“…Nadie osaría jamás esperar la llegada de un Nórdico, sin antes defenderse de éste…”

La Ira de Zarek

 

Los bosques enseñaban múltiples senderos y recovecos. La nieve a poco escalaba ocultando la mayor parte de los árboles. Zarek avanzaba intentando vaticinar al culpable que destruyó su hogar. ¿Quién usaría esa clase de proyectiles en aquél lugar?
A la vista lograba divisar la blanca superficie descender, por escalones, hacia lugares recónditos. Sus ojos se detuvieron frenéticamente ante los los pinos. Al acecho buscaba alertar el mínimo movimiento.
Por largos minutos aguardó y la tormenta invernal parecía cubrir todo, hasta su propio cuerpo. El frío comenzaba a rasgar su piel mientras su corazón se transformaba en un motor de bombeo, uno que luchaba contra cualquier posible parálisis.

– Vamos… Aparece –

Murmuró entre el silencio.

De pronto creyó ver una delgada capa de seda entre la distancia y fuera de sí empujó las barricadas de nieve que se habían conformado por sobre sus pasos. Sigilosa pero forzosamente avanzó, a pesar que sus botas se hundieran sobre la nieve.

Entre lejanos árboles se camuflaba el misterioso hombre, mientras sus suspiros producían un húmedo vapor. Con sus manos enguantadas tiró de una cadena de hierro y un montón de tablas ensambladas en la caverna se desparramaron. El movimiento de las mismas provocaba ecos en aquél espacio montañoso.

El nórdico sintió aquel acontecimiento y, tras desmontar su bolsa de armas, tomó un arpón forjado por el mismo para luego apresurar la marcha en dirección al ruido. Su mirada se irguió al frente, al tiempo que una afónica risa deambulaba por doquier.

Al llegar al sitio, Zarek advirtió como las tablas se desmoronaban y se giró de lado a lado. El sonido humorista se transformo en unas carcajadas, que se oían lo suficiente cerca como para intentar percibir la ubicación de entre los alrededores.

Aún desconocía a que se enfrentaba.

Tras tantear la caverna, el nórdico divisó una tabla tallada. Las figuras formaban palabras y decían:

“Y ahora que has llegado. Te he alcanzado antes”

Instantáneamente el hombre se volteó decidido a arrojar su arpón a su espalda, cuando un disparó resonó delante de sus narices y halló al maleante a distantes metros al frente.

– ¡Ven aquí maldito! –

Gritó el guerrero y de repente el proyectil acertó sobre su cabeza, en una deformación propia de la caverna. Las rocas comenzaron a sucumbir y sin siquiera razonar sobre ello, Zarek se proponía escapar del suceso sea como fuera. Pero las rocas acabaron aplastando su cuerpo y, ante la retirada del forajido, se podía ver la mano del nórdico fuera de los escombros.
El arpón se soltaba de sus dedos, pero repentinamente lo tomó con mayor presión y lanzó un alarido de furia.

– ¡GROAAAAGH!! –

Ante las risas en el frío panorama, el pistolero se marchaba mientras su capa hondeaba de forma resplandeciente.

En su camino halló una bolsa con armas y aunque era pesada, la sustrajo. En su retirada dejó un hacha de doble filo clavada en un pino.

– ¿Crees que nos volvamos a ver? –

Murmuró con voz afónica.

La caverna yacía derrumbada y las rocas se sacudían levemente. El guerrero luchaba por salir de la trampa, ante el sobrepeso que invadía su cuerpo.

Un grito sobresaltó a los habitantes de una cabaña cercana. Se trataba de dos hombres y una mujer. Ella, hermana de uno de estos, mientras que el otro era su pareja. Si bien tenían costumbres nórdicas y vestían ropas de cuero, sus cuerpos eran más esbeltos. Quizás fueran procedentes de los Reinos de Ingub.

Mientras uno desollaba a un animal, el otro alojaba leña en una chimenea de hierro y soplaba la llama. Ella, por su parte, refregaba los platos de madera con un trozo de seda y observaba con recelo el sonido que provenía desde fuera. Sin cesar observaba por la ventana las inmediaciones, temiendo por el reciente grito.

– No te preocupes hermana, debió haber sido un oso. Los nórdicos se han extinguido hace tiempo –
– ¿Por qué se extinguirían? –
– Supongo que algo les habrá atacado –

La dama volvió la mirada hacia fuera y de entre los bosques apareció un hombre portando una maza de hierro. Al pasar junto a la cabaña la dejó caer a pasos de la tranquera, para luego proseguir la marcha. Su rostro era irreconocible puesto que, sumado al sombrero, vestía unas prendas que no le permitían enseñar siquiera el color de su piel.

Al verle tan próximo a ellos, mantuvo el silencio, porque temía que su pareja y su hermano fueran a profanar las pertenencias de aquel hombre.

– Othar –

Exclamó ella y el hombre de abundante cabellera negra soltó los alimentos y frotó sus manos, mientras se encaminaba hacia su amada.

– ¿Qué sucede Bera, mi amor? –

Sin rodeos él la tomó por la cintura y ella inclinó su espalda hacia la ventana. De esta manera buscaba ocultar la presencia del viajante con su rubia melena.

– Ustedes no tienen respeto por nadie… –

Murmuró de pronto el hermano y soltando las últimas leñas se retiro fuera de la cabaña.

– Semnurd aguarda –

Replicó su hermana, quien al voltearse buscaba al misterioso hombre. Para su suerte éste ya había atravesado el camino. Sin embargo cedió la mirada hacia los campos labrados, temiendo que alguien mas se aproximara.

– No te preocupes.. Hablaré con él –

Contestó Othar y soltándola se retiró del hogar. La dama asintió al instante, pero sus ojos buscaban sin reparo de donde proviniera el grito que oyó tiempo atrás. Apostaba que algo temible se avecinaría, ya que el misterioso viajante había concedido aquella enorme maza.

– Escucha amigo –

Tras entornar la puerta, Othar buscaba alcanzar a Semnurd, quién miraba al cielo despectivamente.

Apurando el paso, el melenudo detuvo la marcha de su cuñado palmando su hombro. El cabello rubio de Semnurd era similar al de su hermana, salvo que lo llevaba mas corto.

– Mira, lo entiendo. Pero ya hallaras a alguien. Quizás deberíamos regresar al reino –
– No Othar… Este lugar es único. No hallaremos mayor libertad y paz. Nadie es dueño de estas tierras –
– Los Nórdicos –
– Lo he dicho antes. Ellos han perecido, como cuentan las leyendas –

Othar retomó la mirada al frente, tras yacer cabizbajo.

– Ese es el punto. Solo son leyendas –
– No hay de que preocuparse, aquí somos libres –
– ¿Por cuánto tiempo Semnurd? ¿Cuánto pasará hasta que los dueños de esta cabaña opten por regresar? –

Ambos vieron hacia los bosques y sus manos se cerraron en forma de puños.

– Bera merece tranquilidad. Este sitio es… –

Porsiguió Othar.

– ¿Peligroso? Estamos lo suficientemente lejos del Rey Orlandir. No temas –

Añadió el joven, mientras su amigo suspiraba.

– Quedarnos aquí por la eternidad no es una buena opción –

De pronto, con un feroz grito, Zarek que yacía aplastado por los escombros sobresalió ileso. Las rocas, junto a la nieve, se esparcían por doquier.

Instintivamente sus manos tomaron los mangos de las antiguas hachas enfundas detrás de su espalda. Las que pertenecían al líder de los Nórdicos.
Cruzadas se sostenían con lazos de seda que prensaban su tórax. Aunque le pesaran, jamás las desenvainaba.

En la distancia alertó su mandoble con el doble filo perforando el tronco de un árbol y a pocos pasos yacía su jabalina. Tras tomar ésta agilizó su marcha sobre la nieve, buscando alcanzar el arma que perforaba aquel pino.
Desde lejos notó la seguidilla de armas clavadas, guiándole entre el bosque.
Al no tener como llevarlas a todas, gimió con furia y se adentró únicamente con su arpón.

La caminata fue extensa y finalmente halló la bolsa solitaria plegada a un árbol. Recordando la cantidad de armas que había forjado, notó una que faltaba.
Al observar con desdén a los lados, logró divisar una solitaria cabaña.

– ¿Ahora me llevas a tu hogar? ¡Será un honor destruirlo con mis propias manos! –

En aquél sitio los hombres que dialogaban habían oído un nuevo grito lejano, proveniente del bosque. Ni siquiera sospechaban que el desalentador guerrero se dirigía hacia ellos.

– Mira –

Exclamó el muchacho señalando en dirección a la tranquera.

A simple vista se advertía el mango de hierro de una pesada arma. La nieve resoplaba sobre ella y a cada minuto que pasaba la ocultaban mas de la visión.

– ¡Vamos a ello! –

Insistió Semnurd quién ya corría para alcanzarla, incluso antes que su cuñado.
Desde el interior, Bera, notó los sucesos y logró visualizar a un enorme y corpulento hombre que se aproximaba desde el sendero que llevaba a los bosques. Llevaba un arpón en sus manos y sus hombreras, intactas, resplandecían con notoriedad.

– ¡Un Nórdico! –

Murmuró para si, y temiendo lo peor abandonó su labor previo para salir de la cabaña gritando:

– ¡Othar! ¡Othar! –

Las manos de Semnurd blandieron la maza, al tiempo que su cuñado se volteaba para alertar a su mujer señalando asustada al frente.

– ¡GAAAAAAAAAHH!! –

Othar desvió la mirada ante el temible rugido y su cuñado se quedó sin palabras. A poco sus manos se retiraban de la maza.

Zarek avanzaba ligeramente, cargando la jabalina en alto.

¿Qué sucederá ante dichos acontecimientos? ¿Podrán estos hombres protegerse de su ira?