Capítulo 23 – La Viva apariencia del Caos

por | Sep 27, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Cuanto más se escarban los secretos, nuevas identidades se reconocen…”

La Viva Apariencia del Caos

 

Ante el origen de la Gran Guerra Sagrada, la que rumores conllevarían durante décadas, se descubre que el plan había sido propuesto por el propio Emperador. Aquél que buscaba detener el escape de Jasnoth, en realidad le había dejado ir para ocasionar el peligro.
En un intento de reducir al Ser de renombre, los acólitos utilizaron las reliquias. Piezas de una ancestral vestimenta que proporcionaban dones a su usuario.
Sin embargo, eran insuficientes para vencer a su oponente. Y, en un intento de diezmar la corrupción que se avecinaba, Orich propuso enviar las reliquias a Daghol.

Entretanto, Dorothea y Joseph inician una batalla contra Jasnoth empero proteger a los inocentes que marchaban hacia el puerto.
Asimismo, Cent’Kas enfrentaba al Hacedor de Luz, o más bien reconocido como el dracónico Darnoth. Quién únicamente hubiera sido derrotado y atrapado, en el pasado, por el propio Emperador.

El clima comenzaba a destellar provocando una tormenta interminable que asemejaba a un lejano término.
Ante la distante perspectiva, el temible Ser oscuro contemplaba la popularidad de rebeldes y Viriathros que se alejaba, al tiempo que los guardianes de los nobles esperaban la reacción de su adversario.

– Caminaran laboriosamente el mediocre lapso del tiempo que ostentan en vida… Y luego… ¡Serán míos! –

– Atenta –

Murmuraba Joseph, y su compañera asentía con suma seriedad.

Consolidando el ambiente de la batalla, un nuevo resplandor hacía eco en el paisaje ante un relámpago. Jasnoth aprovechó la ceguera ocasional para iniciar las hostilidades.
Mientras que los guardaespaldas, que vivían para ello, alertaban su avance y, como si planearan combatir uno contra el otro, cruzaron sus filos y conformaron una muralla.
Sin prevenir tal movimiento, Jasnoth se vio atrapado. En cuanto planeaba saltar para esquivarlos, Dorothea soltó una pócima contra el suelo que, tan pronto el dracónico contra atacaba, el cristal estalló provocando una nube gaseosa y la visión disminuyó considerablemente.
A medida la efervescencia se aglomeraba en el espacio, los guardianes danzaban con sus filos y propiciaban contundentes cortes en un hombro, un muslo, la espalda, e incluso en el brazo que sostenía aquella espada de sombras.
Se oían los huesos negros astillarse ante el impacto prominente de los ataques y, tan pronto intentaba contra atacar, recibió una feroz patada por parte de Joseph que le obligó a retroceder.

Desde la nubosidad se contemplaba el pasaje de los usuarios en una danza de combate. Por momentos un puñal sobresalía de un lado y luego, al instante siguiente, lo hacía un abanico desde otra dirección.
Aunque Joseph y Dorothea conservaran seriedad frente a su adversario, el mismo reía macabramente.

– Imaginen todo lo que haríamos juntos, si evolucionaran a mis campeones espectrales… –

– Todo es posible en tus sueños –

Clamó la dama, y Joseph no pudo evitar reír ante el comentario.

– Muy bien… La reflexión trascendió. Ahora iré con todo –
– ¿A qué esperas, impostor? –

En un abrir y cerrar de ojos, Jasnoth enfrentó al guardián de los puñales en la propia nubosidad. Sin embargo, un movimiento ascendente de los abanicos tomó por sorpresa la espalda del dracónico.
Tras ello, se volteó para capturar a la concubina y recibió una nueva patada en la nuca que le obligó a retroceder.

Ante la perspectiva, la nubosidad se abría paso y Jasnoth gruñía.

– ¿Cuánto le queda a tu técnica? –
– Lo suficiente –
– ¿Acaso son del maniático Elfo? –
– ¿De qué sirve saberlo ahora? ¡Concéntrate! –
– Apuesto que ha sido sencillo para ti, traicionarnos, Dorothea –
– No acabe de hacerlo –
– No habrías podido conseguirlo –
– Tu insistencia por protegerme quebró mis intenciones –

Al momento de finalizar el diálogo, la danza les llevó a ver sus rostros frente a frente.

– Que yo… ¿Te quebré? –

Murmuraba Joseph. Y, de repente, el dracónico oscuro avanzó furioso.

Desde el tejado del Gran Torreón, el debate proseguía.

– Si conseguimos a los guerreros adecuados, quizás podamos… –
– Ju Ju Ju… –
– Pero ¿tú dices que preparemos a individuos para, algún día, derrocarnos? –

Respondía Neferet ante el diálogo de Orich. Al tiempo que, espiritualmente, el Emperador se reía.

– Mientras tengamos a los Viriathros a nuestro favor, siempre podremos enfrentar lo que sea. –
– ¿Cuál es la razón del Imperio? ¿Entonces? –
– No es más que una sutil portada… –

Clamó otro, tomándose de la barbilla.

– Una vez derroten a ese Ser, tendremos tiempo para planificar otros movimientos –
– Me temo, Orich, que los Viriathros se encuentran en apuros –
– Ju Ju Ju… –
– ¡¿Qué has dicho Neferet?! Enséñame… –

Nuevamente conjuraba la lámina arcana y lograron advertir el combate que se producía entre los guardianes de los nobles frente a Jasnoth.

– Al menos tienen al mejor monje y nodriza del Imperio –

Clamó la otra acólito.

– ¿Cómo es que ellos no están en los muelles ahora mismo? –
– Fueron seleccionados específicamente para mantener a los nobles a favor del Imperio –
– Difícil oficio, Orich. Apuesto que ya se habrán encariñado de Romir y Lena –
– Nunca dejarán de ser leales al Imperio –

Repentinamente el palabrerío se vería interrumpido, por los sucesos representados a través de la arcana pantalla de Neferet.
En ella se podía advertir la densa nubosidad y la danza de los guardianes que, de pronto, finalizaba ante la llegada del Ser oscuro.

A pesar del asombroso reflejo de los guerreros, Jasnoth se encontraba fuera de sí. Por tanto, ingresaba y sobresalía del gas, prácticamente, con continuidad. Hasta que Dorothea fue atrapada y arrastrada fuera del panorama.
Joseph repetía la acción del enemigo, buscando alcanzarle. A su paso hallaba los abanicos sobre el sendero.

– ¡Dorothea!! –

Clamaba al borde de la desesperación.

Y ante la sorpresa de los videntes, en el Gran Torreón, la risa macabra de quién vaticinara todo aún afloraba.

– Ju Ju Ju –

Ante los ojos del mayordomo, Jasnoth se encontraba a punto de morder el cuello de la concubina. La que se hallaba rendida sobre sus brazos.

– ¡Espera! –

La sonrisa maliciosa del Rey de los muertos representaba la última imagen de Joseph. Asimismo, la mirada perdida de Dorothea se fundía entre las hierbas.

Lleno de ira, el mayordomo arroja uno de sus puñales y asesta en el hombro del enemigo. Ante el resquebrajar latente del gorjal de Jasnoth, se esfuma y reaparece a espaldas del combatiente.

Sus ojos alertaron con placer que Dorothea estaba a salvo, mientras los suyos denotaban temor y vaticinaban lo que sucedía.

Fuera de sí, Joseph, se volteaba con su restante puñal dispuesto a dar batalla. Al tiempo que la melena de Jasnoth conformaba estacas de hueso negro que tomaron por sorpresa al guardián.

– ¡Lucha Dorothea! –

Gritaba enloquecido su compañero, a medida evadía y bloqueaba los ataques de la figura espectral.

– Lady Lena… –

Murmuraba la concubina y, agotada, se alzó para luego iniciar una feroz carrera. En el camino lograba recuperar sus abanicos planeando no darse por vencida.

– Diviértanme más, futuros campeones –
– ¡Jamás estaremos a tu control! –
– Yo, Jasnoth, lo pronostico para el entero mundo. Todos, todos y cada uno serán mis… –
– Marionetas –

Replicó a tiempo Dorothea. Quién intervenía en el combate y alegraba a Joseph.

– ¡¡¡Suficiente de esto!!! –

Respondió el dracónico, envuelto en el dramatismo y, tan pronto desviaba su sable a un lado, Dorothea y Joseph en guardia alertaban que su armadura quebradiza destellaba fulgores negruzcos.

– El amor les hace más fuertes. Pero también más débiles. Asimismo, ostentan filos cortos contra… –

– ¿Amor? –

Y Dorothea observaba triste ante la incertidumbre de Joseph. Un espiral de sombras evolucionaba en el sable de Jasnoth, hasta convertirse finalmente en una guadaña.

– ¡Maldita sea! –

Exclamó Orich, ante la atención de los acólitos restantes.

– Esa criatura nunca deja de sorprendernos con sus habilidades –
– Por algo el emperador estaba decidido a perseguirle –
– ¡Es la viva imagen del caos! –
– Ju Ju Ju –

La risa proseguía ante el diálogo de los espectadores frente al visor arcano. Y Orich, de pronto, volteó como si ya advirtiera el resultado. Tras ello, gritó:

– Tú ríete. Que por ti, esos seres han evolucionado. Ríete, mientras aguardas encerrado –

Un silencio se hizo de repente, y Orich observaba de reojo la vaina de Loto. Aquella reliquia que usara contra el Emperador, tiempo atrás.

– Si la criatura derrota a esos dos, los Viriathros estarán a su alcance –
– ¡Soy consciente! –

Respondía Orich a los alegatos de otro acólito.

– La consciencia no favorece en nada. Debemos actuar –
– Usemos las reliquias contra Jasnoth –

Una de los acólitos negaba, observando fijamente a la lámina arcana.

– Como consiguiese alguna de las reliquias, esos dracónicos serían un peligro mayor –
– ¿Qué alternativa nos queda entonces? –
– ¿Y qué hay de Darnoth? –

Orich se volteó rápidamente hacia la pantalla.

– ¡Neferet! ¡Enséñame a quién enfrenta Darnoth! –

Tras el movimiento de sus extremidades, la perspectiva se movilizaba. Y se logró captar la atención en Darnoth.

Con los brazos cruzados, se encontraba, mientras la ventisca empujaba todo contra su voluntad. Incluso la vegetación comenzaba a ser arrancada, conformando estrías en la plataforma terrestre.

El único que, aún, permanecía de pie era Cent’Kas. Quién inclinaba su cuerpo al frente, mientras el peso de su Katana impulsaba su brazo hacia su espalda.
Asimismo, adelantaba una rodilla para ejercer presión al frente y el resto de los rebeldes habían sido arrojados hacia la caverna. Únicamente Ralonte había logrado introducir el sable de oro en uno de los cráteres que se formaban por el desgaste de la ventisca.

– Ese es… –

Clamaba Neferet, ante la expectativa de Orich.
Otro acólito se acercaba al visor para contemplar con detalle la postura del guerrero, al tiempo que el más silencioso de los presentes reconocía al individuo.

– ¿Es acaso posible controlar el impulso del viento de esa manera? –
– ¡Es el rebelde que inició las revueltas fuera de la Caverna General! –

Orich asentía, presionando con mayor empeño la vaina de loto.

– Un Demonio de Yahandá, del continente de Daghol –
– ¡Aguarda! No pensarás en… –

Exclamaba la restante acólito, ante la seguridad de Orich. La risa macabra proseguía con suma constancia.

– Ju Ju Ju –

– Si le entregas la reliquia a ese hombre, el Imperio estará en peligro en este preciso momento –

Orich contemplaba con reflexión, posando los dedos en su mentón.

– ¡No puedes hablar en serio! –
– ¡Orich! Debe existir otro modo –

Y el silencioso acólito, que en todo momento observaba la decisión del resto. Quién no había participado en el intento de derrotar al Emperador, proclamó:

– ¿De quién crees que era esa reliquia, cuando Orich la sustrajo? –