“…Y los espíritus eran expectantes de su osadía, en el confín del desierto…”

La intrépida Cacería

Tras el ataque a una cabaña en el Pasaje Silencioso, Jor’Mont, Wes’Har y sus Demonios de Drill consiguieron apropiarse del primer pozo de agua. El siguiente se hallaba al Oeste de Runfenir, cercano a una de las Aldeas más peligrosas conocida como El Comadrón.

Antes de ello, deciden regresar a su pueblo… La Colmena de Drill.
Puesto que, para mantener el control en aquella área requerirían municiones y la construcción de dinamitas.
Así es que montando caballos fuerzan el regreso, sin saber que el Fantasma de Runfenir y Andy se dirigen hacia el Rigor Lejano.
Llegar al pueblo al extremo Este, implicaba superar un trayecto de suma atención para los Demonios de Drill.

En la travesía, por el camino más árido y solitario que existía, el corcel negro galopeaba sin descanso. Erabo y Andy conversaban, habiendo sido lo único audible además de la brisa y el transcurso del animal.

– ¿Crees que las personas de aquella ciudad sobrevivan con esa cantidad de agua? –
– Quizás, para algunos días más –
– Pero si tu resguardas esa Aldea. ¿No debimos llevar más cantidad? –
– Un Fantasma no puede proteger un único paso –
– Sé que no eres un fantasma, no me trates de tonto –
– Ciertamente no lo eres y tienes buena puntería –

Tras el comentario, el niño palpó su cinturón y recordó que, tan solo, le quedaba un puñal.

– Debemos regresar a mi hogar –
– ¿Qué esperas encontrar allí? –
– Las cuchillas de mi… –

Y antes de que concretase la frase, Erabo desenfundó un revólver y se lo alcanzó, tras su espalda.

– Te enseñaré a usarla y dejarás los cuchillos como segunda alternativa –
– Pero… ¿En movimiento? –

El forajido asintió y, finalmente, el niño la tomó con ambas manos.

– Es pesada –
– Lo es, BlackHawk. A tu edad yo prefería un rifle –
– Mi padre tenía uno de cañón largo y uno corto, de mano –
– Bueno si aprendes a dar en el blanco con esa Colt, iremos luego por las armas de fuego que pertenecen a tu hogar –
– Pero… ¿A qué debo disparar? –
– En breve llegará el amanecer, y con él comienza la caza –
– ¿Caza? –
– Algunos animales cazan de noche, mientras otros prefieren el día –
– ¿Y cómo debo hacerlo? –

El forajido rio de pronto, y Andy gestualizaba el arrojo del arma de fuego.

– No… No… Solo jalas el martillo, quitas el seguro, apuntas y gatillas –

El niño intentaba apuntar, pero ante el movimiento del corcel no podía controlar el pulso.

– Pero… Es imposible –
– Todo es posible, con práctica y concentración –
– Pero los proyectiles son limitados –
– Por ello requieres una gran determinación, para asegurarte que el disparo que efectuarás dará en el blanco –
– ¿Debo disparar a cualquier animal? –
– Solo recuerda, que cuanto más pequeño más ligero será y más probable de que falles –

Andy asintió y permaneció a la espera del amanecer, mientras Erabo se adormecía sobre el corcel. Tras bajar un poco su sombrero, descendió el rostro y dejó que el animal siguiese el rumbo que deseara. Mientras tanto el niño, desconociendo el estado de su mentor, apuntaba de un lado a otro y murmuraba sonriente.

– Yo soy Andy BlackHawk –

Un suspiro resonó delante, y el forajido se encorvó mínimamente, mientras el potro reducía la velocidad del galope. Era como si incluso, fuese consiente sobre el descanso del jinete.

Una vez más, el sol se avecinaba desde el horizonte y el niño lo percibía con integridad.
Así podía contemplar los vastos paisajes, llanuras rocosas y los cactus en la superficie.
De pronto el movimiento de una de las espinosas plantas atrajo su atención a 50 metros y entre la superposición de las rocas sintió un fuerte sonido de un impacto.

Su cuerpo se movía levemente ante el trote del cuadrúpedo, lo que le imposibilitaba apuntar. Temía que un disparo fallido ahuyentara a cualquier presa que se hiciera visible. Sus dedos aprisionaban la culata con el tacto, la desoladora presencia comenzaba a propinarle un abundante sudor en la frente.

Aún el día no terminaba de aclarar y la iluminación era radiante. Su pulso no le ayudaba con el galope del corcel y, por poco, la ansiedad lo desbarataba. Pensaba que lo echaría a perder todo cuando imaginando gastar el cargador en una presa, recordó algo importante.

Demasiado tarde consultó al jinete, pero sin su conocimiento éste yacía dormido.

– ¿Cómo iremos por el botín si el caballo está en movimiento? –

Al no oír respuesta alguna, miró de reojo. No perdía la atención hacia el frente, cuando volvió a sentir un impactante sonido que le hizo retroceder la cabeza por el susto.

Ante el persistir del galope, y con la inquieta mira, Andy contempló una manada de seis animales. Dos de ellos parecían combatir con sus cuernos, mientras el resto se devoraba un cactus con total libertad.

Tragando saliva, apuntó a los combatientes, quiénes con el choque de sus cuernos producían un extrañísimo sonido.
De pronto, un brusco movimiento entorpeció su concentración y ante el estallido de la pistola, sus manos perdieron el control.
Sin querer pateó al corcel, y éste incrementó la velocidad del trayecto.

Recuperándose del impulso, notó como los animales alertaron su disparo fallido y se fugaban hacia el camino opuesto.

– ¡N… NO! –

Exclamó, nervioso, el niño. Y, antes que se les alejaran lo suficiente, intentó acribillar a uno de los competidores de cuernos.

Tan pronto como logró reposar el arma de fuego, a pesar de los tirones que el caballo le provocaba, gatilló. Para su sorpresa, el animal brincó sobre un llano rocoso y su proyectil no logró interceptarlo.

Alzando el revólver, suponiendo el impulso del salto, descargó su munición hasta conservar únicamente la séptima bala. Pero el mamífero incrustó las pezuñas entre la roca y logró sujetarse con firmeza.

Andy se quedó sin palabras, sus proyectiles iban demasiado alto, y así le quedara un disparo la presa se había distanciado lo suficiente.

Lamentándose por su pésima puntería bajó el cañón y contempló al frente.

– N… No puedo hacerlo… –

Exclamaba desistiendo ante el último intento.

Ante el galope constante, Andy lamentaba su fracaso, mientras Erabo aún yacía descansando.

De repente oyó la carrera inminente y sostenida. Sus ojos contemplaban una pezuña trasera del corcel, pero el sonido de los impactos contra la superficie era más veloz que los que divisaba.
En la desolación que le rodeaba, alertó que algo se avecinaba y, al alzar la mirada, volteó de espaldas y contempló dos cuernos curvos sobre el cráneo de un furioso borrego cimarrón. El trote de sus pasos replicaba de forma incesante y el anormal tamaño de aquél animal, superaba la estatura del caballo.

– ¿E… Erabo? –

Exclamó, desconcertado el niño, al forajido, que parecía haberse desmayado ante el cansancio.

Andy BlackHawk temía lo peor, siendo cazador pasaba a convertirse en la presa del contra ataque.

Como pudo, el niño, pasó una pierna al revés hasta conseguir voltear su cuerpo de espaldas al jinete y apuntó.

– U… Una bala… no será suficiente –

Al instante, manoteó su cinturón y recordó el mango de su último puñal.

Entre bramidos, el vengativo animal, llegaba al alcance del joven pistolero. Y ante el alboroto su puntería no mejoraba. Tampoco imaginaba a donde disparar en un caso, probable, de vida o muerte.

Los afilados y enormes cuernos estaban a punto de atraparle en la persecución. Por la longitud, superaban la medida de sus piernas y el volumen de su tórax. Incluso, junto a los otros borregos, éste asimilaba al verdadero líder de la manada.

Como si estuviera pendiente de los viles sucesos, el potro relinchaba a medida marchaba hacia el frente.

Sin más rodeos, el muchacho gatilló delante de sus asustados ojos y, ante los movimientos bruscos de la carrera, el proyectil solo consiguió rozar débilmente el cuello del animal. Suspirando, con ira, el borrego encaró con mayor fuerza y Andy no tuvo más alternativa que tomar el cuchillo.

Estaba buscando apuntarlo a su cabeza, pero comprendiendo que era su última alternativa, optó por un destino diferente.
Tras segundos de consciencia, el animal se aproximaba y las astas se dirigían de lleno a su cuerpo. Gimiendo con soltura, al alcance suficiente, el niño, desde lo alto, confirió un ataque cortante. Dispuesto a no soltar su último cuchillo, acometió sobre el párpado del animal y lo apuñaló. El bramido fue intenso, sin embargo el voluptuoso animal luchó por soltarse, al tiempo que sus cornetas se ladeaban delante de la axila del niño.

Ante un repentino brinco del corcel, el arma de fuego se soltó de las manos de Andy, pero aún sostenía el puñal.

– Noooo… –

El revólver quedó lejos de su mirada, a medida que la polvareda ocultaba todo el horizonte.

Andy solo podía ver al frente y luchar para derribar a aquella bestia, pero temía que su codo se dañase por la posición.
Aunque la sangre se arrastraba sobre el iris del feroz animal, persistía en propiciarle una corneada.

Viéndose en peligro, Andy BlackHawk, tanteó con su mano restante la espalda de Erabo. Con soltura la recorría hasta detenerse en el cinturón, curvando junto a su abdomen sustrajo la otra colt y el Fantasma de Runfenir abrió sus ojos. Más luego, de empuñar la pistola negra, apuntó al frente, jaló el martillo y descargó, sin más revuelo, el cargador entero.

– ¡GAAAAHH!!! –

Enloquecido, gritaba el niño y los impactos acabaron por obligar al animal a tropezar.
Sin más, al sentir el tirón que parecía empujar su cuerpo hacia el vacío por el peso del borrego, soltó el puñal que yacía como una estaca en su cráneo.

Luego, el Fantasma de Runfenir arremetió con las riendas y detuvo la marcha del corcel. Andy golpeó su espalda contra la del forajido y palideció.
Sorprendido, respiraba agitado y al entornar el rostro, alertó que el jinete con la máscara le observaba fijamente bajo el fulgor solar del Este.

– ¡Era un cargador, no dos! –

Murmuró con frialdad, tras despertar del ensueño.

– Pero… es que yo… –

Contestaba sin aliento el niño, quién a pesar de todo y ante el temor de ser abatido lo había conseguido.

¿Se cruzaran el mentor y su discípulo con los Demonios de Drill en el camino consecuente hacia el Rigor Lejano? ¿Habrá completado la misión Andy BlackHawk después de todo?