Capítulo 16 – Ante el inmutable pánico de los Vivos

por | Jun 28, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Así la esperanza de vivir se cerniera de la guerra, la muerte estaba presente…”

Ante el inmutable pánico de los Vivos

Descontrol ante el dichoso Jasnoth

El amanecer comenzaba a constatarse tras la noche de concluidos presagios.
No solo estaba el Cráneo Negro en la invasión, los prisioneros yacían libres para defender al Imperio. Fab había sacrificado su vida para salvar al resto. Romir y Lena estaban reunidos e iniciaban las tratativas con el Campeón Crepuscular. Y Erion, finalmente, a pesar de perder la voz había descubierto que Corey podía controlar a las bestias del Pantano de Suglia.

Asimismo, la confianza del Mariscal hizo que cometiese un error y los muertos le aprisionaron. Jasnoth no solo parecía fortalecerse, sino que se encontraba próximo a liberarse.

Por otra parte, el cadáver viviente del mensajero evolucionaba mientras marchaba hacia el Norte. Y, en el camino, había contagiado la muerte a un grupo de Nobles.

– Has silencio –

Exclamaba Roños en el callejón sin salida.

– Pero… me… me ha visto –

Y tan pronto le empujaba contra la pared de un hogar, sintieron el paso de numerosas criaturas. El mensajero había conformado un ejército de victimas y todas prosiguieron la marcha hacia el Norte.
Jasnoth acrecentaba la longitud de su cabello y la fuerza de la melena era tal que la puerta de la prisión comenzó a ceder.
Se oía el sonido del hierro fundirse ante la hostigante presión. Y las propias cadenas que recluían su cuerpo se deterioraban súbitamente. Finalmente logró liberarse y, sin más, pateó las barras de hierro para escapar de su jaula.

Los muertos que capturaban al mariscal habían conformado una especie de cárcel de huesos y, finalmente, Jasnoth se marchó. Lo último que hizo fue ver de reojo, con una sonrisa, a su hermano.

Tan pronto advirtió la luz solar fuera del Gran Torreón, un grito repercutió desde el fondo del laberinto.

En cuestión de segundos, un aura fulgurante arrasó con todo y convirtió, mágicamente, los huesos en agua.
De pronto, pisoteó un par de ojos amarillentos y se volteó para advertir al inconsciente dracónico claro.
El Mariscal estaba furioso.

– ¿Osas huir de mi…? –

En un abrir y cerrar de ojos un aluvión de viento produjo que transitara hacia la abertura del edificio. Una vez allí, seis acólitos se presentaron en el ingreso.
Portaban extensas y doradas túnicas, sus cabellos resplandecían como sus ropajes.

– Debes permanecer dentro –

Exclamó uno.

– Debo ir por él –

Los acólitos negaban con la cabeza.
Cuatro eran hombres, mientras que dos eran mujeres. Dirigían las miradas al Mariscal y las cejas se les hundían con molestia.

– ¿Quién es más importante que usted? –

– El dracónico… –

– Pues envía al otro en su captura –

El Mariscal rechinaba los dientes, y así buscara atravesar la abertura una mística aura lo obligaba a ceder los pasos hacia atrás.

– Ustedes… ¡No pueden encerrarme aquí! Yo soy… –
– Lo mismo has dicho durante décadas –
– Un día… Un día yo… –
– También has dicho tales amenazas, sin sentido –
– Olvidas tu lugar en el Imperio. Y también… el nuestro –
– Nosotros somos también esclavos del Torreón. Convivimos… para observarte. –
– Estoy encerrado –
– ¿Qué crees acaso que sucedería, si te presentas allí fuera? –
– Sería un caos. El Imperio gobierna a través de ti. Alégrate que al menos tienes decisión espiritual –

Y antes de dar rienda a la conversación, una puerta clausuró el ingreso al Torreón. El Mariscal yacía entre la penumbra.
Así, los acólitos se marcharon conversando.

– Sus intenciones están creciendo. ¿Cuánto crees que logremos retenerlo allí? –
– El desorden y las invasiones provocarían una ruptura en su consciencia. Requerimos que el orden de la estirpe sea avasallador –
– ¿Por qué no proseguimos con la canonización del Oeste? –
– Existe un riesgo… –
– Es verdad. Conoceríamos más y nos daríamos a conocer –
– Debemos seguir congregando las razas al Imperio –

Finalmente, todos y cada uno, regresaron la vista hacia el Norte.
La noche no era suficiente para oscurecer el fulgor de las llamaradas y la presencia hostil que se avecinaba desde las lejanías.
Los gritos del combate proliferaban hacia el horizonte más tenebroso del Imperio.

Ralonte manoteó el hombro de Roños. Quién buscaba calmar el temor de uno de sus camaradas.

– No estaremos a salvo aquí –
– Lo sé. Pero hasta tanto esas criaturas se retiren, debemos resistir –
– Y… ¿Qué hariamos luego? –

Exclamó el tembloroso rebelde.

En medio de los disturbios que repercutían en el ambiente el Líder, elegido por las masas de esclavos, reflexionaba.
Terroríficos gritos azotaban alrededor del callejón.

– Debemos ir hacia las cavernas. Una vez liberemos a todos, iremos hacia el Puerto. –

Ralonte asentía, mientras el miedo se apropiaba del rostro de los presentes.

– Solo espero que Fab y el resto se encuentren con vida. Síganme y no miren hacia atrás –

Al unísono asentía el grupo de rebeldes. Recordando el discurso de Fab, que refería al sacrificio de un Líder, el muchacho de cabellera rojiza salió para enfrentar lo que se hallara a metros de ellos.

El hogar de los nobles se encontraba desierto. La puerta yacía entreabierta ante el empuje de las brisas. Rastros de sangre y trozos de prendas alborotaban delante de la vista. Todo ser viviente se había esfumando por completo de la perspectiva tal.

Y, a fin de cuentas, la banda reducida de rebeldes se encaminó hacia las cavernas. Intentaban esquivar la zona de batalla y las monstruosidades que acechaban desde la distancia.

Pero la batalla estaba más cerca de lo que imaginaban.
Jiont junto a Cluín, el viriathro, habían superado la brecha de la muralla. Ningún Ser con vida se hallaba en el camino.

– ¿Estás seguro de esto? –

Clamó el asustadizo Cluín.

– ¿Tienes un plan mejor? Soy todo oídos. –
– Si las bestias no están aquí, puede que hayan destruido el puerto ya –

Ambos asintieron cruzando miradas y siguieron el trayecto hacia el Oeste.
Asimismo, se avecinaban los rebeldes liderados por Rebok y, de repente, el longevo guerrero detuvo su recorrido al pesar una mano sobre su hombro.
Todos se detuvieron y le observaban como si el hombre fuese el propio Rey de los rebeldes.
El longevo señaló al Sur y resplandecientes esferas se aproximaban.
Estaban tan distantes que no lograban comprender de que se trataban.

La refulgencia provenía de los ojos de los muertos vivientes que caminaban desde la plaza Noble.

– Esos son… –

Exclamó uno de los esclavos con la voz quebradiza.

– Se ven demasiado pálidos –

Añadió el longevo. Y Rebok, empuñando el sable de bronce, asentía.

– ¿Qué haremos Líder? –
– ¿Son, acaso las bestias, muertos vivientes?

Ante el silencio de respuestas, y viendo como se aproximaban Rebok sonrió.

– ¿Ustedes ven al Imperio presente? –

Todos negaron, sin necesidad, buscando enmudecer la voz para no atraer a la docena de cadáveres que avanzaba.

– Vamos al Puerto entonces. Y larguémonos de este patético Imperio –

– ¡¡¡ Siii !! –

Gritó uno, sin más. Y, demasiado tarde, saltaron sobre él para silenciarlo.
En cuanto los nobles desviaron la mirada, todos los hombres se encontraban sobre la superficie. Rogaban no ser advertidos.

– ¿Por qué brillan sus ojos? –

Preguntaba Rebok y el longevo guerrero negaba confundido.

– Si se acercan… Córtenle los tendones en ofrenda –

Quién había gritado negaba, atrapado por un numeroso grupo, mientras otro le enseñaba el filo oxidado de un sable de bronce delante de los ojos.
Ante el suplicio, e incapaz de responder, sintió como otro le susurraba. Mientras alguno más le arremangaba el pantalón.

– Sshhhh –
– S… Sue… Suéltame –

Sorpresivamente, las criaturas siguieron la marcha hacia el hueco de la muralla. Rebok hizo señal para retirarse hacia el Oeste.

A medida abandonaban el puesto que debían defender, los cadáveres traspasaban la muralla y se dirigían hacia el Pantano de Suglia.
Cuando se proponía superarlo, el mensajero, quién contagió al resto, viró la mirada al Oeste.

– ¡ven aquí granuja! Entre muchos te atreves a amenazarme de muerte. A ver si lo haces tú solito –

Gritó el mismo desgraciado que se había salvado por poco.

Rebok solo tuvo que mirar al longevo, quién avanzó hacia el insensato que aún yacía con los pantalones arremangados.

– ¿Crees que le tendré miedo a tu abuelo? ¡Líder de pacotilla! –

Con furia azotó de un corte al guerrero y, con una flexibilidad sorprendente, el longevo se arrojó de rodillas al suelo. Tras esquivar la hoja y superar al impostor, desenvainó su sable y lo deslizó detrás de las piernas desnudas del hombre.
La sangre manó por doquier, al tiempo que el culpable perdía el equilibrio.
El longevo guerrero se alzó como pudo y Rebok invitaba a todos a correr.

– ¡¡¡GAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHH!!! –

Gritó, sin más, el hombre a medida que sus piernas se doblegaban y se derrumbaba.
Antes de poder sospecharlo, el mensajero corrió ágil hacia su cuello y lo masticó.
Al instante, los cadáveres nobles le siguieron y olvidaron el trayecto.

El longevo avanzaba sin voltearse y, como podían, escapaban. Pero no sería suficiente.

Al ser mordido por una docena de muertos vivientes, los iris del impostor se tornaron brillantes y lo primero que hizo fue señalar hacia el Oeste.
El mensajero señaló también y unos 6 cadáveres se marcharon hacia dicha dirección. El resto, junto al mensajero regresaron a su misión.

Seis nobles y un destartalado cadáver, con las piernas destrozadas, avanzaban por el trayecto hacia el Puerto.

En dirección a las cavernas, el asustadizo rebelde quedó paralizado de miedo al oír el grito lejano.

– ¡Vamos! Ya queda poco –

Exclamaba Roños, mientras Ralonte pedía al resto seguir camino.

– T… Tu no lo entiendes. Esos ojos ya están en mi interior. Los veo sin verlos. Así cierre mis ojos, allí están, por todas partes –
– Pero has oído ese grito. Eso significa que están muy lejos –
– Lo sé… LO SÉ… Pero… Si.. siento algo más. E.. es inexplicable… –
– Escúchame. En cuanto nos reunamos todos, tomaremos alguno de los buques con los que nos han transportado y estaremos a salvo –

– Abandóneme por favor –
– Podemos hacerlo. Confía en mí –
– N… No… ¡NO! M… M… Mi espalda… –

Roños buscaba demostrarle que no era más que su imaginación. Pero en cuanto alzó su camisola, advirtió una formación peluda que giraba en torno a su columna vertebral.

– ¡¡¡AGKKKK!!! –

– ¿Qué rayos? –

Ralonte y el resto se voltearon, al tiempo que el rebelde suplicaba morir. Su espalda parecía engullir una enorme cantidad de cabello negro.
Advirtiendo el avance sombrío del mismo, Roños pisoteó el trayecto negro y las fauces que se conformaban en la espalda del hombre dibujaron una siniestra sonrisa. Clamando con voz ronca, las fauces murmuraron:

– Es muy tarde –

¿Qué se avecinará ahora para Roños y los rebeldes?
Los muertos vivientes de Jasnoth avanzan por todos los senderos del Imperio. ¿Será este el principio del final?