Capítulo 5 – La Rebelión de los Débiles.

por | Ene 23, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…La decisión había sido tomada, errónea o no, el fin justificaba los medios…”

La Rebelión de los Débiles

La insubordinación iniciaba en un extremo del Imperio ante el crepuscular atardecer, replicante por la luminosidad reflejada en las armaduras doradas.
Erión había comunicado sobre la conclusión del Consejo y generó pánico en los espadachines. Se descubría, al público, que el posible ser que alimentara las esperanzas de vida sería eliminado.

Ante el ferviente optimismo del Viriatrho, Fab, los hombres se unían postergando rencillas. Existía un bien en común.
Su padre, Rav’Thos, siempre preocupado por la seguridad de su raza y de su propio descendiente, comenzaba a dudar ante la valentía que acaparaba delante de sus ojos.
La fuerza del ejército Imperial no era un simple juego de niños. Los hombres no tenían forma de sobrevivir a una lucha campal, pero los esporádicos números de sus filas sombreaban la chillante reunión de los guardias.

Todos y cada uno blandían las propias herramientas de trabajo, y las rocas que suministraban ante sus labores diarias. No eran rivales para el Imperio, pero la esperanza y la unión trascendía entre ellos como un germen que intensifica y destruye cualquier orden en concreto.

Ya no había vuelta atrás, la batalla había iniciado y ya no dependía, absolutamente, de la fuerza.

– ¡Detengan a ese niño! –

En cuestión de segundos, espadachines avanzaban desenvainando sus dorados filos. Mientras otros, detrás, se sobresaltaban al contemplare la decisiva carga de los trabajadores.

– ¡Corre Erión! Si conoces el lugar donde eliminaran al Demonio de Yahandá… Ve hacia allí y ¡te seguiremos! –

El muchacho dudaba y, al notar que se hallaba al filo de la muerte, marchó de regreso al mercado. Quizá si lograse advertir a Lena y la concubina, sabría donde encontrar al prisionero.

Rav’Thos espabilaba, de pronto, tras oír el nombre del demonio recapacitó lo suficiente como para rogar a Fab que contuviese sus intenciones.
Pero era demasiado tarde ya. Para cuando la hoja dorada se bañaba en sangre ante el corte de espada contra un prisionero, el viriathro arremetió la pica y logró asestarla en un gorjal dorado.
Gritos de dolor se mezclaban con la ira que los rebeldes suscitaban. Fab había visto morir a Argos y la furia crecía a medida el tiempo afloraba.

– No podemos hacer ambas cosas. Olviden al niño y entorpezcan la rebe… ¡Argh!!! –

Decidido, al saber que ya no habría forma de protegerle, Rav’Thos perforó un cubierto en la nuca de aquél guardia que lideraba a los otros. Tratando de arrancarse la herramienta, el espadachín, se volteó y empuño su sable.

– ¡Maldito anciano! ¡Has escrito tu deseo y lo grabaré en tu tumba! –

Y antes de poder deshacer el aliento del Líder Viriathro, recibió numerosos lanzamientos de rocas por parte de Roños.

– ¡Liquiden a esos bastardos! –

Fab, derrotando al primer guardián, había logrado sustraer un sable y tomó al empedrado dirigente por sorpresa. Sin embargo, apropiarse de una o dos armas no sería suficiente. Más y más espadachines llegaban desde la distancia.
Antes que pudieran, siquiera, reflexionarlo los guardias doblaban el número de prisioneros. Y, por si fuese poco, un guerrero con máscara de porcelana se presentaba en la disputa.

– ¡Fab! Vayan por Erion. El tiempo es oro –

Declaró Roños, mientras arrojaba más rocas y numerosos trabajadores avanzaban al encuentro de los espadachines.

El Viriathro de grisácea melena, con la piel desnuda y manchada ante la sanguinaria batalla, logró observar una última vez a Rav’Thos y antes de retirarse exclamó:

– Padre… Lo siento –
– Ve, hijo mío. Ya no existe arrepentimiento. Ahora debes luchar por tu vida –

Algunos prisioneros lograron unirse a la peligrosa odisea a la que Fab se dirigía. Mientras su padre contemplaba la llegada de la guardia imperial.
Uno, el guerrero con rostro lloroso de porcelana, ya derribaba a montones de rebeldes con el uso de su asta.

Y en la euforia, Roños declaró:

– Debemos crear tiempo para nuestros compañeros. ¡No se rindan! –

Endebles trabajadores asentían sin portar armadura alguna y la carcajada del guerrero destronaba toda posible esperanza de quiénes añoraban la libertad.

Fab marchaba a prisa, sin voltear la mirada. Sabía que quizás no volvería a verles, pero también aceptaba que el rescate del encapuchado dependía enteramente de él y los tres rebeldes que planeaban entregar sus vidas por el mismo propósito.

Por su parte, los esclavos utilizando picas yacían rodeados por los espadachines. Pues la llegada del guerrero del asta dorada había logrado eliminar a varios que intentaban quebrantar el orden. Aún, al centro, Roños gritaba un discurso para agitar la valentía contra el temor que adjudicaba aquél guerrero entre las masas.

– Nuestras diferentes vidas e ideologías nos han unido hoy aquí, porque sabemos que merecemos la libertad.  Y sabemos que el sudor de cada día nunca cautivará nuestras ansias. No tenemos ventaja numérica sobre el Imperio, pero nuestra decisión fortalecerá la lucha interior de los que aún dudan al respecto. Nuestro sacrificio es hacia ellos. ¡Todos unidos somos el muro contra la esclavitud! –

Gritos de gloria encendían la plaza de guerra y las palabras se impregnaban en el consciente de Rav’Thos, quién solo tenía ojos y esperanza hacia su raza. Aquellas palabras le conmovían y el fruto de su obra comenzaba a incrementar en su intelecto.

Aunque Roños fortaleciera el espíritu de los hombres, con picas y prendas de cuero, con rocas y cuerpos sudorosos, no eran oponentes para el guerrero que atravesaba el muro circular de espadachines.
Dos prisioneros cargaban al frente, tomando las picas con ambas manos, y tan solo bastó un leve movimiento de cintura que el asta de doble filo acabó con sus vidas en un pestañeo.

De pronto, la conmoción del resto intensificó la incertidumbre y el guardián con la mascarilla llorosa de porcelana parecía llevarse la victoria. Sin embargo, a costa del temor del resto, Roños arrojó la primer piedra que desbarató la máscara.

– Recuerden la batalla del Campeón Crepuscular. El solo tuvo que dañar su porcelana para que el temible guerrero cediera ante el apoyo de sus hermanos –

Las ramificaciones erosionaban el rostro lloroso de porcelana ante la colisión de las rocas. Siquiera conseguía bloquear todos los, repentinos, lanzamiento y, ante una anónima voz, el resto de espadachines avanzó súbitamente. El guerrero yacía de rodillas, gruñendo, y el ejército Imperial acabó por ocultarlo.

– ¡Al frente! ¡Avancen! –

Paso tras paso, la marcha de los soldados replicaba con un sonido incesante del choque de las botas metálicas sobre la roca.

– ¡Los temibles guerreros solo son débiles y asustadizos guardianes! ¡Demuestren que el valor por la vida logra milagros! ¡Vivan y enfrenten a ese orden de cobardes! –

Gritó, una vez más, Roños y, llenos de audacia, los esclavos se impulsaron hacia el frente. Tal como sus palabras, los espadachines eran débiles si no lograban inducir el temor.

– ¡Vamos por el Guerrero de Porcelana! –
– ¡Por Argos! –
– ¡Venguemos a Argos! –

Exclamaban otros y, unidos los viriatrhos a los hombres, empujaron el enfrentamiento.
Así portaran poderosas armaduras doradas, así avanzaran como una pasarela de hierro, su moral se precipitaba. Los revolucionarios, impulsados por el coraje de Roños estaban aplastando a sus oponentes.

Picas se movilizaban y asestaban las preciosas armaduras, sables se soltaban ante el empuje hostil, sangre y sudor salpicaban por doquier. Todos querían someter al muro dorado y, así, eliminar al guerrero con el rostro de porcelana.

Rav’Thos lagrimeaba, pues sus voces hacia Argos le habían llenado de orgullo. Una energía parecía animarlo a luchar. Sentía, incluso, el deseo de quebrar aquellas cadenas que durante tanto tiempo les habían impuesto.

Sonriente, Fab, avanzaba en carrera. Fortalecido por tres compañeros y los nobles comerciantes, que empezaban a presentarse en el paisaje yacían sorprendidos. Pues cuatro hombres desbarataban el orden y descalzos se movilizaban por un área de absoluta belleza.
Siquiera dos espadachines lograron advertir el suceso, que Fab les derrotó por la espalda.
Y aunque pareciese que los nobles criticarían el atentado, en realidad apoyaban la rebelión con alegría y aplausos.

– ¿D… Dónde está Erión? –
– Allí… –

Replicó Fab ante la interrogante de uno de sus compañeros que se detenía a blandir el sable del espadachín caído.

El muchacho no había encontrado a Lena, pero aguardaba detrás de una columna de mármol y veía hacia el frente.
Un grupo de espadachines avanzaba con marcha ágil delante de sus ojos. Atravesaban un sendero de césped con fuentes cristalinas a los lados. Al horizonte se podía contemplar un  torreón con una especie de portal luminoso en lo alto, que llevaba al espacio sombrío.

A medida los espadachines ingresaban, sus resplandecientes armaduras se desvanecían y el atardecer comenzaba a culminar con sus últimos rayos anaranjados.

– ¡A prisa! –

Exclamaba Fab, sin dejar de ver al muchacho dirigirse al oscuro ingreso del torreón.

En cuestión de segundos no quedaba rastro dorado y Erion volteó a verles, antes que su cuerpo se desintegrara con el lienzo negro del espacio.

Fab intentaba detenerle con señas para ingresar juntos, pero fue demasiado tarde. La noche acabó por iniciar y las estrellas asemejaban a distantes luciérnagas en un cielo azul marino. Apenas una línea bermeja aguardaba en el horizonte.

No muy lejos de allí, la lucha replicaba de forma constante. Sables replicaban contra picas. Enlatados estruendos se oían ante la lluvia de piedras. Gemidos agotados camuflaban las heridas mortales de algunos y los alaridos de guerra permanecían constantes.
La muralla dorada comenzaba a desmoronarse y picas sobresalían. Incesantes, buscaban alcanzar al guerrero de rodillas.

– La libertad es propia de cada uno. ¡Nadie nos dirá como vivir nuestras vidas! –

Persistía Roños con su aliento desmedido.

Y la masacre proliferaba, picas se hundían contra dorados gorjales y yelmos, mientras las sudorosas pieles desnudas de los prisioneros recibían profundos cortes.

En medio de la batalla dos hombres regresaron hacia el muro, e intentaban destruir lo que habían construido ese día.

Planeaban buscar la forma de huir del Imperio. Uno de ellos era Cluín el Viriathro. Rav’Thos perdía de vista a su hijo al alertar tal suceso.

– Espera Cluín. ¡No lo hagas! –
– Argos ha muerto. Usted sabe a que llevará esta rebelión –
– No pienso morir aquí –

Exclamó el otro y, con fuerza insistente, golpeaban las picas contra el montón de rocas. Buscaban el modo de crear un atajo que les permitiese liberarse.

Mientras tanto los espadachines dorados solo tenían ojos para la amenaza frontal. Y aunque tenían un rígido entrenamiento, aunque poseyeran un equipamiento superior, yacían sorprendidos por el instinto de aquellos prisioneros. Siquiera habían logrado controlarlos un día, que habían unido a mas esclavos a provocar una asonada.

Inevitablemente algunas espadas se incrustaban en desnudos tórax y otros perdían el brazo por culpa de los asustados espadachines que buscaban el modo de quitarles la tenencia de las picas.
De prontyo los hombres comenzaban a dispersarse. Las bajas se tornaban mayores y la derrota se veía venir. Jiont, entre nervios, notó que el muro se derribaba delante de Cluín y otro hombre. Sin pensarlo demasiado, movilizó a una docena de hombres hacia allí con un simple comentario.

– ¡La libertad se encuentra allí! –

Roños veía el aparente triunfo desplomarse delante de sus ojos.

– ¡No se rindan! Hemos vencido al del rostro de porcelana. ¡Aún podemos conseguirlo! –

Exclamaba viendo como la moral se aventaba hacia una impronta retirada. Y él sabía que a su espalda no había más que roca, pero al voltearse el puñado de piedras se soltó de sus manos y los que aún, como él, insistían en la rebelión soltaron las armas y se recluyeron sobre el suelo clamando piedad.

Los espadachines dorados avanzaban para castigar a los prisioneros, cuando de pronto advirtieron el suceso en el muro y enloquecieron.
Roños no comprendía que podía ser tan terrible. El ejército ignoraba a los esclavos y se proponía formar una escuadra para proteger la ruptura del muro.

Ralonte palmeó rápidamente a Roños, pues la brecha hacia el comercio del Imperio era posible. Un solo guardia yacía de rodillas, sosteniendo su rostro lloroso.

– Es nuestra oportunidad –
– Atentos todos, síganme –

Replicó Roños y huyeron. Al pasar junto al guerrero de placas, planeaban asesinarle pero Roños les detuvo.

– No debemos llamar su atención ahora –

Ralonte asintió y deliberadamente lograron el escape. Rav’Thos solo podía contemplar hacia el muro. El ejército Imperial estaba aterrado, y ante el abandono por parte de Cluín, Jiont y numerosos hombres, un devastador e incomprensible rugido se sintió en la desconocida distancia.

– Esa dirección es –

Clamaba, Rav’Thos, a medida perdía el aliento.

Y uno de los espadachines asintió, para luego murmurar:

– Los Pantanos de Suglia –

¿Qué sucederá en aquél lugar? ¿Por qué para los espadachines había sido más importante ese suceso que la propia sublevación o la protección del guerrero de placas? ¿Lograran Erion y Fab rescatar al campeón crepuscular, antes de que sea demasiado tarde?