Capítulo 5 – El recelo de nativos, de bribones y del caballero

por | Ago 16, 2019 | Quinta Crónica: El Mercenario de las Tierras Perdidas de Runfenir (After)

“…y la alianza era más frágil que el orgullo de los campeones…”

El recelo de nativos, de bribones y del caballero

Las lonas se movilizaban ante un ventarrón nocturno.
Aunque el temporal del atardecer hubiera culminado, las noches frías modificaban el caluroso clima durante los días.

Helen espabilaba con un dolor de cabeza, debido al golpe que recibiera en horas previas. Y entre los zumbidos audibles, reconocía el, casi imperceptible, silbido de Naher que transitaba por fuera de la tienda. Tal se tratara la importancia de la vaquera que era protegida por la mano derecha del sádico Wes’Har.

Aunque los festejos por el inicio de la Liga se propagaran en Colmena de Drill, el líder no planeaba fusionar las pestañas sin antes visitar a su principal residente.

La vaquera yacía con los ojos al suelo, cuando la brisa logró atraer un leve montón de arena. Los zapatos de cuero se aproximaban y, tras alzar la vista, ella pudo advertir al desfachatado bandido. Uno de los rostros mayormente buscados en el lejano oeste. Incluso, con carboncillo, se solía ilustrar su semblante portando una espiga entre los labios. Tampoco sería noticia que tal característica estuviese presente en esa noche. No obstante, se la quitaría para conversar con sumo detenimiento.

– Helen Deathtrick –

– En carne y hueso –

Respondió ella, tras gimotear debido a las ataduras que tensionaban sus muñecas tras la espalda.

– Comprenderás que eres una amenaza con tu hostilidad –
– ¡Así tratas a quién debías proteger! –
– Eran tiempos cabrones… y tu una pequeña indefensa, secuestrada por el… ¡Fantasma de Runfenir! –

Contestó el hombre, culminando la frase con cierta ironía y, al instante, ella contestaba:

– Me fui por decisión propia –

Tras agacharse delante del rostro de la dama, se podía percibir el aroma del hidromiel.

– Y el patán de Runfenir está muerto, después de todo –

Ante la omisión de respuesta, Wes peinó con sus dedos el mechón rojizo que se soltaba junto a su pómulo. Y como una bestia amordazada, ella, cabeceaba dispuesta a arrancarle los dedos.

– ¿Verdad? –
– No volví a verle, pero hay un nuevo Fantasma, y no deseas irritarle –

Luego de tales palabras, Wes’Har lanzó un escupitajo al suelo y se irguió. Más tarde posó la espiga entre sus labios y, a regañadientes, murmuró:

– ¿Un nuevo fracasado eh? –
– ¡El no es un fracasado! –

Por lo bajo se reía el bandido y, en cuanto regresaba la vista a la hija de Jor’Mont, exclamó:

– Acaso no serás… –

La vaquera alzaba la vista y le observaba fijamente.

– ¡École! –

Tras palmear las manos, se agachó a metros de ella.

– ¡¿Qué?! –

Refutaba ella, furiosa, ante la intriga.

– La amante del Fantasma –

Gritó, con ironía. Más luego rió a carcajadas, descuidando la espiga que tras soltarse de sus labios desapareció entre el terreno.

– ¡Caray! –

Así, procedía a buscar entre diversa maleza, para recuperarla, y, por detrás, lograba oír la angustia de la muchacha.

– ¿Qué harás conmigo, bastardo? –

– Que hacer… que no… Lo que me plazca, pendeja –

Tras sobar la espiga, la introdujo en su boca, soltó el paño de seda delante de los ojos de ella y se marchó de camino hacia fuera.

– ¡Aguarda! –

Clamó ella, y el hombre se detuvo de repente. Siquiera se volteaba y reía por lo bajo imaginando su súplica.

– Permíteme luchar en esa liga –

Murmuró ella.

Tan pronto oyera la frase, el hombre guardó silencio. Y luego de voltearse la contemplaba, indefensa, atada, cubierta por el polvillo, que de vez en vez ingresaba a la tienda. Helen solo tenía ojos para el paño de seda rosado.

– ¿Acaso deseas morir, cabrona? –
– Demonios de Drill… Jor’Mont no era más que el padre del verdadero demonio –

Contestó ella. Y, antes de permitirle añadir otro insulto, agregó:

– ¿Temes, acaso, que te quite el liderazgo, bastardo? –

Sin más rodeos, el hombre tomó la espiga, lanzó otro escupitajo y se marchó. Los dedos calzaban perfectamente en la culata de la colt. Sin embargo, se largó de la tienda y Helen suspiró. Anhelaba recuperar el paño de seda aquél.

Pasadas las horas, Naher hizo su ingreso silbando. Se proponía quitarle las ataduras y devolverle la magnum, la cadena de hierro, los cinturones plagados de municiones y también el paño de seda. Tras disponerse a dejarla en libertad, comentó:

– Debes aguardar a que la liga inicie. Más tanto sospecho, será mejor que abandones Colmena de Drill –

Luego de liberar sus manos, las franeleaba con sus ropajes, estiró los dedos y tomó el paño antes que cualquier arma.

– ¿Te lo ha pedido él? –

Naher asintió. Pero, antes de retirarse, observó a ambos lados buscando tener la vía libre.

– Tienes ambas opciones. O bien luchas en dos días, o te marchas de aquí antes que la liga finalice. Te traeré algo de comer dentro de un momento –

Luego se inclinó, asegurándose que nadie le viera, y se marchó, a medida que la lona de la tienda recubría su salida.

Solitaria, la vaquera musitaba.

– Lo sabes… Lo sabes… Tú siempre lo sabes todo, Andy Blackhawk… –

Y en cuanto anudaba el paño en su muñeca, se calzó los tres cinturones, enfundó su magnum y trabó los eslabones de hierro sobre el muslo izquierdo. Luego caminaba de un lado a otro, a medida se masajeaba las marcas de las ataduras en la piel.

No muy lejos de allí, el festival proseguía con creces. Bandidos chocaban copas de cristal cubiertas de hidromiel, bandejas de bronce completas de trozos de borrego asado eran transportadas por apuestas doncellas de iris oscuros y barbijos de cuero.

– ¡Formidable espectáculo! –

Exclamaba Kalim, a medida balanceaba el cuello, exhausto por los gorjales y el peto de caballero. Más no tanto por el pesado espadón que sostenía tras su espalda.

Y ante la lejana perspectiva del desierto nocturno, Wes’Har y Hasem dialogaban, observando hacia el cielo estrellado.

– La jaula llegará en dos días desde mi aldea.

Wes masticaba la espiga con cierto malhumor y, tras tomarse del sombrero contestó:

– Pareces confiado, cabrón –

El héroe comadrón ignoraba el pleito y cualquier resultado en concreto.

– No recuerdo cuántos lanzamientos he hecho desde párvulo –

Tras rechinar los dientes, el líder de la Colmena de Drill, se encaminaba de regreso. Posaba los dedos en su colt y murmuró:

– Nada es más veloz que un disparo, pendejo –

Y antes de desenfundar el arma de fuego, el nativo arrojó un puñal sin siquiera voltearse. Wes no logró anticiparlo, sintió como el lanzamiento tironeó de sus labios, y advirtió la espiga ensartada contra una lona de cuero, cuyo puñal pudo haber rajado su garganta en cuestión de segundos.

– No osarías… –
– ¡No me vaciles, cabrón! –

Gritó, de repente, el sádico Wes’Har y apuntó el caño de su revólver delante del rostro del legendario asesino.

– ¡O te vuelo los malditos sesos! –

Oscuros sus iris se mantenían aguardando la descarga de plomo, a medida que una zarpa de afiladas uñas se descubría bajo la cintura del moreno.

– ¡Que no me vacilen!, he dicho –

Y tan pronto Kalim notó el pronóstico, empuño el espadón y su copa se hizo trizas contra el suelo.

– A… ¡Ah! –

Clamó un hombre, a espaldas del caballero y un winchester descansaba debajo de su oreja.

– Ni imaginarías el dolor… –

Susurró, por lo bajo el hombre. Y numerosos bandidos se congregaban en torno al caballero del Reino de Treón.

Antes de resonar el crujido del filo contra la funda de cuero, rifles y escopetas se hallaban apuntando a su cráneo.

Tan pronto el panorama se agravaba las sirvientas soltaron las bandejas y el ruido del estallido de copas aterrorizaba a varios. Sin que los bandidos lograran asimilarlo, las asesinas del Comadrón desenvainaban tres puñales por cada extremidad. Bandidos y su líder se hallaban emboscados en su propia aldea.

Aunque Hasem tuviese oportunidad de vencerles, el primer disparo atraería a montones de Demonios de Drill que andaban embriagados con el festejo o resguardando los ingresos a la aldea.
Una leve brisa resoplaba, durante la escena, y cualquier resultado invitaría a la matanza de todos y al quiebre de cualquier clase de alianza.

Asimismo, Naher llegaba silbando, y al ver la perspectiva planeaba alzar su rifle. Sin embargo, los iris negros de dos sirvientas, que se abalanzaban lentamente a los lados de la tienda, le obligaron a renunciar.

Muy por detrás, se aproximaba el anciano con cinturones y diversas municiones de plomo. Portaba también una dinamita que colgaba del propio cinto, para reaccionar con una explosión en caso de emergencia.

Aún así, el anciano se aproximó a Wes’Har y contemplaba como los hombres asemejaban a humanas estatuillas en posición de combate.

– Señor… Señor… –

Exclamaba el nervioso anciano. El sádico Wes’Har siquiera volteaba la mirada ante su presa.

– Habla viejo… ¡Antes que un charco de sangre nuble su vista! –
– No les mates. No lo haga –
– Si serás cabrón… –

De repente, ostentando el favor de las asesinas, Kalim desenfundó su mandoble y los bandidos rechinaban los dientes.

– Ni imaginarás el dolor –

Murmuró el caballero, quién alzaba el espadón con una fuerza descomunal.

– Apunta al cerrojo de la jaula, muchacho, y no quedará ninguno con vida –

Clamó Stev desde sus prisión.

– ¡Calla! –

Respondió Hasem. No obstante, los bandidos se encontraban a punto de ser degollados ante el filo de Kalim.

Y aunque Wes detestara abandonar los pleitos, apuntó la colt al suelo y sus demonios soltaron las armas.

Márchense todos y regresen en dos días. No tendrán clemencia en tal oportunidad. –

Tan pronto se replegaban las asesinas, Hasem solicitó que se llevaran a Stev y todos se marcharon. Kalim se unió a su campaña. Y en cuanto se hallaban lo suficientemente lejos, Wes’Har descargó su colt en la asesina más cercana y clamó:

– ¡No me vacilen en mi hogar, pendejos de la chingada! –

El cuerpo de la moribunda invitaba a los comadrones a contra atacar. Pero todos los Demonios de Drill apuntaban sus armas de fuego a ellos y habían perdido la ventaja por la distancia. Por tanto se retiraron, no sin antes asistir a la caída.