“…y ni las puras virtudes llegaron a sospechar. Era demasiado tarde para arrepentirse…”

El Trágico Desenlace en Triviltor

Un espectador se ocultaba entre los arbustos al momento del ritual de iniciación de Geón, y tal acontecimiento produjo una intensa movilización de Guardias en Triviltor. Uno de estos había sido atacado, provocando conmoción en las filas de místicos. Tal suceso produjo, más tarde, la atención de Nozepul, quién se internó en la búsqueda nocturna. Cuando estaba a punto de hallar al culpable, descubrió que la amenaza no se trataba de un único individuo.

Por otra parte, un visitante llegó a interrumpir el diálogo entre el Gran Sabio y su restante discípulo.
De intenciones agresivas, éste, solicitaba la Reliquia de Daghol.

Portado, dicho vestigio, por el druida de Triviltor. Aquél que preocupado por Nozepul, había utilizado sus conjuros de transformación para alcanzarle.

Velnor espabilaba tras el duro golpe que recibiera tiempo antes, y mientras recuperaba el aliento, contemplaba al encapuchado que fríamente alzaba del cuello al Gran Sabio.

– ¿Dónde está? ¡Dímelo! –
– GNN… –

El adepto, sin más rodeos, posó el dedo índice en su frente y observó fijamente al intruso.

– Suéltalo –

Tras dicho comentario el Gran Sabio se desplomó sobre la hierba, liberándose, y el enemigo se volteó rápidamente hacia el psíquico.

– In… Insolente –

Ante la mirada de Velnor, el vacío bajo la capucha, que formaría su rostro presentaba una sonrisa maliciosa.

– Retírate de mi vista –

Murmuró Velnor, concentrado en su oponente. Y antes que éste pudiese contradecirlo se retiró, abandonando así el ambiente.

El místico suspiró agotado y de pronto su Maestro se despertó agitado.

– Velnor… Debes… –

Antes de finalizar el diálogo el adepto sonrió y el encapuchado reapareció delante de su rostro.

– ¡NO! –
– Eres demasiado problemático –

El misterioso Ser alzó al psíquico en el aire y con su mano le estrujaba. Era tal la fuerza que, tras el desvanecimiento de su sonrisa, perdió el aliento.

– Es.. Espera –

Gritó el Gran Sabio, de pie.

– Entrégala –

Replicó el intruso, al tiempo que Velnor negaba y se ahogaba por la presión en su cuello.

– N… No la poseo –

Respondió el anciano, y el encapuchado silbó tan profundamente, que una ventisca sopló desde fuera.

Los guardias se replegaban confundidos, ante el sonido agudo y repentinamente volvieron sus miradas al lugar sagrado donde yacía el sabio y su adepto.

– Suéltalo, te lo suplico –

Imploraba el mentor, de rodillas.

Pero el encapuchado se negaba y, tan pronto como se retiraba, abalanzó a Velnor al frente. Fue como si su cuerpo, poco a poco se tornase más liviano.

La piel del muchacho se transparentaba y perdía el color. Las propiedades de su esencia humana iban siendo absorbidas por cada segundo que pasaba. No solo perdía la respiración, sino que con el pasar del tiempo su propia existencia se extinguía.

– Esas técnicas eran… –
– ¿Para defendernos viejo? Tu siempre tan pasivo, que en este justo momento no podrías resolver nada –

El hombre no hallaba palabras para detener su oscura y maléfica osadía.

– Tus propios discípulos carecen de mentalidad, para utilizar sus recursos contra los límites que les has impuesto –

– GHHKK… –

Las prendas de cuero se soltaron de la mano del encapuchado, quién sonreía con creces mientras Velnor desaparecía.

El anciano se lamentaba, sin consuelo probable.

– Por ello existo yo, para rebelarme a tus principios. Y para adueñarme de sus conjuros. Me extraña que no lo hayas anticipado, viejo –

– El futuro ha cambiado, desde mi decisión de hace unas horas –

El encapuchado se retiraba, y el Gran Sabio no dejaba de contemplar las prendas del psíquico.

– Sabías lo que pasaría con Velnor, pero un vidente desconoce lo que sucede consigo mismo –

Murmuró el Ser y posó su dedo índice bajo el margen de su capucha.

El vidente cerró los ojos y se oyeron los rugidos de numerosos felinos.

– Pregúntate por qué no absorbería el pronóstico del vidente… –

Los gritos de guardias y místicos sembraban el área. Los animales atacaban a todos y cada uno, mientras el encapuchado se internaba en la selva.

Y en el mas allá, el yelmo de diamante relucía sobre la forma de un tigre blanco. Uno que se volteaba de pronto hacia el trayecto superado. De sus ojos se derramaban míseras lágrimas.
Tan pronto como el ruido en los arbustos prosiguieron, el animal olfateó y siguió la marcha.

En el interior de aquél pantano, Nozepul se encontraba en conflicto ante las sombras.

El crujido de un sable resonaba contra las hierbas, seguido de los pasos ligeros de algún individuo.

– Muy bien, destruiré la selva propia. ¡Hasta que no halles dónde ocultarte! –

Girando en torno a sí el místico estiró sus manos y, tras detenerse, su propia figura provocó un temporal sin precedentes.
Tal era la fuerza del viento que todo a su alrededor era arrancado de su espacio físico.
Ante la poderosa ventisca el felino hizo su aparición, su yelmo resplandecía con tal notoriedad que parecía resistir la intensidad del conjuro meteorológico.

Tan pronto como el crepúsculo del amanecer se avecinaba, Nozepul alertó las figuras sombrías delante de sus ojos. Casi plegadas, parecían colisionar y mezclarse en algún punto.

Dos guardias muertos, de pronto, se arrastraban ante la fuerza eólica. Nozepul, perdiendo la ira, generó un mayor aluvión que hizo arrancar la propia hierba a su alrededor. A poco un cráter de tierra se formalizaba y el místico señalaba al oscuro rival hacia el frente.

Un rugido resonó a su espalda, pero no tenía tiempo que perder, finalmente había hallado al culpable. El demonio de Yahandá yacía delante de sus ojos.
Apenas sus iris azules eran visibles en su forma corpórea, que parecía vestir una oscura seda. Su rostro no era comprensible a esa distancia y un nuevo reflejo despertaba a Nozepul de su interpretación. Se trataba de la afilada espada, que lentamente se enfundaba detrás de su hombro derecho.

– ¡Demonio! Pagarás por tu intrusión –

Cuando el ágil oponente procedía a marcharse, el místico conjuraba un iceberg. Pero repentinamente la segunda figura sombría, de un exorbitante tamaño se abalanzó sobre él.
Al ver el reflejo de tres filos avecinarse a su rostro, descendió el gélido ataque y obstaculizó su ímpetu.
El sol comenzaba a bañar la oscuridad latente con sus relucientes ráfagas, y el místico retrocedía ante la fatídica aparición. Los filos no eran otra cosa que una gigantesca garra. El pelaje oscuro del animal, presente, se revolvía haciéndose visible.

– Que rayos… –

Tras un rugido, el tigre blanco apareció por detrás de Nozepul. Pero las dimensiones de la bestia al frente eran de mayor magnitud. Luego de verse cara a cara, como dos bestias a punto de iniciar una batalla por la supremacía, gruñeron mientras arañaban la tierra bajo sus patas.

Nozepul contemplaba la naturaleza descontrolada a su lado y temía que lucharan por la presa, cuándo él se trataba de la misma.
Pretendía aprovechar la inestable situación para retirarse, pero divisó el reluciente yelmo en la cabeza del felino de menor tamaño.

– G… Geón –

El tigre blanco ladeo su rostro hacia el místico, como si pudiera comprender su dialecto, y de pronto un rugido tronador aturdió sus propios tímpanos, ante la fiereza.
Era tal la amplitud que guardias y caza recompensas, en Triviltor, sentían que el propio apocalipsis se les avecinaba.

Innumerables felinos de tamaño similar a Geón patrullaban lentamente en la aldea, rodeaban a varios humanos. Confundidos y temerosos, éstos, sintieron de pronto un grito desgarrador que provenía desde el altar y al ver hacia tal dirección notaron a un encapuchado retirarse de camino hacia la densa selva.

– ¡AGHHH!! –

El alarido de dolor había sido tal, que no demoró en atraer la atención de Nozepul.

– Maestro… –

Replicó el adepto aterrado y, sin mediar palabra alguna, resolvió marcharse de regreso a la aldea.

Geón se hallaba en un dilema peligroso ante la gigantesca pantera negra que yacía delante de sus fauces. Rápidamente optó por atenerse a su mísero instinto humano y buscó escapar, pero la criatura rival avanzó provocando temblores. Era como si el resplandor del yelmo atrajera su atención.

En cuestión de segundos, la transformación de Geón no era suficiente para rivalizar contra tal oponente.

Rugiendo, la pantera saltó para devorarle y tan pronto como un nuevo resplandor hacia su aparición, la afilada espada del demonio de Yahandá se incrustó en un árbol, luego de producir un sutil corte en una de las garras del peligroso y extraordinario animal.

Geón contemplaba la llegada del amanecer con la figura del Ser, al que reconocía como un sombra. Incluso ante la luz solar, solo se podía descifrar sus ojos, puesto que vestía oscuras prendas de seda, con una mascarilla que ocultaba su rostro.

El Sombra o Demonio de Yahandá se trataba de un ninja. Ahora desarmado, por propia voluntad, aguardaba la resolución de la bestia. La misma relamía su herida y tan pronto avizoró al hombre, se irguió para abalanzarse sobre él.

Nozepul llegaba a la aldea finalmente, y decenas de felinos rugían ante los guardias. Aquellos que buscaban vencer a los monstruosos animales con sus cañas y pezuñas. Se hallaban en una desventaja superior a la que imaginaban. Pero tan pronto como el místico hizo su aparición, sus conjuros de fuego y hielo lograron ahuyentar de forma despavorida a las criaturas.

Numerosos muertos y heridos se hallaban por doquier, el místico rechinaba los dientes ante la dramática conclusión y, sin más rodeos, se dirigió hacia el altar. Dónde había sentido por vez última la voz de su Maestro, el Gran Sabio.

La perspectiva era de terror, los carnívoros habían finalizado tras su último aliento. Parecía como si hubieran conseguido su don de la videncia, puesto que se habían largado antes que llegara el poderoso Nozepul.
Además habían dejado sentado, con los ojos saltando fuera de sus cuencas y la boca entre abierta, al hombre. Como si, de forma inteligente, presentaran una ofrenda y como si no sólo se tratasen de animales. Sus extremidades yacían extirpadas señalando hacia el Norte, Sur, Este y Oeste.

¿Quién será el misterioso Ser que había acabado, en cuestión de segundos, con los líderes del pueblo? ¿Estará Geón a salvo ante la amenaza que suscita?