“…La contienda final, era el inicio de una era…”

Por una Nueva Era.

 

La situación en el Reino Azgal se encontraba en su mayor cenit. Ante la huida de la criatura, el héroe pretendía finalizar su venganza. Pero el monje se interpuso ante su decisión.


Finalmente ante una maniobra desesperada Ed y sus guardias plantaron cara al monje de Ritian. Tras formalizar una barrera humana, Dan los devastó en cuestión de segundos con su temible técnica.

Ante el último conflicto entre el General y el monje, se libró una explosión luminiscente que separó a ambos ante sus cruentos destinos.

Los aldeanos asistían a los reclutas malheridos y se sorprendieron ante la última voluntad de Nube. Quién se había dirigido a la polvareda con intenciones de suspender las diferencias.
Leves sismos aprisionaban la arena, mientras cada agitado impacto se conocía en la distancia.
Se trataba de la bestia, que despavorida escapaba de Azgal.
Entre murales de roca tallada, el muchacho recorría ante los vastos horizontes del desierto.

Un feroz rugido resonó desde lejanías indescriptibles.

Dan se hallaba recostado en la arena, la brisa soplaba su cabellera. Ante el sonido de los cascabeles, que portaba al cuello, se irguió advirtiendo a Ed sobre el suelo y delante a una mujer. El colgante en su cuello resplandecía de forma notoria.
Los aldeanos especulaban lo peor. Nube había intervenido en la batalla.

– Os lo suplico monje de Ritian. Detén esta violencia –

Dan se levantó ante miradas desconcertantes. Ed blandía sus sables y a medida se alzaba, las placas de su armadura resonaban. El suspiro del viento, ante el próximo atardecer se volvía insistente y una nubosidad parecía acechar desde el Sur.
El monje modificó su posición de ataque. Esta vez una rodilla se desplazaba de lado sobre la otra y sus manos se separaban a pocos centímetros de su rostro formando una diagonal. Su melena se desplegaba por el aire, mientras su cuerpo se estabilizaba ante las corrientes.

– Hemos sufrido demasiado. La muerte se cierne a nuestro alrededor desde tempranas edades. Ayúdanos con tu fe, monje –

Proseguía el discurso la dama ante aquél hombre. Pero al abrir sus ojos destellantes resplandores se presenciaron. Los aldeanos retrocedían asustados ante lo desconocido. Los guardias, que solo habrían sido golpeados, ilesos, retomaban el aliento para asistir a su General.

– N… Nube.. –

Exclamó Ed repentinamente.

– Retírense General. Debemos hallar una manera pacífica de contener esta lucha –
– Usted es nuestra futura Reina. Es impensado largarme a costa de su fragilidad, mi Lady –

Desde metros, Rod se arrastraba, cuando su rostro yacía envuelto en vendajes de cuero.

– ¡Mi Lady! Ese hombre ha perdido la Fe. Debe dejarlo en su insano juicio –

– Rod… –

Se volteó Ed, confundido. Los aldeanos obligaban al hombre a descansar, quién se resistía a perderse los eventos.

– M.. Mi Reina.. Debes permitirnos –

La dama negó y optó avanzar unos pasos, obligando a los guardias mantenerse en su sitio.

A lo lejos, la bestia se detenía delante de Azgal y merodeaba a paso lento. Cuando de pronto el sol se hundía al horizonte y sin armas, el muchacho advirtió dos líneas moradas. Una residía en el animal, mientras que la otra de enorme grosor se dirigía al Valle.

– He venido buscando la venganza y he olvidado mi principal objetivo –

Murmuró de repente y, sin dudarlo más, regresó los pasos. Pero un destronante rugido se emitió a su espalda. Antes de darse por aludido, el felino se abalanzó detrás de Azgal y le atacó.

– GNN… –

Tras un feroz zarpazo el héroe fue disparado contra un mural de roca. Y luego de unos segundos se encontraba sentado ante los gigantescos y amarillentos iris del felino. Suspiraba continuamente y con sus manos buscaba atrapar la línea imaginaria, la que le guiaba al Reino Azgal.

– Lo sé anciano… Cegado por la venganza he pasado por alto a mis propios amigos –

Sonreía dolorido el muchacho. Tres cortes separaban el cuero que vestía, que aunque resintiesen el afilado impacto habían conseguido rasgar su piel. La sangre se arrastraba con lentitud y por momentos se desvanecía, cayendo rendido al destino.

El animal relamía su dentadura, mientras aguardaba al acecho.

Retornando al valle, los guardias no podían concebir que Lady Nube marchara al frente, ante el desconocido monje. Y las palabras de Ed les dieron, la suficiente confianza para resguardarla.

– El difunto Rey nos unificó a todos para enfrentar nuestro miedo. Mientras que Azgal nos apoyó para vivir en los peores momentos. Debemos marchar contra la amenaza. ¡Debemos proteger el legado de nuestros Héroes! –

– ¡A la carga! –
– ¡No! Protejan a Nube con sus vidas. Es mi turno –

Aunque la dama imploraba le siguieran la corriente, los espadachines la rodearon con sus cuerpos y Ed marchó al frente, hasta presenciar cara a cara al misterioso monje.

– No permitiré que esta gente muera por un ideal erróneo que se cierne en tus ojos –
– Te equivocas… –
– Me he cansado de oír esas respuestas sin sentido. ¡En guardia! –
– No te contengas, General –

Fuera de sí Eddy avanzó y la nostalgia se apoderaba de él.

Cuando decidió darse por vencido a la entrada de las Estepas Ardientes, ante el descanso y Tobías tras asistirle persistió en confiar en el niño Azgal.
Cuando se vio a punto de morir delante de Lon, pero el salvador Azgal llegó portando su jabalina y le salvó.
Cuando los cuatro tomaron el pasaje, que les llevaría a conocer a su enemigo, él intentó proteger al joven Héroe del disgusto de Valros.

– Tobías y Valros se sacrificaron por nuestro bien. ¡Es mi turno de proteger a Azgal ante el ocaso! –

– ¿Ocaso? –
Exclamó Nube y notó el anaranjado cielo ocultarse en la distancia, ante la nubosidad latente.

Ante un trágico y posible final, Azgal espabiló viendo hacia el valle.
Veía a Ed enfrentar al monje, mientras el sol sucumbía.

– ¡NOOOOOOOO! –

De pronto encerró sus nudillos y se giró ante la bestia que le embestía, proponiéndose engullirlo.
Rápidamente el muchacho se puso de pie y el animal se volteó hacia él rugiendo.

– ¡No lo hagas Eddy! –

Tardíamente alertó al animal saltar sobre éste y una figura de polvo se formalizaba ante los tristes ojos de Nube.

– Azgal… ¡Azgal está en peligro! –

Los aldeanos tomaban sus cabezas sin vacilar. Estaban perdidos.

– El.. Ocaso… –
Murmuró un guardia.

– ¡Todo es por tu culpa, monje! –

Replicó Ed y se lanzó a la carga, empuñando ambos sables.
Repentinamente los cortes se dirigían hacia Dan, quien utilizando los puños golpea cada filo hasta desarmarlo.
En un intento de atraparle, el General busca ahorcarlo con sus manos. Pero de repente un rodillazo le quita el aliento y se desmorona sobre la arena.

Los reclutas y aldeanos se preocupaban por aquél hombre y Nube forcejeaba para liberarse del encierro de los espadachines.
Tras una nueva patada, el monje buscaba pisotearlo y Ed giró sobre la superficie evitando el ataque.

Ante el desvanecimiento de la luz solar, Azgal se encontraba en una posición similar a la de su amigo. Pero las colisiones eran por parte de las enormes garras del animal.
Con el escaso resplandor de la línea morada, alcanzó a comprender el sufrimiento de Ed. De pronto, deteniendo una de las zarpas con sus manos presenció el brillo de una jabalina a pocos metros.
Se trataba de la alabarda, que había sido utilizada para señalar la tumba de Tobías.

Sin pensarlo demasiado, se arrastró en busca del arma y el felino avanzó su mandíbula para engullir al muchacho. El peligro era inminente y ante los rugidos latentes, consiguió patear para estimular su alcance hacia la lanza.

– L.. Lo siento Tobías –

Murmuró manoteando la jabalina, que ahora se notaba mas corta ante el tamaño de sus manos.

En la distancia pudo presenciar los certeros golpes de Dan contra la suerte de su amigo. Uno a otro los feroces puñetazos y patadas le dejaron de rodillas. Los aldeanos y Nube gritaban al unísono, al tiempo que los reclutas bajaban la mirada cono honor a la valentía del General.

– ¡Detente! –

Exclamaba Nube, sin consuelo alguno.

Advirtiendo todos aquellos sucesos, ante el último resplandor solar, la línea morada se desvanecía. Mientras que el felino avanzó, decidido, a enfrentar a Azgal.

– ¡NOOOOOOOO! –

Sin mesura el muchacho gritó y alertó la atención de los habitantes en el valle. Con todas sus fuerzas se despojó de la alabarda tras enviarla al frente. La bestia dirigía sus zarpas al frente, cuando un monstruoso y luminoso impacto perforó su cuello. Mas tarde, el mismo filo, traspasaba su cuerpo sobresaliendo detrás de su garra izquierda. Sucumbiendo delante del Héroe, la fiera le bañó con su sangre al tiempo que sus iris yacían perplejos ante el terrible ataque.

La lanza prosiguió su curso, mientras que su color se tornaba bermellón y emprendía un ágil viaje hacia el valle.

Desligando sus manos y gritando a los cielos, Azgal sentía el dolor de haber abandonado a la suerte al último amigo que le quedaba.

– ¡EDDDD!! –

De pronto un zumbido se oyó en las inmediaciones del valle, donde los aldeanos asistían a los heridos y Dan estaba a punto de ofrecer su golpe de gracia al derrotado General.
Sin esperanza el General aguardaba la resolución, cuando el repentino sonido se incorporaba entre sus oídos. La lanza pasaba a su lado y se dirigía en camino hacia el oponente.

Dan la había alertado ante el desvanecimiento solar y se proponía detenerla con las palmas de sus manos. Pero su confianza tardíamente le generó inseguridad. Sus puños aplicaron veloces golpes en aquella jabalina, que jamás perdía su osadía. Ante lo imprevisto, optó por saltar a sus espaldas para evadir el impacto y un mísero corte marcó su pómulo.

Tras incorporarse y sentir cómo el soplar de la brisa calmaba el movimiento en su melena, constató la lanza perforando un muro. De igual manera que en el pasado, cuando el niño Azgal sustraía una lanza de la piedra. Solo que en esta ocasión, y al igual que su cuerpo, se encontraba bañada en sangre.

Ni siquiera alcanzó a voltearse, cuando Dan pretendía propiciar una patada al frente. Sus perlas de onix tintineaban y un veloz movimiento le detuvo, siendo incapaz de concretar el ataque. 
El monje presenció como la sangre manaba por doquier. Frente a sus ojos, a una desconocida velocidad, había llegado Azgal.

– Solo los héroes pueden realizar tan formidables movimientos –

Alcanzó a murmurar un anciano, mientras Ed sucumbía ante el cansancio.

Retomando la postura, el monje posó sus pies en la superficie y propició un fulminante puñetazo, de aquellos que anteriormente tronaban al impactar con el cuerpo, pero Azgal lo detuvo con su brazalete de hierro.
De pronto una densa lluvia se soltó de entre las oscuras nubes que se plegaban en el cielo; quizás buscando calmar las agresiones, o tan solo limpiar todo el dolor perpetuado por la naturaleza.

– ¡GAHHH!! –

Exclamó el muchacho sin contener la ira, que se apropiaba de su ser, y aprisionando al monje entres sus manos le obligó a caer.
Ambos giraron, uno sobre otro, ante la húmeda arena. Mientras los feroces puñetazos aún resonaban contra su cuerpo.

Ante el silencio de todos, la lluvia producía un sonido incesante con su llegada y los destellos de los relámpagos enseñaban a Azgal como una indomable abominación. La que intentaba detener las colisiones de los choques en su piel, mientras Dan con sus certeros movimientos formalizaba un mural de tacto. Un mural que no solo bloqueaba los ataques, sino que los respondía con agresión.

Azgal no sentía dolor alguno, a pesar que aquellos golpes asimilaban a los truenos en las alturas.

Finalmente empuñando una mano con otra cargó con un golpe en dirección al tórax del monje, como si el peso de sus brazaletes soltaran un yunque de hierro macizo.

– ¡AGHHH! –

Gritó el monje ante el impacto y al abrir sus ojos, éstos destellaron incomprensibles resplandores ante la noche. Un múltiple puñetazo lanzó a Azgal por los aires.
Mas tarde Dan se incorporaba, al tiempo que los rastros de sangre delineaban entre sus labios.

Uno a otro, los rayos producían un parpadeo de luz y, ante los movimientos de los duelistas, el resto de las personas percibían como producían brisa a través de la tensión de sus golpes.

Cuando no quedaba mas que desazonadas respiraciones, ambos se batieron enfrentados mientras sus manos forcejeaban al mismo tiempo. Cada luminiscente resplandor hacia brillar el collar de onix y las pulseras de hierro.

Tardíamente los aldeanos notaron que el colgante de Nube también relucía con audacia, e inspirados por su esperanza obligaron a los reclutas a liberarla.

– Nube.. Solo tú puedes detenerles –
– Sálvalos del infortunio –
– Detén las hostilidades –
– Deseamos encontrar la paz –

La dama asintió ante la penumbra y se dirigió al frente, donde los tenaces guerreros luchaban por conocer sus límites.

– Deténganse ambos –

Suplicó, pero ellos no cedían sus fuerzas. A poco asimilaban a una estatua de mareas rivales.

Un atormentador rugido resonó en la distancia y los aldeanos se detuvieron, como si con ello pudiesen ocultarse por medio del silencio.

Repentinamente Azgal reforzó su movimiento y se liberó del agarre de Dan, para solo observar la lejana figura ante el desencadenante temporal.
El monje procuraba contra atacar, cuando de pronto Nube abrazó su puños con sus finas manos. Al voltear su rostro, hacia ella, advirtió el colgante en su pálido cuello y se derrumbó de rodillas.
Confundida ella intentó asistirlo pensando que se desmayaba, pero tardíamente comprendió que le envolvía una fuerza irrefrenable.

Dan se arrodilló ante ella y los destellos en sus ojos se desvanecieron al instante.

– Relthas está llegando –

Murmuró Azgal, el Anfitrión de las Arenas, quién se encontraba de pie observando con desdén a la monstruosa figura en el horizonte.

 

…Continuara…