Capítulo 4 – Por la paz, la libertad y la vida propia.

por | Ene 11, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…No había mas opción que actuar y encontrar lo que el tiempo deparara…”

Por la paz, la libertad y la vida propia

Poco a poco se avecinaban las horas del atardecer y el consejo aún permanecía concurrido. Los sirvientes caminaban a prisa, intentando no interrumpir el momento más importante en las opiniones de los magistrados. Incluso los espectadores en una mezcla de sed y nervios habían contenido la respiración. En la mesada circular las miradas estaban contraídas en dirección hacia Lena y Romir. Magistrados que, bajo atención de sus guardaespaldas, se encontraban enfrentados y contemplándose de frente. No existía nada en el espacio singular entre ellos, hasta los pocillos de vidrio habían desaparecido. Los ojos de él solo constataban los de ella y casi se podía vislumbrar un reflejo de su rostro atormentado en ella.

Por su parte, Lena sonreía. Nada le daba más placer, al ritmo de su abanico, que ver a Romir alarmado. Ante el silencio general, mordió sus labios y volvió a comentar…

– Imagino que un hombre, que al llegar aquí no se asusta de la guardia imperial, ni valora la majestuosidad en el orden y los cimientos de esta fascinante arquitectura, es un claro peligro para la paz que hoy nos caracteriza. Si no pudiésemos mantenerlo como un as contra las bestias sería beneficioso para el desorden… –

Romir se tomaba de la cabeza, sin consuelo, y el General estaba por alzar su mano a la mira de los guardias. Ya estaba decidido a ejercer una determinación. Sus rasgos faciales, y su maliciosa sonrisa lo demostraban. El anciano reía de forma leve, mientras observaba fijamente la derrota crucial del magistrado que protegía al encapuchado.

– Sin embargo… –

Y antes de poder proseguir sus palabras, el General se levantó de su sitio y los alimentos volaron por los aires. Alzó su mano y un espadachín, al instante, se retiró de la audiencia.

– También podría ser la pieza fundamental para protegernos, por su mera razón de ser –

– ¡La decisión ha sido tomada! –
– Pero… ¡Espere! –
– Se levanta la sesión –

Romir yacía sin palabras, y todos se erguían sobre sus asientos, para abandonar el recinto.
La doncella se acercaba al magistrado, mientras su concubina contemplaba con recelo al mayordomo.

– Romir… Yo… –
– Has firmado nuestra extinción. Pensaba que, de niña, soñabas con la libertad –
– Pero si tu preguntaste por mi padre… ¿Acaso lo sabías de antemano? –
– ¿De qué no nos enteramos aquí? Hasta de cómo has abandonado la carta del triunfo a su suerte… –
– Y… Yo no había terminado de hablar… –
– Te tomas la vida ajena como un juego para martirizarme en público. Pero hoy te has condenado tu misma –

El hombre procedía a marcharse, mientras el mayordomo le seguía de cerca, cuando la doncella le tomó de su brazo.

– ¡Romir! –

La concubina espabiló de repente, al advertir el movimiento del mayordomo que sustraía un puñal. Rápidamente avanzó sobre la mesada circular, a tanta velocidad que para cuando el General notó el ruido, la dama ya había bloqueado el cuchillo con su abanico.

Romir siquiera desvió la mirada y Lena le soltó, pero él aún yacía quieto.

– ¿Hay algún problema Lena, Romir? – Exclamó el General.

Romir negó y prosiguió su marcha, mientras Lena juntaba sus manos sobre su busto.

– L… Lo siento –

El General desvió la mirada hacia el mayordomo y la concubina. De pronto alzó el ceño, pues el hombre la tomaba por la espalda, mientras ella sonreía agitando su abanico.

– Qué torpeza la mía, caballero –

Exclamaba con ironía.

Las noticias eran suficientes, pero sin saber cómo retirarse sin levantar sospechas, Erion regresó a la cocina.

– ¿Qué sucede Erion? Estas sudando… –

Preguntó Sherlyn, de cabello rojizo anaranjado, tez clara y un blanco delantal que apenas transparentaba su figura de adolescente.

– ¿Ha sido mucho para tu primer día? –

Indagó Thom, mientras Lev reía a carcajadas con su singular tono de voz que asemejaba a un forajido.
El muchacho negaba, pues las tareas no le habían entorpecido en ningún momento. Pero habiéndoles conocido en ese día, temía contarles la verdad. Por lo tanto, replicó:

– Tengo apetito –

Y todos rieron por su inocencia. Al instante, Sherlyn le alcanzó un panecillo de granos y algunas sobras en una bandeja de aluminio dorado.

– Pero… –
– No te preocupes, ellos no hacen recuento de gastos. Solo nuestro asistente, Lev –

Respondió Thom, dándole una palmada en la espalda al otro muchacho. Quién aún reía con su recio tono de voz.

Y a palabras suficientes, Erion degustó con total libertad los manjares a su vista. Incluso planeaba guardarse algo en los bolsillos de su pantalón y Sherlyn rió, pues no era el único que también pensaba en sus compañeros. Los cuatro se hurtaban los restos de los alimentos y los escondían entre sus prendas.

Luego, un espadachín ingreso a la cocina y solicitó que todos se retiraran de sus funciones.
El privilegio de asistir a los nobles permitía al muchacho un libre albedrío en los pasadizos del castillo. Sin embargo, y aunque no supiera que pudieran hacer al respecto, tenía la necesidad de alertar al resto de los prisioneros sobre la fatídica decisión que se tomaría en contra del campeón crepuscular.

Antes de que pudiesen reencontrarse, Roños y sus camaradas susurraban ante el replicar constante de picas que fundían las rocas.

– Debemos buscar el modo de salvar al encapuchado –
– ¿Por qué deseas ayudar a un asesino? –
– Debes adaptarte a la realidad actual. Los antiguos títulos se han desvanecido desde el momento en que fuimos capturados por los espadachines dorados –
– Dudo que nosotros pudiéramos hacer algo al respecto. Él es el único que ha podido enfrentarles –
– Por tal razón debe permanecer a nuestro lado –

Fab sonreía al tiempo que picaba y observaba como el resto planeaba el modo de recuperar al encapuchado.

Los espadachines dorados también se encontraban en aquél sitio, sin perder de vista las intenciones de la multitud.
Erion corría entre suburbios contemplando, maravillado, los caminos que conformaba el Imperio, como sus gentes se movilizaban con plena libertad. La cantidad de comerciantes y como el ejército operaba el control de todo. Era como si de nacimiento tuviesen inculcadas las reglas.
Aún no lograba discernir si alguno poseyera un título superior o algún cargo que le permitiese controlar al resto entero.

Y como él asistía a las reuniones de consejo como sirviente, poseía libertad suficiente para pasear entre las callejuelas y advertir las aglomeraciones de personas que desde la caverna no podían ser detectadas.

A pesar del libre comercio, el ejército parecía ser opresor de cualquier libertad que se ostentase fuera de la norma.

De pronto alertó la movilización de una cuadrilla de espadachines dorados. Las personas se abrían paso sin interponerse en su sendero y las botas metalizadas replicaban de forma constante ante la marcha sobre el suelo empedrado.
El radiante sol sobre ellos producía destellos de luz que encandilaban a cualquier ente y, a pesar del meticuloso orden, algunos niños aprovechaban la oportunidad para sustraer frutos rojos ante la incandescencia.

Cuando una repentina voz que ya había oído con anterioridad le tomó desprevenido. Temiendo ser detectado, aguardó en una tienda y observó la diversidad de frutos silvestres en oferta.

– ¡No pude expresar mi completa opinión! Y ahora él ha llevado la razón contra mi –
– ¿Y por qué le preocupa, mi lady? Tiene el favor del entero consejo. ¿Qué más le podría hacer falta? –

– Romir es… –

– Aguarde. No irá a decirme usted que… –

La concubina, sonriente, se adelantó y la tomó de sus manos. Mas que su guardiana, se asemejaba a su hermana menor.
Atento, Erion, oía ante el pasaje de las jovencitas.

– No… No… –
– ¿No? –

La doncella del blanco hanfu negaba, al tiempo que sus dedos se frotaban entre sí y buscaba privarse de contestar.

– Cualquier indicio se ha extinguido, como él dijo… –
– Pero mi Lady… Usted ejerce poder en las decisiones –
– No es tan sencillo –

Al notar que se distanciaban del sendero, Erion olvidó lo maravillado que yacía al sentir el aroma de los frutos y siguió a la consejera desde la distancia. Cada vez que la concubina se volteaba para vigilar, el muchacho atendía las ofertas de los tenderos y se asombraba creyendo comprender los valores de los trueques.

Los espadachines dorados formaban un horizonte voluminoso, pero las damas parecían seguirles el rastro desde la distancia.

– Usted puede salvarlo y detener esto mi Lady –
– Pero… –
– Piénselo… Cómo el magistrado dijo… Ese guerrero puede ser la esperanza. Usted debe apoyar la evolución y así se liberará –
-¡No es tan simple! –
– Si me da la orden, puedo ayudarle –
– Jamás te obligaría a hacer algo que pudiese costar tu vida –

Y aunque no prosiguiesen el diálogo ambas se miraron, como hermanas, y las intenciones eran lo suficientemente claras.

Erion sabía que no quedaba mucho para que extinguieran la vida del encapuchado. También sabía que algunos de los miembros del consejo buscarían salvarle. Pero quizás no fuese suficiente y, por tanto, optó por atravesar el mercado y dirigirse a las murallas. Imaginaba que algunos de los esclavos estarían allí, trabajando, y aunque el sitio estuviese colmado de guardias no podía negar que el encapuchado era el modo de asegurar su libertad total.
Y como si el destino se apropiase de prever los sucesos, Roños ya había elaborado un plan de búsqueda y recuperación. Ante la atención de Fab, todos los esclavos asentían respecto al plan de liberación.

– Olvidas un detalle –

Exclamó el Viriathro ante la resolución del resto.

– ¿Que será, pelo gris? –

Todos rieron por lo bajo, ante el comentario de Roños.

– El ejército tiene normas específicas. Cualquier intento de sublevación implica la muerte –
– Desde el momento en que fuimos capturados y pasados enemigos nos fusionamos hasta conformar esta familia, nuestros intereses son similares. Sabemos que no será sencillo, pero ese hombre puede hacer nuestra rutina menos tortuosa –
– ¡Es verdad! prefiero una vida concisa con esperanza que una eterna prisión del espíritu –

Exclamó Rebok. súbitamente.

Rav’Thos admiraba la convicción en sus palabras y reflexionaba. Pues él siempre había protegido a su familia a costa de los deseos ajenos. Sabía que debía modificar su modo de priorizar la vida de los suyos.

– Existirán sacrificios que beneficien a unos pocos, y por ello, pelo rojizo, debes estar seguro de ser capaz de sacrificarte por el resto con tus palabras y no dejar versos vacíos –

Y aunque todos sonriesen con ímpetu, aunque Fab les impulsara a creer que todo es posible, Roños y y Rav’thos reflexionaron tardíamente.

– Hijo mío… A caso tú… –

Murmuró el Líder de los Viriathros, en presencia de otros ancianos.

Repentinamente los prisioneros ya no sentían recelo por los Viriathros. Jiont que era el más allegado entre los hombres, de pronto consiguió acaparar más fieles a la confianza sobre los seres de pieles blancuzcas y cabellos grisáceos. Ahora dejaban de obstruir el optimismo de Fab y le permitían mayor unión en las decisiones.

– Les ayudaré con el plan –

Todos asentían al unísono, mientras Roños y Rav’thos contemplaban extrañados su dedicación.

– Quizás sea demasiado tarde para planificar… Miren eso –

Replicó Jiont. Todos dejaron de excavar, y al voltear la mirada alertaron a un exhausto Erion que sucumbía ante un forzoso y veloz trayecto.

– ¿Qué hace aquí, niño? –

Gritó un espadachín dorado.

– ¡Es… E… Erion! –

Clamó Roños, y los prisioneros rechinaron los dientes ante el mal trato de los guardias.

– Solo necesita aliento –

Respondía Rav’Thos.

– Bríndele de mi vasija con agua, por favor –
– ¡Sigan trabajando! –

Replicó el espadachín, con suma soberbia.

– ¡No hay tiempo para simular! –

Gritó, entre suspiros, el muchacho.

– Es hora…-

Murmuró Fab y sosteniendo su pica, al tiempo que Rav’Thos negaba sin descanso, produjo un aire de valentía entre los presentes.
Su hijo asentía, sonriente. Tal era su determinación que impulsó al resto a aflorar la confianza. Algunos comenzaban a recolectar rocas y a tomar picas con ambas manos.

– El señor está en peligro. ¡Han anunciado su eliminación! –

Gritó el muchacho, y siquiera pudo contener el aliento que advirtió como los espadachines se giraron en su búsqueda. Mientras detrás, las palabras infligían audacia en los esclavos. Sin mesura avanzaban para iniciar una feroz revuelta.

– ¡Detente niño! –

– ¡A la carga!!! –

Gritaba Jiont, seguido por Rebok, Ralonte y numerosos prisioneros. Mientras Fab se presentaba al frente de los rebeldes.

– ¡Atentos! Sublevación en curso –

– ¡Vamos! ¡Con todo!! –

Las rocas comenzaban a descender de su previo lanzamiento y replicar contra los poderosos espadachines dorados. Ancianos se arrojaban sobre el suelo y abrazaban las piernas de los guardias, buscando retenerlos.

– Ha comenzado… Resiste Demonio de Yahandá, vamos por ti… –

Murmuraba Roños, ante el avance pertinente de los hombres. Rav’Thos yacía sin palabras.

¿Qué sucederá ahora que todo va perdiendo el orden? ¿Qué sucederá ahora que la esperanza es clave en los corazones de los valientes prisioneros? ¿Será suficiente esta revuelta contra el ejército más poderoso del continente?