lo vengaré –

Agregó él.

La rubia cabellera ocultaba su triste rostro. Con sus últimas fuerzas tomó la capa y la arrojó hacia la prisión. El Nórdico alcanzó a tomar una punta y la tironeó hacia el interior.
Ella ingresó a la cabaña y desde fuera se convirtió en una extensa noche donde el indescriptible llanto de Bera acojonaba a su hermano.
Zarek sabía que el individuo solo podría tomar la capa si primero le asesinaba.
La noche fue demasiado larga y el temor ahondaba por doquier. No se había notado ni un leve movimiento en las sombras por horas.
El Nórdico sabía que su adversario estaba cerca, pero no parecía atreverse a hacer nada. Othar había perdido la vida esa noche…

¿Regresaría el siniestro forajido?