“…Cuando la consciencia juega una mala pasada, existe más de lo que pudimos ver, alertar, o comprender…”

La Espeluznante Duda del Vidente

Tras finalizar el ritual de iniciación de Geón se descubrió un impostor que, como espectador, aguardaba en los alrededores.
Luego de una intensa y posterior búsqueda, uno fue alcanzado por lo desconocido y su grito fue tal que movilizó la decisión de Nozepul de investigar por sí mismo.

Y aunque la noche solo incrementara la incertidumbre, el místico utilizó un hechizo para iluminar las incógnitas. Pero en medio de una pérdida de concentración ulterior, despertó ante la soledad de la penumbra.  Sus guardias se habían esfumado de su vista completa.

Uno había llegado a nombrarle ante el eco del panorama y, confundido, Nozepul se irguió decidido a hallar una respuesta a las incontables dudas. Por más que de hacerlo, tuviese que adentrarse solitariamente en la diversa flora de Triviltor.

Geón descansaba, atendido por el Gran Sabio, quién en su altar escurría una seda húmeda sobre su rostro.
Caminando de un lado a otro, Velnor, el psíquico patrullaba los alrededores. Y más allá de la oculta aldea, guardias y caza recompensas se movilizaban en búsqueda de los perdidos.
El ritual había concluido, pero un inmenso pesar se descubría en el rostro del mentor supremo. Éste, a su vez, resguardaba el yelmo de diamante, cerca del muchacho.

– Algo anda mal –

Murmuró por lo bajo. Pero Velnor, su adepto presente, no demoró en sentir su voz y replicó:

– ¿Qué ha visto Gran Maestro? –

– El futuro ya no lleva certeza alguna, ciclos y ciclos se conforman ante la espeluznante duda –

– ¿Quién ha de ser? Solo un Sombra podría… –

Y el anciano negó instintivamente.

– Algo más se mece en el destino y entre la oscuridad del alma –

– ¿Y qué hay de Nozepul? –

– ¿Qué sucede con él? –

– ¿Si puedes verle? Así podrías saber quién está detrás de esto –

El Gran Sabio permaneció absorto unos instantes y aunque Velnor pretendía explicarse, fueron interrumpidos por Geón. Quién tras toser reiteradamente, despertó.

– ¿Qué ha pasado con el ritual? –
– Felicidades muchacho, lo has conseguido –

Él sentía un misterioso ambiente y Velnor yacía distraído. Algo andaba mal, como las sabias palabras del mentor.
Estaban solos junto a la fuente y Geón constataba el pálpito de los seres desde suma lejanía.

El adepto alertó los cambios físicos en Geón, quién se recluía en el silencio.

– ¿Te encuentras bien? –

Murmuró el místico, y a poco la sonrisa del mentor se desvanecía.

– Los guardias, Nozepul… –

– ¿Huh? –

– Hay algo macabro entre los arbustos, puedo… puedo olerlo –

– Calma muchacho –

Geón se puso de pie y alzó el rostro hacia el cielo. Sus ojos permanecían estridentes y a poco se tornaban negruzcos.

– Ellos… Ellos están siendo cazados –

De pronto la formación de la runa en su rostro se modificaba por sí sola y el Gran Sabio le entregó el yelmo de diamante.
Cuando por acto reflejo, Geón, procedía a incorporar el mismo en su cabeza, Velnor manoteó su mano para detenerle.

– Espera ¡Qué ha pasado con Nozepul! –

– Aún hay tiempo… –

– Velnor, déjale ir –

Replicó el sabio y para cuando Velnor le soltaba, el muchacho ascendió hasta desvanecerse con la noche propia. Una pluma negra descendió desde el cielo y los hombres la advirtieron entre sus pies.

– Libérate Geón. Halla tu respuesta en Daghol –

Murmuró el anciano, viendo hacia las alturas.

En forma de cuervo y portando el casco, que de alguna manera se había mimetizado a su estado corpóreo, avanzó hacia la densa selva de arbustos y misterios.

Lejos de aquél lugar, en alguna parte de la encrucijada laberíntica de senderos, el místico Nozepul se encaminaba buscando a los acompañantes con los que había llegado. Mientras un mal presentimiento le pesaba a cada paso que dedicaba a la penumbra.

– ¿Dónde estás? ¡Sal de una vez! –

Gritaba viendo a los lados, anticipando que el culpable fuese un Ser Humano. Sus dedos se plegaban unos con otros, como si preparase un nuevo conjuro ante la probable sorpresa. Pero la naturaleza no reflejaba ningún instinto asesino. La brisa apenas removía la vegetación ante el siniestro semblante.

– ¿Guardias? –

Insistió sin mesura, pero el ensordecimiento le hacía creer que todo era propio de su imaginación.
Y tan pronto como oyó el movimiento en los alrededores, la incertidumbre le produjo un feroz latigazo en la espalda y le obligó a investigar sin más cautela.

Un gruñido sonó de repente y desde las estrellas, en algún área, descendió el cuerpo que portaba el yelmo de diamante. En cuanto sus garras posaron sobre la hierba, un espiral de plumas levitó y Geón recuperó su forma humana. Ahora más preparado, tambaleaba sobre tierra, pero no se desmoronó ante el efecto de transformación posterior. Su prenda se asimilaba a una delgada seda cubierta de plumas oscuras.

Al instante abrió sus ojos, intentando ubicarse en la selva, pero era tal la noche que no se adaptaba al territorio.
Mucho menos sabía dónde hallar al adepto Nozepul, pero luego de posar el casco sobre su cabello, cerró los ojos y el constante ritmo de los latidos atrajo su atención. Como si pudiera olfatear el miedo ajeno, su rostro se dirigió hacia algún punto nocturno y de pronto se arrojó hacia el terreno.
La runa en su rostro evolucionó repentinamente y su cuerpo sufrió una novedosa metamorfosis.

A medida que la perspectiva se dirigía hacia los arbustos en la noche, un leve rugido resonó y el ágil paso del animal se introdujo hacia lo desconcertante.

Perdiendo la calma, Nozepul, al no hallar a alguno de los guardianes replegó sus manos, de repente, y una centella de luz mágica produjo un resplandor.
En ese entonces logró divisar un cuerpo recostado a metros de él y avanzó con incertidumbre.

– ¡Oye! –

Repentinamente el rugido sonó en la distancia, el místico se volteó aturdido por lo incierto. Pero, para cuando regresó la mirada al frente, el cuerpo había desaparecido.

– Maldita sea, acabaré con este mar de dudas –

Rápidamente Nozepul unió ambas palmas y una llamarada se generó desde sus manos.
Con el soplar del viento, numerosos arbustos fueron calcinados por el fuego.
A su alrededor se formalizó un círculo radiante, y poco a poco la hierba se incineraba.
Entre la iluminación de la catástrofe, logró alertar una sombra que se movilizaba e instantáneamente el místico estiró una mano y produjo el avance de un puntiagudo iceberg del tamaño de una estaca. La temperatura del mismo era tan baja que produjo una abertura helada entre las llamas.

– ¡Brin Garán Storfe! –

Nuevamente se lograba ver, ante la densa vegetación, pero en esta ocasión se producían chipas por doquier.
Y en aquél momento logró divisar el cuerpo del guardia ser arrastrado por una figura sombría. La víctima producía incesantes y atemorizados gemidos.

– ¡Que te detengas! –

Tan pronto como el mago unificó sus manos, un torrente de agua se formó mágicamente y en dirección frontal. Para su sorpresa, la figura prosiguió la marcha abandonando al herido.

El místico pretendía perseguirle, pero mientras su técnica líquida formaba charcos a centímetros del guardia, se acercó para asistirlo.

– ¿Te encuentras bien? ¿A dónde ha ido el otro? –
– No… No… Nozepul –
– Resiste, aquí estoy –
– N.. No me dejes –
– No lo haré –

Tras avanzar unos pasos para rastrear al culpable, el místico produjo nuevos chasquidos con sus dedos y la noche volvió a esclarecer por tiempo limitado.
El temor y el agitado aliento del guardia eran un misterio.

Tras repetir la técnica, Nozepul, se volteó a la víctima y una innovadora sombra se abalanzó atrapando al guardia.
En cuestión de segundos, el adepto divisó como el cuerpo se arrastraba velozmente. El hombre gritaba sin consuelo.

– ¡¡ARGGGHHHH!!! –

– ¿Otro más? –

Murmuró Nozepul sorprendido y, luego de rechinar los dientes, le siguió el paso, internándose en la penumbra.

El trayecto se tornó agitado y desesperanzador, hasta que el mismo terreno se convirtió en un barrial licuado y el guardia, ya siquiera gemía.

El silencio se tornaba inexplicable y el místico sabía que en alguna parte, al frente, se hallaba el culpable.
Aún le costaba asimilar que el Ser que hubiera perseguido momentos antes, hubiera regresado por la víctima a una velocidad increíble. Era incomprensible.

– Sin lugar a dudas eres un demonio de Yahandá –

No muy lejos de allí resonó el crujido de un sable siendo desenvainado, y siguiendo tal ruido Nozepul tuvo que voltearse de espaldas. La confusión no hacía más que sopesar sobre él.

En la distancia, caza recompensas y guardias se hallaban tensos ante los desgarradores gritos que llegaban desde el interior de la selva.
El Gran Sabio yacía sentado junto a la fuente, mientras Velnor se encaminaba de un lado hacia el otro lleno de nervios.

– Has llegado –

Murmuró el anciano ante la incertidumbre latente de su discípulo. Y antes de siquiera seguirle la mirada, una figura le sorprendió bajo la tenue luz de la luna.

– Maestro –

Velnor se sobresaltó al oír su voz y al girarse hacia su mentor, un encapuchado le posaba la mano en el hombro.

– T… Tú –
El anciano suspiró y el adepto fue sacudido por una ventisca, hacia los arbustos.

– ¡G… GHAAA! –

– ¿Qué ha sido eso? –

Gritó uno de los guardias al oír ruidos en torno a la jungla.

El anciano abrió los ojos y se irguió, ante la llegada del encapuchado.

– Veo que te resguarda el más débil de los hermanos –
– ¿Qué es lo que quieres tu aquí? –
– Sabes lo que deseo Gran Vidente –
– Has llegado demasiado tarde –

Replicó sonriente el anciano y, antes de volver a suspirar, fue alcanzado por los dedos del huésped. Alzado contra su deseo, en dirección hacia la luna.

– ¡GHHHKKKK!! –
– ¡Dónde está la reliquia! –

Gritó el encapuchado alertando a todos, a medida que el Gran Sabio perdía el aliento.

¿Quién será ese dichoso hombre? ¿Ha encontrado finalmente Nozepul al verdadero culpable de los asesinatos?