Capítulo 3 – La Audiencia por el destino.

por | Dic 29, 2017 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Una mísera seña bastaba para desequilibrar la balanza de la esperanza y prohibir el aliento de un héroe…”

La Audiencia por el destino

La probable rebelión había iniciado por un quiebre en las rutinas, cuando el encapuchado observaba fijamente a los nobles que les contemplaban sobre el paredón.
Derivado a ello, se protegería ante la llegada de un espadachín y salvaría a Argos de una probable muerte por la lanza dorada.
Conocido como Demonio de Yahandá del Nuevo Mundo, el campeón crepuscular iniciaba una rebelión y tras la lucha con un caballero con el rostro de porcelana derivó a la llegada de los restantes cuatro guerreros.

Sin lugar a dudas, estos caballeros poseían una fortaleza superior al resto de los espadachines. Por sí solos, habían reducido el caos en la caverna general y otras en cuestión, imponiendo así el orden del ejército Imperial.
Sus lanzas de oro, enfundadas tras sus espaldas, chorreaban sangre de los subversivos y utilizaban afilados y ornamentados espadones.
El muro dorado circular yacía de pie, por parte de los espadachines, y en el centro solo se hallaban Argos, el encapuchado y un pequeño pero fortalecido muro de armaduras de placas.
Solo sus rostros diferenciaban la perspectiva. La sombra por sus estaturas conseguía ocultar el rostro humano del quinto, que por la derecha del muro sobresalía enseñando su emotivo rostro de porcelana.

El campeón crepuscular observaba de reojo la lanza, a poca distancia de él. En cuanto planeaba recuperarla, el muro sufrió un hueco. Pues, un caballero saltó y arrojó su asta dorada, ensangrentada, y cortó el paso del rebelde. Al regresar a su sitio, suspiró a través de su rostro enojado de porcelana.
Una nueva ruptura desde la esquina izquierda, atrajo la atención en el caballero de rostro triste. Quién empuñando su espadón avanzó con el filo en alto.
Tras su llegada, el encapuchado saltó de espaldas hacia atrás. El muro de espadachines dorados le bloqueó cualquier intento de traspaso y, sin embargo, el caballero se había detenido tiempo antes. Sin siquiera advertirlo, su espadón produjo un corte de lado que rebanó la cabeza de Argos.

– ¡¡¡NOOO!!! –

Gritó Fab, sin consuelo.

Los ojos estupefactos del muerto se movilizaban ante el giro circundante de su cráneo, que formaba una línea sangrienta sobre el suelo. El caballero pateó el cuerpo que aún yacía de rodillas y al colisionar sobre la superficie, las vertientes líquidas se abrieron paso formando un denso y bermellón charco.

El caballero perforó el espadón en el suelo, y regresando sus pasos tomó la cabeza de Argos. Su rostro se asimilaba a su grabado en porcelana y, por tal razón, lo posó junto al suyo, mientras observaba al encapuchado.

Roños y numerosos prisioneros se agitaban ante el control del ejército Imperial.

Sin dudarlo, el encapuchado se movilizó hacia el frente y tomó el espadón. El caballero se sorprendió ante su intención y soltando la demacrada cabeza de Argos, buscaba desenfundar su lanza dorada. Pero el Demonio de Yahandá era demasiado veloz. Solo la inclusión de tres, de los cinco caballeros, lograron desbaratar sus movimientos.

El campeón crepuscular avanzaba con el espadón, pero los otros tres filos, de la mano de los rostros enojado, lloroso y dramático de porcelana, produjeron un replicar sonoro que se esparció por todo el área.
El cristal de la cúpula, en el área patriarcal, parecía temblequear y los nobles tomaron una leve distancia.
Algunos se mordían las uñas ante el espectáculo, otros se refregaban la barbilla con las manos.

– Ya está perdido –

Exclamó el mayordomo del magistrado y la concubina le observó con cierto desdén.

– Sería una pena. El podría ser el artífice necesario para una revolución –

Respondió el muchacho, a su lado.

Y suspirando, la joven del hanfu colorado, sin dejar de movilizar su abanico, murmuró:

– Las hazañas de los Demonios de Yahandá llegan desde Daghol, viajando millas marítimas, porque probablemente sean uno de los seres más temidos en el Nuevo Mundo. Si solo fuesen un cuento de niños, habría bastado con un caballero ¿Verdad Romir? –

– Ciertamente, ese hombre nos está demostrando que la esperanza aún existe –

Interrumpiendo con un tosido, un noble anciano clamó:

– Jovencitos, ¿Cuántas hazañas han oído en este continente? ¿Cuántas  y cuantiosas luchas contra el Orden? ¡Desde el Hacedor de Luz, los Munchúes y el propio Cráneo Negro! ¡Ellos solo son soldados! Despierten y pregúntense quién teje las telarañas en este majestuoso Imperio… –

– El Cráneo Negro solo es un rumor –

Replicó otro noble y un cuarto añadió:

– También se sabe que el Hacedor de Luz aún sigue con vida –

Romir abrió sus manos y alzó la voz.

– El crédito que dan al Imperio es a partir de rumores y miedo. ¡podemos modificar esto! Podemos abrir los ojos en un mañana, donde el deseo de prosperar sea una oportunidad para todos –

La damisela y su concubina asentían.

– Tantos han sacrificado sus vidas para demostrar que nuestra intención y ambición siempre estará truncada –

Contestaba el anciano y la damisela contestó:

– ¿Qué hay de tus hijos? –

Y el anciano quedó afónico, de repente.

– ¿Planean vivir y morir aquí solitariamente? El Líder misterioso del Imperio nos permite vivir y disfrutar, aconsejar y observar esto. Pero ¿cuánto más subsistiremos? ¿Qué sigue? ¿Dónde están nuestros padres? ¿Qué descendencia recibirá nuestros títulos? –

Todos asentías, de pronto, y allí lograron constatar que de no ser por sus concubinas y mayordomos no eran demasiados. Y que no vivirían eternamente.

En medio a la reflexión, el combate proseguía debajo de la capa de cristal y de aquellos gigantescos paredones que sostenían el área patriarcal.

Tal era la presión de los espadones de los guerreros, que el encapuchado tuvo que despedirse del mango. Aún así, la rendición no estaba como alternativa. Por tanto, se empujó a un lado y manoteó la jabalina de oro.
Al alzar el rostro, advirtió que el muro de placas volvía a recomponerse. Lo único a la vista era el cuerpo de Argos, incluso su cabeza había desaparecido.

Extrañamente el círculo de los espadachines dorados permanecía rígido.
Rav’Thos observaba preocupado y, de repente, el encapuchado dejó caer el asta, se volteó de espaldas y alzó el rostro. Contemplaba los enormes paredones, hasta divisar a los nobles reunidos.
Tal acción asemejaba a un insulto, puesto que el ejército completo quebró el orden. Indecisos, intentaban avanzar un paso y, al instante, retrocedían.

Romir, en lo alto, observaba fijamente al encapuchado y ante la atención de todos hizo una señal con su mano.

– ¿Qué es lo que haces muchacho? –

Clamó el anciano, entre nervios.

– No sabemos si sobreviva, pero claramente le necesitaremos entero –

Contestó él.

Y, misteriosamente, el encapuchado interpretó la señal de buen modo. Pues procedió a arrodillarse e inclinar el rostro hacia el suelo.

– Pero… ¿Qué es lo que está haciendo? –

Susurró el muchacho Erión. Roños respondió y todos se quedaron sin habla.

– Se da por vencido –

En cuanto vieron que el encapuchado no era una amenaza, los espadachines se dispersaron y los caballeros tomaron la lanza dorada, el espadón y se retiraron.
Dos soldados capturaron al individuo y la marcha de prisioneros siguió con normalidad. La muerte de Argos era impune y su cuerpo había desaparecido, junto a su cabeza.

En el área Patriarcal la movilización de nobles prosiguió, como normalmente, y el anciano murmuró:

– El Show ha finalizado –

De pronto el desinterés se contagiaba en el rostro de cada uno. El mayordomo y la concubina se quedaron mirándose, al tiempo que sus magistrados abandonaron el área en puntos cardinales opuestos.
Las labores iniciaban como de forma cotidiana.
Al ser Erion un muchacho, le habían enviado a prestar servicio de sirviente en la sala del Consejo. Allí hacía entrega de copas con hidromiel y algún bocadillo de ave con panecillos de granos.
Apenas en el primer día había conseguido conocer a Sherlyn, Thom y Lev; sirvienta, cocinero y asistente, que probablemente se hospedaban en la caverna general. En las reuniones eran vistos por nobles y gente común como especies exóticas y los muros de los portones resplandecían con la figura de algún espadachín dorado.
Uno de los generales del ejército Imperial, el más glotón, tomaba las decisiones con respecto a las ideas sobre el Imperio.
El salón presentaba ventanales pintados, cuyas figuras simbolizaban la llegada de los seres celestiales a una tierra de nativos, su enseñanza y orden, la transformación de su cultura.
Algunos de los nobles con rasgos faciales similares a los nativos de las pinturas, eran el opuesto aparente a la ilustración. Si bien en los cristales a duras penas portaban un lienzo de tela en la entrepierna, en la realidad ostentaban sacos de cuerina con resplandecientes adornos y peinados lejos de lo común.
Solo los jóvenes magistrados, que intercambiaron ideas sobre una revolución en el área Patriarcal, vestían ropajes más rudimentarios y peinados clásicos. Así se vieran similares, en su forma de vestir, se sentaban enfrentados sobre la mesa circular de roble.
El resto de la sala yacía cubierta de bancos de tronco. Asientos que desarmonizaban con el majestuoso diseño de interiores, y quienes no formaban parte del Consejo podían aguardar en el recinto de forma incómoda. Más solo podían escuchar los debates y su presencia no era más que un mero paisaje. Siquiera los sirvientes podían ofrecerles un sorbo de agua, mucho menos tenían derecho de retirarse antes del cese de la audiencia privada.

A pesar de cierta incomodes, Erion prestaba servicios apacibles y podía ser vocero en las decisiones que oyese sobre aquella reunión. En cambio, el resto de los esclavos, incluido Roños, trabajaban forzosamente bajo el haz solar de la tarde. Los de mayor edad, como Rav’Thos eran obligados a sentarse bajo una sombrilla, pudiendo beber y alimentarse a costa del sacrificio del resto.
Indirectamente se buscaba generar disputas raciales, en lugar de armar rebeliones contra el Imperio.
Fab era de los pocos que excavaba con una sonrisa, para recolectar luego las rocas a las murallas defensivas. Cada día, su padre añoraba asistirle. Asimismo, el hijo trataba de contagiar un buen humor en el resto para no olvidar que todos seguían siendo iguales.
Los espadachines dorados también aguardaban con sus lanzas en alto, formaban muros humanos entre los obreros y los ancianos.
La discordia diaria era una experiencia típica y los soldados solían reír ante la ira de las masas.

Sin saberse las condiciones en las que se encontraba el campeón crepuscular, nadie hablaba de él o del funesto evento que le sucediese a Argos.

– Comiencen señores –

Gritó el gordinflón en la sala del consejo, sentado sobre un sillón emplumado, mientras sus regordetes dedos se engrasaban con el ave asada. Siquiera los nobles conseguían iniciar conversación alguna, puesto que claramente se oía el ruido de aquél hombre masticando. Además del paso de los sirvientes sobre la plataforma de madera.

– Antes de comenzar, quisiera preguntar sobre la condición de… –

Empezaba Romir y, detrás de él, el mayordomo alzó el ceño. Al tiempo que proseguía el anciano, que dejó en claro sus diferencias en el área Patriarcal, le interrumpió:

– Los que desafíen el orden del Imperio merecen el encierro, hasta que valoren mínimamente el aliento que se les ha ofrecido –

El General por poco se ahoga con los alimentos, puesto que el último comentario le causó gracia al tiempo que masticaba.

– La llegada del Cráneo Negro es inminente, cualquier rebelde con suficiente habilidad podría mejorar las técnicas de combate del ejército –

Insistió Romir y, de pronto, la mandíbula del General dejó de labrar el almuerzo. Sus ojos se congelaron como los de un pescado y no emitía respuesta alguna.

– Sandeces… –

Murmuraba el anciano.

El general procedía a dejar los huesos sobre un plato de losa que bailaba sobre su barriga y sus grasientas manos masajeaban el moño de seda que portaba al cuello.

– Me extraña, tú que defiendes progresivamente al Imperio. Carezcas de intenciones para resguardarlo –

– ¡Un rebelde solo esperezaría a los esclavos para rivalizar al Orden Imperial! –

– Caballeros, caballeros… Calma –

Replicaba otro hombre, mientras la damisela del hanfu colorado movilizaba el abanico delante de su rostro.

– Cuando las bestias se aglomeren sobre los espacios que osas observar a la distancia, siquiera nuestras defensas serán suficientes. Hemos visto a un hombre capaz de repeler el avance de los guerreros del Imperio. Deberíamos lucir sus botas y no castigarlo por sus habilidades… –

– ¡Insensato! ¿Quién en sano juicio da placer a una bestia, poniéndose al alcance de convertirse en su presa? –

Erion oía atentamente ante la palidez desmesurada del público. Los guardias erguían el ceño ante los escandalosos comentarios y el General había quedado paralizado, de tal manera que se desconocía si su estado era por lo que oía, o el alimento le había dejado como una lagartija a punto de estallar.

Los mayordomos del anciano y Romir comenzaban a mirarse. Era como si planificaran silenciar al Líder contrario, a costa de perder sus vidas por las defensas presentes en el recinto. Las miradas fortuitas de los rivales habían silenciado todo discurso, proveyendo una oportunidad a la única doncella participante del consejo para discernir y comentar al respecto.

– Claramente un hombre, como el que vimos enfrentar al Imperio, en libertad reduciría la moral del ejército  y mejor ni hablar si además obtiene placeres mundanos… –

– ¡Tú….! –

Respondió Romir, a regañadientes, y el anciano sonreía victorioso ante la ventaja de opiniones acordes.
La damisela no pudo evitar contentarse ante la bravura del hombre y agitaba con mayor ánimo su abanico.

– ¿Proponen eliminarlo, entonces? –

Reclamó un tercero.

Erion palideció, de repente.

Numerosos rostros alrededor de la mesada asentían. Sin embargo, Romir no se movilizaba y la doncella, mirándole fijamente, aún no concluía su voto. Tal situación generó atención en el gordinflón y en cuanto movilizó su rostro, los espectadores suspiraron. Temían darle por muerto por los alimentos.

Apenas si se recordaba un antiguo atentado en que los espectadores, o mejor dicho los testigos, fueron masacrados por ver al General Rob atragantarse en un almuerzo y morir en plena audiencia. Se dice, que por entonces Romir y Lena se habrían salvado, en su niñez, por ser sirvientes y no haber presenciado tal siniestro.

– ¿Entonces Lena? –

Preguntó el General y los espectadores volvieron a respirar con calma.

La damisela aún movilizaba su abanico de forma constante y, no pudiendo evitar que todos la mirasen para captar su respuesta, alzó los ojos y notó la inquietante mirada de Romir. Similar a la que viese cuando de niños, escondidos, cara a cara en el armario de la cocina, oían como los espadachines dorados asesinaban fríamente a todos los presentes de la reunión del General Rob.
Tras aceptar el buen ojo de Romir, ambos pudieron escapar ilesos. Huyeron por una ventana que les llevaba a la sala de almacenamiento de residuos.

El preciso brillo en sus ojos, le recordó que por él estaba con vida. Sin embargo, sentía placer en contrariarlo, hasta en las decisiones mas trágicas. Incluso en resolver quitarle la vida al campeón crepuscular.

Casi se podía notar una mueca de sonrisa en sus labios, al tiempo que Romir sudaba e insistía en mantenerlo con vida.

¿Podrá el encapuchado liberarse del destino tal? ¿Acabará Lena llevándolo a una muerte segura, o le salvará la vida?