Capítulo 2 – Ante los ojos de los Nobles

por | Dic 25, 2017 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Y en el ardid de la rebelión, las discrepancias se fortalecían hasta forjar una alianza sin rupturas…”

Ante los ojos de los Nobles

Un nuevo día iniciaba para los esclavos.

Algunos espadachines dorados comenzaban a transitar por el imperio, portando enormes cuernos óseos detrás de su espalda. Dividiéndose cuatro por punto cardinal y un quinto al centro, procedían a posar los instrumentos en sus labios. Luego los apuntaban hacia las cavernas y detrás de ellos aguardaba el resto del ejército. Los portadores de los cuernos de guerra portaban armaduras de placas y enormes lanzas enfundadas sobre la espalda, sus rostros llevaban máscaras de porcelana con diferentes emociones grabadas en ellas. Cinco en total, preparados para intervenir ante cualquier intento revolucionario.

La caverna de los Viriathros se encontraba frente al caballero alegre y, aún, en el interior se encontraban todos durmiendo excepto Rav’Thos que había espabilado al notar pasos delante de él.
Allí, en dirección al ingreso se encontraba la silueta de un hombre que alzaba una pierna hacia las rocas que conformaban el tejado de la caverna.

Luego de movilizar lentamente su cuello, el pálido líder comprendió que el único despierto era el campeón.

– Libre de ataduras, el cuerpo requiere un poco de entrenamiento –

Rav’Thos siquiera lograba comprender como aquel hombre, de espaldas a él, notara su despertar y por sí solo le iluminaba las respuestas como si oyese su inconsciente.

– El pulso es el lenguaje corporal que se puede detectar sin necesidad de utilizar los ojos. Además, la naturaleza fortalece la conexión espiritual –

El Viriathro comprendía mínimamente a que se refería, pero sus respuestas en ausencia de preguntas seguían siendo algo incomprensible.

– Será mejor que se cubra lo oídos –
– Ah… Si… –

Recordó el sonido diario y agitó levemente al Viriathro delante de él, quién al despertar actuó de igual manera con el siguiente. Al abrir, todos, sus ojos cubrieron sus oídos. Como debían hacer, rutinariamente.

Fab, entre dormido, exclamaba:

– Olvidé advertirles… –

Y tras protegerse, inició el llamado para las labores diurnas.
Los nuevos prisioneros saltaron enloquecidos ante el eco que los estruendos audibles formaban en el interior de las cavidades terrestres.
Algunos, incluso, creyendo que se avecinaba una guerra se comprimían en el fondo de la caverna buscando cualquier utensilio para reafirmar posiciones.

Para sorpresa de Rav’Thos, el hombre que había premeditado el suceso, siquiera se protegía. Tras descender su pie sobre el suelo, lanzó un puñetazo al frente.

– ¿Qué está sucediendo? –

Exclamó Erión, angustiado.

De pronto, llegaban a oírse los pasos metálicos y todos los prisioneros contemplaron como las rejas de hierro, que se plegaban durante la noche, se separaban del ingreso.
Asimismo, los espadachines conformaban pasillos humanos, buscando que los esclavos no se mezclaran con otras cavernas u osaran fugarse del orden.

Bajo el amanecer solar comenzaban a movilizarse con soltura. Al frente avanzaba el encapuchado que admiraba las tropas por doquier. Un gigantesco paredón les separaba de los nobles y la g ente común. Desde las alturas, ellos, les observaban como si fuesen ganado.
Al emerger los Viriathros, de las cavernas, descendían el rostro hacia el suelo y los novatos repitieron sus acciones. Sin embargo, el encapuchado prescindía del acto tal, y en cuanto el caballero alegre alertó una variante en la cotidiana subordinación de los prisioneros, se interpuso en el pasillo de espadachines dorados.

– ¡Arrodíllate! –

Gritó con una voz peculiar al utilizar la máscara de porcelana.
Los espadachines dorados cercanos, al instante, tomaban el mango de sus sables envainados y el encapuchado proseguía, contemplaba las estructuras del imperio.

– ¡Que te reclines! ¡Sobre el suelo! –

Repitió el guardián, pero el encapuchado hacia caso omiso. Por tanto, los cuatro espadachines entre el caballero y el prisionero se desplegaron. El más próximo posó sus dedos en el hombro del rebelde.

– No deseas que te ubiquemos en tu sitio. ¿Verdad? –

Susurró el espadachín observando hacia el suelo.
El hombre aún admiraba el gigantesco paredón y, ante la ignorancia, el soldado manoteó el mango de su espada envainada.
Antes de alertarse el crujido, el campeón tironeó del brazo, pues la mano aún sopesaba sobre su hombro y sorprendentemente alzó todo el pesado cuerpo, con armadura, y lo arrojó a un lado.
Los esclavos se abrieron paso súbitamente, los espadachines alzaron el ceño y, al instante, el guerrero que portaba la máscara de porcelana alegre marchó al frente.

– No hay necesidad –

Exclamó otro espadachín y, junto a los dos delante de él, avanzaron para detener al culpable.

La caída del primer espadachín fue tal, que el estruendo del hierro se hizo oír en las alturas. En cuestión de segundos el acontecimiento era presenciado por numerosos nobles.
Rápidamente una escolta de espadachines se dispersaba para bloquear el pasaje del resto de los esclavos. Las armaduras doradas conformaban un círculo alrededor del rebelde. Tres se avecinaban a su alcance, mientras otros asistían al caído. Por su parte, el guardián con el rostro alegre de porcelana había ofrecido su lanza dorada al último de los espadachines.
Así, fue que delante del encapuchado se contemplaba la pared dorada y dos hombres que avanzaban tomando el mango de sus sables. Mientras un tercero, portaba una extensa asta de oro.

Para sorpresa de los nobles, el campeón yacía observándoles. Los sables se hicieron oír desenfundándose de sus vainas. Sus filos era aún más dorados que sus gorjales.
Los guerreros más temibles, con máscaras de porcelana habían quedado fuera del círculo y, aquél que portaba un grabado sonriente parecía dispuesto a avanzar por encima de todos.

– Ese hombre… –
– Todos son esclavos por igual, magistrado
– ¿Por qué, entonces, lleva ese atuendo? –

Conversaban los nobles sobre el área patriarcal. Una plaza natural con numerosos pasillos y exposiciones cubiertas en cristal.

– Bueno Señor… Usted sabe que todo Ser que se encuentre allí debajo no es más que un esclavo o bestia –

Y el muchacho de cabellos negros, y fino traje de seda, asintió.

– En ocasiones, presiento que los espadachines dorados olvidan su limitado poder –
– Pero poseen un vasto ejército, magistrado –
– A medida concurren más prisioneros, la balanza del control se degrada. Además, no olvidemos a las bestias… –
– Ciertamente, en momentos de paz olvidan el peligro inminente. Pero nuestra vocación es únicamente conversar –

Y alejándose del área de exhibición, se aproximaban a otra donde tres bestias de formidable tamaño se enfrentaban a espadachines dorados. Rugidos resonaban desde las profundidades y el sonido de los sables se sentía tan presente como si se hallasen a su lado. Quizás las cúpulas de visión proveían una perspectiva acústica especial.

Otros nobles se encaminaban entre los espacios y sus conversaciones asimilaban a murmullos lejanos.
El campeón había perdido de vista a los hombres, y lentamente regresaba la mirada al frente. Los guardias bloqueaban toda expectativa posible.

– Oh… –

Exclamó, como si pudiese haber notado que se convertía en un objetivo para todos aquellos espadachines.

Rav’Thos pidió piedad.

– No hay necesidad de violencia. Algunos son nuevos aquí… Permitan que les enseñemos el sistema –

– ¡Han tenido toda la noche para aprender! –

Gritó uno de los espadachines.

– ¡Algunos requieren más tiempo para asimilarlo –
– El tiempo es lo limitado. Debemos reforzar el castillo –
– ¿Debemos? Como si tu hiciera algo. ¡Sabandija! –

Replicó Argos, y la furia del espadachín dorado se hizo notar.

– ¡Necesitan más obediencia! –
– Calma Argos –

Respondió Rav’Thos, y así consiguiera no incendiar la disputa el círculo de espadachines dorados se abría detrás del encapuchado y Argos salió empujado hacia dentro. El espadachín arrojó la lanza del guardián contra el desarmado Viriathro.
Todos gritaban con ira al ver que el filo del arma se dirigía al hombre, y de pronto el campeón encapuchado se movilizó rápidamente. Dando una vuelta de carnero, se abalanzó para capturar la dorada jabalina.
En cuestión de segundos había salvado al Viriathro, y ahora que portaba la lanza su amenaza era mayor.

De pronto el círculo de espadachines empezó a cerrarse. El resplandor solar resaltaba las armaduras hasta convertirlas en un muro brillante. Aunque en el centro se encontrara aquél encapuchado con la lanza entre sus manos, los oponentes se aproximaban irremediablemente y Argos se encontraba en el interior de la avanzadilla.

– Son demasiados –

Exclamó, viendo de lado a lado con sus enormes ojos.

– Es sencillo –

Murmuraba el campeón en guardia y, al borde de la ira, los espadachines avanzaron en su contra. Sus voces replicaban estruendos gritos de guerra que alertaron, aún más, a los nobles en la plaza superior del área patriarcal.

Creando mayor discordia, el muchacho de cabello rojizo, Roños, instó a los prisioneros a intervenir y desarmar a los espadachines. Fab planeaba unírseles, pero su padre, Rav’Thos se lo prohibió terminantemente.
El círculo de espadachines comenzaba a quebrarse, a medida que trozos de roca revoleaban desde las cercanías a la caverna.

– ¡A la carga! –

Gritó uno, e incluso desde caverna general también comenzaron a abrirse paso los esclavos contra el poder del oro. Inevitablemente los caballeros de máscaras de porcelana buscaron represalias ante el incidente.

Sin embargo, el campeón, aprovechando la lanza dorada logró repeler el avance de los tres espadachines y otros que intentaron abatirlo. Poco a poco, desbarataba el orden del ejército imperial.

– Suficiente –

Gritó el caballero con el rostro sonriente de porcelana, y quitando de su paso a los guardias se abalanzó hacia el frente buscando detener al encapuchado.
Por su parte, Roños y los prisioneros, unidos, arrojaban rocas al fornido caballero con armadura de placas que se presentaba delante de los ojos del campeón.

Ante la expectativa de los nobles y el magistrado, la cúpula traslucía una batalla sin igual.

– Los guerreros de oro también están allí. Este levante de prisioneros no durará demasiado .
– Ya lo creo. Pero como dije antes, ese hombre con ese atuendo… –
– Son leyendas de Daghol… –

Añadió una damisela que portaba un hanfu rojizo con bordeados dorados y grabados de dragón. Asimismo, su peinado negro se unía con un broche de pelo con pendientes azules y formaba una trenza de lado. El magistrado la conocía lo suficiente por conformar el consejo superior y haber compartido una hazaña de niños.

– ¿Y cómo podrías saberlo tú? –
– Pues claro, por su estirpe. Su familia solía regresar con noticias sobre el nuevo mundo –

Exclamaba la concubina, una dócil muchacha a su lado que le protegía en la caminata y también portaba un hanfu blanco.

– Demonios de Yahandá –

Replicó la joven doncella, delante del hombre que no le tenía aprecio alguno.

– ¿Quién la mandó a quedarse aquí? y no irse al nuevo mundo como su familia –
– ¿Y perderme la oportunidad de rivalizarte en el consejo? –
– Insolente mujer –

Exclamó el mayordomo, y desenfundó un puñal para enfrentarla. Por su parte, la concubina hizo lo suyo y abrió un afilado abanico para bloquear su pasaje.

– Calmados… –

Murmuró el muchacho, y la doncella observó de reojo a su concubina. En cuestión de segundos, ambos seguidores se encontraban hincando la rodilla y aguardando órdenes de los nobles.

– Si luchamos entre nobles, no seríamos muy diferentes a ellos –
– Algún día se gestará una revolución en este Imperio –
– Deberíamos reservar nuestras fuerzas para dar el golpe de gracia –

La damisela suspiró con sus engrosados y bermellones labios.

– Los espadachines dorados poseen un Líder desconocido. Nunca sabremos si un sacrificio revolucionario no acabe con nuestras oportunidades –
– Quien no sacrifica, no gana. Esos hombres allí abajo, hoy lo están demostrando –
– ¿Y confiarías en un demonio? –
– En quien sea con tal de librarnos. Pués ocultos en el lujo, usted sabe… Seguimos siendo prisioneros –

Ella asentía, a medida movilizaba un rústico abanico en dirección a su rostro.

– ¿Cómo conoce a los Demonios de Yahandá? –
– Mi padre solía contarme sobre sus excursiones en las tierras de Daghol –
– El nuevo mundo… –

Nuevamente asentía.

– Y su padre… ¿Permanece con vida? –
– ¿Cómo saberlo? Lleva décadas sin regresar de su último viaje. Sospecho que los espadachines dorados ya no requerían de sus servicios –
– Somos instrumentos de poco valor, incluso reemplazables –
– Así es –
– Pues a pesar de nuestras diferencias, lamento su tragedia –
– Aún no se si ha muerto –
– Si logramos dirigirnos al nuevo mundo, quizá lo descubra –
Quizá…

Gritos de aliento replicaban entre los diversos prisioneros que finalmente habían sido detenidos por el ejército imperial. Sin poder proseguir una conversación ante los sucesos de la rebelión, los nobles se unieron para contemplar. Al lado de cada uno, se erguían los guardianes, al tiempo que la brisa resoplaba sus cabellos.
Las noticias no demoraron en transmitirse, y de repente numerosos nobles se avecinaban a observar.

La guardia imperial conformaba un muro dorado impenetrable y el único que osaba intervenir en el centro era un guerrero, cuyo rostro portaba una sonrisa fundida en porcelana.
Argos, el Viriathro, aguardaba de rodillas. Casi lamentaba que el temible caballero les impidiera vivir un día más. Asimismo, aquél al que los nobles nominaran como Demonio de Yahandá, giraba en círculo la lanza dorada.
Tales acciones eran suficientes para provocar al corpulento ser con armadura de placas, que sin más acrecentó la marcha hasta alcanzarle.

Tan pronto estaba por llegar a él, le detuvo el filo de la jabalina por delante de su cuello. El encapuchado murmuró:

– No darás otro paso más –

El silencio protagonizaba la escena. Pues todos quedaron sorprendidos, e inmóviles, ante el ágil movimiento del encapuchado.
La tensa respiración se oía desde la máscara de porcelana.

Al instante, y como un destello de luz, el caballero alzó su puño enguantado. Siquiera habían previsto su resolución, que sus dedos ya se hallaban abrazando el asta.
Por la dureza del guante, siquiera la cuchilla lograba arañarle y la tensión acabó por captarla el campeón. Sentía una determinante presión que le inclinaba hacia un lado.
Una extremidad bastaba para liberarse de la dirección del filo y aunque todos, incluso Argos, yacieran estupefactos, el encapuchado no parecía sentir amenaza alguna.
Como una estatua yacía en posición de ataque y apenas la brisa empujaba el delgado cabello que se escapaba de su capuchón.

Sus miradas, ocultas por sus atuendos, parecían haber iniciado un duelo mortal. El asombro multitudinario no hacía más que comenzar.
Y antes de percibirlo, el Demonio de Yahandá liberó la jabalina y, ante el esfuerzo, el caballero resbaló a un lado. Repentinamente sintió la suela de una bota colapsar contra su mascarilla. Tal fue la fuerza de la instantánea patada que el guerrero doblegó una rodilla.
Uno de los espadachines se proponía asistirle, pero este le detuvo al alzar una mano.

Un delgado rasguño se transparentaba en la porcelana y comenzaba a producir diversas ramificaciones.
Con ira, el caballero manoteó el mango de su sable envainado, pero el campeón le propició una nueva patada al frente y la mitad de la máscara se ramificó por completo, hasta convertirse en polvillo.

La brisa detuvo su naturaleza, de pronto, y el campeón alzó el ceño.
Fab planeaba involucrarse pero nunca llegaría a tiempo.

Con suma precisión el campeón giró el asta, logrando bloquear un espadón dorado que llegaba desde el cielo y buscaba asesinar a Argos.
Luego tendría que liberarse de la lanza, puesto que dos espadones avanzaron desde los lados.
Saltando de espaldas, el campeón evadió el doble daño y alertó otro espadón al frente. Este último, en posición de descanso y, de pronto, logró divisar a los restantes cuatro caballeros de placas formando un muro delante del compañero de rodillas.
La mitad de su rostro era de porcelana, y la otra indistintamente humana.
Ahora que los cinco rostros de porcelana entraban al círculo, su objetivo era lo bastante claro.
Y los ojos del rebelde finalmente se cruzaron con las miradas de los nobles sobre el paredón.

El día había iniciado con disturbios y sólo, acababa de comenzar…