Capítulo 26 – Cent’Kas y la Vaina de Loto

por | Oct 28, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Un nuevo motivo de esperanza se elevaba ante el caos perpetuado…”

Cent’Kas y la Vaina de Loto

La atroz batalla multiplicaba víctimas de todo tipo y, a través del contagio de las mordeduras, los esbirros les retornaban a la vida con un nuevo objetivo. Los viejos sentidos culturales se desvanecían y solo comprendían el deseo de Jasnoth.

Frente al último bastión protegido por los vivientes, de la fusión del Imperio con los Rebeldes, las criaturas pertenecientes a Suglia se ausentaban de forma temporal. Sin embargo, el avance de esbirros, comandados por el cadáver viviente del mensajero de la torre, se adentraban en el misterioso Pantano de Suglia.
Las menores defensas salían a enfrentar el caos que se avecinaba. Y en ausencia de las bestias más legendarias, un grupo de Regorls plantaban colmillos y garras a la amenaza. Se trataban de un  una numerosa columna de licaones con desmesuradas zarpas, ojos llameantes y afilados dientes. Unidas protegían a una bestia incubadora de huevos, cuyos tamaños eran exorbitantes.

– ¡Nis Kra Jul! –
– Jasnoth, Jasnoth, Jasnoth –

Repetían los cadáveres nobles al llamado del mensajero y, con el resonar de sus vértebras, avanzaban contra los carnívoros voráces. Los Regorl eran la mayor protección de los oscuros pantanos. Solían cazar en las noches, y habían diezmado antiguas invasiones. Culpables de las armas y armaduras que yacían dispersas en el pasaje Norte y de los esqueletos desgarrados que eran contemplados, sin enterrar, por el cielo propio.

Sin más, los cadáveres vivientes de los nobles se disputaban el avance contra los feroces Regorls. Asimismo, el mensajero mordisqueaba cráneos y extremidades varias sobre el terreno. Uno a otro, los muertos se reanimaban y ampliaban una surtida muralla de guerreros que pertenecían a combates pasados. Esgrimiendo cuchillas, cascos de bronce, escudos dorados y hachas de diferentes tamaños se realzaban y recuperaban toda la ira que en los años les había sucumbido hacia la muerte.

Ante el devastador ataque de los Regorl, numerosos enemigos se convertían, nuevamente en fósiles dispersos.
Y para mantener el avance del caos sobre los pantanos, los esbirros, a pesar de perder parte de sus cuerpos ante los zarpazos conseguían mordisquear la carne de las bestias.

Apestados, los monstruosos licaones yacían, de pronto, recostados sobre la hierba. Sumidos en el dolor, aullaban y alertaban a las defensas del Pantano de Suglia. Así, un enorme grado de sensibilidad entre las bestias comenzó a ser replicado entre las criaturas sobrevivientes, hasta alcanzar al propio Cráneo Negro. Los aullidos llegaron a oídos de un monstruoso úrsido blanco que protegía a la bestia incubadora, y su bramido fue tan intenso que el ojo de mar captó las vibraciones en áreas profundas.
A medida el mazo del berserker se sumergía en el fondo del océano, el Cráneo Negro abrió sus ojos y advirtió el gigantesco iris del espeluznante octópodo que le protegía y, emergiendo forzosamente hacia la marea, aulló con tanta ímpetu que logró ser oído por todo ser presente en el archipiélago. De esta manera se anunciaba el retiro de la Gran Guerra Sagrada.

Y no muy lejos de las muralla del Norte, los sobrevivientes de la Caverna General superaban el pasaje y aletaban la destrucción de los hogares nobles. El silencio se manifestaba en la zona comercial.
De igual modo, se internaban a la ciudad, deseando no cruzar a ningún guardián del Imperio.

– ¿A dónde nos dirigimos? –

Clamó Sinuesa, con el rostro apenado tras las múltiples derrotas de sus camaradas.

Lena, que no estaba mayormente animada, luego que la concubina y el mayordomo tuviesen que sacrificarse para conseguir tiempo, era asistida por Romir. Y éste, a la par de Rav’Thos, aún emprendían fuerzas para que ninguno abandonara las esperanzas.
Erión seguía los pasos detrás de Rultz y otros Viriathros, que transportaban el cuerpo sin vida de Fab. Imposibilitado para dialogar, el pequeño entornaba los labios, entre lágrimas y sobresalía un mustio e incomprensible sonido.

Aportando los viejos comentarios, compartidos en el Concilio, Rultz respondió:

– Con la ayuda de un noble podríamos liberarnos, utilizando uno de sus buques. –
– ¡Esos galeones fueron construidos por nosotros! –

Contestó otro Viriathro, con ira. Y tratando de mediar la situación, Rav’Thos posó su mano en el hombro del desdichado.

– La moral decrece rápidamente. –

Murmuraba Romir a Lena, quién asentía y vulnerable por la situación contemplaba toda posibilidad que calmara el pesar de los presentes.

– Aún así, si no lo hacemos de forma correcta, no dispondremos de oportunidad alguna para librarnos. Y no creo que él esté de acuerdo –
– La situación es un horror para todos. Sin lugar a dudas, requerirán realizarlo para liberar a sus hijos de esta angustia –
– Su estirpe lo es todo… –

Clamaba Lena, observando de reojo su barriga.
Y, rápidamente, Romir la silenció al advertir el misterioso rostro del Líder de los Viriathros.

– Fab… Danos fuerzas para mantener la moral razonablemente bien –

Murmuraba Rultz, al tiempo que contemplaba un paisaje pleno de destrucción en las tiendas y hogares más alejados del comercio.

Asimismo, a espaldas de los viajantes, el refusilar constante de la tormenta espacial, que se gestara ante la llegada de Darnoth, desdibujaba un panorama desalentador.
Ante la perspectiva de Joseph y Dorothea, el Dracónico Oscuro se engrandecía unos mínimos metros y ostentaba una guadaña sombría.

– Abandona la batalla –

Exclamaba Joseph, dispuesto a morir por ella.

– Tú, hazlo –

Replicaba la dama, con los ojos brillosos.

– Ninguno lo hará. Su destino yace junto a mí. ¡Mis campeones espectrales! –

Antes de poder decidirse, los guardianes alertaban el avance letal de Jasnoth, cuya melena se arrastraba por el terreno tras su espalda y ostentaba una armadura tan negruzca que, por poco, se confundía con la nubosidad de la tormenta. Tras alzar la afilada cuchilla, dirigía un  corte de lado y Joseph se interpuso en el camino. Haciendo uso de uno de sus puñales, pretendía bloquear el giro cortante de Jasnoth. Sin embargo, la fuerza abrumadora del dracónico desbarataba el bloqueo y la punta de la guadaña se dirigía hacia el tórax del mayordomo.
Antes de concluir el combate, Dorothea arrojó sus afilados abanicos y diezmaron las hombreras de Jasnoth. De esta manera el oscuro Ser retrocedía y, furioso, lanzó su guadaña completa al frente. Girando en torno a sí, dispuesta a atravesar cualquier cuerpo que encontrara a su paso, Joseph logró esquivarla a tiempo, arrojándose sobre el suelo, pero al voltearse y advertir a su compañera gritó al ver que se rendía ante la llegada del ataque. Fatigada, Dorothea aguardaba su destino. Y, de repente, una nube de efervescencia cinderella se abría paso sobre el panorama.

– ¡DOROTHEA!!! –

Gritaba, enloquecido Joseph.

Y la guadaña atravesó el campo celestial, sin acometer sobre ningún cuerpo. A medida la nubosidad se esparcía, Jasnoth contemplaba como Dorothea había desaparecido.
Lleno de ira, el dracónico, regresaba la mirada al mayordomo, quién frustrado empuñaba sus cuchillos dispuesto a una última carrera contra la muerte.

El giro de la guadaña rondaba alrededor del territorio, hasta regresar a las manos de Jasnoth. Y, durante el viaje, Joseph se erguía. Estaba dispuesto a contra atacar e imposibilitado para protegerse, Jasnoth, bloqueaba los feroces puntazos con sus brazos, cubiertos por la armadura de huesos negros.
Tal era la insistencia del guardián de Romir, que el dracónico se veía retroceder hacia la tormenta que suscitaba a su espalda.

En un islote, la efervescencia retomaba su espesura, junto a un manantial de agua dulce. Corey aparecía y, sin pensarlo, abrazó a una Dorothea que yacía perpleja.

– Finalmente… Te he salvado –

Al borde de la locura, la concubina empujó al místico Elfo y al alertar que él portaba sus abanicos se los sustrajo. En guardia planeaba enfrentar al dracónico, pero el paisaje era dispar a dónde se encontrara segundos antes.

– Jo… Joseph… Lady Lena… –

En un profundo vacío emocional, Dorothea se quebró y sus rodillas se soltaron sobre el terreno verdoso. A medida volteaba la vista, contemplaba el hermoso manantial con un paredón de enredaderas y el horizonte marítimo a donde dirigiera la vista.

Suspirando, Corey, murmuraba:

– Planeaba llevarte a las Sierras de Feror, no muy lejos de aquí, pero temo que mi raza reaccionaría de mal modo. Así que me decidí por… –

– ¡Calla! ¡¿Quién…?! –
– ¿Uh? –
– ¡Quién te dio el derecho! ¡¿Quién?! –
– Ibas a morir… –
– Así lo quería –
– ¿Y convertirte en un esbirro de Jasnoth? Tu no comprendes el porvenir… –
– ¿Acaso soy tan importante? –
– Lo eres… Para mí.. –

Corey entregó su mano en forma de sumisión para asistirla. Sin embargo, Dorothea golpeó su extremidad fuera de su vista.

– ¿Después de lo que le has hecho a Lena? ¿Cómo te atreves? –
– ¿Qu…? ¿Qué he hecho? –
– ¡Desgraciado! –
– ¿Azul y Greko? No es posible… Si nunca le perdí de vista… ¿Cómo pudo? –

Y ante el llanto agudo de Dorothea, imposibilitada para protegerles, nuevamente recordada como una traidora, sucumbió sobre la naturaleza y sollozaba, ante la ira de Corey. Como si hubiera previsto todo lo que sucedería y no hubiese funcionado.

Rememoraba la risa repetitiva y, enloquecido, apartaba la vista hacia un lejano continente que se alzaba sobre el horizonte.

Ju Ju Ju Ju Ju Ju…

– Jasnoth… Debo… vencer al dracónico… –

Replicó, de pronto, Dorothea, entre lágrimas.

– No podrás… Ese mar al frente de tus ojos será conocido durante el tiempo que devendrá como… El Mar Fantasmal. Y allí es dónde esa criatura residirá… –

– Y pudiendo haber modificado ese futuro, ¡tú…! –
– Ya lo he logrado –
– ¡Qué! ¿Qué has logrado, bastardo? –
– Lo he modificado… –
– ¿C… Cómo? ¿Cuándo? –
– Fab ha muerto. Ese Viriathro sería un problema. Roños ha sido capturado y el Demonio de Yahandá está libre –
– ¡Canalla! –

Y, fuera de sí, Dorothea alzó uno de sus abanicos contra el Elfo que le había salvado. Sin embargo, la efervescencia cinderella hizo que el mismo se desvaneciera.

– Será mejor que te deje a solas… –
– ¡Regrésame! ¡Te lo suplico! ¡Llévame con Joseph y Lady Lena! –
– Hay mucho más por hacer… –

Los cortes de abanico solo conseguían separar la nubosidad celestial y se perdían entre el verdoso terreno e inmersa en la congoja, Dorothea gritaba:

– ¡Corey!! –

En el Más Allá, la batalla proseguía con fiereza. Los puñales de Joseph lograban asestar numerosos puntos vitales para un hombre. Sin embargo, lejos de la comprensión, el dracónico no lo era. Tomándole por el cuello, Jasnoth, estiró el brazo restante y sus dedos abrazaron el extenso mango de la guadaña que retornaba a su sitio. Asimismo, al borde de perder la respiración, Joseph proseguía impactando su puñal a la altura de la cintura de su oponente. Una y otra vez, decenas de veces, se enterraba el filo y desgarraba la armadura haciendo que la esencia negruzca revoloteara por doquier.

– ¡Despierta Campeón Espectral! –

Clamó Jasnoth, al tiempo que el filo de la guadaña se dirigía al cuello del mayordomo.

Y en el cercano panorama, los relámpagos azotaban el paisaje. Darnoth, de brazos cruzados, contemplaba como Cent’Kas, manteniendo la cabeza erguida, enfrentaba el impulso de viento.

– ¡Ríndete Kassss! –

Rechinando los dientes, el Demonio de Yahandá no quitaba la vista detrás de Darnoth. Donde Jasnoth estaba a punto de hundir la guadaña en el cuello del guardián de Romir.

Y, repentinamente, la figura de un acólito se hizo presente a su lado. Le entregó la Katana envainada a Cent’Kas, quién alcanzó a murmurar:

La Vaina de Loto… –

El acólito, Orich, asintió.

– Sálvanos de la penuria –

Y a la vista de Darnoth, el viento enfureció con mayor revuelo, como si su influencia pudiese resquebrajar completamente al archipiélago.

– ¡A prisa Demonio de Yahandá! –

Cent’Kas soltó su Katana y con su viaje, el mango se estampilló en el rostro de Ralonte, quién soltándose a la Caverna General se distanció del combate.

– ¡KASSSSSSSS!!!  –

Gritó Darnoth, el Dracónico claro. Y a medida Orich se difuminaba en el espacio, Cent’Kas empuñó la reliquia y, recuperando el vigor ante la tempestad, adelantó la Vaina de Loto, al tiempo que alzaba la espada.

Abriendo sus garras, Darnoth estaba dispuesto a arrasar con el cuerpo de su oponente, pero el temporal había desaparecido entre ambos y, girando su cuerpo, Cent’Kas le asestó una feroz patada al dracónico que le impulsó contra su hermano. Luego, en guardia, envainó su katana y la ventisca se dispersó de forma natural.
Joseph se libraba de la muerte ante la colisión de los hermanos.
Y al recuperar el aliento, Ralonte, notó la katana de Cent’Kas a su lado y, recordando la batalla, contempló al ninja portar una resplandeciente vaina.

¿Será la decisión de Orich la correcta? ¿Podrá Cent’Kas derrotar a los dracónicos y revertir la posterioridad que Corey anticipa?