Capítulo 27 – El espeluznante Ejército de los Muertos

por | Nov 12, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Ante las batallas circundantes, un enemigo se abastece alimentándose de las pérdidas…”

El espeluznante Ejército de los Muertos

En los estrambóticos Pantanos de Suglia los aullidos de incontables criaturas proliferaban con fiereza, al tiempo que en sus pasajes se oía el resonar de los pasos de un ejército. Replicaban las grebas de bronce y comenzaban a constatarse anticuados gorjales, oxidados yelmos, filos de diferentes tamaños y resquebrajados escudos. Los Regorl rugían delante de la columna de avanzadilla.

Al frente, el cadáver viviente del mensajero alzaba su espada dorada en señal de ataque. El repiqueteo de los huesos y de las atrofiadas mandíbulas, conformaba un eco capaz de traumar a cualquier ser con suficiente uso de razón.
Sin embargo, las bestias, no eran víctimas de temores. Con el choque incesante de la marea, junto a la costa Norte, una monstruosa figura se avecinaba.

– ¡Kris Gaj Kúl! –

Gritó el mensajero, en el extraño lenguaje de Jasnoth.

Y, fuera de sí, los esbirros que conformaban la muralla de huesos, dieron rienda suelta a sus intenciones. Así avanzaban, dispuestos a rebanar a sus oponentes y mordiscarlos con soltura.

Pero el destartalado equipo de las invasiones pasadas, era ineficaz ante las veloces garras de los Regorl. Faltando poco, para arrasar con todo muerto viviente, el mensajero consiguió masticar el lomo de uno de los guardianes. Y la plaga comenzó a esparcirse en el interior de Suglia.

Al cabo de los minutos, numerosos Regorl se convertían en Esbirros de Jasnoth. Y de esta manera, la evolución de los Pantanos de Suglia transitaba por un peligroso panorama.

Los pocos que aún quedaban en pie, rugían con locura. Y, repentinamente, un bramido resonó con tanta bravura que la endeble columna de muertos vivientes contempló un resplandor ante el ocaso solar.

– ¡Ris Kaa! –
– ¡Jasnoth, Jasnoth, Jasnoth! –

Clamaban en repetición, ante el desconcertante anuncio del mensajero.
Y en cuanto los cadáveres se unificaban a los contagiados Regorl, avanzaban hacia el Nido de Suglia. Pero un millar de tentáculos se abrieron paso, desde las espumosas aguas del mar, y arrasaron con gran parte del ejército.

Siquiera podían reanimarse, que la llegada del Cráneo Negro, ante las alturas, les tomó por sorpresa.
Su rabo desplegó una onda expansiva de rocas que aplastó a la mayoría de sus oponentes.

Iris amarillentos desvanecían sus tonos ante la indomable y legendaria criatura.
En un intento de transformar, al propio Cráneo Negro, los Regorl embestían sus extremidades. Estaban dispuestos a propiciarle un mordisco, pero el terror de las mareas consiguió arrasar toda amenaza presente, al extender los tentáculos sobre la costa.

Detrás, se avecinaban numerosas bestias que regresaban victoriosas desde diferentes coordenadas del Imperio.
El Cráneo Negro les reunía con sus incesantes aullidos, con el propósito de proteger el Nido de Suglia.

Mientras tanto, en los muelles, el ejército de esbirros plantaba cara, junto a una docena de criaturas de iris amarillentos, a un abatido Imperio que se unificaba a las huestes rebeldes, comandadas por Rebok.
Cluín advertía, escondido la batalla campal. Siquiera perdía de vista cualquier oportunidad de acceder a un buque que les facilitara la fuga.
Asimismo, Jiont, que ostentaba el Cinto de Diborrenio, había adquirido una optimista resolución que le invitaba a enfrentar a los espectros, en ausencia del suscitado temor que proliferaba entre los individuos comunes.
Numerosos rebeldes contemplaban como el hombre se abría paso por detrás de los esqueletos y, portando dos sables los enterraba en sus cráneos. Nada impedía que consiguiera avanzar a través del ejército espectral.

Poco a poco, numerosos guerreros, incentivados por su osadía, se unificaban a su rebelión. Y, en un intento de estropear su aventura, el guerrero de placas con el rostro sonriente de porcelana le desafiaba. Ahora, convertido, en un esbirro de Jasnoth, el guerrero ocultaba los amarillentos iris detrás de la mascarilla que simbolizaba su título imperial.
Con mayor fortaleza a los auténticos campeones del Imperio, había degollado al último monje sobreviviente y numerosos rebeldes procedían a convertirse en esbirros, tras fracasar en los duelos frente a él.

Portando un enorme espadón de oro, el guerrero avanzaba de entre los lacayos esqueléticos y  atentaba contra el confiado Jiont, quien debía cruzar sus sables para bloquear el prominente ataque.

Empero gritaba, con el indescifrable lenguaje, el guerrero de la mascarilla sonriente rivalizaba con todo Ser que se dispusiera a detenerle. Su fiereza se amplificaba, a medida cruzaba mayor cantidad de adversarios. Y, aunque Jiont obtuviese confianza y valentía, sentidos brindados por el Cinto de Diborrenio, aquél campeón estaba fuera de toda comprensión.

A medida el ejército espectral se desplegaba por los muelles, el Imperio hacia frente a una innumerable cantidad de guerreros no-muertos.

Incluso Rebok, retrocedía al contemplar la batalla, y el longevo guerrero ya había tenido que detener hasta a 3 cadáveres vivientes.
La situación excedía todo control. E incluso, el General Azferith se encontraba en dificultades al enfrentar una legión de guerreros que no sentían dolor alguno.

Mika y Liu cruzaban espaldas sobre un peñasco, rodeado por la intensa marea.

– ¿Crees que avancen, a medida el mar crece? –
– Se hundirían ¿Verdad? Por el peso de las armaduras… –
– No lo sé… –

Asimismo, la Elfa, el Comadrón y el Munchúe yacían recostados con contados rebeldes, ante un enemigo, cuya estatura aumentaba exponencialmente.
Por su parte, el Nórdico, ignorando toda batalla, braceaba contra marea. Con soberbia buscaba a su contrincante y su preciado mazo.
Apenas pudiendo respirar, ante el constante oleaje, consumía su respiración entre sofocantes gritos.

– ¡Rofindir! Permíteme verlo. ¡Dónde está ese cobarde! ¡Ese legendario Cráneo negro! –

Rebok rechinaba los dientes ante una horda de esbirros que, poco a poco, superaba toda existencia humana con vida. Y contemplaba a un Jiont, que estirando su suerte, frente al guerrero de placas, atraía tantos rebeldes como espadachines dorados en su campaña.

– C… ¿Cómo lo ha conseguido..? ¡Ese bastardo! –

Los Esbirros de Jasnoth comenzaban a esparcirse, e incluso los cañones de los galeones habían cesado sus disparos ante la confusión latente entre las masas que se disputaban el puerto.
Lo único claro eran las doce criaturas que, rivalizaban junto a los esbirros para aplastar a todo ser viviente. A cada paso, heridos aparecían bajo sus extremidades y los secuaces de Jasnoth se lanzaban sobre ellos para devorarlos. Poco a poco, se conformaba una densa piscina carmesí.
La cantidad desmesurada de iris amarillentos iba aterrorizando al ejército Imperial y lluvias de flechas descendían al mando de Azferith.

Con sublime agilidad, Ninh, la Elfa, esquivaba la emboscada de muertos vivientes, soltando flechas contra sus oponentes. El Munchúe, por su parte, a costa de recibir densos ataques por doquier, envainaba su espada y giraba la cadena. Así, mantenía alejados a los enemigos al tiempo que el Comadrón atravesaba los cuerpos con sus garras. Cada oponente que lograba desviar los eslabones de acero, o los certeros disparos de la Elfa, se encontraban con el diligente Comadrón.

Detrás de Rebok, aguardaba el silencioso prisionero que rescataran junto al Berserker. Su mirada yacía fija en el Norte, como si vaticinara que, tarde o temprano, un batallón superior desde Suglia retomaría la invasión contra el Imperio.
El Longevo guerrero era el último huésped, dispuesto a hacer frente a los cadáveres vivientes que lograban zafarse de la contienda.

Hacia el Este, y esquivando el Muro Norte, donde toda invasión se gestaba, los senderos que procedían hacia el Sur y llevaban hacia el Noble Comercio del Imperio, hacia las viviendas y al Gran Torreón, eran por donde avanzaban Lena y Romir, seguidos de los últimos sobrevivientes. Atravesaban el silencioso pasadizo, alumbrado por las llamas de las antorchas y, apenas, se oía el sonido de las lejanas batallas, los impactos de los cañones que retomaban la iniciativa y la reverberante acústica de los truenos. Sin embargo, el silencio hacia el Torreón se tornaba ensordecedor.

Los rostros agotados y asustados, de rebeldes y Viriathros, se sumían en la llegada de un novedoso anochecer.
Rultz, aún cargaba con el cadáver de Fab, Erión contemplaba el desolado mercado. Aquél sitio que había advertido, colmado de vida y de aliento humano. Ahora asemejaba a un pueblo fantasma…
Sinuesa, entre lágrimas, aún yacía pálida y alertaba cualquier alarmante asalto que derivara de los callejones. Congojada, recordaba a Cent’Kas y avizoraba la espada dorada que retenía entre sus manos.
Rav’Thos admiraba los senderos y el sombrío torreón, que apenas se lograba divisar en presencia de los relámpagos.

– ¿Erión eres tú? –

Clamó la voz de una joven, cuya silueta apenas se concebía entre un tumulto de personas que aguardaban en el interior de una casona.
El niño no podía contestar al llamado pero, pudiendo oír, notó la presencia de unas figuras en el trasluz de una ventana.

Sinuesa, desconfiada, alzó el filo. Aunque Rav’Thos intentara armonizar su ira, solo Rultz dirigió palabra a los desconocidos. Puesto que al voltearse hacia el niño, comprendía que aún no podía dialogar.
Erión gesticulaba, sobándose las manos sobre los labios.

Y, tosiendo, ante el agotamiento, Rultz, exclamó:

– Hablaré por él. ¿Cómo te llamas? –

La figura parecía observar desde la ventana y Lena logró captarla desde su perspectiva. Sin embargo, la hablante tomó distancia y cuando la dama pretendía avanzar hacia el sitio, Rmir la detuvo.

– Es peligroso, Lena –

Sin más, ella se volteó. Antes de responder, advertía la desconfianza de todos. Probablemente Dorothea y Joseph se habrían aproximado con mayor precaución, pero en tiempos de guerra, la inseguridad acrecentaba de forma desmedida.

– Es solo una niña –

Clamó ella y frotó las manos sobre su vientre.

– Aún así es un acto temerario. No sabemos si los espadachines dorados no utilizarían de cebo a las personas para atraer prisioneros –

Replicó un Viriathro y Rultz le observó con desdén. Rav’Thos bajó la mirada y Romir asentía. Pero Erión reflejaba una mezcla de asombro con tristeza.

Rultz regresó la mirada al magistrado y murmuró:

– Sostengan a Fab. Yo iré –
– No… –

Respondió Romir y volteándose hacia su compañera, suspiró:

– Ten cuidado –
– Lo tendré –

Y Lena se aproximó, finalmente, hacia la puerta, mientras tomaba distancia de la ventana.

– Responde por favor –

Anunció más tarde Rultz, con preocupación.

– S… Soy S… Sherlyn –

Respondió la joven y Erión abrió los ojos con mayor asombro, a medida las lágrimas se arrastraban por su entero perfil.
Instintivamente, se acercó a Rultz y tironeó de su chaleco.
Incapaz de expresar palabra alguna, saltaba y trataba de atraer su atención. Pero todos yacían atentos a lo que pudiera suceder. Romir estaba a punto de correr tras Lena, pero debía confiar en su instinto.

Rultz, de pronto se volteó, y advirtiendo la alegría recóndita en el niño, indagó:

– ¿Le conoces? –

Y él, sonreía al tiempo que sollozaba, logrando complacer no solo a Rultz, sino a todos los presentes.
Al borde de tanta pena vivida y temiendo la muerte desde cualquier dirección, los presentes sintieron como la esperanza lograba recobrar su auge y parecía reconfortarles.
Sinuesa envainó el sable y, rápidamente, abrazó al afligido niño que gimoteaba sin consuelo.

– ¡Que no! ¡Que no! ¡Que no abran las puertas, Maldición! –
– Les conocemos –
– ¿A quién? No queda nadie con vida. No abriremos hasta conocer el triunfo del Imperio –
– Por favor, Señor… –

– Magistrado. Si los jóvenes les conocen, quizás sean… –
– ¡Esclavos! ¡Subversivos! ¡Hipócritas! –

Lena observó de reojo a Romir, y ambos rieron.

– ¿De quién se trata? –

Clamó Rav’Thos.

– Es él… A un lado, Lena –

La dama asintió y Romir golpeó secamente la puerta.

– ¡Por los Dioses! ¡Fuera de aquí, bestias inmundas! –

Gritó el magistrado, desde adentro.

– Abre la puerta Toriel, somos nosotros. Lena y Romir –
– ¡Como si no conociera su voz! ¡Sabandija! ¡Impostor! Muerto deberías estar –
– Y todos lo estaremos, como no disminuyas el tono de tu voz –
– Venimos a proponerte algo. No creo que sobrevivas mucho tiempo allí
– Ostentamos suficiente, y de sobra –

Respondió el Noble, a las palabras de Lena.

– ¿Y por cuánto planeas ocultar y mentirles a tus hijos, Toriel? –

Anunció Romir.
Y luego de un extenso silencio, el pestillo se liberó y las puertas se separaron…

¿Podrán sobrevivir en los muelles, ante los Esbirros de Jasnoth? ¿Qué sucederá con el plan de la Triple R?