Capítulo 19 – La Adversidad del Destino

por | Ago 18, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…La oscuridad se incrementaba ante la presencia de un Ser desconocido y el aliento a vivir permanecía en los inocentes…”

La Adversidad del Destino

El silencio lo era todo. Asimilaba a una muda brisa en el oscuro abismo. Apenas se sentía el chasquido de las brasas que componían las antorchas.
Los pasos no eran más que las suelas de cuero arrastradas sobre la grava.

– Despierta –

Exclamó una profunda y ronca voz.

Y al abrir sus ojos advirtió aquél espiral inexplicable que se adaptaba en las alturas del Gran Torreón.
Sintió el frío de las cadenas presionando su piel y, tras bajar la vista, le notó al frente.

El Gran Mariscal se encontraba delante. De no ser por su absurda e irónica sonrisa, juraría notar preocupación en el rostro.

Los acólitos le tenían prisionero. Pero por ello no se rendiría hasta encontrar el modo de detener el accidente. Jasnoth había escapado del Gran Torreón por su culpa, debía remendarlo de algún modo.

Y a falta de un dracónico en la prisión, planeaba liberar al otro. Sus delgados y majestuosos dedos buscaban retorcer las barras de hierro que separaban a Darnoth de su alcance.
Claro estaba, que no le contentaba liberarlo.

– No… No… –

Exclamó el individuo que ostentaba suma claridad.

– Darnoth. Solo tú puedes solucionar mi error –

Y el dracónico blanco negaba aún más.

– Pudiste haberte escapado por tus medios, como el otro lacayo –
– M… Mi hermano –
– No existe mejor adversario que un hermano –

Y recluyéndose en el fondo, el Ser negaba sin descanso. Sin embargo, las cadenas no lograban liberarle de la angustia y, tras tocarlas, el Gran Mariscal las convirtió en añicos.

– Tú serás mi Guardián –

A medida el hierro de los eslabones se convertía en polvo, el dracónico negaba ante el vislumbrante emperador que se aproximaba sobre él.

– Y serás el Guardián de las Penurias Sangrientas luego. Para ello, te concederé fuerza… –

Tras tocarle la frente, el dracónico se iluminó por completo y el temblor que le hacía negar la libertad se desvaneció por completo.

Ante el silencio en el Gran Torreón, Darnoth se encaminó hacia el laberinto, sin ataduras, y a poco las llamas se desvanecían ante la progresión de sus pasos.

– ¿Penurias Sangrientas? –

Clamó uno de los acólitos, mientras otro, a su lado, asentía.

El resto, contemplaba la retirada del dracónico claro desde las inmediaciones del torreón.

– ¿A caso has tenido algo que ver con esto Orich? –

Replicó una de las dos damas, ante la sorpresa de todos.

– Él requería un leve empujón para liberar este desorden. Algún día ese dreacónico logrará que no se repita una rebelión como esta en la prosperidad del Imperio –

– ¡Iluso! ¿Enviarías a los prisioneros a Penurias Sangrientas? ¿Qué será del Imperio sin el trabajo de la clase baja? –

Exclamó otro.
Y, suspirando, Orich, observó hacia las cavernas.

– Siempre podemos ostentar de los servicios de la raza superior. Los llamados Viriathros –
– ¿Planeas alejarlos de su próxima libertad? ¿o de su muerte? –

Añadió la otra dama, que girando los dedos en torno a sí conformó un panel místico. En el mismo, Orich alertó a Cluin dirigirse hacia el Puerto, a Fab muerto y, junto a este, Lena abrazaba a Romir, Rav’Thos sorprendido ante la presencia de dos Viriathros muertos vivientes.

– ¿Cómo ha podido suceder tanto en tan corto tiempo? –

Murmuró un acólito que se hallaba en silencio.

Y antes de oír la típica risilla, todos voltearon para contemplar la aparición ilusoria del Mariscal. Orich permanecía al frente, mientras rechinaba los dientes.

– Ju Ju Ju –

– ¿Cómo te sienta la soledad, Mariscal? –

Anunció la dama con el panel místico y, al acercarse al Emperador, logró divisar su ambición.

– Lena, la bella… –
– ¿Eh? Mi nombre no es Lena –
– Se lo dice a ella –

Señaló la otra acólito hacia el panel.

– Solicité que me dejaran ir, para detener al dracónico oscuro –

Orich permanecía rechinando sus dientes.

– Habría sido un caos, peor que el actual –

Respondió otro, de entre el grupo de acólitos.

– ¿En qué situación se hallan los monjes? –

Interrumpió Orich. La dama del panel expulso una carcajada y enloqueciendo, el hombre, se acercó y contempló al feroz Cráneo Negro que portaba una esfera resplandeciente. Monjes, sirvientas y espadachines dorados yacían desparramados por doquier.

– ¿También han liquidado a mis nodrizas? –

Clamó el Mariscal, eufórico.

– ¡Silencio! No tenemos tiempo para esto –

Gritó Orich, y la ilusión del Mariscal se desvaneció.

– Han sido las bestias –

Respondió la mujer del panel, al tiempo que otro acólito observaba fijamente a Orich.

– Debes calmarte, o el caos iniciará aquí –

Al instante, Orich le silenció alzando los dedos. Pero la macabra risa aún persistía.

– Ju Ju Ju –

– ¿Qué alternativas tenemos? Si no logramos liberar a los Viriathros de esto, será el fin. Asimismo, si no logramos vencer al Cráneo Negro… –

Orich miró a la dama, de pronto, y guardó silencio. La mujer del panel, más tarde, respondió:

– Aún queda un monje y una nodriza –
– ¿Quiénes? –

En el panel se lograba divisar a Dorothea y Joseph luchando contra los muertos vivientes.

– Esos dos… –

Ella asintió sonriente.

– Al menos se encuentran allí y protegiendo a los Viriathros –

Respondió otro acólito.

– En realidad son los protectores de Lena y Romir. Hace tiempo no reciben órdenes directas del Imperio –
– Quizás sea hora que lo hagas, Orich –

Y él observó pensativo.

Mientras en aquél sitio, el caos crecía con continuidad.
Dorothea y Joseph no eran suficientes para detener el contagio. La llegada de nuevos rebeldes solo fortalecía al ejército de Jasnoth a través de las mordidas.

Lena y Romir solo tenían ojos para ambos. Rultz y Erión eran testigos que se encontraban al borde del desastre. Los nobles se percibían entre miradas y, finalmente, abrazándose una al otro, Lena exclamó:

– Estamos en problemas Romir –
– Yo te protegeré amor mío –
– No. Nada de eso. Debemos irnos de aquí –
– ¿Abandonarlos en medio de la batalla? –
– Alguien debe prevenir a los nobles sobre nuestros planes –

Rav’Thos reflexionaba mientras presionaba la frente de Fab con la palma de su mano.
Sinuesa, por su parte, contemplaba las desesperadas batallas que rodeaban la caverna.

– ¿Q… Qué haremos Padre? –
– Deben marcharse –
– Pero usted… él ya… –
– Él se quedará conmigo –

Sinuesa alzó el ceño al notar tanta seguridad en las palabras de Rav’Thos.

– ¡Debemos movernos de aquí! –

Gritó Romir, a medida asistía a su compañera. Y, lanzando cortes por doquier, el mayordomo asentía.

– Rav’Thos… Ven con nosotros… –

Suplicó Lena. Sin embargo, el padre se quedó junto a su hijo. A pesar del terror que se avecinaba en el interior de la caverna, él no ostentaba mayor atención que hacia el cuerpo de Fab sobre la grava.

– ¡Vamos! Lo transportaremos –

Agregaba Rultz, con el poco orgullo que prevalecía en él tras conocer la muerte del Líder de los rebeldes en manos de Corey.

Rav’Thos siquiera desvió la mirada ante la resolución del hombre. Incluso Erión, poseyendo aún la artesanía del árbol de la vida de las Sierras de Feror, posó los dedos en un hombro del cadáver.
Una lágrima se arrastraba sobre el pómulo del Líder de los Viriathros. Los que, a pesar de todo, aún le seguían se amontonaban. Aguardaban por su decisión.
Sinuesa tambaleaba en miradas entre los suyos y Cent’Kas.

– ¡Usted forma parte de la Triple Alianza!!-

Exclamó Lena, con insistencia.

– Mi subsistencia solo atraerá mayor escándalo a este mundo –

Respondió, de pronto, el Líder de los Viriathros.

Y los caídos retornaban a la vida en cuestión de segundos.

– Mi Lady, no damos a basto y corremos el riesgo de… –

Replicaba Dorothea, la concubina, a medida que los cortes se oían en el interior de la caverna. Poco a poco, las víctimas acrecentaban.

– ¡RAV’THOS! –

Gritó Romir, ante el Líder de los Viriathros que yacía con los ojos cerrados. Parecía dispuesto a aceptar la muerte.
Romir y Lena se alejaban hacia la abertura en la caverna cuando, de pronto, Rultz gritó:

– ¿Dejará que el héroe se convierta en una de estas criaturas? –

Y, tan pronto concretó sus palabras, Rav’Thos abrió los ojos y advirtió la tristeza en Erión.
Los viriathros sobrevivientes permanecían junto al padre de la raza, como si su resolución fuese la última voluntad.
Sinuesa dudaba si quedarse o marcharse, hacía tiempo contemplaba con preocupación la batalla del Campeón Crepuscular.

– ¿Padre Rav’Thos? –

Murmuró uno de los Viriathros y, sin dar respuesta alguna asintió.

Rápidamente Rultz marchó hacia el fondo de la caverna y alzó el cuerpo de Fab desde los hombros. Asimismo, el Líder ser irguió y sus súbditos forcejearon para mantener al cadáver estable.

Dorothea y Joseph formaban un leve muro entre puñales y afilados abanicos, que permitían el pasaje de los inocentes.

– ¡A prisa! –

Exclamó Romir y cuarta parte de la audiencia que participara del concilio poseía, en aquél momento, iris amarillentos.

Sinuesa tomó a Erión, quién yacía mudo observando al frente. Tras tomarle de su mano, tironeó hacia fuera y éste, con lágrimas en los ojitos, se dejó llevar. No sin antes, ver una última vez la seguridad de sus amigos.

Finalmente, tras lograr alejar al cadáver del héroe, de la invasión de muertos que proliferaba en el interior de caverna, se reunieron para marchar hacia el puerto. Pero la amenaza del dracónico Jasnoth se encontraba frente a sus ojos.
Cent’Kas rivalizaba en el pasaje y, en cuanto la concubina y el mayordomo se retiraban para cubrir la retaguardia, un nuevo dilema se producía a espaldas del Demonio de Yahandá.

Ante la carcajada de Jasnoth, todos los muertos vivientes evolucionaron hasta obtener negruzcas armaduras de huesos y la puntiaguda extremidad en forma de sable.

– ¿Qué harás ahora Demonio de Yahandá? –

Ante la inseguridad latente, Cent’Kas murmuró:

– Retírense todos –
– Pero tú… –

Clamó Sinuesa, mientras el resto se preocupaba ante la degradante situación que les asolaba.

– Yo soy el Demonio de Yahandá. Estaré bien –

Y así… todos se marcharon hacia el Oeste. No podían dejar de regresar las miradas ante la situación en la que abandonaban a la personificación de su esperanza.

¿Qué sucederá ahora que el Campeón Crepuscular no podrá protegerles? ¿Logrará sobrevivir al terror de Jasnoth?