Capítulo 28 – El Debate de los Nobles y el Secreto de Lena

por | Nov 23, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Y en paz se infundían las posibilidades y temores jamás vaticinados…”

El Debate de los Nobles y el Secreto de Lena

La batalla por la invasión parecía concluir con la fuga del Cráneo Negro y el triunfo de la fusión del Imperio con los rebeldes. Sin embargo, la aparente realidad era errónea.
No solo los vencedores enfrentaban una amenaza más numérica, sino que los vencidos huían para proteger su hogar.

Tras el concilio de los rebeldes y la aceptación del plan de la Triple R, durante la huída y desde la Caverna General, era menester hallar un magistrado que facilitase la retirada del Imperio bajo el cometido de colonizar. Tal motivo, facilitaría una salida pacífica y no generaría discordias con el Emperador. Sin embargo, no solo Romir carecía de concordancia con el Magistrado Toriel y le habían encontrado de camino a su hogar en el desolado mercado del Imperio, sino que además no parecía ostentar humor suficiente para aceptar rebeldes y prisioneros en su vivienda.

A pesar de sus dramáticas actitudes frente a las adversas figuras, ofrecía asilo a tres jóvenes, que Erión conocía, y a numerosos nobles.
Poseía suficientes víveres para ocultarse en la extensa y dramática temporada. Asimismo, un subsuelo de ambiente amplio, se encontraba por un pasaje oculto en el interior de su hogar. Sin dudas no asemejaba tener intenciones referentes a desligarse del Imperio.

Con soberbia había permitido el paso de Romir, ante los ruegos de Lena. Pero la presencia de rebeldes, viriathros y el propio cadáver de Fab le completaban de prejuicios.
Erión, sin mediar palabras, era abrazado por Sherlyn al tiempo que Thom y Lev reían por lo bajo.

– ¿Qué te traes por aquí… con essssa gente? –

Romir conservaba saliva para contestar a tan despreciable interrogación. Y Lena, por su parte, sobaba los dedos sobre la nuca de su compañero interrumpiendo.

– La actividad del Imperio amerita a reunir a todos –
– ¿Actividad? ¡Esta guerra acabará con todo! ¡Ellos deberían estar apoyando a quién les alimenta! –
– Veo que has hecho bien tu trabajo, trayendo a tu familia –

El calvo reflexionaba un leve momento, mientras las puertas se cerraban a las calles y los nuevos huéspedes se acomodaban. De pronto, como si hubiese olvidado todo rencor, al advertir la semejanza entre Rav’Thos y Fab, empujó un armario que ocultaba una alfombra cubierta por adornos de estrellas solares.

– Ayúdenme muchachos –
– Enseguida Señor –

Thom y Lev asistieron al Noble y, tras movilizar el pesado arcón, Fahd desplegó el telar y tras abrir el portillo se descubrió el acceso a un sótano.

– Pasen por favor… –

Lena y Romir cruzaron miradas comprensivas ante la sospecha del resto por la cambiante personalidad del propietario.

– A prisa.. –

Murmuraba el hombre, sin perder de vista el trasluz de la persiana. Y aunque descender el cuerpo de Fab fuese costoso, acabaron llegando todos al nuevo ambiente en cuestión de minutos.
Tras cerrar la verja al sótano, la alfombra sucumbió encima y se oyó el tenebroso paso de esbirros de Jasnoth desde las callejuelas.

– ¿Cuándo usted… ? –

Exclamaba Rultz confundido, mientras observaba al calvo noble.

– Todo poseemos secretos –

Respondía, al tiempo que se sobaba el sudor de la frente  con la manga de su camisa.

La perspectiva generaba esperanza. El espacio era más vasto de lo imaginable y la variedad de alimento estaba distribuida y finamente catalogada entre las habitaciones contiguas. Una Sala de estar central ofrecía un dilatado tablero y, además, un holgado aforo ostentaba una sala de entrenamientos y una zona recluida se utilizaba como hamán, ofreciendo baños de vapor.
Los hijos de Fahd agradecían enormemente la presencia de novedosos invitados y la hospitalaria mujer tenía un ameno entendimiento hacia Lena.
Copas de bronce servidas con hidromiel yacían sobre un mantel de seda y panecillos apenas horneados aguardaban en una bandeja de cuero curtido.

– Al fin te has decidido Toriel, mi amor –

Exclamaba la mujer, a medida que los niños, asintiendo, agradecían a sus padres.

– E.. Esto… –

Murmuraba Romir, asombrado.

– Te lo he dicho. Podría convivir aquí por décadas, hasta que la invasión cumpla su ciclo –

A costa del cansancio y del apetito, Rultz se internó en las habitaciones para liberarse del cuerpo de Fab. Tras descenderlo sobre uno de los cuantiosos lechos, regresó y con ánimo contemplaba como todos los seres presentes degustaban el alimento ante el júbilo de la familia y los nobles.

Por su parte, Romir se encaminaba junto a Toriel hacia el ambiente de entrenamiento.
Antes de alejarse lo suficiente del resto, el noble invitó a Rav’Thos a seguirles, quién no quitaba sus ojos de la penumbra que yacía en los dormitorios. Tras saborear un panecillo, éste, accedió a la invitación. E ingresando al silencioso ambiente un exaltado Romir clamó:

– Este lugar es… –

Toriel asentía ante la confusión de Rav’Thos.

– El área del Consejo se encuentra encima. Y por aquél sitio podemos acceder a las abundantes reservas. Pero he clausurado el pasaje por la guerra –
– Entonces tú… Siempre lo has oído todo… ¿así no participaras en las sesiones? –
– Todo… Todo, todo, todo Romir –
– ¿Y cómo es que aún apoyas al Imperio? –
– Er… –
– Le teme –

Exclamó, de pronto, Rav’Thos.

Y el solemne hombre, que siempre desdeñaba gran fortaleza, asintió.

– Mi familia… Romir… –
– Era de imaginarse. Pero tenemos un plan –
– Nada de planes. No necesitamos nada más en este sitio –

Romir conservó silencio y Rav’Thos contemplaba la Sala de estar, la familia reunida y reflexionando recordaba a su hijo.

Hilda… –

Clamó Lena, de repente, ante las conversaciones variadas en la gran mesada. Y la mujer de Toriel, rápidamente, se volteó hacia la joven noble que vestía el delicado chungnyun.

– Podría… Ugh.. –
– ¿Lena? ¿Te encuentras bien? –

Asistiéndola, ante el sobresalto de todos y el estupor de Sinuesa. Hilda y Lena se retiraban hacia un sauna privado del matrimonio.
Una vez allí, la dama preparaba el baño de vapor, al tiempo que ofrecía a su invitada pasar a sus aposentos.

– Eres tenaz Lena. Será mejor que descanses –

y frotándose el vestido de seda, ella palidecía ante el perfume de los jabones que ahondaban en el interior del excusado.

– No tienes de que preocuparte. Hoy puedo ser tu sirvienta –
– Ni lo menciones, Hilda. Te lo suplico –
– Anímate. Esto te ayudará a recuperar las fuerzas –

Y, dubitativa, Lena accedió. Tras ayudarle a desvestirse, Hilda la acompañó a una profunda fuente de agua cristalina.
Tras soltar los kuàizi que le enzarzaban la melena y liberándola de los accesorios, Lena se sumergió en el agua y sintió como el vapor descansaba en su piel. Asimismo, con una esponja le ofrecía masajes y con los dedos acariciaba su negruzca cabellera.

En cuanto el reposo proveía menos pudor a Lena, Hilda se detuvo observando su abdomen.

– Tú… –
– ¿Si? –
– Estas… –

Y asintiendo, Lena, comenzó a sollozar.

– No te lamentes Lena. ¡Eso es una bendición –
– Lo sé… Pero… –
– No tenía idea que tú y Romir… –

Palideciendo, Lena observaba el reflejo de un mural. Como si pudiese imaginar a su compañero, allí, atravesando todas las rocas, las lágrimas comenzaron a rociar su rostro.

– ¿Lo sabe él? –

Y, negando, Lena sumergió la cabeza.

– ¿Lena? ¿Lena? –

Parecía, incluso, dispuesta a suicidarse. Cuando repentinamente, descubriendo un mundo onírico, advirtió la figura de una princesa que portaba una lanza. La misma le ayudaba a volver en sí, a medida le ofrecía en sumisión su mano desnuda. En cuyo celestial ensueño, la joven vestía un cheongsam azul y blanco, poseía un severo rostro y enfrentaba numerosas figuras indescriptibles. Poseía una afable presteza y, de entre las sombras, otro muchacho le observaba a carcajadas.

A Hilda no le alcanzaban las fuerzas para alzar a Lena y, producto de los gritos, Sinuesa que yacía en suma expectación de los sucesos, intervino para ayudar.
En aquel momento, tras erguir el cuerpo de la doncella, la Viriathro advirtió que Lena se encontraba encinta.

En la voz de Toriel el debate proseguía, mientras Romir admiraba el extenso territorio que conformaba el hogar del noble. Asimis, Rav’Thos investigaba con detalle el panorama. Muñecos de madera asimilaban a humanos robotizados de cedro. Aunque no fuesen aquella realidad, la imaginación fluía en él y afloraba segundo tras segundo. Entre ellos,  parecía divisar la complaciente sonrisa de su hijo..

– ¿Cómo crees que me iría Romir? ¿Tú aún no eres consciente de qué sucede fuera? –

Y tras suspirar, Romir contestó:

– ¿Qué harás si el Imperio acaba derrotado? ¿Qué hallarías al salir? y ¿qué al quedarte sin víveres? –
– ¡Imposible! –

El sudor resplandecía en su calvicie. Así fuese un supuesto, las palabras de Romir no eran tan equívocas.

– ¡Siquiera el Hacedor de Luz fue capaz de vencer al Emperador! –

Rav’Thos alzó los ojos instintivamente, para luego seguir observando los alrededores.

– ¡El Imperio conseguirá conquistar el mundo algún día! –
– ¿Y estás de acuerdo con eso? –

En cuanto la pregunta era clara, a expectativas del silencio de Rav’Thos, el calvo contemplaba perplejo a su eterno contrincante. Aquél al que solía refutarle todo en las reuniones de Consejo.

– ¡Esto no se trata de la política del Imperio! –
– Toriel… ¿Estás de acuerdo con esta vida para tus hijos? –
– ¡No les metas a ellos en esto! Tu no comprendes nada. –
– ¿Cuánto crees que perdurará un Sistema que sustrae individuos de sus hogares y los convierte en prisioneros? –
– ¡Es un orden imperativo! ¿Acaso vivías mal con el Sistema, Romir? –
– No se trata de nuestras vidas. Hemos nacido aquí y no conocemos Daghol… –
– ¡¿Daghol?! ¿De eso se trataba todo? –

Ante los muñecos de madera, Rav’Thos contemplaba las sombras. En ellas notó la figura del robótico humano que portaba un extraño tubo en una de sus extremidades. Reflexionando, sostenía su mentón y creía ver a su hijo, con vida, observándole fijamente.

– Imagina un momento Toriel…. Que tus hijos conforman una familia en Daghol, lejos del Imperio, de sus órdenes. –
– ¡Lejos del orden solo existe el caos! –
– La Libertad Toriel… ¿Qué haría el Imperio en conocimiento de este sitio? –
– ¡Silencio Romir! O te haré salir a hurtadillas a los callejones de la muerte… –
– Has tenido que esconderte aquí… Pero tú y yo deberíamos estar combatiendo en estos momentos –

– ¿Y… Yo? ¿Cómo crees? –
– ¿Lo ves? Daghol es libertad. Esto es un escondite temporal –
– No des malos augurios. ¡Podrían descubrirnos! Será mejor que dejemos de hablar –

Romir palideció ante una inesperada respuesta.

– Los Viriathros somos fundamentales para el Imperio. No nos perderían de vista como a cualquier otro –
– Pero… ¡¿Qué insinúas?! –
– Ellos son los constructores de los navíos, quiénes perfeccionaron los muros y las defensas –

Respondía Romir ante la paranoia del calvo.

– ¡¿Y les has metido aquí?! ¿En qué demonios estabas pensando? –
– Claramente han enviado a un Dracónico para quebrantar la revolución –
– ¡¿Draco…?! ¿Dracónico has dicho? ¡A cuál! –

Rav’Thos se quedó sin palabras ante el terror que inundaba el rostro de Fahd. Mientras Romir intentaba tranquilizar las cargas de los hablantes.

 – ¡¡Cual!! –

Insistía el hombre, y el Viriathro, dubitativo, suspiró y respondió:

– Al caer un relámpago produjo una tempestad, que aún prosigue… –

Sin más, las rodillas del anciano se doblegaron y sucumbió contra el suelo. El sudor humedecía por completo su cuerpo.

– ¿Qué sucede Toriel? –

– Es… Es…. Es… ¡Darnoth! ¡El Hacedor de Luz! –

– ¿El Legendario Hacedor de Luz? Entonces Joseph… esta… –
– Con el otro Dracónico –


Y así el debate concluía y, sin más palabras, el noble que invitara a todos a su hogar temblaba de miedo.
A pesar de ello, parecía dispuesto a ayudar a Romir.

– De… Debemos marcharnos cuanto antes… –

¿Serán los temibles dracónicos el fin de la Revolución? ¿Podrán finalmente fugarse todos hacia Daghol? ¿Qué sucederá con Lena tras el descubrimiento de su condición?