“…y en lo que dura un soplido el frío desenlace se llenó de plomo…”

Wes’Har el Sádico Pistolero

 

“…Lo sé. Lo sé…” Solía decir él, pero con la llegada del tenebroso jinete, hasta Andy dudaba de lo que vendría más tarde.

Y todo recién acababa de comenzar… En, tan solo, lo que dura un disparo de las terribles armas de fuego utilizadas en Runfenir.

Estallidos replicaban en el ambiente, agónicos gritos provenían de la cabaña. El corcel relinchaba como una salvaje fiera. Distante del tiroteo erguía sus pezuñas, como si estuviese dispuesto a interceder en la revuelta.

Andy y Romel yacían bajo la siembra de trigo. Cada pecho tronaba, incesante, sobre la superficie.
El primero observaba de reojo al indomable cuadrúpedo de cuero negruzco, mientras el otro esperaba temeroso. Los gritos resonaban desde el interior al hogar.

– ¡El Fantasma de Runfenir! –

Exclamó otro de los malhechores, tras alertar a los tres compañeros caídos.

Al instante, la mayor parte de los lacayos descargaban sus armas de fuego en dirección al siniestro forajido. Moviéndose, con suma fineza, éste se regodeaba entre los obstáculos nocturnos. Portaba una máscara, el saco largo y una extraña capa que parecía portar ciertas piedras preciosas.

– ¡A por él! –

El lunático avanzaba entre la siembra, como si a simple vista evitase los disparos. Con sutileza, alzaba los brazos y desenfundaba dos viejas colt. Tan pronto optó por arrojarse sobre la verdosa superficie, una línea de plomo acometió contra sus desdichados adversarios. A poco, se asimilaba a una llamarada provocada por las fauces de un dragón. La lluvia de balas dejó a los criminales sobre el sendero rocoso. Gritaban de dolor y, apenas postrados, se arrastraban rechinando los dientes.

Aunque varios acabasen heridos, o muertos, otros aún batallaban contra la cabaña. Mientras algunos, más distantes, se encontraban junto al pozo de agua.
La voz ronca de uno relataba, de entre el resto. Se trataba del supuesto Líder de los canallas, el pistolero Jor’Mont.

– ¡Demonios de Drill! Esto solo es el primer escalón. Cada minuto lo usaremos con buena gana. Nos apropiaremos de cada pozo, y toda Runfenir deberá abonar por el recurso más importante en la vida –

– Señor, señor –

Interrumpía uno, que había escapado del atraco en la cabaña.

– El Fantasma… –
– ¿Qué? –

El hombre contestó, casi molesto por la interrupción. El resto yacía con tanta alegría, que ya empezaban a beber con total plenitud.
Junto al Líder, se hallaba un joven bandido que masticaba una espiga de trigo. Éste, prestaba atención a las palabras del nuevo llegado, mientras el resto recogía el agua del pozo y humedecían sus rostros.

– El Fantasma de Runfenir –

Respondió el que había abandonado a sus compañeros, a su poca suerte.
El muchacho, junto a Jor’Mont, se abalanzó hacia adelante y tomó por la chaqueta al relatador. Mas luego murmuró de mala gana, mientras la espiga se trasladaba de un lado a otro entre sus labios.

– ¡Leyendas! No son más que palabras que duran un santiamén. Procuraré que olviden todas y cada una de ellas –

Antes de que el hombre lo advirtiese, el muchacho desenfundaba una colt y, sin más rodeos, le disparó a la frente. En cuestión de segundos la sangre y los sesos se esparcían bajo sus botas.

– ¡Wes! –

Gritó, tardíamente, el Líder.

El bandido había muerto ya, y el resto de los presentes contemplaban con recelo al muchacho que mascaba la hierba sin detenimiento.

– No era más que un cobarde, Jor –
– Necesitamos de cada uno de ellos para vencer el orden del Rigor Lejano –

Wes pateaba al muerto y, sin ensuciarse las manos, revisaba las municiones que el cadáver ostentaba. Luego, tomó la espiga de trigo y rechinando los dientes se volteó hacia el orgulloso líder.

– ¡Ni un disparo! Ya deja de reclutar a cada manso religioso con una colt de museo –
– No importa la debilidad, sino la cantidad Wes’Har –
– El Fantasma… El Fantasma –

Repetía con voz burlona el joven, que volvía a mascar el trigo luego. Y, de repente, quiénes le observaban con recelo acabaron lanzando la carcajada al viento.

– ¡Muy bien! Vayan por él, demonios de Drill –

Respondió Jor y, más pronto de lo que se avecinaban, las risas desaparecieron. Sin embargo, Wes, haciendo una mueca de desagrado, ante tantos cobardes, se marchó, solitario, en busca de la supuesta leyenda.

Los incesantes disparos parecían producir melodías en las desgracias tierras de Runfenir. Y el coro estaba conformado por gritos de dolor.

Tan pronto como el siniestro forajido vencía a los presentes hostigadores, Romel recuperó fuerza y temeroso corrió hacia la cabaña. Pensaba que más enemigos se hallarían allí, pero le preocupaba demasiado su familia. Andy, por otra parte, contemplaba al audaz pistolero que les protegía.

Aunque los certeros disparos derrotaran a todo individuo que osara acercarse al joven, que intrépido buscaba llegar a su hogar, no logró divisar a otro, de similar edad, que se avecinaba desde las bajas tinieblas. Masticaba una espiga de trigo y tras llamar a Romel, desafiante, por medio de un silbido, descargó su colt delante de él.

A pesar de la cantidad de bandidos que disparaban a mansalva contra una angosta abertura en la cabaña. La madre de los niños que había protegido de manera satisfactoria a la familia durante incontables minutos, gritó en tormento al ver caer a su hijo sin aliento.

El desliz de Romel bastó para desarmar la defensa y, tan pronto, como la mujer corría hacia su hijo, ensartando puñales contra los rivales, los heridos bandidos relucían ante la escena. El padre arremetía con una escopeta de mano, cuyos disparos resonaban con brusco peso y, a su lado, Jalina arrojaba cuchillos con similar precisión a la de su madre.
Pero la muerte del hijo mayor no hizo más que garantizar una triunfante carnada para la trágica derrota.

Los disparos perdidos no eran suficientes, puesto que los bandidos ya siquiera apuntaban frente a la salvaje asesina del Comadrón. Habían visto demasiado, y olvidaron en ahorrar municiones.
Andy logró alertar lo suficiente, desde la distancia, y, aunque fuese un niño, pretendía proteger a su madre de la única manera que sabía. En cuanto se irguió sobre la hierba, corrió hacia la cabaña, y  e su cinturón desenvainó un puñal por cada mano.

Sin embargo, y con una calma arrasadora, Wes ya se hallaba delante del asalto. Reiteradamente disparó, mientras desenfundaba otra colt y cruzaba un brazo sobre el otro.
Imponentes estallidos acribillaron a Jalina, su padre, e irremediablemente a la madre. Ella caía de rodillas mientras contemplaba a Andy, a pocos metros, delante del feroz pistolero.
Antes que su cuerpo se deslizase sobre la hierba, sus negros iris observaron fijamente como un forajido oscuro, que disparaba a los maleantes, avanzaba en busca de Andy.

– ¿Y dónde está el fantasma? –

Exclamó, fuera de sí, Wes.

Un puñal rasgó finamente su mejilla, y el muchacho se volteó disparando. Un camarada cayó ante el fuego frontal y antes que el resto de proyectiles descargaran sobre Andy, el forajido abrazó al muchacho en la carrera y evadió el plomo de forma sorpresiva.

Algunos maleantes gritaban desconsolados ante las heridas de bala, mientras otros, cobardes, temían al Fantasma de Runfenir.
De pronto Wes se encontraba frente a él. El hombre notó que se trataba de un muchacho y decidió marcharse. Tras silbar, su corcel negro le alcanzó en la carrera y montando se dio a la fuga.

– ¡Ven aquí, fantasma! –

Gritó desafiante, Wes, disparando sin descanso hacia el jinete, que se retiraba como un suspiro en la noche.

Ante la marcha del potro, Andy contemplaba la victoria de los maleantes y una lágrima escapaba de su ojo. Se había salvado por el audaz Fantasma de Runfenir, pero el costo era demasiado alto.
Tan pronto volteó la mirada hacia el Pasaje Silencioso, y de fondo oía el incesante galope sobre el árido terreno, se sobó la lágrima con el puño. Tras desparramarla por encima de su piel, observó a las estrellas y murmuró:

– Lo sé… Lo sé… –

Al ritmo del trote el siniestro hombre, de oscuras prendas, agitando las riendas contempló de reojo al pequeño y suspirando sopló una leve brisa entre sus labios.

La noche se hundía en el horizonte, las estrellas apenas se mantenían con un resplandor constante, y el atardecer comenzaba a avecinarse como un anaranjado y circular lienzo en el más allá.

El líder canturreaba una triste canción con su voz ronca, mientras un par de seguidores se encontraban a pocos metros detrás de él. Rebosaban, satisfechos, de haber saciado la sed en el pozo de agua. Aún dos aguardaban allí, contentos, mientras acampaban para proteger el paso.

– Sequías agrias en el cantar, profundas yagas en el pesar. Con un tamborín y el frío pulso del comensal… –

Graves versos se oían, atraían la atención a los heridos. Jar’Mont se acercaba y, detrás, acompañando la melodía, un bandido silbaba con suma tranquilidad.

Apenas llegaban a la cabaña y, ante una toma de aliento, el Líder sintió el eco de un disparo rebotar en el interior del hogar.

– Calma chico, caaalma –

El hombre de chaqueta de cuero se adentraba en la cruenta escena. Al posar sus dedos en el hombro de Wes, sostuvo unos minutos de esperanza a uno de los criminales. Pués su colt no estalló delante de su frente, pero al igual que seis restantes hombres, no sobrevivirían tras las heridas ocasionadas.

No parecía de mayores rodeos, el Fantasma de Runfenir, que aunque tuviese una prodigiosa puntería solo disparaba para acariciar la muerte. Wes’Har, quién solía contabilizar cada proyectil utilizado, jamas dudaba de cargarse al que se cruzara en su camino. Sea enemigo, o un patético camarada. Era un asunto, que jamás tranquilizaba al Líder. Por tal razón, prefería depositar su confianza al muchacho para las tareas complejas. Puesto que parecía no tener muchos, lejanos, propósitos en su sádica y rutinaria vida.

La madre de Andy había muerto, aunque se notase despierta. Su iris negro aún se fijaba hacia el Oeste, quizás el último trayecto que tomara su hijo. El brillo en sus ojos se desvanecía, y al contrario de su marido o Jalina, sus glándulas no soltaban lágrima alguna ante el trágico destino.

Uno a otro, replicaron los seis disparos siguientes ante la congoja de los moribundos. El peso silencioso de los dedos de Jor’Mont no bastaron como suplicio para perdonar a ninguno de ellos.

– El Rigor Lejano no será tarea de niños –

Exclamó un hombre ante el joven verdugo.

– ¡Si fuesen más hábiles, utilizarían al menos las municiones de carga antes que caer! –

Respondió con ira Wes, y aquél hombre no demoró en ocultar su revolver ante su fija mirada.

– ¡Los fantasmas no huyen a ningún escondite! –

Añadió y girando sus colts las enfundó en su cinto. Tras acomodar su sombrero, lanzó un escupitajo, con el trigo masticado, al rostro sin vida de Romel.

– A veces se triunfa, y otras no. Pero hemos capturado lo que veníamos buscando. Cuando la sed sea suficiente, Wes, tus municiones no bastarán para matarles a todos –

Murmuró el Líder abrazando al chico de lado.

– Cuando eso pase, empiecen a rezar cabrones. Quién no haya gastado un cargador lo mataré a golpes y haré uso de los mismos –

Respondió el bravucón, y los sobrevivientes se pegaban, unos con otros, atemorizados. Mientras quién silbaba, a poco, perdía el aliento ante tal amenaza.

¿Qué sucedería ahora que el pequeño Andy ha perdido a su familia? ¿Y qué problemáticas se generarán a causa de los peligrosos Demonios de Drill?