“…Ni el hechizo mas propicio era capaz de esclarecer el oscuro manto de la noche…”

La Exploración de Nozepul en la Noche

El ritual de iniciación había finalizado y los guardias rodeaban el ámbito místico. Un feroz oso se encontraba a pocos metros, delante de Geón.
Confundido, Velnor, junto a Nozepul, los adeptos más cercanos al Gran Sabio, pretendían utilizar sus técnicas mágicas para acabar con la amenaza, pero el muchacho alzó su mano derecha y estiraba cada uno de sus dedos. Con es básica señal, los presentes no tuvieron más opción que mantener la guardia.

Generalmente los osos eran cazados mas allá de las selvas de Triviltor, y los súbditos del Gran Sabio temían que dicho animal no fuese una mera coincidencia.

Asimismo Geón rivalizó toda probabilidad y avanzó lentamente, hasta que sus pies, descalzos, sopesaron los restos de la fogata prácticamente consumida.
La presión de su paso astillaba la leña, que aún se resistía a desintegrarse y una densa humareda se elevó, ocultando de esta forma la presencia de ambos seres vivos.

Un rugido resonó desde lo incierto. Los guardias perdían la cordura con las lanzas de caña y pezuña en sus manos. Y así fue como el humo se distendía por los alrededores y, ante la mirada perpleja de los maestros, el yelmo de cristal se encontraba en lo que había sido hoguera. El cuero que Geón solía vestir, de pronto, yacía desparramado y el oso avanzaba lentamente, rodeando el área en círculos ante la expectativa de los presentes.

Todos se asombraron por lo desconocido y comenzaron a cuestionarse lo que habrían perpetuado.
Así, guardias reconocían que la iniciación había hecho al muchacho un prodigio en técnicas de invisibilidad. Mientras que otros jóvenes sostenían que el oso se lo había devorado, puesto que Geón era demasiado débil.
Muchas fantásticas ideas ahondaban entre los concurrentes y todos resolvían quitar la vida a aquél monstruoso animal.
Pero de repente Velnor instó a un minuto de silencio y, cuando todos se disponían a hacerlo, señaló hacia las prendas que solía portar la víctima.

– Si se tratase de un conjuro de invisibilidad, probablemente se llevaría los ropajes consigo, y si por otra parte el carnívoro le hubiera devorado habría dejado algún resto más comprobable que el propio cuero –

Nozepul adhirió a tal mensaje y tras suspirar, ante las continuas respuestas fatídicas del resto. murmuró:

– Se han fusionado –

Y tan pronto como acabó la frase, alertaron como el feroz oso se acercaba al yelmo de cristal con suma calma.

Ante el alboroto el anciano sabio tuvo que salir de su guarida y contempló el asombro de todos. Hasta sus súbditos se habían quedado sin aliento.

De alguna manera, inexplicable, como si se tratara de alguna clase de magnetismo cerebral, el yelmo levitó se posó sobre la cabeza del gran animal.
El resplandor fue tal, en la noche, que asimilaba a una estrella ante la vista cercana.

Un nuevo rugido resonó y, a medida la ceguera se desvanecía, ante el insólito resplandor, todos alabaron su presencia.
Nozepul y Velnor se arrodillaban ante la ceremonia.
El oso se erguía en dos patas y su espalda se estiraba lo suficiente, como si buscase asimilar a un Ser Humano.

El Gran Sabio sonrió con suma alegría y, aunque su cuerpo pareciera lo suficientemente frágil, también se arrodilló sosteniéndose con su báculo de cedro.

Los caza recompensas, quiénes aún dudaban del acontecimiento, aguardaban entre las sombras de la selva y se preparaban para eliminar a la bestia.
Tan pronto como sus manos prensaban las jabalinas por propia inercia, el oso retomó su posición natural posando sus cuatro patas sobre la superficie y se permaneció como congelado, observando a un punto en común.

Un sitio donde ningún guardia, místico o caza recompensas vigilaba.
Los latidos de la bestia comenzaban a sonar tan pesados, como si su corazón buscase agrietar la coraza cuerina y salir hacia el exterior.

Ninguno demoró en seguirle la mirada, ya aceptando la posibilidad que Geón fuese el oso y viceversa.

En cuanto las figuras de los arbustos se tornaban la portada de sus miradas, algo se movilizó con tanta ligereza que fue imposible no dudar de su naturaleza.

El oso rugió con amplitud y los guardias iniciaron el recorrido ciego, en búsqueda del expectante.
Planeando seguir el rastro, el animal, procedía a seguir el rastro cuando repentinamente se detuvo. Una mano se posaba sobre el yelmo de cristal.

Y cuando el oso se volteaba logró advertir a Nozepul y Velnor de rodillas. La lógica le iluminó y la imagen del Gran Sabio llegó a su uso de razón.

El anciano le quitaba la reliquia, y tras un bramido, que a poco se convertía en un gemido, su cuerpo se alzó en dos patas, nuevamente, y se oyó la desarticulación constante de sus extremidades.

Los súbditos alzaron sus rostros de pronto, y el oso había desaparecido. Geón sucumbía de rodillas con una delgada armadura de cuero que le estrujaba sobre su piel. Y la runa en su rostro asimilaba al rostro de aquél feroz animal.

Estando agotado, el muchacho, tan pronto como perdía el equilibrio, se desmayó. Junto a él yacía la caña con las numerosas runas que utilizaba previo a la iniciación. Nozepul no demoró en indagarse a dónde habría ido a parar la misma luego de la transformación.

Guardianes y caza recompensas patrullaban los alrededores sin descanso.
Con la llegada de la noche se oía el sonido tan peculiar de las serpientes y el canto de un búho.

Sosteniendo las extensas jabalinas artesanales, los nativos de Triviltor se reunían ante las sombras expectantes.

– ¿Le han hallado? –

Exclamó uno, sin perder de vista el paisaje a su alrededor.

– No puede haber ido muy lejos –

Replicó otro.

– El no puede conocer esta área como todos nosotros, ¡encuéntrenle! –
– Quizás necesitemos asistencia de Nozepul. Sea quien sea este Ser, puede aparecer y desaparecer sin ser detectado –
– ¿A caso le has visto hacer eso? –
– No hay necesidad. Con tan solo ver la tierra –
– ¡Es verdad! –

Respondió un tercero, a medida que más nativos se reunían en algún punto inconcreto de la selva.

– No hay huellas. Llamemos a Nozepul –
– No es posible… Salvo que volara o… –

El resto asentían y, tan pronto como uno se preparaba a esclarecer las incógnitas, posaron espaldas con espaldas desconfiando de los alrededores.

– Es un Sombra –

Prácticamente no recuperó el aliento tras tal comentario, que uno del montón regresó agitado hacia la aldea.

– Muy bien repliéguense y enciendan las fogatas. Le hallaremos antes que el amanecer nos reciba con un nuevo despertar –

Los ágiles pasos del caza recompensas, que regresaba al punto límite dónde se hallaba la Aldea de Triviltor, se mezclaban sonoramente con su resistente aliento.
Al llegar a la presencia de un valle, un silencioso y sombrío Ser le tomó por sorpresa. Y tras un pestañeo el nativo se desmoronó sobre la hierba, sin siquiera gritar.
Su cuerpo se arrastró realzando el polvo por doquier, y su lanza quedó clavada contra un arbusto.

– GKKKK… –

El hombre intentaba levantarse, pero tras esto se volteó alertando el movimiento entre la naturaleza. Sus ojos no perdían de vista una imagen sombría que avanzaba bajo la tenue iluminación de la luna.

De repente la misma se desvaneció y algo le tomó por sorpresa a un lado. Y antes de poder divisar de que se trataba gritó:

– ¡GAAAAHHH!! –

Y al término del alarido de dolor su cuerpo se arrastraba, mientras la sangre goteaba remarcando una huella en la selva.

En la Aldea, Velnor se sobresaltaba y los místicos presentes se volteaban hacia el Sur.

– ¿Qué ha sido eso? –

Murmuró Nozepul.

El Gran Sabio alzó la mirada con suma seriedad y sus súbditos se giraron hacia los arbustos.

– Velnor, aguarda aquí –
– Pero… Vayamos ambos –
– ¡No! El Gran Sabio. Iré a patrullar con dos guardias –
– Ten cuidado, muchacho –

Contestó el mentor de ambos, quién acariciaba el cabello de Geón.

Y Nozepul asintió, para más tarde marcharse hacia lo desconocido.

Los guardias no se sentían confiados de internarse en el área al anochecer, aún así cuando el poderoso Nozepul se hallase presente.
Las extraordinarias habilidades de un sombra formaban parte del temor más típico entre los miembros.

– ¿Qué cree usted que haya sido eso, Nozepul? –

Exclamó uno de los guardias, a medida que avanzaban ante la densa vegetación.

– Un Sombra de Yahandá, sin lugar a dudas –

– Pero esos seres… –

Respondió el restante guardia.

– Han elegido al peor de sus contrincantes –

Murmuró el místico, y tan pronto como notaron la oscura selva al frente de sus ojos, el mago alzó sus manos y pronunció unas palabras:

– ¡Brin Garán Storfe! –

Los guardias se detuvieron perplejos y un espiral luminoso ascendió hacia las estrellas, mientras las runas en su rostro resplandecían en un brillo bermellón.

Como si se tratase de un singular meteorito, resplandeciente, llegó desde alturas indeterminadas y avanzó posteriormente ante las procedencias que ahondaban alrededor del místico. Más tarde, otra descendió y se replegó hacia otro trayecto.

Nozepul yacía sentado en la hierba, como si meditara con sus ojos cerrados, y los guardias contemplaban como los haces de luz se abrían paso en los extensos recovecos de la jungla.

Al alejarse lo suficiente, la oscuridad se apoderaba del panorama donde aguardaban.

– Lo tengo –
– ¿Qué ha dicho? –
– El caza recompensas que habría gritado anteriormente –

Ante la visión de una de las iluminadas perlas, Nozepul contemplaba los cortes que atravesaban la piel del cadáver.

– ¡Nozepul! –

Tan pronto como su hechizo se desvanecía, el místico recuperaba su conciencia y en los alrededores algo rehollaba la hierba.
El místico se hallaba solo y los guardias habían desaparecido.

¿Qué habría sucedido en ese justo momento? ¿Hallará Nozepul el verdadero intruso que espiaba el ritual de iniciación y que asesinó al caza recompensas?