“…Cuando la supervivencia es el único manjar ante los labios…”

Voracidad durante la Noche.

 

El atardecer concluía un día mas, y en el peor de los momentos. A penas la espalda se mantenía iluminada y los destellos finales reflejaban en la hoja de la alabarda.
Desalentadores sonidos entraban en vigencia. Desde gritos que se convertían en gemidos dolorosos y los pies del muchacho arrastrándose sobre la húmeda arena. A penas podía evidenciar que pisaba, a través de su tacto.
Un ronquido resonó delante suyo y notaba el movimiento, pero era como estar ciego frente a un hambriento animal.

– Q… Quién anda ahí? Ve… Vete.. Ya no hay forma de salvarnos –

Exclamó, quien probablemente hubiera estado sufriendo tiempo atrás.
Azgal sabía perfectamente que emitir una respuesta sería cavar su propia tumba. Sea lo que fuere, lo que estaba allí aguardaba al acecho su primer equivocación.

El se había paralizado un momento, fundiendo su propia respiración. Tan solo abrió sus labios dejando que el aire se aspirara por si solo.
La línea delgada, que le guiara tiempo atrás, se iba desvaneciendo a medida el atardecer concluía. Pero había logrado ubicar el desenlace de ésta a pasos delante de él.

Un feroz rugido se hizo oír de pronto. Él observó fijamente, sin siquiera pestañear, tratando de ignorar el miedo que le producía.

– Oh Dioses… Sean compasivos –

Numerosas penurias se oían entre el silencio y luego unos veloces pasos a espaldas de Azgal le provocaron un escalofrío.
Lo que estuviera ante la ceguera del muchacho desapareció, solo consiguió oír como trepaba entre los muros y su pesada caída en la distancia.

– GRAAAAGHHH!! –

De repente aquella misteriosa criatura atrapó al que corría a hurtadillas.

– ¡Allí está!! ¡Acabemos con él! –
– ¡GUAGGHH!! ¡Salvarme por favor! –

Crujidos de filos desenvainados se oían entre gritos sin la mínima soltura.
El llanto y el sufrimiento de algunas personas yacía delante de Azgal. Imaginando que la amenaza se habría alejado lo suficiente susurró:

– ¿Tobías? ¿Te encuentras aquí? –

– Muchacho… –

– Ayudadnos por favor. Os lo suplico –
– Le pagaré con lo que sea, ¡debe salvarnos! –

Tantos eran los que solicitaban su asistencia, que no sabía con quien hablaba ni en que estado se encontrarían.
Sin mesura se volvió y logró divisar una mísera estrella solar en el horizonte, que temporalmente le concedió el efecto de la marca morada sobre la arena.

– Acabaré con esa criatura y así podré salvarlos a todos –

Entre los heridos, un hombre alcanzó a notar su figura a medida que el sol se desvanecía en el horizonte.

Quizás se tratase de Tobías.

– No los abandonaré –

Tras aquellas últimas palabras, Azgal regresó sus pasos de forma sigilosa, mientras seguía el señuelo resplandeciente que solo sus ojos podían advertir.
La lucha aún se oía delante y creyó recibir al prisionero entre los temerosos gritos.

La línea finalizaba a pocos pasos, donde los rugidos y las espadas se deslizaban sobre la arena. Y cuando el efecto se esfumaba, el muchacho atrajo la atención de la bestia. Luego corrió fervientemente, a medida que alzaba su jabalina.

– Yo Azgal, protegeré a estas personas. ¡Sin importar a quien enfrente! HAAA! –

Un rugido arrollador le sobresaltó por un segundo y la imagen del anciano, como así sus padres, se cruzaron en su memoria. A paso agitado, la enorme criatura producía leves temblores en el suelo.
Ante la duda, Azgal, alzó su alabarda hacia el sol menguante y de repente tropezó al colisionar con su calzado. El que se hubiera quitado tiempo atrás.
Su cuerpo, inevitablemente, se arrastró por sobre la arena y sintió como lo desconocido saltaba por encima de él.
Segundos mas tarde intentó reincorporarse, al tiempo que sentía gruñidos latentes y descubrió que detrás de él se hallaban temerosos hombres.

Con suma agilidad palpó entre la arena, buscando donde se encontraba su lanza. Tras girarse al otro lado para explorar, sintió un golpe de aire soplar sobre su pómulo.

Ni medito su suerte, puesto había esquivado un feroz zarpazo ante la penumbra. Viendo de reojo, Azgal, presenció como la garra rasguñaba el suelo.

– GRRR… –

– ¡Ataca! ¡Usa tu espada maldita sea! –

Exclamó uno entre la intemperie y la criatura se abalanzo de pronto hacia aquella dirección.

– ¡GAAAACGGKK! –

Azgal perdía la cordura segundo tras segundo. Impaciente se revolcó a un lado, hasta que su espalda sintió un mural de roca. Intentó calmar su aliento, pero ya era demasiado tarde.

– ¡Por favor No! ¡GAHH! –

El sonido de las mordidas en la carne era inevitable, los huesos astillándose con cada presión, y de repente un zumbido golpeó contra el mural. El muchacho rozó su mano sobre la roca sintiendo las deformaciones, cada tallado y cada figura. Su dedo índice halló una delgada pared de metal.

No demoró en recordar las espadas de los guardias, imaginando el final de la curva de sus hojas. Al deslizar la mano halló el mango y de repente sintió el gruñido demasiado cerca.
Un fino cabello se mecía sobre su pierna produciendo un incesante cosquilleo. El olor nauseabundo era atroz, él comprendía que sería el siguiente.

– ¿Muchacho te encuentras bien? –

Tobías llamó desde la otra punta y la criatura gruñendo se volteó hacia allí. Azgal enloquecido arrancó el filo de la piedra, resonando ésta de tal manera que advirtió un bramido mas cercano.

Tomando la espada con ambas manos se puso de pie y el temblor en la arena retomó su cauce. La criatura avanzaba lentamente, cuando de pronto sus pulseras de hierro tintinearon.

El muchacho suspiró y la bestia saltó sobre él ensartándose la espada curva en el cuello. Era tan enorme y pesada, que cayendo de espaldas perdió la consciencia y el monstruo sucumbió sobre este.
A penas sus ojos lograron divisar llamas de antorchas y finalmente se desmayó.

El líder y numerosos aldeanos iluminaban los restos hasta hallar la terrible masacre.

¿Habrá sobrevivido Azgal al funesto acontecimiento?