“…Y las victorias materializaban los rumores heroicos…”

El Valor de Jarriet

El Rigor Lejano se había convertido en el pueblo más importante de toda Runfenir. Diversos gentíos solían vivir en el interior, mientras otros tantos andaban de paso. El puerto suministraba numerosos medios de comercio, pero no cualquiera se adentraba en los mares luego de conocer los rumores infundados por los Viriathros. Se hablaba de un majestuoso Imperio dorado, en el Más Allá, cuyas embarcaciones secuestraban habitantes de diferentes culturas y les transformaban en sus esclavos. También las noticias de boca en boca hacían referencia a criminales que eran enviados a un archipiélago oculto, hacia el Este, superando las Sierras de Feror. No obstante, en Rigor Lejano existían otro tipo de prioridades.

Un concilio se llevaba a cabo, cercano a la costa Este, en el hogar más arcaico de la zona. Fuera del umbral aguardaba un vaquero, que contemplaba las personas que transitaban sobre los senderos residenciales. Asimismo, un extraordinario mural de hierro ocultaba el horizonte marítimo y, apenas una leve abertura permitía el ingreso al puerto. Numerosos Cyb-Obreros se encargaban de enlazar las plaquetas de hierro. Por medio de una pistola soldadora que provenía de un obturador en sus hombros plegaban las piezas a medida fijaban los muros.

La ventana del rústico hogar que solía ofrecer una perspectiva del océano, se hallaba ahora oscurecida por las paredes metalizadas. Detrás de la cortina de seda, una severa mirada de un vaquero se transparentaba. Extensos bigotes conformaban un candado de camino al mentón de su semblante.
A espaldas de la figura, que permanecía junto al cristal, se encontraba una mesada con un mapa de cuero tendido y una veintena de vaqueros, sentados a su alrededor. Otros hombres resguardaban los pasillos con rifles, mientras se debatían las decisiones a tomar ante la visual cartográfica.  

Una bocanada de humo de tabaco sobrevolaba ante la ancha espalda del vaquero que contemplaba por la ventana.

– En mi niñez podía observar el mar desde este sitio y compartir sueños, con ciertos… camaradas –

Murmuraba entre pausas y el resto de presentes oían con suma atención.

De pronto, un escuálido caballero de vestimenta formal ofrecía puros, a medida que el mayordomo servía copas cubiertas de hidromiel. Entre el servicio y los guardias, sobre un sillón de terciopelo se hallaba un delgado marinero, unos años mayor que el resto. Una de sus extremidades aguardaba sobre una repisa cubierta de copas vacías. Se trataba de aquél hombre que, años atrás, advirtiera la llegada de los Viriathros desde el puerto. Aunque desconocieran su nombre, era considerado amigo del Líder de los Sheriff y así no participara en voz a las reuniones, se enteraba de todos los cometidos.

– Camaradas tales… que se han perdido por los territorios de Daghol. Otros han optado por ser rufianes y otros han fallecido para que cumplamos el sueño –

Seguía dialogando el hombre y, entre descansos, absorbía el puro, para más tarde soltar densas bocanadas de humo.

Tras alejarse de la ventana, rozaba los dedos sobre las enmarcadas fotografías en blanco y negro que se sostenían de la pared. De camino a la puerta de ingreso y, luego de superar varios retratos de camaradas, se volteó dando la espalda a un póster de papiro con un retrato y la palabra “buscado” en rojo. Dando alusión a ser uno de los que había preferido el mal camino.

– Éramos niños, pero el sueño aún permanece presente –

– ¿De qué se trata, Don Canet? –

Refutó un muchacho que vestía un uniforme oscuro de cuero y el clásico sombrero de vaquero. No obstante, su traje asimilaba a un mosquetero que portaba un winchester mejorado por los Viriathros, cuya cantonera sobresalía tras su hombro. De rasgos juveniles, aunque portara edad, leve barba castaña, y colts perfeccionadas a los lados de su cinturón, en sus respectivas fundas. Además portaba la estrella de Sheriff dorada, a la altura de la tetilla izquierda, diferente a las plateadas que portaban el resto.

– Mi joven vaquero…¡Héroe del Rigor Lejano! –

Ante las miradas de todos, Don Canet avanzaba por el caserón y, tras apagar el habano contra un cenicero óseo, se tomó los bigotes, dirigiéndose adonde se hallaba el muchacho. En el paso, tomó una copa de hidromiel sobre la bandeja que sostenía el mayordomo y los ojos del joven se cernían sobre la figura del Líder.

– ¿Si? –

Respondió aquél, ante las miradas cruzadas de los hombres.

Don Canet se disponía a beber un sorbo para luego, tras un suspiro, retomar el diálogo:

– Aún eres muy joven para comprenderlo, Jarriet –

– Su campaña es mía,  Señor Canet. Mantendré el orden por el resto de mi vida –

Y aunque su voz asimilase a incertidumbre, el resto de vaqueros asentían puesto que lo veían como al más valiente General de toda Runfenir.

– El orden en Runfenir requiere de una figura que pretenda obediencia por parte de sus vasallos. Y solo en Rigor Lejano podría haber un hombre dispuesto para tal papel –

Respondía Don Canet, junto a Jarriet, a medida que sus regordetes dedos señalaban el Este de Daghol, en la cartografía ilustrada.

– Jamás interrumpas mi discurso, jovencito –

Susurró, de pronto, y Jarriet asentía con seriedad.

– ¡Sí! –

Exclamaron varios vaqueros y chocaron sus copas cubiertas de hidromiel, a medida que la espuma se chorreaba por sus dedos y el mayordomo, desanimado, contemplaba el suelo enchastrado. Asimismo, el golpe de los cristales incentivaba al marinero a tomar una de sus copas vacías en señal de brindis. No obstante, el mayordomo se retiró con la bandeja y perdía el ánimo para regresar. De vez en vez, observaba de reojo el rifle manchester dispuesto en la pared, junto al armario aquél que contenía pequeños trofeos de combates.

– Pero para una campaña tal necesitamos triunfos y que Runfenir reconozca nuestra importancia –

Clamó, de repente, Don Canet.

– Con los Vidriatos a nuestro favor, ¡lo tenemos todo! –

Exclamó un vaquero, al tiempo que otro añadía:

– Y pensar que decían ser esclavos del Más Allá –

Un tercero interrumpía, y los ojos del marinero se detenían en dirección a aquella voz.

– Tanto esclavos como nobles huyeron del terror –

Don Canet, por su parte, sonreía y caminaba unos pasos fuera de la reunión. Jarriet no despegaba la vista del fuerte más cercano al Rigor Lejano ilustrado en el mapa. Luego, masajeaba la medalla de honor que portaba y, rechinando los dientes, se preparaba para tomar una decisión.

– ¡Viriathros! Hablen con propiedad, muchachos –

Respondía el Líder, a medida regresaba los pasos hacia la ventana.

– Tráigase una de esas nobles Don Canet. Y luego de casarse con ella adquirirá mayor prestigio en Daghol –

Gritó uno, entre conversaciones mezcladas. El marinero no les perdía de vista en los diálogos exaltados, a pesar que hubiese bebido lo suficiente como para yacer dormido.

– No podemos garantizar un pasaje libre a los nobles. Primero debemos aplastar la Colmena de Drill –

Musitó el bigotudo, y uno de los vaqueros contestó:

– A duras penas poseen algunas huestes. Pero nosotros contamos con un mayor armamento gracias a los Viriathros –

– Así es, muchachos. Pero yo debo quedarme aquí. Es necesario un… –

Decía Don Canet. Y, antes que alguien tomase ventaja, Jarriet intervino y gritó:

– ¡Yo lo haré! –

El silencio regresaba abruptamente a la sala y, siquiera se oía el sorbo de las bebidas, ni el golpeteo previo de cristales. Don Canet soltaba su bigote y se volteaba hacia el muchacho. Tras mezclar la bebida dando un leve desplazamiento a la copa.

– ¿Qué es lo que harás, muchacho? –

Ante el mutismo, el mayordomo regresaba para advertir los sucesos, a medida que el marinero se acomodaba en el sofá. Uno de los vaqueros mascaba un trozo de cuero cocido y observaba con desdén al joven General.

– Tomaré el Cruce Austero y la anécdota reafirmara el orden en Rigor Lejano –

– Propuesta audaz muchacho. ¿Y cómo lo harás? ¿Posees un ejército? –

– Saldré ahora mismo. Pueden acompañarme quién desee que sea el Canciller. Si es que no le tienen miedo a un par de bandidos de plomo –

Replicó, decidido, Jarriet. Y tras tomar las colts mejoradas por las culatas se largó del concilio, tras patear la puerta de ingreso.

– Vaya rufián… –

Murmuró un vaquero.

– ¿Le seguimos, Don? –

El hombre revisó la puerta con detalle y, asintiendo, regresó la vista a sus secuaces.

– Si desean montar nobles, están a tiempo –

Los vaqueros se libraron de las copas, fregaron sus labios con la camisola, tomaron sus sombreros del porta sombreros y se largaron del hogar dispuestos  a escoltar al joven líder.

– Nobles… ¡Ick! –

Clamó el marinero desde el sofá.

El mayordomo se encaminaba hacia la mesa para comenzar a hacer limpieza y, Don Canet, quién se peinaba el bigote con los dedos, avanzó hacia el ventanal del hogar quedaba al Oeste. Desde allí lograba notar la retirada de sus hombres.

– Jarriet. Un verdadero bravucón, como Dean, su padre –

– El chico tiene futuro –

Respondió el mayordomo.

– Lo tiene para cuando éramos jóvenes. Este no es el momento indicado, Mare –

– Quizá no Canet. Quizá no –

– Quizás… –

Repetía el gordinflón y, a medida cruzaban miradas, notaron que el viejo marinero se erguía desde su asiento.

– Nobles… –

– Si… Nobles del Más Allá. ¿Qué tienes viejo borracho? –

– ¡Ick! –

Apenas si podía movilizarse el viejo, que apurando el paso hacia la salida era contemplado por un semblante preocupado de Mare y las risillas de Don Canet.

Apresurado, Jarriet se dirigía hacia los establos, dispuesto a tomar un corcel para recuperar el Cruce Austero, a medida que una docena de vaqueros le seguía el rastro y otros se sumaban sin siquiera pedir permiso.

Una dama desde el Salón, vistiendo un corsé colorido y porta ligas de encaje se sostenía sobre una baranda, como si ofreciera una tarde placentera al muchacho. Asimismo, diversos vaqueros silbaban atraídos por su figura.

Tan pronto Jarriet cabalgaba con una docena de Sheriff, las personas se quedaron sin habla. Toda labor era sustituida para fusionar miradas hacia el acontecimiento.

Luego de atravesar las murallas, se lograba constatar un lejano buque de camino hacia el Pasaje Silencioso. Sin embargo, las escolta tomó el recorrido opuesto y las colinas de arena invitaban a un árido paisaje de horizonte infinito.

En el Lejano Oeste, dos jinetes apresuraban el galope ante el desolador panorama del desierto. La delantera la llevaba Helen Deathtrick, quién dispuesta a recuperar su paño de seda, tomaba suficiente distancia del Fantasma de Runfenir.

Andy temía que ingresar en Colmena de Drill fuese un paso equivocado en sus decisiones. Pero, aún no se hallaba dispuesto a abandonar a Helen a su suerte.

Leguas acaloradas sobre la arena le recordaban, con nostalgia, la cacería del borrego legendario. También el momento en que perdió la colt de Érabo. Aquella que, tras años, había conseguido recuperar esa tarde.

Tan pronto el sol comenzaba a descender en el panorama lejano, los agitados corceles culminaban el recorrido.
Andy lograba advertir el cráneo del borrego, como símbolo que prevenía el ingreso a Colmena de Drill. Aquél sitio, donde, contrario a Érabo, Andy Blackhawk aceptó llevar a Helen hacia el Rigor Lejano, provocando una guerra posterior entre los Demonios de Drill y los Sheriff del Rigor Lejano.

A pocos metros de tomar el camino que pudiera culminar con sus principios, Helen detuvo su corcel y aguardaba a su compañero.

Tan pronto Andy se detenía a su lado, ella exclamó:

– Tú no entrarás –

– Iré a donde sea que tú vayas –

– No lo creo –

Ambos vaqueros cruzaban miradas de discordia, de forma repentina, y aunque fuesen el uno para el otro, Andy no lograba equipararse a Helen respecto al orgullo.

– Lo sé… Lo sé… Esto no acabará bien –

– Acabe como acabe, es mi destino. Yo soy una Demonio de Drill –

– Entiendo… –

Aceptando, de mala gana, Andy se marchó hacia el Este. Y los ojos de Helen se centraron en el sendero rocoso que llevaba hacia uno de los territorios más temibles de Runfenir.