“…Bajo el sombrío atardecer, no solo habían vaqueros en Runfenir…”

El Anhelo del Errante

El amanecer resplandecía con notoriedad al frente.

Tras un extenso recorrido, el sutil galope proseguía su curso. Andy despertaba de un breve descanso.

Al abrir sus ojos notaba que había babeado la capa de seda, del hombre que le había salvado.

– ¿Te encuentras mejor muchacho? –

Sin responderle, alzó el rostro y frotó sus manos sobre la capa. Sorprendido notó que la misma portaba incrustadas unas piedrecillas azules.

– ¿Por qué el Fantasma de Runfenir portaría piedras preciosas? –
– Son Zafiros. Los nombres con los que suelen identificarnos, solo son rumores entre multitudes –
– ¿Entonces cuál es tu nombre? –

El silencio perduró unos segundos y el joven alertó como el árido terreno contenía enormes cantidades de roca. El jinete se volteaba hacia el Oeste y, ahora que Andy yacía despierto, apresuraba la marcha.

Erabo

Murmuró de pronto.

En el horizonte se podía contemplar una aldea lejana y el sol, a sus espaldas, comenzaba a fulminar todo alcanzando temperaturas muy altas.
Parecían como si vivieran junto a la estrella de luz.

– ¿No preguntarás el mío? –

Manoteando la capa, el niño insistía. Pero el jinete solo observaba al frente y acariciaba el cuello del corcel.

Andy BlackHawk

Respondió de repente.

– ¿Cómo lo sabes? –

Y aunque lo preguntara, el forajido no contestó más nada.
La incertidumbre le llevó al joven a recordar a su hermano. Quién le nombrara Halcón Negro en horas de la noche.

Nuevamente el único sonido presente era el galope incesante y el joven volvió a dormirse ante el aburrimiento.

A lo lejos, entre vastos y desolados territorios, los bandidos liderados por Jor’Mont planeaban el siguiente movimiento.

– ¡Ahora debemos tomar el pozo entre Comadrón y Alfarón, al Oeste! –
– ¿Y quién se quedará allí? Si han demorado en vencer a la mujer de esta familia, el paso ese durará muy poco a tu favor –

Respondió el pistolero Wes’Har, en el interior de la cabaña.

El Líder asintió de mala gana y tomó un trozo de pan casero sobre una delicada mesa de roble. Los cadáveres aún permanecían, entre ellos.

– Podríamos fabricar dinamitas en caso de una amenaza –

Añadió un hombre, entre los bandidos.

– No sería una mala táctica –

Refutó, al instante, Jor’Mont.

– Vencerían a unos pocos, asegurándonos que las enciendan en el momento clave –
– ¿Qué propones tú, Wes? –
– ¿Debo responder? –

Luego de masticar la corteza de un trozo de pan casero, el líder alzó su mano como si buscara silencio.

– ¿Acaso quieres matarlos a todos? –

Wes asentía y, tan pronto como Jor suspiraba, el hombre que había estado silbando horas antes hacía su entrada y retiraba el cuerpo de un cadáver a rastras.

– No debes liquidarlos. Nunca sabes si mañana no llegues a solicitar su unión –
– Si les quitas el agua, claramente pretendes que mueran tarde o temprano –

Mascando el panecillo, Wes se levantó de la mesa y avanzó unos pasos hacia fuera de la cabaña.
Jor’Mont, por su parte, se tomaba la barbilla pensativo.

– Ustedes no sólo no utilizan sus balas, sino que no piensan en cada decisión que toman… –
– Wes, cálmate –

Gritó, desde el interior el Líder y luego exclamó con más tranquilidad:

– Como sea, para fabricar las dinamitas deberemos regresar a Colmena de Drill
– Ciertamente –

Contestó el hombre, a su lado.

El muchacho, fuera del hogar, desenfundaba uno de sus revólveres y, ante la sorpresa de todos, lo apuntó a la nuca del silbador.

– ¿Qué diablos crees que haces, cabrón? –

La probable víctima aún chiflaba, mientras enterraba a Jalina en una fosa que el mismo había estado preparando durante la reunión.

– Todos merecemos un entierro digno –
– ¿Quieres que te dejemos allí, junto a ella, en cuanto acabes? –

Tras soltar el cuerpo y contemplar como descendía, el buen joven suspiró.

– Respóndeme, ¡pendejo! –

Rechinando los dientes, el bandido se volteó y con un puñetazo obligó al muchacho a retroceder. Su revólver se soltaba de su mano. Más tarde saltó encima de él para aplicarle una abofeteada, pero ágil Wes desenfundó el revólver del cinto del desafiante y lo apuntó hacia él.

– Si querías matarme, debiste haberlo hecho –
– ¡Canalla! –
– Ahora, de rodillas –

El joven procedía a agacharse mientras, con una sonrisa, Wes se frotaba la mano sobre los labios.

– ¡Wes! ¡Naher! Cálmense ambos –

Exclamó Jor’Mont tras salir de la cabaña. Los bandidos aguardaban expectantes.

– Parece que no puede controlar a nadie, Líder –

Murmuró uno, entre risas, y Jor no demoró en mirarle de reojo.

– No lo repetiré, Wes –

El muchacho simplemente ladeó el rostro hacia los hombres, que aguardaban de pie detrás suyo y entregó el revólver al joven silbador.

– Buen cañón, wey –

Naher no respondió nada. Tras tomar el arma de fuego por la culata, la llevó a su cinturón y se puso de pie.
Su contrincante recogió el revólver del suelo y mantuvo su rostro bajo el sombrero.

– El niño es problemático Jor’Mont. Debería darle su merecido –

Insistió el hombre, quién planeaba dinamitar el paso a Comadrón.

Y antes que se diese por aludido, un estallido resonó desde la colt de Wes’Har. Todos se voltearon hacia el pistolero, incluido el Líder.
Si bien el disparo fue entre las botas del bandido, éste saltó del susto y el muchacho suspiró.

– Si buscas decir algo, me lo dices a mí. Sino cierra la maldita boca –

El hombre fruncía el ceño ante la rebeldía del muchacho y, buscando romper el hielo, Jor’Mont propuso seguir camino.
Sin embargo, y delante de Wes, Naher se movilizó hacia el interior del hogar y arrastró al Padre difunto de Andy para enterrarlo en la fosa.

Wes enfundó su colt y se retiró, mientras el líder señalaba al resto de los criminales para que asistieran al joven silbador.
De mala gana, los hombres procedieron a sepultar la familia y en un hoyo, a parte, a los compañeros caídos.

Antes del atardecer partieron, en busca de sus caballos.

Y a medida que dichas horas se avecinaban, con el devenir de la oscuridad, el corcel apenas lograba mantenerse en pie. Los pasos eran tan suaves y lentos, que Erabo optó por desmontar. Andy despertaba, nuevamente, para alertar una villa humilde delante de sus ojos.

Damas y caballeros, irónicamente, trabajaban el barro y fabricaban vasijas, ollas y cucharas. Montones de productos artesanales se hallaban en tiendas de un lado y del otro, junto al sendero principal. Allí la única moneda por la que se intercambiaba era por la propia agua. Se trataba más bien de un trueque de recursos.
Ante horas de viaje, sin descanso, la sed golpeaba con locura al joven, como también al corcel.

Tras llegar a un establo abandonado, el Fantasma de Runfenir ató a su potro y tras tomar dos vasijas se las entregó al niño y marchó hacia el Oeste a paso calmo. Andy, detrás, le seguía y advertía que los aldeanos siquiera osaban alzar sus rostros para verles.
Manoteando de la capa al forajido, consultó:

– ¿Ellos también te reconocen como el Fantasma de Runfenir? –
– Sobre todo ellos –
– Pero tampoco han dicho nada, tras tomar los envases. Mucho menos se esconden de tu presencia –
– Un Fantasma no solo induce al miedo. A veces se trata del guardián en una aldea –

Y aunque quisiera hacer más preguntas, al superar el pueblo, Erabo, por medio de un gesto con su mano, pidió silencio.
La noche se avecinaba, y con ella los hombres no eran más que siluetas. Apenas se oían toses o ronquidos, pero jamás hablaban. Y aunque así eran, guardaban mucho rencor hacia el resto de la humanidad.

Tornándose pesada, la caminata, el siniestro forajido marchaba sin cansancio alguno. Así hubiera viajado toda la noche sobre el corcel, sus ojos yacían bien abiertos y poseía una fortaleza importante. No estaba claro que lo impulsaba al frente, aunque el apetito y la sed desmoronaran al muchacho con el paso del tiempo.

– Será mejor que aguardes aquí –

Exclamó, de pronto, el hombre sin dar razones aparentes.

– Pero… –

Apenas ladeó el rostro enmascarado, y Andy asintió. Tras posar las vasijas sobre el suelo, se dejó caer de rodillas.

El sol se desvanecía a sus espaldas y se oía el agua fluir en las cercanías. Sin embargo Erabo sabía que no se encontraban solos en aquellos áridos campos.

A pocos metros avanzaban figuras de hombres, desde el pasaje hacia el pozo de agua.

– Admiro tu valentía, pistolero. Pero va siendo tiempo que resignes tu osadía –

El forajido caminó con mayor lentitud, sin desviarse de su destino.

– ¿Sabes dónde te encuentras? –

Gritó otro, amenazante.

Andy alzó la vista repentinamente. Sentía un aura misteriosa a su alrededor, pero era tal la oscuridad que no lograba identificar a nadie. Solo al Fantasma de Runfenir, frente a su mirada.

Tan pronto como el forajido posó los dedos en su cinturón y empujó su capa hacia atrás, se sintió el silbido de numerosos puñales a contra viento. Los mismos, más tarde, se estrellaron delante de sus pasos.
Formaban una línea y asimilaban a la última advertencia.

– Ni un paso más, mocoso –

Murmuró una dama, entre las siluetas que le rodeaban.

– Tentador… –

Contestó de pronto Erabo, y fue tan desafiante la melodía de su voz que Andy se quedó perplejo. Tras ello, sintió caminantes pisotear el terreno a pocos metros de él y exclamó:

– Lo sé… Lo sé… Estos no temen, ni a los espíritus –

¿A dónde han llegado Andy y el Fantasma de Runfenir? Lograrán salir ilesos, del duelo que está a punto de iniciar?