Capítulo 30 – Desenlace Originario

por | Dic 20, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…En el final de la guerra las hostilidades presagiaban una nueva…”

Desenlace Originario

Iluminados por la esperanza…
Por el ensueño de quebrantar toda esclavitud contra el Imperio del Más Allá, incontables vidas se han perdido frente a todo propósito.
Así el Cráneo Negro iniciara una peligrosa invasión, así los dracónicos intervinieran para conformar una novedosa tentativa en contra del Emperador, el Campeón Crepuscular aún gestaba convicción en los corazones de esclavos y nobles..
Ostentando su reliquia, la Vaina de Loto, Cent’Kas era superior a sus enemigos y suficiente para vencer a los dracónicos. Sin embargo, la furia de Darnoth permitía equilibrar la balanza de poder. Asimismo, Jasnoth iniciaba una cruenta batalla contra los cazadores furtivos para reagrupar a sus esbirros.
Imposibilitado el Héroe para detener su campaña, Joseph optó por intervenir.

El mar se agitaba como si pudiera reconocer la sostenida guerra y choques de filos ameritaran su desorden. Un cuerpo avanzaba sobre el tumultuoso oleaje y se distanciaba de la tierra firme. Entre aliento y enjuague, había conseguido advertir tres buques que se avecinaban hacia el archipiélago.

Añorando una bocanada de aire, el hombre ascendía gritando y, nuevamente, la fuerza de la marea lo sumergía.

– ¡Rofindir! –

Al borde de la desesperación, alertaba como las aguas le sofocaban y lo magnetizaban hacia las profundidades.

– ¡A dónde ha ido el renacuajo! ¿A dónde has ido?, ¡Cráneo Negro! ¡Enfréntame! –

Balbuceaba, sin cesar, intentando permanecer a flote.

Y como si no asistieran a la mezcla del oleaje, los galeones comenzaban a superarle. Un espadachín dorado reía a carcajadas tras ver a un nórdico absorto por las mareas.
Cerraban pestillos de numerosas celdas, al tiempo que otro caballero imperial anunciaba:

– Deberíamos arrojarlos al vacío por su salvajismo –
– El tributo lo es todo. El Mariscal estará encantado de recibir nuevos prisioneros –

Clamó otro que, a medida merendaba, peinaba su melena con un cubierto.

– ¿Para qué les querría si no poseen uso de razón? Casi pareciera que rogaran morir –
– Ciertamente… Dudo que sus Dioses sepan nadar –

Y entre risas aplaudían por el último comentario, mientras numerosos guerreros, esclavizados, lanzaban alaridos de ira.

– Ingrid solventa este destino y de ser necesario me entregaré en tu recuerdo –

Exclamaba una severa guerrera, que yacía encadenada en el interior de una jaula.

– Sobre todo esa salvaje. Deberíamos hundirla en las profundidades en este preciso momento –

Gritaba el espadachín dorado.

– Ciertamente, es la más peligrosa de todas.

El caballero que peinaba su melena con un trinchante, se volvió hacia los presentes y replicó.

– Dudo que alguien se preocupe si perdemos a una. Arrójala a los tiburones –
– Será un placer –

Entre risas y descomunales alaridos de guerra el cerrojo yacía hendido.
Acorralada por numerosas extremidades de espadachines, caminaba portando las pesadas cadenas de hierro. Tras ser arrancada de la prisión, la empujaban hacia popa . El resto de los nórdicos clamaba entre cantos nórdicos triviales.

– Siquiera los arpones podrían vencerte, y desde los confines del mundo te honramos. Ni las heladas montañas de Jacor olvidan la perseverancia. El tributo ofrendemos Ingrid por una batalla en la cual morir –

– ¿Acaso ya no ruegan a ese tal Rofeondir? Numerosos lamentaban su presencia a medida los convertíamos en cenizas –

Gritó, a carcajadas, el espadachín dorado.

– ¡Te destrozaré! –

Respondía uno de los prisioneros, al tiempo que, entre barrotes de hierro, advertía como la guerrera de melena oscura y grisácea era preparada para ser arrojada fuera del buque.

– Puedes rezar a tus Dioses en las profundidades, ¡mujerzuela! –

– Ingrid, estoy dispuesta –

Y en lo que sucumbía hacia las mareas, la mujer consiguió voltearse y gritar:

– ¡Soy una con el mar Ingrid! –

Contemplando la escena y, apenas pudiendo emerger por cada brazada, el berserker murmuró:

– Rofin…. ¡Ingrid! –

Y en la presencia de un feroz  y distante relámpago, los buques descendían su velocidad ante la imprevista calma del mar. La brisa dejaba de soplar y, a punto de sumergirse en el agua, la pesada cadena de la guerrera se alzó por sí sola. Contra toda gravedad ofreció un latigazo al espadachín dorado que regresaba hacia proa.

Apenas pudiendo abrazar una de las hombreras, la fuerza del sobrepeso le obligó a ceder y caer de espaldas hacia el mar.

– ¡ARGHHH! –

El resto de espadachines se volteaba hacia el incierto suceso.

– ¿Ya ves? No osen abusar del karma –

Anunció el caballero, quién volvía a saborear el pescado frito con el mismo cubierto que hubiera utilizado para peinar su melena.

– ¿Si es karma lo que hablas, porqué el viento no sopla? –
-¿ Pretendes cuestionarme? –
– No. Mi Lord. –

La dama sucumbía hacia las profundidades y llevaba consigo a un espadachín dorado, que producto de los nervios y su pesada armadura se ahogaba prácticamente al tocar el agua salada.

El Berserker, contrario a sus precedentes deseos, se hundía para intentar alcanzarla. Pero sus extremidades no lograban apartar los eslabones.
Tan pronto la nórdica cerraba los ojos, como si aportara en algo, el berserker imitaba sus gestos. El ahogado espadachín comenzaba a sobrepasarlos por el peso y la cadena empezaba a zafarse.

Tras abrir los ojos, el nórdico advirtió la presencia de una monstruosa mujer que emergía desde el fondo del mar. Con ella viajaba aquél enorme mazo con el que el hombre hubiera golpeado al Cráneo Negro. Y tras tomarlo, el berserker rechinó los dientes. A punto de perder su aliento intentó golpear los eslabones, pero era inútil. Y aunque le pareciera ilógico, empujo el su pesado mazo hacia el espadachín hacia las profundidades. La presión conseguía, poco a poco, liberar a la mujer. Así, abrazando su espalda, el hombre pataleó buscando emerger.

Cuando al fin recobraban la inspiración, se observaron como si la Diosa Ingrid les hubiera seleccionado.

– ¿Estas preparada? –
– Siempre ¿y tú? –

Entre irónicas risas avanzaron a nado hacia los buques.
Luego de escalar los mismos, lucharon con suma glorias y consiguieron liberar a los esclavos. Así arrojaron al mar al caballero y otros guardianes del Imperio y viraron el timón hacia otro rumbo.
Ante las diversas interrogantes sobre el destino, el berserker clamó:

– Iremos hacia donde Ingrid nos devele –

Y al señalar al novedoso frente los nórdicos alertaron a una preciosa sirena que avanzaba a la distancia.

La sangre manaba desde las profundidades, los cuerpos de los espadachines servían de tributo a la Diosa. E innumerables tritones y sirenas disfrutaban del festín.

Así la brisa volvía a soplar y el oleaje recuperaba su cauce. El berserker regresó la mirada hacia el fondo del mar y tras aceptar que Rofindir le había abandonado, prometió luchar en honor a Ingrid.

Las numerosas bajas del Imperio, frente al inagotable ejército de no-muertos comenzaba a deponer el aliento de sus tropas. El General  Azferith contemplaba el gran Torreón y, de entre los rebeldes, el longevo guerrero advertía el acontecimiento a medida que su filo se enterraba en el cráneo de un esbirro. Por su parte, Rebok rechinaba los dientes, puesto que los cadáveres realzados comenzaban a conformar las tres cuartas partes de la popularidad.

– ¡No se rindan! ¡Luchen contra la muerte! Esto solo es el comienzo –
– ¡Esto es una enfermedad mortal! –

Clamó otro y su cuerpo fue rebanado por un espadón de oro, empuñado por el guerrero no-muerto de placas que portaba el rostro enojado en la mascarilla de porcelana.

– Es tiempo Señor –

Anunció el longevo retrocediendo, mientras sudor y sangre remojaban su cuerpo.

– ¿Tiempo de qué? –
– ¡Nos están sobrepasando! Regresemos a los buques –
– ¿Y perder el Imperio? –
– El Imperio ya está perdido frente a este bastión de enemigos. Debemos reagruparnos –

Y Rebok no dejaba de observar como Jiont y Cluín, luchaban sin descanso. Parecía como si alumbrase a las legiones con mayor optimismo, que tanto rebeldes como espadachines dorados se unían a su causa.
Kalú, el Comadrón y Alik, el Munchúe llevaban montados en sus hombros a Mika y Liu, mientras que, delante, se aproximaba Nihn, la Elfa centinela. Juntos planeaban regresar adonde se hallaba el Líder de la rebelión.

– ¿Qué creen que hacen? –
– La batalla es una clara derrota –
– ¡¿Derrota?! Malditos cobardes –

Alzando el arco y tensando una flecha, la Elfa apuntó al rostro de Rebok.

– No fallaré –
– ¡Confundes al enemigo mujer! –

Los rebeldes se desplegaban ante la cobardía de Rebok frente a la Elfa. Los esbirros de Jasnoth abrían múltiples brechas en el muro de defensa.
Asimismo, los cuernos del Imperio resonaban enérgicos y el General Azferith proclamaba la retirada.

– ¡Aparta! –

Gritaba la Elfa, decidida a soltar el disparo.

– ¡Señor! Debemos regresar –

Vociferaba el longevo guerrero.

Las huestes de no-muertos se abrían paso por doquier. El ejército del Imperio se retiraba, finalmente, hacia el noble mercado.

– Es tu fin –

Sin más, la Elfa soltó la flecha y, sorpresivamente, el silencioso prisionero la detuvo al empuñarla con sus dedos.
En ningún momento había participado de la batalla. Sin embargo, aún parecía proteger a Rebok.

El longevo guerrero cruzó miradas con aquel misterioso hombre.

– Ese bastardo de Jiont sigue uniendo fuerzas y no se ha resignado –
– Será que él desea morir. Pero estos pequeños no lo harán por ti –

Exclamó la Elfa señalando a Liu.

– ¡Abandone Señor! –
– Silencio escoria –

Finalmente, los rebeldes huían a favor o en contra de su consentimiento. Los soldados de Jiont comenzaban a ser avasallados ante la enorme cantidad de enemigos.

– Ese Viriathro –

Murmuraba, Rebok, con ira.

– ¡Señor! –
– ¡Que te calles! –

Y otro hombre, retirándose hacia el mar, gritaba:

– ¡Están pasando! ¡Son demasiados! ¡Huyan! –

Ante el nefasto pronóstico, la Elfa bajó la guardia e invitó a sus compañeros a desobedecer las órdenes. Rebok aún contemplaba a Cluín y Jiont en un estado muy inferior a sus oponentes. Sin embargo, aún luchaban sin descanso alguno.

– ¡Señor! –
– No me iré hasta ver que Jiont caiga en batalla –
– ¡Eso es insano! –

El silencioso prisionero, al alertar la fuga de todos, se decidió a plantar cara a los esbirros hasta tanto su salvador tomase una decisión opuesta.
Así, liberándose de su capucha, se presentó como un esbelto y calvo muchacho con el atlético tórax desnudo.
Aunque no emitiese palabras a sus reacciones, les insertaba una gradual mueca de dolor. El longevo guerrero y Rebok yacían sorprendidos ante la resolución del último guardián frente a las huestes.

– ¡Jum! –

Feroces puñetazos y patadas arrasaban con decenas de esbirros y desplomaban sus huesos por doquier.

– Señor… Si pierde a ese guerrero… –
– Ya lo sé. ¡Silencio! –

Respondió Rebok, quién alertaba como numerosos seguidores de Jiont caían frente al espadón de oro del guerrero convertido.

– Es hora –
– Un momento más –

Al avecinarse demasiados esbirros alrededor, el calvo propició una patada giratoria que les obligó a replegarse.

Cluín finalmente posó su extremidad en el hombro de Joint y, como si despertase de un sueño, se retiraron en carrera hacia el Imperio, al tiempo que el espadón de oro atravesaba a rebeldes y espadachines por igual.

– ¡Monje! –

Clamó el longevo guerrero, luego que Rebok abandonaba la campaña sumido en la furia.

Con ansias de matanza, el guerrero de placas buscaba un nuevo oponente y, a tiempo, el silencioso prisionero ofreció un feroz puñetazo al terreno obligando a volar por los aires a cuantiosos esbirros se presentaban. Más luego, encorvó su postura, descendió la cabeza y, tras erguirse, sus ojos contemplaron la mascarilla de porcelana con el rostro de enfado grabado. Más luego se retiró del combate. El guerrero poseído se empecinó en alcanzar al monje y empujaba a los lacayos que se cruzaban en su camino.

– Aprisa Señor. ¡A los buques! –

Rebok asentía a paso tranquilo y el monje, que ya les había alcanzado, se volteaba continuamente de espaldas. Contemplaba a las huestes superar el cráter de su poderoso puñetazo contra el terreno.

Siendo menos cantidad de rebeldes, todos se reunían en un buque y la centinela arrojaba certeros disparos a los esbirros de Jasnoth que se avecinaban desde los muelles.

– ¡Alzar el ancla! –

Gritaba el longevo guerrero.

Y comenzaba a oírse el clamor de los hombres al levantar los pesados eslabones de hierro, que yacían sobre la costa.

-¡Desplieguen las velas hacia babor! –

Desorientados los hombres corrían de un lado a otro sin comprender dicho mensaje.
Y finalmente asistía a Rebok, el longevo y al monje para acceder prontamente al navío.
Los esbirros se avecinaban hacia las playas y, ante la sorpresa de todos, el longevo manipuló el timón tras forzar las velas. El buque comenzaba a movilizarse hacia las aguas saldas y Rebok no emitía palabra alguna. Todos yacían perplejos ante el Capitán.

Y aunque el guerrero de placas de la mascarilla enfadada de porcelana aguardase en la costa, docenas de no-muertos se internaban en el océano buscando alcanzar al navío nadando.

– Jasnoth, Jasnoth, Jasnoth –

Se oía entre los adversarios y, finalmente, el buque se alejaba del archipiélago. El grito del guerrero de placas constataba su profundo deseo por luchar contra el monje.

– ¡GROAAAAGH!!!! –

Todos se hallaban descansando ante el vaivén del oleaje y, cuando iniciaba el viaje, uno de los guerreros, que había explorado el camarote, regresó con novedosa información.

– Tenemos pez salado e hidromiel para saciarnos –

Los hurra de los Gitanos Desalmados, liderados por Rebok, replicaban en consonancia. Sin embargo Nihn y el resto de mercenarios no festejaba.
Cuando se iban haciendo la ideal del tiempo que les tomaría llegar a Daghol un estruendo contra la marea, a poca distancia, les tomó por sorpresa.

– ¿Qué ha sido eso? –

Rápidamente los rebeldes contemplaban todos los sitios posibles para advertir el suceso.

– Allí –

Exclamó uno y, todos, Rebok inclusive, se voltearon y avisaron dos galeones del Imperio, con mayor fuerza de tropas que prisioneros.

– No es posible –

Lamentó el longevo guerrero al advertir las cabras con alas que portaban los banderines de la flota Imperial. En cambio el navío portaba un banderín negro.

Tardíamente izaban el emblema del Imperio y simultáneos disparos de cañón rozaban el casco, provocando que la marea penetrara tras impactar sobre el mar.

– Depongan armas y ríndanse sabiamente –

Rebok rechinaba los dientes en el camarote y el longevo guerrero se presentó para dar las malas noticias.

– Señor, me temo que hemos sido capturados por el Imperio –
– ¿De qué diablos me hablas? Si acabamos de luchar su guerra –
– Al parecer estos hombres siquiera se enteraron de la invasión –
– ¡Maldita sea! –

De pronto, la Elfa ingresó exclamando:

– No hay tiempo para la razón. ¿Qué hacemos Capitán? –
– ¡Tú! ¡Tú Nihn! Has causado esta aberrante situación –
– No eres más que un soberbio incompetente –
– ¡Cálmense ambos! –

Bastando la mirada del longevo para aceptar la rendición, Nihn procedió a izar el banderín albo de la rendición y los rebeldes cruzaban constantes miradas.
Algunos estaban de acuerdo con el Capitán y la Elfa, mientras que otros ansiaban luchar contra el Imperio.

– ¡Cómo te atreves, impostor! –
– Señor no puedo dirigir una batalla que no ganaremos –
– Has resultado un cobarde –

Y, negando, respondió:

– Apenas estos necios conocen los puesto en una batalla naval. ¡No lucharé solo contra dos buques! –

– ¡Maldito embustero! Esto es peor que haber muerto en la Gran Guerra Sagrada. –

– ¡Silencio! –

Y el Capitán salió del camarote, obligando a dos rebeldes a contener su migración.

– ¡Malnacido! –

En cuanto se aproximaba a la proa, contempló como los rebeldes aguardaban de rodillas, desarmados, y la brisa resoplaba ante el banderín blanco. Barcas cubiertas de espadachines dorados atracaban junto al galeón y el sueño de la libertad en Daghol se volvía inaccesible.

Con la fuga del ejército Imperial, el puerto quedaba cedido a los esbirros de Jasnoth. Asimismo, estos solo añoraban más cadáveres para amplificar las tropas del dracónico oscuro y, por tal razón, se diversificaban en el extenso archipiélago buscando nuevas víctimas.
El General Azferith regresaba al Imperio sumido en el pesar y, procurando esquivar el encuentro, Jiont, Cluín y algunos seguidores se separaron del camino marchante de los dorados.

En el noble mercado, que yacía desolado, los presentes se alimentaban con abundancia.
Todos estaban reunidos en una extensa mesada de cedro, e incluso Lena, Sinuesa e Hilda se hallaban en el banquete.
Las mandíbulas de los posibles líderes se hallaban labrando y no existía quién entablase conversación alguna. Sin embargo, Rultz tomó partida.

– El Campeón Crepuscular se haya solo, luchando una batalla que probablemente no le otorgue victoria –

Erión asentía conteniendo las lágrimas.

– Deberíamos regresar por él.

Exclamó Sinuesa y Toriel dio un firme golpe sobre la mesa. Romir aguardaba, en silencio, su turno para opinar.

– ¿Has perdido la cordura? –

– Ciertamente… Rultz lleva razón y también se encuentran allí Ralonte, Dorothea y Joseph –

– ¿Qué propones Romir? –

– No saldremos de forma factible del Imperio… A menos que ostentemos un ejército –

– Tampoco sabremos que hallaremos en Daghol –

Romir asentía posando los dedos sobre la mano de Lena.

Todo, exceptuando Toriel, e incluso su hijo, votaban para ofrecerse como asistentes. Sin embargo, a medida que el casero apoyaba la mano del joven sobre la tabla, Romir anunció:

– Iremos pocos para pasar desapercibidos –
– ¿Y en caso de ser descubiertos? –

Reclamó el calvo magistrado.

– Iremos a cualquier sitio, exceptuando este –

Toriel asentía y el resto sucumbía entre densas preocupaciones.

– Pero Romir… –
– Confía en mí, amor –
– No hay necesidad que tú… –
– Debo ser yo –

Las lágrimas comenzaban a enjugar los rostros de Lena y Erión.

– Ten confianza pequeño. Regresaré –

Clamaba Rultz con alegría.

Y cuando estaban a punto de retirarse, Sinuesa se unió al cometido. Rav’Thos la observaba perplejo y, aunque quisiera obstruir su paso, la dama se retiro sin despedirse.

– Vuelve sano y salvo, mi amor –

Murmuró Lena con un húmedo lustre en los ojos. Y finalmente los tres se marcharon del escondite, asistidos por Toriel.

– En caso de no regresar, deberás encargarte de enviar a todos a Daghol –

Ambos magistrados se dieron la mano y asintieron. Con la retirada de los individuos, un nuevo amanecer comenzaba a gestarse.

– A prisa Rultz y Sinuesa –

Ambos le consentían, y portando espadas de oro envainadas se retiraron por el silencioso y abandonado mercado.
Desde la ventana del hogar, el pequeño Erión observaba abatido.

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En cercanía la perspectiva del Gran Torreón presentaba a los acólitos apreciando el holgado territorio del archipiélago. El visor mágico de Neferet ofrecía la batalla perpetuada por Cent’Kas.

– Ju ju ju –

Y la macabra risa regresaba constantemente.

– ¡Solo lo has arruinado todo, Orich! –
– Con la reliquia, el Demonio de Yahandá, podría vencer al Imperio por completo –

Orich se acercaba a una estatua de cabra con alas de ángel y, reflexionando, posaba los dedos en el mentón.

– ¡Haz acentuado la caída del Imperio! –

Exclamó otro acólito.

– El Imperio ahora está a salvo del Hacedor de Luz. Solo tendremos que quitarle la reliquia al terminar –

– ¿Tendremos?  Como si pudiésemos hacerlo… –

– Ahora aseguramos que los Viriathros llenen su barriga con bebidas y alimentos. ¡Vean lo positivo! –

– ¿Y cuál será el próximo movimiento? –

– Deben regresar las reliquias a Daghol –

– ¿Te has vuelto loco? ¿Perder nuestra protección contra ese Demonio de Yahandá al que has bendecido?

– Enfrenten los hechos. Siquiera necesitamos el visor para comprender como nuestro ejército viene de regreso por una derrota en los muelles –

Y al observar hacia el Oeste advertían los rostros de pánico de numerosos espadachines dorados que se fugaban de la batalla.

– ¿A dónde creen que irán? –
– ¿Te harás cargo tú, Orich? –
– Por supuesto. Ustedes deben ir a Daghol –
– ¡Esto es un terrible error! –
– Quizás lo sea, pero ni el Demonio de Yahandá, ni nada podría derrotar lo que conservamos aquí debajo –
– ¿Quebrarías la promesa para salvarte? –

Y sonriente, Orich, se marchó hacia el vacío y descendió. Era como si pudiese levitar y aterrizar delante del portón al Gran Torreón. A su espalda se podía advertir al Mariscal, en la transparencia del campo energético.

– ¿Qué haremos Neferet? –
– Tendremos que acatar tal deseo –

– ¿De veras lo crees? –

– ¿Que opción nos queda? –

– ¡Podemos vencer con las reliquias! –

– No somos guerreros… –

De pronto el General Azferith irrumpía el silencio de los callejones a paso firme y, con el pesado ejército presente.
Al frente Orich, interrumpía su caminata.

– General Azferith –
– Debo ver al Emperador –
– ¿Disculpa? Creo que recordar que… –
– Este es un caso de urgencia –
– ¿Y qué pretendes? –
– Debe apoyarnos en batalla –
– Me temo que será un mal momento –
– ¿Crees acaso, que existirá otro? –
– ¿Tomarás las precauciones necesarias? –
– Lo haré, Señor. –
– ¡Neferet! –

Y de repente apareció la acólito junto a Orich. Los espadachines dorados yacían perplejos ante la buena voluntad de la damisela.

Tras movilizar las manos en círculos, el portal mágico permitió el ingreso del General, el caballero del rostro dramático de porcelana y el del rostro lloroso.

Al avanzar hacia el laberíntico paisaje, el portal se clausuró por obra de la dama y ambos regresaron a las inmediaciones de la Gran Torre.

El resplandor latente impregnaba al Emperador, quién sentado cómodamente en su trono ofrecía una figura de orgullo. Los líderes, respetuosa y honradamente se arrodillaban ante su presencia.

– Lord Emperador –
– Ju Ju Ju –

Apenas sonriendo, el encerrado Líder, volteó su rostro hacia los presentes.

Numerosos huesos, restos y cráteres yacían en los alrededores. Los caballeros de placas observaban con recelo los alrededores.

El ejército se encontraba en el centro del Imperio. Protegían todo acceso posible. Los muros estaban lo suficientemente cubiertos de esbirros de Jasnoth que llegaban desde los muelles.

Asimismo, Orich y Neferet regresaban delante del resto de acólitos.

– El Imperio está colapsando –
– Ahora es cuando debemos unir fuerzas y mantener el equilibrio –
– ¿De qué equilibrio hablas, Orich? Ahora que has entregado la reliquia, el peligro es inminente –
– Entreguen las reliquias a Daghol, de una vez. –
– ¿Como nos protegeremos de la invasión? –
– No estarán presentes para eso –

El silencioso acólito que nunca acotaba comentarios, opiniones ni críticas. El único que no había intentado derrotar al Mariscal con las reliquias, de pronto dio un paso al frente.
Todos guardaban silencio y, sorprendido, Orich le nombró.

– ¿Eusteros? –

– Las decisiones que han tomado pueden significar un desbalance en el destino. Debemos hacer lo que Orich solicita –

– Pero tú… –

– Soy consciente que mi voto jamás ha importado. Pero mientras antes se retiren, antes protegeremos al Imperio –

Y, asintiendo todos, se desvanecieron exceptuando a Orich y Eusteros.

– Te agradezco. Has conseguido calmar las hostilidades –
– Descuida. Tu deber será notificarlo a… –

De pronto, ambos gesticularon una afirmación. Sin embargo, Orich prefería observar el final del combate de Cent’Kas previo a retirarse.

– De igual modo, sostengo que… –

Añadía Eusteros al discurso y Orich le observó de reojo. Apenas lograba desplegar la vista del visor mágico.

– ¿Si? –
– La Vaina de Loto también debería estar en Daghol –

Siquiera habiendo respuesta, pareció como si Eusteros contestara, de repente, su propia incógnita.

– Si el Demonio de Yahandá es el portador… Entonces él decide… –
– Ciertamente –
– Pero todas las reliquias debería estar en Daghol. Exceptuando la de Longdaleita. –

Un nuevo silencio protagonizaba la escena y el zumbido de los filos contra la brisa, en perspectiva de batalla, resonaban desde el visor mágico.

– Me haré responsable de ello, hasta tanto alguien regrese a proteger el Gran Torreón –
– Yo puedo hacerlo, también se trata de mi misión.

Y algo dubitativo, Orich, aceptó. Apuntando los dedos a la vaina de Loto, que ostentaba Cent’Kas, desde la pantalla, se convirtió en polvo de hielo.

Finalmente, Eusteros permaneció solo y viendo al frente.
Legiones de no-muertos conformaban la línea del horizonte y los espadachines se replegaban hacia el enorme portal de ingreso.

– ¿General Azferith? –

Clamaban algunos, temerosos.

Y mientras tanto, en el interior del salón, donde el Emperador recibía visitas por el Líder del ejército y algunos soldados, el misterio acontecía ante la flama de las antorchas. Siquiera se percibía el tumulto que se avecinaba desde la distancia.

– Señor Emperador… –

El General se arrodillaba, y con él lo hacían sus guardias.

– Ju Ju Ju –

– Le ruego su asistencia. El Imperio se encuentra a merced de criaturas místicas –
– El caótico Jasnoth y sus esbirros Ju Ju Ju –
– ¿Jas… Jasnoth? –
– Lo sé, Lord Azferith. Aunque todo sea oscuro aquí, lo percibo. Y solo existe un modo de detenerlo –
– ¿Qué debo hacer Emperador? –
– Los acólitos… –

Murmuró el esplendoroso Mariscal, a medida cerraba el puño delante de su mentón.

– Pero ellos representan… –
– Ellos me mantienen prisionero en este lugar y, acaso, creen que pueden controlarme… –
– ¿Entonces usted puede acompañarnos a la batalla? –
– Solo deben pedirlo –

Repentinamente una silueta avanzaba desde el portón de ingreso. En cuanto el General lo iba a solicitar, el Emperador solicitó silencio con un mísero gesto.

– En ausencia de bendiciones por parte de los acólitos… –

Exclamaba el nuevo presente, ante la sorpresa del Mariscal.

– Bajo mi aptitud de potestad, por el primero, te concedo mi bendición. Yo, Eusteros, te ofrezco la libertad, Emperador –

Y la sonrisa en el divino prisionero crecía con suma amplitud.

– Muy bien Eusteros. Has cumplido tu inconsciente palabra y ahora que los acólitos se hayan lejos, finalmente podré actuar.

– ¡Generaaaal!! –

Se oyó un alarido de dolor desde fuera.
Aproximándose hacia el Noble Comercio, el Emperador añoraba retirarse. Por su parte, el General Azferith y sus guardianes se irguieron para apoyar la resolución del Líder del Imperio.

– Ahora… Eres libre, Eusteros –
– Gnn… –

Y tan pronto el acólito caía de rodillas, la luz comenzaba a irradiar en el interior del laberíntico Torreón.

– Q… ¿Qué he hecho? Gnn… –

Un misterioso espíritu sobresalía del cuerpo del acólito, para luego fusionarse con el Emperador. Eusteros caía tumbado sobre el suelo.

– ¡General Azferith! –

– No se preocupe Eusteros. Ahora los espadachines dorados solucionaremos toda esta batalla –

– Tú no entiendes. Debes advertir a Orich… –

Y al voltearse desde las afueras del Torreón, el bello Emperador observó a Eusteros con unos maravillosos iris anaranjados y el acólito colapsó.

– ¡¡Finalmente soy Libre!! –

Exclamó, contemplando a plena luz del día como las legiones de no-muertos arrasaban y convertían a los espadachines dorados. Innumerables iris amarillentos observaban hacia el Gran Torreón, alzando sus espadas y extremidades.

 

Lejos de toda noticia. Distantes a los acontecimientos cometidos, la tormenta proseguía azotando a relámpagos una zona delimitada. El polvo de hielo se fundía sobre una colina y Orich se abría paso corpóreamente.

– ¡Luchen con todo Cazadores Furtivos! –

Clamaba Ralonte, atrapado entre los mechones de Jasnoth.
Joseph, blandiendo sus puñales enfrentaba la sombría guadaña de Jasnoth.

– ¡Únanse todos! ¡Conviértanse en mis campeones espectrales! –
– ¡Retírate Ralonte! –

Gritaba Cent’Kas, imposibilitado para liberarse de Darnoth.

Y, negando, el hombre volvió a extender su suerte al manotear la vieja katana del Campeón Crepuscular de entre la vasta melena del dracónico oscuro.

– ¡Tú! Joseph ¡Conviértete! –

Rechinando los dientes, el mayordomo forcejeaba para liberar a medida que el filo de la guadaña se avecinaba a su rostro.

– ¡Sus segundos están contados Kas! –

Replicaba Darnoth al constante intento del Campeón Crepuscular por liberarse.

– Al parecer deberé extender sus vidas –

Murmuró Orich desde la colina y, alzando sus manos al cielo, observó al Hacedor de Luz.

– ¡Corvirish Masaet! –

Se oyó decir desde la voz del acólito y la costa se extendió hacia Darnoth. Un torrente marítimo se abría paso hacia las alturas. Capturado el dracónico claro fue succionado por el mar y arrastrado hacia las profundidades.

Cent’Kas se hallaba cubierto de agua salada y, asintiendo, avanzó contra los esbirros que Jasnoth ya ostentaba.

– ¡Roños lo suplica! ¡Conviértanse todos! –
– ¡Deja a Roños en paz, patético Ser! –

Gritó Ralonte alzando la katana sobre el cráneo de su adversario. Sin embargo, la propia melena empujó a todos los lacayos. A medida los liberaba les obligaba a sucumbir hacia el mar.

– ¡Déjale ir Jasnoth! –

Y tan pronto la voz de Cent’Kas se hacía notar, el dracónico oscuro volteó la mirada hacia sus oponentes. El acólito Orich se hallaba junto al campeón crepuscular y, desde la distancia, cortocircuitos encendían las mareas.

– Completa mi campaña. Sé mi vasija y verás como todo este Imperio se convierte en… –

– El Imperio no es tu enemigo –

Respondió el acólito y el siniestro Ser le observaba con ira.

– Masacraron a una raza completa y nos llevaron a mi hermano y a mí para ser conejillos en su museo –

– Jamás pudimos derrotar a los dracónicos. El Emperador eligió participar y por ello, lo tenemos encerrado. Él es un peligro para todas las civilizaciones-

– ¡No eres más que su discípulo! –

Enfurecido Jasnoth empujó a Joseph sobre el terreno y alzó su guadaña.

– Ya no suplicaré que seas mi campeón.  ¡Lo serás! –
– ¡No! –

El Raudo gritó a medida corría a un suceso que no podía alcanzar. Y el acólito, Orich,  le confirió el tiempo necesario. Para lograrlo volvió a conformar un nuevo remolino de agua.
A medida la costa marítima se extendía hacia Jasnoth, el Campeón Crepuscular avanzó en carrera sobre ella y finalmente dio un brinco sobre el aire para arrojar la vaina de loto y bloquear el contundente ataque de Jasnoth.

Alzando el puño cerrado, el dracónico oscuro obligó a sus esbirros a reanimarse y manoteó con mayor firmeza el mango de su guadaña.

Los esbirros se reconstituían portando petos de hueso negro y sombríos filos en sus extremidades.

– Jasnoth, Jasnoth, Jasnoth –

A medida regresaba al terreno húmedo, Cent’Kas ofrecía ágiles cortes de sable que reducían a sus contrincantes. Y así, alcanzaba una mayor carrera para enfrentar a Jasnoth. Asimismo, éste unificaba su manos en el mango y dirigía el filo de la cuchilla hacia Joseph.

Sin embargo, la vieja katana de Cent’Kas, empuñada por Ralonte consiguió perforar la espalda del enemigo.
La melena se enrojecía poco a poco y se oía el exasperante dolor de Roños.

– Por la espalda… Tú… Tsk… –

La marea comenzaba a bordear los alrededores ante el encantamiento de Orich. Y antes que Jasnoth pudiese reaccionar, Joseph asestó sus puñales en los pies del dracónico dejándole plegado a la arena.

Incapaz de esquivar, Jasnoth, debió utilizar la guadaña para bloquear la osadía del Héroe. Puesto que Cent’Kas se aproximaba empuñando su katana.

– ¡Cuanto pretendes descansar hermano! –

Gritó Jasnoth hacia los mares y un feroz relámpago sucumbió sobre el océano. Tal fue el impulso eléctrico, que el acólito fue expulsado contra la colina. Antes de romperse todos los huesos, consiguió transportarse conviertiéndose en polvo de hielo.

– ¡Graaagh!! –

Los cortes de Cent’Kas azotaban frente al temible Jasnoth y las colisiones de los filos replicaban con constancia.
Impedido para esquivar, el dracónico, arrojó un sombrío puñetazo para aplacar y desviar el ataque contundente. Pero una sorpresiva patada le volteó el rostro.

– ¡Guaa! –

– ¡Es tu fin dracónico! ¡Por Roños! –

Exclamó Ralonte y luego de empujar la katana hacia la cintura, rajó la herida con mayor amplitud.
Asimismo, las patadas de Joseph colaboraban y Jasnoth apenas podía utilizar su guadaña.

En medio del azote, Cent’Kas intentó degollarle y Jasnoth mordió el filo con su dentadura para retener tal acción.

– ¡G r r r a g h H! –

– Ríndete monstruo –

Clamaban Viriathros y Rebeldes por igual, quiénes también le atravesaban espadas de oro y bronce por doquier.

Y en un intento de desligarse del destino, su melena rojiza pasaba a convertirse en grisácea y conformar un remolino de melena que buscaba atrapar todos los filos posibles.

Ante el macabro sonido de los cortes sobre la carne y el movimiento de la marea, un trueno irrumpió con ferocidad.

– Demasiado lentos… –

Murmuró por lo bajo una voz.

Y un estridente relámpago fundió a Jasnoth, impulsando a todos fuera de su alcance.
Poderosas ventiscas obligaban a los rebeldes a retroceder. Solo Cent’Kas podía hacer frente a la tormenta ostentando la Vaina de Loto que había regresado a su alcance con el torbellino grisáceo.

Lo suficientemente distantes, Romir, Sinuesa y Rultz se avecinaban al legendario combate. Y lejos de las guerra que acechaba al noble comercio del Imperio, se cruzaron a Cluín, Jiont y unos pocos rebeldes. Los mismos se hallaban indecisos, sobre fugarse al Norte o al Sur.

– ¡Cluín! –

Clamó la Viriathro con alegría.

– Pensé que habrías muerto .
– También yo, Sinuesa. También yo –

– ¿Qué es eso? –

Interrogó, Rultz al advertir el resplandeciente cinto de diborrenio portado por Jiont.

Sin respuestas claras, Romir contemplaba el camino superado con preocupación.

– No hay tiempo que perder –

Murmuró de pronto, volteando la mirada hacia la tormenta.

– ¿ A dónde te diriges Sinuesa? –
– De regreso a las cavernas –
– Iremos con ustedes –

Respondió el optimista Jiont. Y aunque Sinuesa intentara ubicarles hacia el hogar de Toriel, el aura misteriosa que irradiaba la reliquia les concedía el positivismo suficiente para marchar hacia la batalla.

– Juntos tendremos mayor oportunidad –

Exclamó Jiont y, al asentir todos, se dirigieron a la batalla.

Rayos consecutivos refusilaban sobre Jasnoth,.

Joseph, Ralonte y los cazadores furtivos habían conseguido distanciarse del caos. A medida la luminosidad se propagaba, los vientos obligaban a retroceder a todos. Sin embargo, Cent’Kas permanecía delante del torrente de luz.

– Hermano, pensé que por rencor alargarías la siesta –
– El rencor no provee orden –

A medida las aguas recobraban la calma natural. A medida la luz se diversificaba y la ventisca se graduaba a una leve brisa, dracónicos se presentaban unidos frente al campeón crepuscular.

– Pensaba que estarían… Tsk… Enemistados –

Murmuraba Orich, quién regresaba a paso tranquilo junto al portador de la Vaina de Loto.

– ¿Y tú a qué has regresado? –

Tras sobarse los labios, las miradas se cruzaban ante la katana enfunda.

– Imaginaba que no sería para siempre –

Clamó Cent’Kas, sin perder de vista a los dracónicos.

– Deseamos que las reliquias regresen a Daghol. –
– Y no pretendías que yo regresara entonces –
– El Imperio necesita hombres como tú –

Ralonte, que apenas lograba reconocer el sentido del diálogo, de pronto respondía:

– Esclavos, Cent’Kas, esclavos necesita el Imperio –

Y el ninja asentía.

– Es el costo de nuestras buenas vidas. Si tienes hijos, sabrás que vivirán mejor aquí –

Respondió el acólito, y el campeón crepuscular empuñaba el mango de la katana con mayor resolución.
Lejos de ignorar tal perspectiva, Ralonte proseguía cuestionando la realidad imperial a gritos.

– Criarían a tus hijos para mantener las tradiciones de esclavitud. ¡Solo hay un medio para destruir esa cornisa contra la libertad! –

– ¡Yo les ofrezco la libertad como mis esbirros! –

Proclamó, de pronto el dracónico oscuro y separando su guadaña en una réplica arrojó ambas al frente.
Viajando en ondas, las cuchillas sombrías rodeaban a los dracónicos, amenazando a todo Ser presente.

– ¡Retírense todos de aquí! –

Desenvainando la katana del interior de la vaina de loto, Cent’Kas se refirió a los cazadores furtivos.

A tiempo, Joseph consiguió bloquear el corte oscilante de uno de los filos. Sin embargo, el circuito proseguía y algunos rebeldes eran alcanzados.

– ¡Corvirish! –

Con el movimiento de las palmas de sus manos, el acólito pronunciaba nuevamente el conjuro para atraer la marea del océano y, sin siquiera percatarse, Darnoth se encontraba fundiendo un relámpago sobre su rostro.

Precavido, el raudo Cent’Kas, aproximó la Vaina de Loto por encima de Orich y el impulso eléctrico acabó mágicamente absorbido por la funda de la espada.

– ¡Retírense todos! No son oponentes para… –

– Gusano… –

Atrapando a Cent’Kas con una de sus garras, el Hacedor de Luz despegó hacia el nublado cielo tras rebatir sus alas con bravura.

Ante la sorpresa de todos, el ninja era elevado hacia el prominente amanecer, alcanzando una continua velocidad.
Rechinando los dientes, el campeón crepuscular ascendía y contemplaba la amenaza de Jasnoth en torno a los rebeldes.

Joseph y Ralonte alzaban el semblante con desesperanza, mientras entre risas, el dracónico oscuro acrecentaba el movimiento oscilante de las cuchillas.

Desesperado el acólito conjuraba su hechizo contra el adversario de la guadaña y un remolino de agua se conformaba bajo sus pies. Sin embargo, la succión era ineficaz.

– ¡Corvirish Masaet! –

– Inútil –

Clamaba el Señor de los No-Muertos. Y con el paso del tiempo, nuevos esbirros se erguían con los iris amarillentos. Rebeldes degollados cruzaban espadas de oro y bronce contra sus aliados.

Fuera de toda comprensión Orich observaba perplejo al enemigo y las guadañas sombrías comenzaban a abrirse en ciclos, en torno al dracónico oscuro.

– ¡Ralonte vamos! –
– ¡Ni pensarlo! No abandonaré a… –
– Él puede solo si no corremos peligro –
– Míralo tú mismo –

Joseph y Ralonte contemplaban como Cent’Kas desaparecía de la perspectiva ante el revuelo de las enormes alas del dracónico claro.

– Aquí finaliza tu campaña, Kas –
– Y dices ser protector del Orden, mientras el odio de tu hermano siembra el Caos en el mundo-
– ¡Silencio! Me encargaré de él, luego –
– ¿A quién sirves entonces? –
– A… ¡¿Quién?! –

Ante el haz de luz, Sinuesa, Romir, Rultz, Cluín y Jiont llegaban a la atroz batalla.
Sin siquiera comprender que fuese aquella luz que levitaba hacia el lejano horizonte, la Viriathro lamentaba un mal augurio.

– ¡Joseph! –

Chilló Romir, de repente, y ante el giro tenaz de las cuchillas oscuras de Jasnoth, el mayordomo sonreía.

– ¡A por él Cluín! –

Anunció Jiont con plena confianza, a medida el cinto de diborrenio resplandecía con notoriedad.

Asintiendo tanto Rultz, Romir como Cluín avanzaban con suma confianza.

– Han perdido el juicio y entregarán sus vidas por un bien mayor –

Luego de palmear las extremidades, un nuevo par de réplicas de guadañas sombrías se conformaban en el espacio visible. Distanciadas unas de otras encerraban toda fuga posible de los rebeldes.

– Noble Romir –

Balbuceaba el acólito, con desesperación.

– ¡Conviértanse en mis campeones espectrales! –

Murmuraba el sonriente Jasnoth.

Ante el crujido de las vainas, las espadas de oro se desenvainaban. Romir y los demás cargaban contra el temible espectro.

– ¡¡CENT’KASS!! –

Gritaba Sinuesa, al comprender de quién se trataba la luminosidad en las alturas.

Y superando alturas inalcanzables, Cent’Kas observaba de reojo su katana. Yacía cercana a desgarrar un ala con un afilado corte. Sin embargo, la tristeza transmitida por la Viriathro complicaba toda posible consecuencia.

– Entre tanto combate has olvidado el porqué de tu lucha –
– ¡Silencio Kas! No tengo tiempo para esto –
– ¿Luchas por los dracónicos? ¿Luchas por el Imperio? ¿Luchas por la vida y contra la muerte? –

Darnoth no podía negar el comentario y sus ojos se desviaban al lejano hermano, quién yacía próximo a convertir a todos en sus súbditos.

– ¿Luchas contra kas? o ¿Luchas por Kas? –

La risa macabra de Jasnoth acrecentaba el rigor con cada segundo que pasaba.
Tanto Ralonte como Joseph y los cazador furtivos estaban perdidos ante la técnica de Jasnoth. Incluso los conjuros de Orich eran insignificantes contra él.

– ¡Joseph! –
– Lo siento, magistrado –
– ¡NOO! –

A punto de perderlo todo, Romir alzaba la espada de oro y se proponía arrojarla a su suerte.
La reliquia que ostentaba Jiont ameritaba toda acción posible. Pero las guadañas se reunían cíclicamente y los cuerpos de numerosos sobrevivientes se separaban en dos. La sangre salpicaba por doquier y se mezclaba con el espumoso mar.
Joseph y Ralonte se hallaban próximos a la muerte, cuando  repentinamente un trueno produjo una sutil vibración bajo los pies de los presentes. Jasnoth no pudo ignorar el suceso y, al alzar el rostro, su emotiva sonrisa se convirtió en pánico.

– Maldito seas… Herm… –

El resplandor del relámpago acometía sobre el dracónico oscuro, quién yaciendo húmedo ante el hechizo de Orich recibió el impacto de un tridente eléctrico.

Provocando un profundo cráter ante el impacto, todos volvieron en sí y el alarido de furia de Jasnoth se hacía oír. Asimismo, los rebeldes convertidos eran degollados por Jiont, Cluín y Rultz.

Ante el resoplar de la brisa, Jasnoth unía la guadaña y sus réplicas para enfrentar a su hermano que ostentaba el tridente eléctrico.

– ¿Qué crees que haces hermano? –
– El Caos solo perjudica todo lo que protejo –

Y en presencia de todos el Campeón Crepuscular estaba nuevamente a salvo y portando la katana enfunda en la vaina de loto.

– Cent… –

Murmuraba entre sollozos, Sinuesa. Todos compartían la alegría de verle con vida.
Sin embargo, Romir permanecía en posición de ataque y con un odio preponderante hacia Jasnoth. Como si por un momento recordase el dolor de Lena, tiempo antes a la muerte del Viriathro Fab. La mezcla de odio y dolor le impulsó a arrojar su espada al frente.
E incapaz de bloquear a su hermano y evadir las circunstancias, la espada de oro se enterró en su tórax. Su peto se astillaba ante la feroz apuñalada de oro.

– Tsk… Tú… El odio…  Somos iguales… –

De rodillas Jasnoth sucumbía y Darnoth aproximaba su sable al cuello de su hermano.

– Somos los últimos, hermano –
– Seré el único –
– Bastardo… –

Y tan pronto la batalla finalizaba, tan pronto Cent’Kas entregaba la Katana enfunda a Orich.

– A mi discípulo, Lance
– Lo recordaré… –

Tan pronto Sinuesa corría a los brazos del campeón y le concedía un húmedo beso en los labios.
Tan pronto Romir y Joseph se reunían entre lágrimas…
Tan pronto Ralonte, seguido de sus Cazadores Furtivos hacia entrega de la vieja katana a Cent’Kas…
Tan pronto Jiont, Rultz y Cluín vencían sobre los esbirros…

Orich se convertía en polvo de hielo y regresaba al Gran Torreón.

Allí descubría que Esuteros había liberado al Emperador. Las hostilidades por la siguiente y conocida Ancestral Guerra Sagrada se aproximaban.

En aquel momento, la mitad del ejército de Jasnoth se convertía en agua ante un aluvión producido por su mano derecha.

– Oh no…

Clamaba el acólito. Y, tan pronto, Eusteros recapacitaba y le seguía la mirada, contemplaron la llegada del Cráneo Negro en el horizonte.

Como si la derrota repentina de medio ejército de Jasnoth le despertara, el dracónico oscuro murmuró:

– No puedes asesinar lo que yace muerto… –

Y con una furia incontrolable se arrancó la espada de oro desde las profundidades de su tórax y soltándola sobre el terreno, ascendió con exclusiva furia. Sus ojos alertaban el resplandor del Emperador en el Noble Mercado.

– ¡Jasnoth! –

Gritó su hermano y, tras ver de reojo a Cent’Kas desplegó sus alas y persiguió al dracónico oscuro.

– Parece que la guerra aún no finaliza… –

Exclamó Rultz.

– Debemos regresar con Lena, cuanto antes y emprender nuestra fuga del Imperio –

Replicaba Romir y, ante la afirmación de todos, regresaban dispuestos a enfrentar la guerra con sus espadas.