Capítulo 21 – Caos de Luz y Oscuridad

por | Sep 8, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Una funesta consecuencia amplifica las represalias frente a lo inexplicable…”

Caos de Luz y Oscuridad

Ante el crucial escape de los sobrevivientes del Concilio, el Campeón Crepuscular, Ralonte y otros, se hallaban emboscados por los siniestros esbirros de Jasnoth. Asimismo, Romir invitaba al resto a marchar hacia el Puerto. Un lugar dónde aún se pronosticaba una mayor batalla. Por ello, era imperativo visitar antes a un noble en un hogar, que se encontraba sobre el pasadizo natural hacia los muelles.

Siquiera bastaron palabras para concretar el ataque unísono de las criaturas, que empeñados a contra atacar los rebeldes y contados Viriathros blandieron las espadas.
Por su parte, Cent’Kas, solo conservaba atención al Dracónico negro. Aquél despiadado Ser, que había capturado el cuerpo de Roños y pretendía engrandecer su ejército con los presentes.

– ¿Cómo le llaman a la temible criatura que azota las pesadillas del Imperio? –

Clamó, de pronto, Ralonte, al tiempo que el sudor resplandecía en su frente. Y ante la incertidumbre del resto, un Viriathro contestó:

– El Cráneo Negro –

Ralonte asintió con buena gana y tras respirar hondo, incentivó a sus compañeros tras proclamar:

– ¡Henos aquí, los Cazadores Furtivos del Cráneo Negro! ¡Teman por su existencia bastardos! Pues durará poco… –

Los huesos replicaron ante el fortuito paso de los individuos espectrales. Y en el avance, algunos se perforaban en los sables opositores.
Los rebeldes luchaban, dispuestos a ganar tiempo, pero los cortes no eran suficientes para desmembrarlos. Constantemente, los muertos se reanimaban ante la presencia de Jasnoth.

– Es imposible –

Clamó un Viriathro, perdiendo la cordura.

Y mientras, en silencio, sonreía el Ser oscuro ante el temor multitudinario. Solo Cent’Kas se encontraba atento al oponente.

– Moriremos aquí en breve –
– ¡No se rindan! ¡Por la gloria de la alianza, por la gloria de la humanidad! –

Gritó Ralonte, al tiempo que movilizaba su sable, dispuesto a contrariar al propio destino.

Tan pronto el espacio se disminuía por la presencia de esbirros, Jasnoth rió a carcajadas.

– Ríndete Cent’Kas tu destino ha sido impuesto –
– ¡Jamás! –

Gritaba Ralonte, a costa del silencio del Demonio de Yahandá. Y cuando las espaldas de los rebeldes se plegaban junto a las de los Viriathros, cuando indefensos se encontraban ante el aproximamiento de la muerte, Cent’Kas se impulsó al frente. Con un giro de su katana desmembró a numerosos espectros de ojos amarillentos.
En el declive del salto, alzó el sable. Estaba dispuesto a forzar un ataque contra el terrible Jasnoth, cuya melena incrementaba su volumen a medida que el Rey de los esbirros reía a carcajadas.

Antes de preverlo, el sutil ataque de la katana se convirtió en uno feroz, que se avecinaba por el frente.
Siquiera la melena consiguió bloquear el impulso de Cent’Kas, que transformando una de sus extremidades en un sable negro, Jasnoth buscó repeler el sorpresivo ataque. Sin embargo, el corte astilló las defensas del enemigo y, viéndose al alcance del ninja, rechinó los dientes.

– Imposible –

– ¡Vamos Cent’Kas! ¡Vamos Cazadores Furtivos! –

Proseguía Ralonte, dispuesto a romper filas y despedazar a sus enemigos. A costa de la caída de unos pocos, los sables reducían al ejército espectral.

Y aunque el silencio del Demonio de Yahandá fuese común, el último corte había incentivado un grito desde sus fauces.

Como si las anécdotas más tétricas perforasen su inconsciente, en cuestión de segundos, las recordaba como un mero espectador. Como si la rabia de no poder vencerlas, en aquellos momentos, regresaran a él. El rostro de Argos y el de Fab, entre otros, aparecían y devenían en su mente…

– ¡GUOOOOOH!! –

La Katana se abrió paso por el tórax ennegrecido de Jasnoth, dispuesta a arrasar con el dracónico de una vez por todas.
Tal había sido el grito, que Sinuesa lo alertó a la distancia. Tras detenerse, todos lo hicieron. Sin embargo, Romir suplicó no se voltearan de regreso.

– Él eligió protegernos para que podamos hallar la libertad –
– ¿A qué costo? –

Murmuró Rav’Thos, al tiempo que observaba de reojo a su hijo Fab.

– Nunca será olvidada su valentía. Pero si acabamos como él, todo será en vano –

Replicó Lena, quien posaba sus manos en el vientre.

–  ¿Quién eres tú? ¿Quiénes ustedes para decidir quién se sacrifica y quién no? –

Gritó, con soberbia, Sinuesa.

Y a costa del peso del cadáver, Rultz contestó:

– Fue su elección. Pero no se preocupen. Ese hombre no es común y corriente. Él ha elegido salvarles, porque ninguno podría soportar el peso de un sacrificio tal –

– ¿Admites que lo logrará entonces? ¿o no? –

– Solo resta esperar… –

Respondió Rav’Thos, y al seguir camino todos acabaron haciéndolo, incluida Sinuesa. Sin embargo, Erión, quién solo podía lagrimear en silencio, aguardó. Inevitablemente se volteó de espaldas. Así nadie lo hiciera, a pedido del magistrado, el niño contempló el camino superado y un relámpago rasgó la cobertura del cielo hasta el infinito horizonte. Parecía resquebrajar la lejanía del entero territorio.

Más luego, comprimió la figura de las Sierras de Feror con sus manos y siguió la marcha hacia el Oeste.

La katana se hallaba a punto de diezmar la oscuridad latente de Jasnoth en el tórax y, enloquecido éste, balbuceo:

– Asesinarme solo conseguirá que me apropie de tu vasija –
– ¡¡GUOOOOH!!! –

– Nadie osará asesinar a nadie… –

Tras resoplar la brisa, Jasnoth palideció y la luminiscencia del rayo acaparó el extenso panorama a espaldas del dracónico negro.
Los esbirros se volteaban, dispuestos a proteger a su creador.

Y Cent’Kas se detuvo de pronto, la fuerza del viento lograba hacer retroceder su katana.

– ¿Q… Qué? –

– ¡Acaba con esa escoria Cent’Kas! –

Gritó Ralonte, dispuesto a atravesar a los esbirros con tal de cumplir tal cometido.

Sin embargo, el viento acrecentaba en área y los Cazadores Furtivos no podían negar que algo misterioso sucedía.

El Campeón Crepuscular luchaba por enfrentar el poderío de la ventisca y, tan pronto sus botas resbalaban obligándolo a retroceder, una fulminante figura se hizo presente.

– Her… ¡NOOO!!! –

Jasnoth rió con soltura y el choque de la ventisca fue tal, que conformó un espiral. Tanto él como sus esbirros fueron expulsados por doquier. Tal fue el impulso que algunos cadáveres sucumbieron en el mar y se hicieron añicos. Cent’Kas luchaba por mantenerse erguido frente al aluvión del austro. Los rebeldes se arrodillaban, dispuestos a cantar una plegaria por el perdón. Ralonte rechinaba los dientes, enfurecido por la misteriosa aparición.

– ¡KASSSSSSSSSS!!! –

Gritó el nuevo llegado y, por poco, Cent’Kas perdía su katana ante la furia del viento.

Jasnoth transformó sus extremidades en garras que buscaban replegar el retroceso y, en la distancia Erión logró advertir una figura sombría que pasaba a pocos metros delante de sus ojos.

Dorothea y Joseph se detuvieron de pronto. Romir alzó el ceño y la brisa apenas removía sus cabellos.

– ¿Qué sucede Joseph? –

– Magistrado… Siga su camino –

– ¡No! Debemos seguir todos juntos –

Clamó Lena.

– Esto está fuera de su comprensión, mi Lady –

Replicó Dorothea. Y ambos, concubina y mayordomo, aunque tuviesen ciertos desapegos, se unían frente al nuevo llegado. Tras desenvainar los puñales y abanicos permanecieron en guardia.

Sinuesa lagrimeaba.

– Entonces él… ha… –

Rav’Thos abrazó a la Viriathro y Rultz rechinaba los dientes. Entre lágrimas, Erión, contemplaba el camino hacia la caverna y un novedoso rayo se abría paso desde las alturas.

Tan pronto las brisas empujaban el verdoso lecho del archipiélago, Joseph y Dorothea ocupaban la perspectiva. Blandían sus hojas, preparados para el terror inminente. Viriathros y rebeldes palidecían ante la aparición de un sonriente Roños con melena negruzca.

– ¡Sigan camino Magistrado! –

Romir rechinaba los dientes, a medida que Lena posaba la frente en su tórax.

– ¡Joseph! Tienes prohibido morir –

El mayordomo suspiró alzando el ceño y, tras una leve sonrisa, observó con seriedad a su objetivo.

Los libres prosiguieron la caminata hacia los muelles, mientras Jasnoth examinaba a sus adversarios con cierto recelo.

Acabaron arrastrando a Erión a la fuerza, quién negaba rotundamente. Y donde sus ojos atendían, donde  los fulminantes relámpagos sucumbían, la ventisca era tan poderosa que reducía la tenacidad de Cent’Kas.
Detrás, los Cazadores Furtivos se esparcían en el paisaje. Algunos buscaban el reparo de la caverna, pero Ralonte era quién aún yacía cercano al campeón crepuscular.

Si bien la katana retrocedía por el poder del aire, Cent’Kas procuraba no soltarla.
Y repentinamente Darnoth calzó los dedos de su extremidad en el cráneo del Héroe. Así le obligó a sucumbir sobre el suelo terrestre. Tan poderoso fue el impacto que, por poco, los dedos del ninja no lograban contener su sable.

Tanto el resplandor solar como los relámpagos iluminaban al implacable dracónico blanco. Aquél que las leyendas le reconocieran como: El Hacedor de Luz.
Aquél que en batalla con el Emperador acabó prisionero, tras la lucha reconocida entre los mitos más ocultos de Daghol.
Ahora se hallaba libre, ahora bloqueaba el libre albedrío del Campeón Crepuscular y de los Cazadores Furtivos del Cráneo Negro.

La mirada de Cent’Kas se cernía en el más allá, en el recorrido que tomasen los otros. Puesto que Jasnoth había sido sacudido hacia allí.
Y delante del Dracónico negro se hallaban los guardias personales de los nobles.

– Serán mis marionetas ahora… –

– No te dejes atrapar Dorothea, o será un placer para mi degollarte –
– Tampoco tú, Joseph –
– Veo que al final logramos ponernos de acuerdo –

Y ambos sonrieron dispuestos a enfrentar al temible Jasnoth.

– Las ofensas de mi hermano, Cent’Kas y su gallardía… ¡no han hecho más que hartarme! ¡Mi ejercito ha quedado devastado! ¡Es imperdonable! –

La vasta sombra comenzaba a abrirse paso en el territorio, como una espeluznante aura que sembraba los campos del Imperio.
Joseph y Dorothea advertían el presagio del espanto que tanto preocupaba al Mariscal. El presagio propio del caos. Y, en su ausencia, se oía la macabra risilla como si espiritualmente yaciese de espectador ante el desorden que se gestaba.

– Jasnoth se ha puesto en serio –
– No vas a rendirte. ¿Verdad? –
– ¿Cómo crees, cielo? –

Y la altanería de Joseph provocaba aún más rencor en Dorothea. Sin embargo, el probable duelo entre ellos debía postergarse y el Señor Espectral se presentó delante de espirales de penumbra que distorsionaban el paisaje tras su espalda. Al igual que sus esbirros, portaba de pronto una infame armadura de huesos negros y de su extremidad sobresalía un sable de sombras.

¿Podrán todos sobrevivir al caos que perpetúan? ¿Será este el fin de la revolución?