“…La voluntad de la Naturaleza es mas fuerte…”

La Tormenta hacia las Sierras de Feror

 

Al Este de los Reinos de Ingub, en la desembocadura del Mar Agreste se encontraba la opción mas cercana del Rey Romir y su hija, la princesa Azul, para retirarse de los bastos territorios. Desde la antigua embarcación procedente del Dominio de Lind se podía contemplar el puerto cubierto de buques abandonados y el lejano reino con sus picos puntiagudos formalizando las torretas.

Aparentando sabiduría, el desterrado padre manipulaba el timón y su grisácea cabellera ocultaba el rostro de incertidumbre que lo caracterizaba. Para simular sus anterior título había vestido su cuerpo con ropajes menos delicados, ideales para un granjero. Mientras que ella portaba un cheongsam de seda color cielo, cuyas mangas y cuello estaban adornadas con sutiles cuerdas de algodón, mientras que sus pies calzaban botas tan oscuras como las profundidades del mar. Su cabello negro se deslizaba por sobre uno de sus finos hombros y un transparente velo le cubría el rostro. De piel pálida y ojos vivos, brillantes, y negros como el propio ónix.

La vegetación hacia las llanuras distanciadas le calmaban ante la brisa natural y la incesante corriente del océano.

– Padre –

Exclamó ella rompiendo el silencio que se manifestaba ante el cantar de las aves.

El Rey a penas le vio a los ojos y regresó la mirada fría hacia las mareas.

– ¿Nadie de nuestra familia sobrevivió a la dichosa invasión? –

Prosiguió ella y, si bien el rostro serio de su padre no parecía responder a tal comentario, la tristeza manaba de él como un aliento irreversible.

– …Solo Nube, tu prima, pero fue capturada en pasaje hacia Inzerat, junto al hermano de… –

El hombre descendió la mirada de pronto. El silencio le aplacó por completo.

– Madre –

Replicó ella y alertó como una contenida lágrima se mecía sobre el pómulo de Romir.

– ¿Y a dónde iremos? –

Preguntó Azul de pronto.

– Hacia las Sierras de Feror –

Contestó el hombre, girando el rostro hacia el Sur.

– Pero ese sitio es… –

El hombre no demoró en asentir y suspirando retomó la iniciativa.

– …Elfos… –

– No has dicho tú, ¿qué nunca deberíamos confiar en ellos? –

– Estos son casos mayores, hija mía –

La joven se retiró a sus aposentos.

Por éxito el control de los galeones fue uno de los oficios del Rey Romir durante su juventud y, aunque era un navío inmenso, en mareas tranquilas podía mantenerlo a flote.

El territorio de los Elfos no estaba lejos, pero debían llegar antes que el mar se picara. Dudaba poder mantener la dirección en dicha situación.
Y si bien la doncella no podía asistirle en forzosas tareas de marineros, poseía destreza para los cuchillos y lanzas, lo que garantizaba su propia seguridad.

En el continente, superando el umbral visible, un jinete cruzaba las desoladas praderas del Reino de Lind.
Se trataba del mercenario centinela, Daju, quién había sido encomendado en su labor para asesinar al Rey Romir y a su hija. Desconociendo donde se encontraran, planeaba visitar Feror, lugar de su procedencia.

Curiosamente el destino le guiaba hacia su meta, aún así no supiese que ellos iban en un buque que, a penas, alertaba a millas marítimas de la costa.
Observando al frente con suma seriedad, el elfo avanzaba a galope limpio mientras el viento movilizaba su extensa y fina cabellera.

Al Norte, su amigo, el espadachín Mich iniciaba el recorrido de su campaña, seguido de una legión de reclutas. Quiénes, dada su leve experiencia, conversaban sumidos a los nervios contemplando como el Líder marchaba solo, al frente, sin desvarío.

A poca distancia se divisaba la Isla montañosa de Feror. Cuyo punto mas alto ostentaba un gigantesco árbol que inspiraba a un área estrictamente natural.

De pronto la mirada del Rey Romir se perdió ante la sombría presencia en el cielo. Las nubes se plegaban entre sí oscureciendo los destellos solares.

– M… Maldición –

Azul no necesitaba advertir el cambio climático. Solo le basto con ver el rostro desanimado de su padre.

El soplar del viento empujaba las velas abalanzando el barco contra su trayectoria y, repentinamente el resplandor de un relámpago se formalizaba en las tinieblas. Tras superar las alturas de los mástiles prosiguió hacia el territorio.

– Con estas circunstancias no lograremos encallar a orillas de las Sierras –

Las ventiscas azotaban el trinquete y, desde la abertura de una ventana, la doncella no conseguía captar el diálogo de su padre.

– ¿Qué haz dicho? –

Exclamó ella, desde el interior.

La tormenta comenzó a arrasar ante el cielo grisáceo. Las lonas se movilizaban con tal furor que parecían dispuestas a soltarse de la contención de los mástiles.

– ¡Padre! Ten cuidado –

Gimió Azul al salir del camarote.

– ¡No, hija! Enciérrate y átate con las cuerdas. El equilibrio es muy peligroso aquí –

– Pero tú –

– ¡Ingresa hija! –

La princesa regresó bajo techo y, por poco, tuvo que apoyar su mano sobre un muro de madera, puesto que la barca se abalanzaba sin control alguno. Sabía que quedarse tiempo demás fuera haría impacientar a su padre y arruinaría su manejo del barco.

Pero tampoco ello ayudaba demasiado. El Rey no podía maniobrar el curso, las oleadas comenzaban a incrementar su osadía y reventaban contra la proa y babor.

– Padre por favor –

– Alguien debe hacerlo o acabaremos en el Mar Fantasma

– ¿Mar Fantasma? –

El silbido de las ventiscas tornaron inaudible el espacio, a tal punto que ni siquiera los pocos metros entre Azul y Romir eran efectivos para mantener la conversación. Ella temía perderle en una feroz corriente.

– ¡Maldición! No lo lograré –

Se oyó decir a grito vivo, pero a penas notable.
La princesa se acercó hacia la ventana pretendiendo percatarse de los sucesos. Para su sorpresa el timón giraba por si solo. Romir, su padre, había desaparecido.

Rápidamente Azul se soltó de la pared y resbaló sobre el lecho, las sábanas levitaban ante el peso de su caída.

A poco sintió comos e producía mareo en su cabeza. El buque se declinaba de un lado hacia otro.

– ¡Padre! ¡Padre! –

Gimió la dama y se arrastró por sobre la cubierta. El agua contenida por la tormenta no demoró en cubrir cada recoveco.

En contra de las órdenes del Rey, la joven salió de la alcoba y advirtió al hombre recostado. Su barriga se posaba en uno de los mástiles y de repente recuperaba la consciencia.

– Hi… Hija –

Azul prácticamente se arrojó hacia el mando, al comprender que el barco se hundiría si mantenía el curso a favor de la marea.

Sus manos no podía revertir el avance de aquella rueda. En cuestión de segundos se hallaba totalmente húmeda, su peinado ya parecía ser parte de su propia piel.
Una de las velas acabó por soltarse desde un mástil y, atenta ella, la tomó al pasar hacia su lado. Ante que la presión le empujara hacia el mar anudó las cuerdas en el timón. Tal fue la fuerza propia de la naturaleza que le ayudó a desestancar el movimiento circundante a su favor. Al alzar la vista, contempló los rayos fulminantes vislumbrando el área marítima.

La puerta hacia el camarote golpeaba entre abierta, mientras el ruido producido por el propio mar era incesante.

Tras notar una dirección invariable, avanzó apoyándose en las columnas olvidando el timón, hasta finalmente llegar a su padre.

– Recapacita –

– Ughh… –

– ¡Arriba Padre! –

Una ola rompió de pronto al frente superando la proa y el agua empujo a ambos hacia la cubierta.

– Pa… Padre vamos –

– ¡Sálvate hija! –

Negando, la joven forzó a su padre a movilizarse y, al llegar a los dormitorios, lo recostó en un lecho. Luego le ató con las cuerdas de pesca y agotada, se derrumbó de rodillas.

Sus ojos vieron al frente y su mirada se cruzó con la de éste. Sus cuerpos estaban agotados y ante el estallido constante de los rayos sobre el cielo, un trueno resquebrajó el paisaje provocando un atroz temblor desde las profundidades.
Azul se desmayó y sintió como el caluroso tacto de su padre le sostenía.

– ¡Hija! ¡Hija! –

Las horas pasaron de pronto y las mareas se habían calmado. La tormenta parecía haber finalizado.

Ella despertó sobre el lecho, las aves cantaban en los alrededores.
Aún húmeda, salió del dormitorio y advirtió a su padre atando la lona, que se había soltado, en uno de los mástiles.

A penas llegó a alegrarse, puesto que ambos estaban a salvo, que notó un espeso banco de neblina delante.

– ¿Pa… Padre? –

El Rey le vio despierta y, al girarse, su alegría se había esfumado.

– ¡Oh No! ¡Vira el timón al Oeste, hija! –

De un segundo a otro el sonido natural de las aves se había desvanecido y un misterioso murmullo resonaba entre el silencio.

– ¡El Mar Fantasma! –

¿A dónde han llegado tras la tormenta de la noche anterior? ¿Hacia dónde se dirigen?