Capítulo 6 – El Reflejo de los Ojos de Fuego

por | Ago 31, 2019 | Quinta Crónica: El Mercenario de las Tierras Perdidas de Runfenir (After)

“…La valentía no teme a los disparos…”

El Reflejo de los Ojos de Fuego

El atardecer se avecinaba. Con él, los Sheriff del Rigor Lejano se aproximaban a la antigua Fortaleza que había custodiado Don Canet.

La llegada de los Viriathros habían gestado un abanico de oportunidades. Entre ellas, la construcción de piletones con agua artificial. Si bien no se comparara a los pozos de agua en el Cruce Austero, hacía tiempo que los Demonios de Drill habían usurpado aquél puesto de avanzada y en el Rigor Lejano debieron hallar alternativas.

Tras la última batalla entre Don Canet y Jor’Mont, el joven Jarriet Dean había salvado al líder de los Sheriff. Por tal razón, le concedieron el honorable título de Capitán de los Vaqueros del Rigor Lejano.

Luego de arduos entrenamientos, ahora se dirigía a contar con un nuevo hito en su desempeño como guardián de su pueblo. No obstante, se rumoreaba que los territorios capturados por los Demonios de Drill eran inhabitables. Asimismo, Jor’Mont, en su interés por ampliar las huestes era un líder más tranquilo, pero ahora el sádico Wes’Har era el jefe de las tropas. Y, habiendo sido un muchacho de pocas palabras y agotada paciencia, Jarriet era consciente que si su campaña fallaba, sería capturado y probablemente Wes le mataría.

Por tanto, aguardando la noche, Jarriet se disponía a tomar las cartas sobre el asunto. Proponía un ataque sorpresa en ausencia de luz solar.

Antes de avanzar demasiado y ser alertados por los bandidos que custodiaban el torreón, el hombre solicitó desmontar y aguardar la finalización del atardecer.
En cuestión de minutos, sus secuaces se dividían en singulares tareas. Mientras uno preparaba una fogata, otro procedía a reunir los corceles en torno a un moribundo roble. Jarriet, por su parte, mantenía la vista al distante sol que, con el pasar del tiempo, se recostaba sobre el extenso horizonte.

– Todo listo J. Dean –

Tras voltear la mirada, el hombre atisbó como una leve llama incineraba un millar de hojas secas y una leve humareda se elevaba hacia el cielo.

– Muy bien –

A medida los hombres culminaban con sus ocupaciones, se reunían en torno al adalid para conformar una escolta de vaqueros, en vistas al Cruce Austero.
La señalización del cráneo de un borrego invitaba a abandonar toda decisión de un asalto. Sin embargo, Jarriet Dean portaba armamento modificado y ello inspiraba mayor confianza. Se decía que incluso el negruzco cuero que vestía le ofrecía mayor resistencia contra los disparos de plomo y ventaja contra armas de filo. Por si fuese poco, habría pasado toda su juventud disparando diversas armas y especializándose en el porte de un sable. Era considerado uno de los jóvenes vaqueros más poderosos del Rigor Lejano. Su mentor había sido, nada más y nada menos que Mare, el mayordomo de Don Canet.

El Cruce Austero mantenía la imagen de antaño. Una colosal muralla presentaba orificios de disparos por todas partes. Y aunque se viese imposible de superar, la guardia no estaba presente. Nadie resguardaba sus torres y la densa iluminación, proveniente del interior, asemejaba que habían realizado un gran incendio.

La posibilidad de que los Demonios de Drill se hallaran unidos, en alguna clase de festejo, estimaba un percance por parte de ellos y una oportunidad única para J. Dean.
Tras dar una seña, los Sherif iniciaron la avanzadilla. A la cabeza se encontraba el caudillo, representante del Rigor Lejano, cuyos ropajes eran tan oscuros que apenas era visible en los espacios nocturnos.

Allí, lograron constatar casi treinta años de usurpación del cuartel. Aunque hubieran enterrado los cuerpos de caídos, los rastros de sangre asimilaban a pintura y se podía constatar dónde fallecieron y en dónde habían sido enterrados. No había una puesta en común. El terreno era fértil y, de camino a la oquedad cubierta de agua se podía atisbar unos cuantos hombres descansando. Dos, probablemente embriagados, chocaban copas cubiertas de una bebida dorada.

Casi parecía un capricho ostentar la propiedad del jugo de la vida y que el pozo estuviera oculto por una plataforma de madera, cubierta de hojas secas.

De pronto Jarriet alzó una extremidad, instando a todos a detener su marcha. Los míseros movimientos les invitaban a ocultarse entre las tiendas abandonadas y esgrimir las armas de fuego, en atención a algún objetivo.

Así, el líder de la campaña se aproximaba y procedía a desenvainar el sable, para evitar el barullo de los disparos. Como la figura de un zorro al acecho se abalanzaba sobre tierra enemiga, a la vista de sus semejantes.

Y en el arduo fogón vociferaba un diálogo intenso.

– Si Mclaud. Si, si si… Dicen los reos que la yegua hizo presencia en la Colmena. Y así le fue… –
– ¡Así le fue! –

Exclamó el bandido, compañero, ante el choque de copas. Jarriet contenía el aliento y había logrado avanzar sobre suspiros e inusitados ronquidos.

– Me lleva al demonio. ¿Cómo pudo ser tan descortés? –
– Era pequeña… como… como yo y ni tanto como tú, Mclaud… –

Carcajadas sumidas en el alcohol abundaban en el silencioso festejo y, a duras penas, se oía el sonido de las brasas.

– Tú siquiera conociste al violento Stev. No eres más que un chiquillo, Kirk –
– Ni tú tan alto como lo somos ahora, Mclaud –
– ¿Acaso insinúas que soy un enano? ¡¿Eh?! ¿Kirk? –

Y pudiendo equilibrarse de pie, entre tanto mareo, Mclaud apuntó su colt a su compañero y su copa se hizo trizas contra unas rocas que aguardaban junto al fuego vivo.

– ¿Eres tonto Mclaud o qué? –
– Respétame pequeño sabandija –
– Hablas de respeto y siquiera puedes mantenerte de pie –
– ¡Cierra el pico, Kirk! –
– Si serán inútil, Mclaud –

El denso parloteo parecía molestar a los que yacían dormidos y, para anticipar el asalto sin mayor revuelo, J. Dean se presentó en la fogata portando aquél filo de metal como si se tratase de un mosquetero.

– ¿Y a este sinvergüenza que se le dio por disfrazarse en la noche del festejo? –

Kirk volteó para contemplar y alertó al vaquero de prendas oscuras.

– ¿Eric? ¿Guzmán? ¿Tony? –

A saberse si el bandido declaraba nombres de sus compañeros demonios o, simplemente, los nervios exprimidos con alcohol le invitaban a inventarlos.

– ¿Tú eres tonto Kirk o qué? –
– Pues tú le has llamado disfrazado y no has visto que porta una estrella de… –

Faltando mayor reconocimiento, la copa de Kirk se soltó contra la hierba. En cuanto planeaban alzar sus colts, J. Dean adelantó su sable a sus cuellos y amenazó con degollarlos en unos míseros segundos.

Podrían haberse arriesgado a iniciar un tiroteo, pero notaron como el reflejo de las llamas resplandecían en once estrellas de plata que aguardaban en los alrededores.

– ¿No vas a matarles? –

Musitó uno de los once.

– Necesitamos generar el facto sorpresa –

Murmuró el Capitán Dean.

– ¿Y qué sería eso? –

Tras un suspiro, el vaquero del afilado sable invitó a los hombres de enfrente a arrodillarse y clamó:

– Los bandidos creen que tras la batalla de hace treinta años no existen oficiales suficientes para contener otro ataque. Incluso sospechas que aguardamos la muerte a escondidas –

– Para nada, joven vaquero. Hemos tenido oportunidad de ver su sofisticado armamento. Y mientras ustedes se cobijan en sus casuchas, nosotros forjamos un ejército –

Exclamó, el mayor de los bandidos despiertos, interrumpiendo al líder de campaña.

– Calla Mclaud. ¡No le esclarezcas los planes! –
– Cuéntame más y, de paso, háblame sobre aquella yegua de hace unos minutos –

Alguno de los once, inestable, cargoseaba porque no podría asesinar a nadie, pero las palabras de Mclaud asimilaban al trueno de una alarma. Simulando estar borracho, alzaba la voz con mayor revuelo y algunos cráneos durmientes comenzaban a refregarse sobre la hierba.

– ¡Tu eres un mentecato joven, si crees que tanto espamento debilitará las huestes del Sádico Wes’Har! –

Tal nombre abrió los ojos de más de uno. Puesto que su sola presencia culminaría el sueño de unos cuantos.

– ¿De qué hablas Mclaud? –

Y, faltando más, la sospecha de Kirk alertó a Jarriet. Quién, tras voltearse, advirtió cómo numerosos cuerpos de bandidos se erguían sobre el suelo y llevaban los dedos a sus armas de fuego.

– ¡Y así acaba el cuento, señores! –

Gritó el hombre, cuya sonrisa posterior, enseñaba una muela de bronce.

– Aguarden… –

Dean bajó la guardia y tomó su sombrero.

– No hay necesidad de esto –

Las risas envolvían el silencioso ambiente y más de un oficial alzaba el ceño.

– Como decía… –

Replicó Mclaud con altanería.

– Eres un mentecato que no reconoce en dónde se encuentra de pie –

Jarriet hizo caso omiso al comentario y les invitaba a rendirse. Pero tal opción estaba descartada en sus cabales. Quizás fuese una posibilidad en Kirk…

– Sospecho que el festejo se tornará sangriento –
– Pero Mclaud… –

Interrumpió el otro bandido y el bullicio del sonido ante las armas cargadas invitó a alzar los caños.

– Un demonio no elige su muerte. Sino a su amo –

– ¡A la carga! –

Clamaron unos. Y las descargas suscitaron en el cómodo ambiente, llegando a destronar el silencio que aguardaba, con victoria, durante treinta años.

La sangre volvía a manar por sobre el territorio disputado. Kirk lamentaba el resultado.

– S… Sé fuerte… chico –

Clamaba Mclaud, a regañadientes y añadía:

– La caída de un caudillo vale más que mil hombres –
– P.. Pero Mclaud… Él no ha caído –
– Kkk… –

El Capitán Dean tomó al bandido por el hombro y su cuerpo parecía soltar el humo de los disparos.

– Háblame de la chica –

Clamó, al tiempo que Mclaud moría con los ojos fijos en la temible situación.

La emboscada de plomo solo había arruinado, un poco, el cuero de sus prendas.

– No solo mejoramos el armamento –

Clamó uno de los once.

Kirk se encontraba de rodillas, contemplando que el sable de Jarriet siquiera poseía rastros de sangre.

– E… Ella se llama Helen. Helen DeathTrick –

Tartamudeaba Kirk del miedo. Y en aquél momento, los ojos del Capitán se encendieron ante el reflejo de la fogata.

Los once oficiales no habían disparado, ni habían sido notados, más tanto por Mclaud. Puesto que Dean no había hecho señal alguna de contra ataque. Los bandidos se habían acribillado entre ellos y el uniforme del héroe con la estrella dorada solo contaba con singulares manchas de plomo.

– Helen tú… –