“…El esperaba la oportunidad exacta, mientras la capa hondeaba como una bandera de la muerte…”

La calma de los huéspedes en la Sombra Nocturna

 

El bosque se desmoronaba ante el gélido aliento del clima. Tras arrancar la hacha de un árbol, y el arpón del otro, el guerrero del Norte se detuvo observando la nieve bajo sus pies.
Ante el silencio de la naturaleza pretendía captar el camino que su adversario había tomado. La capa levitaba sobre su lanza y su prenda se escurría, al tiempo que la sangre chorreaba bajo su herida.

Desde la cabaña se advirtieron los árboles sucumbir y ante el descanso de Semnurd y Othar, Bera divisó los sucesos. Tomando sus pómulos con ambas manos observaba perpleja.

– ¿Qué ha sucedido? –
– ¿Qué tienes mi amor? –
– Los árboles han caído cuando el silencio ha regresado –
– ¿Ha terminado? ¿El Nórdico ha muerto? –

Gritaba el joven con entusiasmo, cuando de pronto su cuñado le pidió silencio y ambos notaron como se desmantelaba, de forma total, un área espaciada del bosque.

En la distancia, Zarek, por poco caía recostado ante la sangre derrochada. Cuando el festejo de Semnurd le espabila lo suficiente, como para optar regresar en busca de sus presas.

Othar y su cuñado alzaron el espadón y el arco. Se preparaban para ofrecer el golpe de gracia.
Mientras que a lo lejos el pistolero notaba, con rabia, como su adversario se retiraba con la capa en sus sucias manos. Molesto el individuo cargó sus revólveres y se desvaneció junto al atardecer. Aquél que poco a poco se presentaba ante el horizonte.

– ¿Qué es lo que harán? –

Exclamó Bera cruzando sus brazos, y de esta forma detuvo la marcha de sus compañeros.

– Alguien tiene que lidiar con esto hermana. O no pasaremos la noche en paz –
– Solo iremos a observar, mas de cerca amor –

La dama estaba asustada. Sabía que no llegarían a nada bueno, después de largarse.

– Escucha mi amor. Solo haremos una simple revisión del área –
– Es un suicidio. El vive aquí y al entrar armados en su tierra, solo verá un modo de resolverlo –

Una lágrima se arrastraba por su rostro y temía quedar, finalmente, sola en el temible mundo.

– Esta bien Othar, protege a mi hermana –
– No… Es un error que vayas solo –

Bera miraba de un lado a otro, mientras el debate se tornaba crucial para ambos.

Y ante el palabrero los tres alertaron como el Nórdico sobresalía repentinamente del bosque y les miraba con cierto desdén.

– ¡Es hora! –

Murmuró Semnurd, quién preparando una flecha apuntó al visitante. Por su parte, Othar, tomó la mandoble de su espadón y Bera frotó la lágrima con su mano. Corriendo al frente el hombre resolvió detenerles.

– Aguarden, miren –

Zarek se balanceaba de un lado a otro.

– El no esta bien –
– ¡Es nuestra oportunidad! –

Replicó el joven hermano a Bera.

Tras enfundar el hacha, el Nórdico perforó la nieve con su arpón y sosteniendo la capa del forajido se desmoronó de espalda. La caída de su pesado cuerpo resonó ante el silencio de la naturaleza.

– Debemos atarle –

Sostuvo Othar y sus compañeros asintieron al instante.

Minutos mas tarde, el hombre imaginaba que le transportaban…

Como preso de un sueño advertía a Rofindir, el Dios del descanso, en la punta de una larga mesa con suficientes botines. Se trataba de abundantes alimentos y bebidas. Numerosos Nórdicos de ambos géneros gritaban alzando sus copas de metal. Las puertas del castillo yacían abiertas, pero con un ademán Rofindir saludó a Zarek y las puertas se cerraron haciendo un devastador estruendo. El que acabó por despertarlo.

Al término de aquella ilusión sintió el agua salpicar y humedecer su rostro. Zarek entre abrió sus ojos y advirtió que la blanca piel estaba desnuda ante el congelado panorama. Redes de cuero apresaban sus manos, por detrás, en torno a un tronco.

Habían construido una especie de prisión a base de madera y cuero. Bera le trataba a la distancia, mientras humedecía un paño de seda en hidromiel. Semnurd aguardaba al frente, apuntándole una flecha, y por otra parte, Othar, intentaba fortalecer la fogata durante la fría noche que transcurría.

– ¿Entiendes nuestro idioma? –

Exclamó de repente Bera.

– Asiente con tu maldita cabeza si entiendes –

Agregó Semnurd.

Zarek asintió, cuando ella arqueó el ceño. De pronto buscó con su rostro algo. Aplastado por la ira exploraba todos los lugares visibles, al tiempo que luchaba por liberarse.

– Tus armas están a salvo –

Murmuró Othar, señalando las hachas en fundas cruzadas.

Pero el hombre persistía. Algo le incomodaba ante la intemperie.

El joven masticaba un bollo de carne cocida y de pronto apuntó una de sus flechas a un lado.

– Quizás este buscando eso… –

La capa con gemas de zafiros revoloteaba sobre una columna de madera, la que erguida aguardaba junto a la puerta de la cabaña.
El Nórdico siguió con la vista al proyectil y al ver la misma comenzó a gruñir. Buscaba zafarse, pero los nudos de cuero le tenían bien capturado. Othar había imaginado que debían dejarle inmóvil para sanarlo.

– Te lo dije ¿verdad? Con un buen anudado, ni siquiera un oso podría liberarse –
– El no es un oso –

Replicó entre sonrisas el joven.

– Oso o no, ningún ser sobrevive a esas heridas por sí solo –

Respondió Bera, quién se inclinaba acomodando su túnica y movilizaba el húmedo paño que goteaba sin cesar.

– Discúlpame por despertarte de ese modo, necesito que prestes atención –

El Nórdico advirtió a la dama, tras oír su susurro. Su larga y fina melena rubia se deslizaba a un lado de su perfil.

– Esto ayudará a calmar el dolor, confía en mi –

Zarek inclinó el rostro y notó como ella acercaba el paño, superando las barras de madera de la pirsión.

– Quizás duela al principio –
– Solo son rasguños –

Replicó por lo bajo.

Ella contuvo la respiración, mientras su hermano sonreía como si le divirtiese el hecho de ver al guerrero del Norte sufrir.
El paño rozó su herida y el alcohol comenzó a esparcirse. Zarek simuló rechinar los dientes mientras con sus labios ocultaba tal gesto. Sus ojos advertían la sonrisa de Semnurd, pero no demoró en ladear el rostro y ver la clara piel de Bera.

– ¿C… Cómo te llamas? –

Susurró él acostumbrándose al dolor. La dama sonrío y, si bien creyera que fuera una bestia sin corazón, descubría minuto tras minuto cuán humano era.

– Así que puedes hablar ¿eh? –

Preguntó de pronto el joven y frotó u na flecha contra el arco.

– Tranquilo Sem –
– ¿Siempre calmados verdad Othar? –

El cuñado asintió y desmembró en dos un trozo de carne cocida, tras aventarlas las ofreció a su mujer y al prisionero.

– ¿También pretendes que vea como le alimentas, después de casi matarnos? –
– Es humano, hermano. El puede comprendernos –
– ¡Diablos! –

Semnurd se retiró y tras su recorrido Zarek advirtió una figura sombría a espaldas de los presentes y las llamas.

¡Crick! ¡Crick! Resonó el cargador.

¿El Pistolero estaba allí delante y nadie se había percatado? ¿Qué destino le depara a Zarek?