Capítulo 29 – La Batalla frente al Caos y al Orden

por | Dic 11, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Entre los destellos eléctricos se mecía una oscuridad atroz…”

La Batalla frente al Caos y el Orden

Ante la batalla perpetuada en los muelles del Imperio, las bestias parecían huir hacia los Pantanos de Suglia. Pero, en realidad, se presentaban ante una amenaza que acontecía en el entero continente. Los Esbirros de Jasnoth desplegaban una plaga que reanimaba a los cadáveres y modificaba sus objetivos.

El furor de los no-muertos provocaba que las defensas más endebles hagan frente al peligro y, por ello, numerosos Regorl se convertían en caóticas criaturas que añoraban, de repente, destruir su propia madriguera.

La colérica avanzadilla de esbirros y criaturas, leales a Jasnoth, devino en la aparición del Ojo de Mar y, el propio, Cráneo Negro.
Tomando represalias, la sabia bestia, que portaba el amuleto de Longsdaleita se vio obligada a derrotar a los guerreros esqueleto y a su propia especie, al tiempo que sus rugidos se constataban en gran parte del archipiélago.

En cuestión de segundos, todo intento se veía despojado de oportunidad. El mensajero no-muerto yacía seccionado alrededor del Cráneo Negro y los tentáculos del Ojo de Mar revoloteaban detrás del panorama. Nuevas criaturas se avecinaban desde la bestia progenitora y las fuerzas de los Pantanos de Suglia, rápidamente, se reponían.
Los bramidos del Cráneo Negro clarificaban que la Gran Guerra Sagrada aún se hallaba lejos de cesar y que un nuevo enemigo perjudicaba los intereses.

No muy distante de la escena, los resplandores incesantes sucumbían desde los cielos. En presencia del Hacedor de Luz, quién se había estrellado con su hermano, Jasnoth, tras recibir una feroz patada por parte de Cent’Kas. Asimismo, Joseph yacía libre de las garras del dracónico oscuro y, conmovido al notar la presencia del ninja que se avecinaba en la distancia, recordó que Dorothea había desaparecido junto a Corey.
Una vez más, los diversos planteamientos sobre la traición de la concubina emergían en su consciente. Pero algo había conmutado. Tras ver aquellos ojos de preocupación que ostentaba, su corazón latió con tanta fuerza que recuperó el aliento.

Darnoth y Jasnoth tomaban distancia, de entre sí, e ignorando todo ente a su alrededor, se voltearon para contemplar a Cent’Kas.
A medida desenfundaba la Katana de su vaina, el resplandor latente estremecía a los enemigos.
Recobrando su participación, Ralonte y los cazadores furtivos regresaban desde la caverna general dispuestos a apoyar al Campeón Crepuscular.

Y, tan pronto, la mirada de Cent’Kas se cruzaba frente a la de los confiados dracónicos, el bramido lejano del Cráneo Negro les tomó por sorpresa.
Incluso Joseph, atraído por el grito bestial, volteó su entero cuerpo. Temía que la legendaria criatura se hallara tras su espalda.

Pero solo se lograba divisar la frontera y el camino distinguible de murallas que bordeaba al Imperio.

– Tú. Siempre interrumpes el mejor momento, hermano. –
– Debes detenerte –
– ¿Cómo crees Darnoth? ¿Cuántos han muerto, al rogar misericordia al Emperador? –
– Podemos ser libres, si… –
– ¡Ni tú te lo crees hermano! –

Rechinando los dientes, el dracónico claro y el oscuro se observaban sumidos en el recelo, cuando en un abrir y cerrar de ojos el raudo Cent’Kas avanzó contra ambos. Sin siquiera percatarse, los hermanos, tardíamente, notaron su presencia en el cambio de la brisa y recibieron dos patadas que les separaron de entre sí.

Darnoth, de repente, detuvo tal atrevimiento y, enfurecido, gritó:

– ¡KASSS!! –

Al tiempo que Jasnoth sobaba sus labios con el puño y con ayuda de su evolutiva melena detenía el retroceso.
Joseph se volteaba y recuperaba la atención. Nuevamente los ojos del dracónico oscuro pesaban sobre él.
Asimismo, Darnoth, desplegaba sus monstruosas y blanquecinas alas. Para luego emprender un ataque frontal contra el Demonio de Yahandá.
Imposibilitado para defenderse, Joseph esquivaba los repentinos cortes de la guadaña de Jasnoth. Pero la inseguridad de lo que acontecía, tras su espalda, le proveía una constante desconcentración.
En cuanto la cuchilla de la guadaña se proponía degollarle, la resplandeciente vaina de loto bloqueó a su atacante.

Darnoth se veía azotando las tierras en un ágil desvanecimiento del Héroe.
Por su parte, Jasnoth repartía un sinnúmero de cortes y su melena ensartaba puñales de hueso en los alrededores. Sin embargo, Cent’Kas conseguía evadir y bloquear los pertinentes ataques.

Con un alarido de ira, un aluvión acometía por doquier y realzando su figura a los cielos, el Hacedor de Luz rebatía sus alas en un imperante descenso sobre su oponente.

Luego de intensos bloqueos, la katana logró asestar un corte en el tórax de Jasnoth y, rápidamente, Cent’Kas volteó su cuerpo propiciando una nueva patada a Darnoth en su rostro.
Jasnoth empuñaba el sable que desgarraba su cuerpo y Darnoth volvía a retomar el vuelo buscando impactar sobre Cent’Kas.

Sin manera de impedir todas las derivadas circunstancias, un puñetazo impactó en el rostro de Jasnoth y arrojando la vaina de loto al cielo, Cent’Kas empuñó la guadaña sombría.
Tan raudo como en sus movimientos pasados, arrojó la cuchilla contra el enfurecido Darnoth, quién obstruyó el movimiento cruzando los brazos.

Asimismo, la vaina regresaba a la superficie y, alzando una extremidad, Cent’Kas propició una docena de patadas en el sonriente rostro de Jasnoth.
Una vez que el dracónico soltó el filo de la espada, se derrumbó de rodillas y el Campeón Crepuscular envainó con orgullo.
Joseph yacía pálido, ante las habilidades supremas del ninja.

– ¡¡¡KASSS!!! –

Resonó con furia, el lejano alarido del dracónico claro.

Y con el porte distinguido, en guardia, Cent’Kas contemplaba como remolinos de viento azotaban el terreno y un resplandeciente Hacedor de Luz recubría su cuerpo con una armadura de huesos blancos.
El sonriente Jasnoth, tras movilizar su mano, recuperó la guadaña sombría y su peto desgarrado se revestía segundo tras segundo.

Tan pronto giraba su katana enfunda, Cent’Kas, se preparaba para un nuevo duelo frente a los dracónicos, hermanos del Caos y el Orden.
Joseph sobaba su frente completamente sudada y los torbellinos se abrieron paso al descender Darnoth junto a Jasnoth.

Confiado, Cent’Kas, hizo seña con sus dedos para que avanzaran. Deliberadamente Jasnoth esparció una envolvente que oscureció una amplia franja de espacio. Parecía como si la noche se reafirmara con su presencia y lo único que se mantenía resplandeciente fuera la vaina de loto y el propio Darnoth.

– Serás mi vasija –
– Debemos destruirlo, hermano –

Contestó el dracónico claro a su hermano.
Tan pronto la penumbra se apoderaba del espacio, el silencio se tornaba ensordecedor y los claros pasos de los cazadores furtivos llegaron resonando desde la caverna general.

Joseph contemplaba toda situación y Cent’Kas yacía mustio.

– ¡Retírense! –

Exclamó, de pronto, el campeón crepuscular ante los presentes. Los dracónicos se abrían paso a medida avanzaban con lentitud. Con resplandores incesantes el severo rostro de Darnoth aterrorizaba a los rebeldes. Asimismo, apenas era visible el sonriente y malicioso semblante de Jasnoth.

– No vamos a abandonarte. ¡Estamos juntos en esto! –

Alzando la katana que portara Cent’Kas en el pasado, Ralonte inspiraba a sus tropas a luchar junto al ninja.

– Eso, eso es… Vengan, únanse a mí. ¡Únanse a Roños! –

Exclamó Jasnoth. Y ágiles se alertaron sus pasos, tomando distancia del destello que generaba su hermano.

Rápidamente, Cent’Kas movilizó su cuerpo hacia la oscuridad latente. Sin embargo, obligado, debió bloquear el impacto de un relámpago dirigido por el mismísimo Hacedor de Luz.

– Kas –

– ¡Unidos Cazadores Furtivos! En recuerdo a Roños… ¡destruyamos al impostor! –

Gritó Ralonte y, tras rechinar los dientes, avanzó empuñando la katana. Rebeldes y Viriathros le seguían, e impulsados por su coraje se adentraban en el oscuro horizonte.

Unos a otros, los destellos replicaban ante la colisión de las cimitarras.

Apartando toda decisión de huida, Joseph advirtió el reflejo de sus puñales ante el fulgor de los rayos y cargó hacia el frente. Buscaba asistir a los rebeldes contra el siniestro Jasnoth.

Cortes se fundían contra la negrura y apenas se divisaban los dientes del sonriente enemigo. Unos a otros, los rebeldes batían sus ataques al unísono, buscando acabar con el enemigo.
Pero el poderío del Dracónico Oscuro era superior a sus expectativas.
La sombría guadaña había conseguido atravesar el tórax de dos guerreros y, con su restante extremidad, alzaba a un tercero. El resto azotaba a cortes lo desconocido, pero la resistente melena se abría paso. Enredaba las cuchillas y la moral declinaba paulatinamente. Incluso Ralonte perdía la Katana ante una enredadera de cabellos.

Cent’Kas apenas conseguía advertir como Joseph, contrario a su recado, avanzaba empuñando sus cuchillos hacia el desasosiego panorama.

– ¡No lo hagan! –
– ¡Atento Kass! –

Y aunque diese volteretas para liberarse del Hacedor de Luz, Cent’Kas se precipitaba de regreso. Estaba obligado a combatir contra el dracónico claro.

En el feroz recorrido, Joseph logró intervenir entre dos rebeldes que despertaban con iris amarillentos y cuando planeaba apuñalar al oponente por la espalda, el zumbido de la guadaña se aproximaba obligándole a arrastrarse sobre el húmedo terreno. A punto de colisionar tras la espalda de Jasnoth, alzó sus cuchillos y clamó:

– ¡Compárteme tu fuerza Dorothea! –

En el punto límite de la Gran Guerra Sagrada, los dracónicos han culminado la diversión para priorizar la derrota de Cent’Kas.
¿Será posible la victoria ante la furia del Caos y el Orden?