“…Y cuando el frío subyace en sus pieles, solo han experimentado el principio del miedo…”

Fuerza Bruta ante el Centinela de Ingub

 

El encuentro era inevitable.

Othar advertía al Nórdico recorrer largas distancias, mientras soltaba el arpón y lo volvía a tomar con su restante mano. Una leve cima de nieve le ayudaba a saltar por encima del nivel de estatura de los habitantes.

Semnurd se retiró por instinto, mientras su cuñado se abalanzaba hacia el frente y sus dedos se cerraban en torno a la mandoble delante de sus ojos.

Como una pesada bestia, el Nórdico descendía del salto y, a tiempo oportuno, Othar alzaba la pesada maza.

El filo colisionó con el mango de hierro y antes de ser prisionero de sus actos, Othar, cargó contra el Nórdico. Éste aguardaba mirando al frente, donde las praderas guiaban su mirada a la mujer que yacía fuera de la cabaña.

Segundos mas tarde, desvió la mirada y advirtió como el esbelto pero acérrimo individuo le apuntaba con la maza desde lo alto. Sosteniéndola con ambas manos Othar suelta el arma sobre el intruso.
Zarek intentaba evadirla de pronto, pero aquél pesado garrote colisionó en una de sus hombreras y un estallido auditivo sorprendió a todos. Por sorpresa el hierro se astilló ante el choque.

– ¿¡Qué rayos?! –

Othar se quedó sin palabras.

La maza ni siquiera hundía su hombrera y tomándola con su mano, el Nórdico, elevó la posición y la desplazó hacia un lado. Aquél último portador del ataque observaba perplejo como el guerrero del norte sostenía la pesada arma con una mano, mientras el necesitó utilizar ambas para alzarla.

Con un arpón en una mano y la otra manipulando la restante herramienta de guerra, Zarek rugió hacia el cielo mientras mantenía la guardia.

– Vete dentro hermana –
– ¡Debemos calmarlo! –
– Nadie puede tranquilizar a un Nórdico. Y mucho menos sus presas –

El muchacho ingresó al hogar y desparramando utensilios se podía oír como buscaba algo sin mesura.

– ¿Somos presas? –

Exclamó ella, ocultando sus labios con las delgadas manos.

– ¡Y como presas nos defenderemos de una presa mayor! –

El rubio muchacho salió desde el interior de la cabaña. Portaba un arco y un carcaj con flechas suficientes para un extenso combate.

– ¡Espera hermano! Debe haber una forma de conciliar esto –

– Ahora es cuando tus enseñanzas honran nuestro destino, Maestro Daju

Desligando una flecha Semnurd apuntó con su arco al frente, al tiempo que contenía la respiración para adquirir mayor precisión.

El Nórdico aguardaba de espaldas al centinela, y alzando sus armas rugió hacia el horizonte. Othar esperaba desarmado, sin saber como reaccionar.

La brisa congelada resoplaba de repente. Bera liberó sus labios y las finas manos se arrastraban hasta su cuello. Su hermano cerraba un ojo a punto de soltar la flecha en dirección al frente.

– ¡No te dejaré respiro Nórdico! –

Sin mayores pretextos el muchacho apuntó a la nuca del invasor y lanzó la flecha.
Ante el resoplar latente, Zarek se giró súbitamente y arrojó su arpón a un lado. El mismo acabó colisionando contra la flecha. El cuñado de Semnurd se quedó boquiabierto ante el impacto de los proyectiles.

Preparando otra flecha, el muchacho insistía en detener al nórdico. Quién levantó la gigante mandoble y emprendió carrera hacia la cabaña.

– Baja el arco hermano –
– ¡Jamás! –
– ¡GROAAGHH! –

Como una fiera, el guerrero, se abalanzaba al frente a medida que levantaba la maza. Semnurd, por su parte, atacó una vez más. Pero esta vez dirigió el lanzamiento a la garganta de su oponente. Repentinamente Zarek desvío un paso hacia la derecha  y la certera puntería colisionó con su hombrera.

Al instante la flecha se partió en un sin número de astillas, destrozándola por completo. El joven se arrodilló sin más y soltando el arco, desenvainó una daga junto a su bota. Ágil, la arrojó al frente al tiempo que retrocedía sobre la nieve. Al mismo tiempo Zarek desplomaba la maza contra el suelo produciendo un temblor y la cuchilla asestó en su brazo. Soltando de manera temporal la mandoble, el hombre arrancó aquél filo y cuando regresaba a tomar el garrote alertó que el muchacho ya se había re incorporado. Tres flechas se tensaban a lo largo de su arco.

El Nórdico estaba a punto de desenfundar una de sus hachas, detrás de su espalda. Tras fruncir el ceño, retomó la carrera y sus dedos abrazaron con fuerza la mandoble. Rastros de sangre se desparramaban por sobre su piel y la helada ventisca congelaba su hedor.

– ¡No sobrevivirás a un triple impacto! –

Othar y Bera observaban sorprendidos. Añoraban la victoria del joven centinela.

– ¡Nosotros no somos simples presas, guerrero! –
– ¡Son simples humanos! ¡GROAAAAGGH!! –

El ataque triple se soltó deliberadamente y con suma velocidad, además de inseguridad, el joven preparaba un cuarto lanzamiento.

La destreza de Zarek fue sorprendente. Tras voltear la maza de lado detuvo el alcance de dos disparos, mientras el restante se dirigió a su hombrera. En cuestión de segundos convertía en añicos los certeros ataques, pero para su asombro la maza se resquebrajaba ante la atención de todos.

Aprovechando dicha situación Semnurd se agachó y estiró la cuerda con mayor potencia, al tiempo que Bera ingresaba a la cabaña pretendiendo asistir de algún modo en el combate.

La dura maza de hierro se separó en trozos. El Nórdico prosiguió la marcha, así fuera necesario desarmar al joven con sus propias manos.

– ¡GAARGHH! –

De pronto la dama apareció desde el fondo. Transportaba una larga espada artesanal, que llevaba grabada en su mango el nombre Ingub.

– ¡Othar! –

Gritó ella desde la puerta de la cabaña.

Tal acto solo logró alentar la furia del guerrero, quién estaba a punto de atrapar al muchacho.

– ¡Bera, no! –

Exclamó su pareja a espaldas del temible individuo.

Una macabra risa rellenaba el silbido constante de las brisas. En la distancia el pistolero observaba, sumido por el deleite de los rivales. La mujer advertía tardíamente el suceso y comprendía que el impostor al que había protegido, les había preparado como señuelo para el Nórdico.

Ella sabía que debía aclarar todo, pero tras haber traído el espadón solo había provocado mayor hostilidad.

Repentinamente un zumbido se deslizó al frente. Semnurd había soltado su flecha y puesto que sabía que los ataques altos eran bloqueados con eficacia, optó apuntar a su tórax.

El ataque acertó milagrosamente, y Zarek ni siquiera intentó desviarlo. Tal impacto resonó, tras perforar la seda e incrustarse en su carne.
Teniendo que recargar el joven se sintió preso de los nervios, puesto que el guerrero no había gemido ante tal herida. La sangre manaba de ella y solo había conseguido incrementar su decisión.

Zarek alcanzó al muchacho, y antes que pudiese lanzar otra flecha le tomó del cuello. Con un profundo golpe de codo le desarmó. 
Aunque Semnurd se hallaba de rodillas, se vio siendo alzado por encima de la corpulenta estatura del guerrero.
Sin vacilar, luchaba por soltarse mientras sus ojos se detenían en aquella herida que manaba sangre por doquier.
Era incomprensible… ¿De dónde sacaba tantas fuerzas?

– ¡Déjale ir! Se lo suplico –

Los ruegos de su hermana no hacían mas que enfurecer a aquél hombre, quién con su larga y rojiza barba gruñía sin descanso alguno.
Bera caía de rodillas atormentada al tiempo que la piel de su hermano palidecía, tan blanca como la propia nieve.
Ella suplicaba sollozando, tomándose los pómulos con sus manos y divisando en la distancia al forajido. Aquél que yacía en el interior del bosque. Aquél que ocultaba su rostro ante la penumbra. Aquél que incluso en su siniestra presencia, denotaba alegría.

¿Podrán salvarse estos habitantes del descontrolado Nórdico? ¿Lograrán hacerle comprender quién ha planeado ese combate?