“…No es mas que la tierra menos deseada, en el peor tiempo añorado…”

El Banquete de los Mortales

El panorama era desalentador.

La niebla se asemejaba a una nube inamovible al frente. La marea se había calmado repentinamente y el murmullo, incomprensible, era tenebroso.

Azul sostuvo el timón y, rememorando la noche anterior, se tranquilizó al poder inclinar el mismo.

– ¡A prisa hija! –

Gritó su padre, quién había llegado tan pronto como el olor nauseabundo comenzaba a contrastarse en el espacio.

– ¿Q… Qué sucede? –
– Es el pasadizo de la muerte. Si ingresamos allí, quedaremos atrapados durante la eternidad –

El buque a poco retomaba la corriente y de repente la dama contempló figuras sombrías abriéndose paso a través de la, vertical, columna grisácea.

Las voces se silenciaban con el paso del tiempo y, hacia el horizonte, se desplegaban mástiles.

– Hay barcos allí, padre –

El Rey Romir asintió, mientras parecía orar a los Dioses que con su clarividencia hallaran un puerto seguro hacia cualquier sitio, exceptuando el mar fantasmal.
Y cuando lograban alejarse del trayecto, el hombre corrió a buscar algo en el camarote.
Su hija, confundida, le miraba con cierto desdén.

– ¿Has venido aquí alguna vez, padre? –

Sin siquiera responder, el Rey separó un amarillento papiro, el que se conservaba en la vaina de una espada. Tras estirar la endeble soporte, perdió la cordura.

– ¡Esa tormenta! ¡Por los Dioses! –
– ¡Padre! No me has respondido –

Enrollando la lámina procuraba guardarla, cuando la fría mirada de su hija le dejó absorto.

– Si… Si he estado aquí –
– ¿Por qué? ¿Dónde? –

Rápidamente Romir arrió el banderín de Lind y lo arrojó al mar. Luego suspiró y cayó sentado junto al mando del navío. Parecía impresionado. Su hija no demoró en tomar su mano, suplicando una explicación.

– Ese lugar es conocido como: Las Penurias Sangrientas

Y tras reflexionar un instante se comprometió a contar lo que sabía de aquél lugar. Entretanto se despojaba de todas las pertenencias que lo caracterizaran de Rey y se tomó de la cabeza. Su hija solo llevaba prendas nobles de Brind. Ni los guerreros poseían tales, finas, sedas.

“…Los Reinos de Daghol…  Desde el nuestro, hasta el Raudo Cent al Norte y Ritián al Oeste… Todos, y cada uno, han dedicado desde tiempos ancestrales un sitio para los prisioneros, inmorales, ladrones, traidores, y es así una larga lista de individuos. 
Cada uno llega con sus pertenencias, así las haya robado, a éste archipiélago y deberá sobrevivir al holocausto de la existencia.
Allí no importa nada, mas que mantener el aliento, el hambre y perdurar. Son colinas bastas de sangre y sufrimiento…”

Al tiempo que el barco se dirigía hacia allí una guerra de gitanos, villanos y cazadores diezmaba la isla, mientras que los terrenos se enriquecían de cadáveres.

Las tierras se habían tornado bordó y las ruinas conformaban hogares con lienzos de seda y delgadas cortinas de cuero, que revoloteaban ante la débil brisa. Las manchas de sangre se habían secado, como si se tratara de pintura. Los mas jóvenes solían ilustrar figuras de un muchacho que poseía un brazo de dragón. Otros alzaban los muertos, tras las disputas y, al menos, tenían la caridad de enterrarlos en el cementerio. Un área cercana al mar fantasmal, que incrementaba la influencia de las hordas de Jasnoth. 
La marea yacía en calma en aquél lugar y la niebla de forma mínima se avecinaba a sus playas. Mientras el chapoteo era constante y extremidades se alzaban desde las profundidades del océano.
Los desechables individuos desconocían tal lugar, puesto que para llegar hacia allí, debían traspasar las pestes. Montañas de cadáveres se erguían ante la presencia de los buitres.
El clima en la isla era caluroso y el frío a penas se conocía con las lluvias, que no se producían de forma constante.

Mientras que al centro del archipiélago se alzaba hacia las nubes una torre, rodeada por una escalera caracol. Cuya superficie era una gran cuenca de agua potable y cristalina.
Aquél lugar era un altar espiritual que, desde años ancestros, ofrecía la oportunidad de sobrevivir bebiendo de sus aguas.

Se decía que un Ser Divino resguardaba aquella fuente, pero también se insinuaba que no eran más que leyendas. Además era el castigo perpetuo de cualquier alma que osara luchar o asesinar y verter la putrefacción de la humanidad en la acaudalada reserva.

Semanalmente el puerto atraía con sus buques, nuevos desgraciados y criaturas feroces de procedencias lejanas. Mientras uno recibía prisioneros de las naciones, el otro llegaba desde áreas mas distantes.
Esto promovía a la tortura de hombres y con las bestias saciaban su hambre.

Se decía que el sistema de envíos estaba íntimamente relacionado con el Ser Divino en las aproximaciones del cielo, aquél por encima de la gran torre.

Conociendo tales detalles, desde la antigüedad los hombres sobrevivía a los altercados y a las luchas, a la muerte misma. Habían formalizado clanes, que tras la lucha constante de todos tres líderes tomaron mandos y lograron subsistir. Así los nuevos venideros eran destrozados por los residentes. Bajo una norma propuesta que los mantenía conectados.

Jamás quebrantar la Ley Fundamental del Ser Divino

Sabían que de hacerlo, significaría la mortandad de todos y cada uno. Tal contaban las leyendas.

Hasta determinada edad los jóvenes debían cumplir tareas específicas, sin importar su clan, transportar cadáveres, trasportar agua y alimentos. Al llegar a adultos se integraban a los Cazadores Furtivos en el Cráneo Negro, a los Gitanos Desalmados en la Bahía del Tesoro o a los Villanos Deshonestos en la Colina del Dolor.

Solo existía un caso, fuera de lo común, en que un muchacho tan rebelde integró el ejército del clan Cráneo Negro. El Ladrón Shal’Kas, quién se rumoreaba había nacido en ese espantoso archipiélago y tras aquél acontecimiento hubo un atentado conocido como: El Fin de la Gestación.

Con la llegada de un buque de guerra se sustrajo a todas las mujeres y desde aquél momento se separaban los envíos por género.

Además de Ladrón, se le conocía al muchacho como el Hostigador de las Doncellas y el Joven Fornido. Puesto qué, ante el nuevo sistema proporcionado por los Espadachines Dorados, se encargaron de eliminar a los padres que habían osado procrear hijos en las Penurias Sangrientas, y también a sus descendientes. Aquél joven, Shal’Kas, había sido el único sobreviviente del genocidio.

Cerca de ser adulto las ambiciones crecían en aquél pícaro, quién solía hurtar piezas de valor a sus enemigos y, en ocasiones, incluso a sus propios compañeros. Poseía tal rebeldía, que sentía la necesidad de participar en todo y ya en alguna ocasión el Líder del clan, Ralonte, optó por enviar a los Cazadores Furtivos a las bestias, sin informar al joven inquieto. Shal’Kas por entonces era el guardián mas popular del Cráneo Negro.

Ante la llegada del buque de los espadachines dorados, se liberaron suficientes bestias y los reclutas de las legiones se escondían entre las ruinas. La caza no era algo sencillo. Además de organizar la estrategia debían protegerse de sus oponentes.
Así fue que con la aparición de un Regorl joven, Shal’Kas, quién había seguido a sus compañeros se presentó sobre una colina. De esta manera los Gitanos Desalmados fueron advertidos de la presencia de los Cazadores Furtivos e inició una batalla campal. Ignorando tal suceso, el muchacho saltó a descubierto y las criaturas echaron a correr, mientras otras por ley natural intentaban devorarse entre ellas.

A espaldas del muchacho se oían resonar los filos chocando, sumado a los alaridos de ira. En cierto momento, Shal’Kas de cabello negro y peinado en puntas al cielo se volteo hacia un lado, cerró los ojos y su rostro se oscureció. Oía los suspiros de aquella criatura presente, pero se entregaba al miedo otorgándole confianza suficiente. Los pasos no demoraron en retumbar sobre el terreno ante sus enormes pezuñas y el joven, que cubría su tórax desnudo con una larga cota de cuero, pantalones rudimentarios, botas negras y un resplandeciente cinto de Dibororrenio que sobre valoraba por encima de su indumentaria, donde portaba varios puñales.

Tras abrir los ojos y sonreír con plenitud desenvainó dos, uno por cada mano y los alzó. Los bramidos del monstruo, cuyo tamaño se asemejaba a 5 hombres apilados de anchura, saltó sobre él y esquivándole el muchacho le ensartó un cuchillo a la altura de la garganta. Luego se irguió contemplando como el buque de los espadachines dorados se retiraba de la costa y lanzó un puñal al aire. Tras el regreso de éste, lo tomó y volteándose notó que la bestia no se daba por vencida. Un bramido con mayor amplitud resonó a medida que el animal rengueaba, ante la herida recibida, pero eso no le detuvo para enfrentarlo una vez más. Abriendo sus fauces de tamaño imperial procuraba devorarlo en un envión, pero Shal’kas saltó sobre él superando su extensa longitud. La bestia se volteó para reiniciar la carrera contra la muerte, pero repentinamente recibió un puñal sobre sus ojos que le venció por completo.

– Feliz muerte –

Gritó de repente Shal’Kas, y para su sorpresa los reclutas del Cráneo Negro habían sido superados por la cantidad de Gitanos Desalmados. De a montones saltaban desde las ruinas para cazar a las criaturas, mientras los compañeros del muchacho se desparramaban moribundos.

– ¡Tomadlo todo muchachos! –

Al instante Shal’Kas resolvió recuperar sus dagas y esconderse detrás del cuerpo voluptuoso de la criatura.

Allí aguardaba, sentado, cuando en el horizonte alertó la llegada de un navío. Diferente a los buques que solían llegar al puerto. Sus velas eran tan amplias que se asimilaba a las historias de piratas que oía de pequeño. El mismo se dirigía hacia el Este y buscaba pasar desapercibido.

La esperanza de cumplir su sueño se develaba frente a sus ojos. Pero aún necesitaba sobrevivir al suceso en el que se encontraba. Fue así que poniéndose de pie, dejó de ocultarse y numerosos gitanos le rodearon.

– Pero… ¿Qué tenemos aquí? –

Exclamó uno de los demacrados hombres, portando una espada de filo ancho y ropajes maltrechos. Los restantes no eran muy diferentes, pero este se encaminaba por delante en ánimo de desafiar a quien fuera.
Su larga cabellera, mugrienta, y su rostro pintado con rastros de sangre humana no daban mucha confianza. Sin embargo Shal’Kas no pretendía perder la oportunidad que el destino le develaba.

– ¡Es el Hostigador de Doncellas! –

Exclamó uno, entre varios.

– ¿Y tú solito has acabado con este Regorl? –

– ¿Hacían falta más? –

Replicó sonriente el muchacho.

Los gitanos echaron a reír a carcajadas, mientras el primero en retarlo se abalanzaba frente a él.

– Huye mientras puedas niño –

Murmuró relamiendo su rostro embalsamado, y no de sangre propia.

¿Cómo se liberaría Shal’Kas de los Gitanos Desalmados? ¿Qué sucederá si descubre a Romir y Azul en el Barco que se dirigía hacia el Este?