“…Rento y el Nórdico podrían tener una batalla formidable…”

Reto de Balas y Filos

 

Su piel se asimilaba a la superficie, blanca como la nieve. Las rojizas venas se ramificaban en su cuello a pocos segundos, ya, que el joven muriera sofocado ante aquella grotesca mano. La perspectiva era escalofriante para Bera. Su hermano estaba a punto de perder la vida ante el guerrero del Norte, cuya estatura y fiereza superaba a la de un oso polar.

– ¡Déjale ir. Te lo imploro! –

Una flecha de aquel muchacho había acertado en el tórax de Zarek. Pero, por más que su sangre manara como ríos en las grietas de su prenda y tornara la superficie en un tono carmesí, aún le sostenía en alto sin percatarse del dolor.

– El solo intentaba protegerme. ¡Se lo suplico! –

De pronto Othar, detrás de la espalda del sublime guerrero, corrió para abrazarle buscando contener su mal juicio. Con todas sus fuerzas luchó para hacerle sucumbir, pero cuando el Nórdico notó sus intenciones fraudulentas echo a reír. Insistiendo, el hombre, manoteó la flecha que yacía en el cuerpo del invasor y la incrustó con mas estímulo.

A poco Zarek cedía y sus gruñidos se convirtieron en una mueca de dolor. Fuera de sí, éste, le alcanzó con su restante mano y ahorcándolo por la garganta, al igual que a Semnurd, lo alzó por encima de su vista.

Ante el temor de perder a ambos Bera levantó el espadón y, buscando cortar la pierna del impostor, se resbaló. Puesto que su delicadeza no le proveía la fuerza suficiente para detener a aquél mastodonte.

El filo sucumbió contra la nieve.
Ella lloraba sin contención, al tiempo que advertía como su pareja y su hermano producían arcadas perdiendo la respiración. 
Su larga túnica se humedecía en contacto con la nieve. 
Y en un desesperado acto de sumisión miró hacia el fondo, donde se encontraba el siniestro forajido.

– Ayúdanos por favor –

El guerrero del Norte alzó el ceño y repentinamente un disparo produjo eco desde el bosque.

Al instante Zarek soltó a sus víctimas, que se desparramaron sobre la nieve, y arrancándose la flecha de su herida se giró de forma súbita a su espalda. Tras finaliza la veloz giro lanzó aquél proyectil con tanta fuerza, que a penas se podía discernir en el paisaje.

– ¡Tú! Vuelve aquí –

Gritó el Nórdico, e ignorando a sus presas, e incluso  a su propia herida, y marchó al frente, en busca de su adversario. A su paso arrastró los dedos por la nieve y tomó el arpón.

Bera, sin consuelo alguno, abrazó a Othar y Semnurd. Estos respiraban con alma y vida, como si recuperaran el aliento al haber experimentado un inesperado ahogo.

– Esa herida te ha vuelto lento y tonto –

Exclamó el forajido con voz afónica y a al término de aquellas palabras liberó una carcajada.
Sin faltar mas, Zarek rugió en su carrera.

– ¡GROAAGHH!! –

Estaba a punto de manotear una de sus hachas cruzadas, detrás de su espalda, al ver la inminente huida del enemigo y temer que su lentitud no le favorecería alcanzarlo.

Pero ante la nefasta idea sobre la dignidad de su oponente, resolvió arrojar el arpón con todas sus fuerzas.

Tras aquella acción gimió ante el dolor, la tensión en su herida era tan irresistible que optó por detenerse y ver el lanzamiento.

El forajido saltaba escombros y se arrastraba por la espumosa superficie. Cuando de pronto al desviar la mirada y oír un agudo zumbido, se inclinó ciegamente. Su resplandeciente capa sobre voló momentáneamente y sin llegar a tomarla el fortuito ataque completó su curso.

El arpón asestó en ella y sin querer se anudó forzando a caer al hombre, hasta golpear su espalda contra un árbol.

Al oír el brusco sonido, Zarek comenzó a caminar hacia el sitio y de pronto sus pasos se convirtieron en un arduo movimiento. Ante la duda, una de sus manos tomó una de las hachas. Por mas que no lo mereciera, no pensaba dejarle escapar otra vez más.

Sin forma de liberarse a tirones, el pistolero tomó la difícil decisión de desligar la capa de su cuerpo. Cuando estaba a punto de soltarse oyó una onda de viento avecinarse.
Rápidamente gatillaba su revólver al frente, e innumerables disparos se efectuaron a través del bosque.

Tales estallidos alarmaron a Bera, quién se disculpaba ante la sorpresa de sus ilesos compañeros.

– L… Lo siento. Vi a ese solitario hombre dejar la pesada maza en la tranquera y temí que le dañarían si lo supieran –
– ¿Qué? ¿De qué hablas mi amor? –
– Yo nunca pensé que el Nórdico estuviera detrás de él –
– T… Tranquilízate hermana. Esa fiera era inhumana y espero que muera en ese bosque –

Bera sollozaba y Othar la abrazó intentando contener su angustia.

– Por mi culpa, casi les he perdido a ambos –
– No, no mi amor. Estamos bien y ninguno ha tenido nada que ver sobre esto –

Poco a poco la pálida piel de Semnurd retomaba color y viendo hacia los árboles alzó su arco.

– Si él no lo derrota, a esta distancia me sobraran flechas para terminar el trabajo –
– Aguarda Semnurd –
– ¡Estuvo a segundos de quitarnos la vida, Othar!  ¿En qué diablos estas pensando? –
– ¿Cuál de los dos es peor? –

El muchacho bajó la mirada y una nueva ola de disparos se produjo ante el inesperado revoloteo de las aves en la intemperie.

– Si es como Bera ha dicho, ese pistolero había planeado todo. Quizás sea el asesino de las leyendas –
– ¿Othar de veras crees que un pistolero acabaría con una civilización completa de Nórdicos? ¡Aquél hombre persistió a costa de la herida! –
– Ciertamente… No conocía a alguien así. Me produjo mas tormento, incluso, que el temible Rento de los 4 reinos
– Ninguno de los dos ha de ser humano –

Bera contuvo el aliento unos segundos y replicó respecto a la conversación.

– Rento poseía una armadura de wurtzita, lo que le hacía prácticamente inmortal –
– Mi maestro Daju decía que sus extremidades eran la debilidad en cuyo caso debiera enfrentarle. Pero con su estatura, mas imponente que el Nórdico, jamás siquiera pensaría en intentarlo –

Acotó Semnurd, al tiempo que Othar añadía:

– El Rey Orlandir nunca enviaría a su mejor guardián en nuestra búsqueda –
– Solo si supiera que liberamos a esos esclavos de su fatídica suerte, lo habría hecho. Apuesto que tendrá muchas dudas al respecto –

Murmuró el joven por lo bajo y cargó una flecha en su arco. Su hermana agregó:

¿Y aquél niño que había perdido a sus padres? ¿Crees que se encontrará a salvo? ¡Ni siquiera pudimos quitarle esas pulseras de hierro! 
– Nunca lo sabremos mi amor. Les liberamos de los guardias, pero tomaron diferentes caminos –

La tormenta de nieve comenzaba a cesar y los estallidos proseguían. La vibración del viento estaba por alcanzarle, cuando a tiempo el forajido logró quitarse la capa de encima. Inefectivos sus disparos jamás lograron desviar el filo circundante que cortaba todo a su paso.

El pistolero se arrastró sobre la nieve, en retirada. Pero no sin antes vivenciar como aquella afilada hacha rebanaba el árbol, donde se sostenía el arpón con su capa. Sabía que el Nórdico estaba por llegar y a corto alcance era arriesgado enfrentarlo.
Por lo tanto resolvió marcharse y rápidamente talló un mensaje con la cuchilla, que tomó por detrás de su cintura, sobre el tronco hendido. Luego desapareció entre las sombras. Aunque había sobrevivido, ya de ninguna manera reía.

Al llegar al sitio Zarek gruñía ante el dolor, y ante su fracaso. Incluso utilizando una de sus hachas no había logrado darle.
En el árbol, detrás del rebanado, yacía su filo clavado. Mientras que a su espalda una docena de estos se desmembraban en trozos.

Tras tomar el arpón notó que la capa atada en él no estaba siquiera rasgada. Y ante la incertidumbre, hacia donde marchara el impostor, advirtió un fresco mensaje tallado en la madera:

“…Esto aún no ha acabado…”