“…Somos lo que somos, dispuestos a todo, así sea por un segundo mas de aliento para los que queremos…”

Por el Mañana y por los que Queden

El final se acercaba a degustar el calor de las vidas aventureras…
Ante el lento transcurso de la flota, centenares de muertos vivientes escalaban la proa y otros tantos avanzaban desde las profundidades. Los cañones estallaban de forma incesante mientras alguno de sus disparos se sumergía provocando el levitar del agua espumante, otros se dirigían al frente, hacia lo desconocido.
Hacia aquél sitio que hubiera visto Kokú, y que había modificado la personalidad de Shal’Kas.

El barco había virado a estribor, y de esta manera las defensas de fuego apuntaban al obstáculo que se les aproximaba. A penas las velas se movilizaban, la brisa se había desvanecido.

Los niños luchaban, y al notar que las figuras demacradas no reaccionaban las empujaban de regreso al mismísimo mar. Pero tardíamente notaban como la cubierta descendía hacia la popa. Shal sonreía mientras arrojaba un puñal y más tarde lo recuperaba. Su extraña movilidad entorpecía toda lógica del tiempo.
En uno de sus tantos ataques sintió el declive del barco y, al voltear la mirada hacia los aposentos, contempló a la Princesa de Brind, quién yacía escondida, con su húmedo quipao que asimilaba a su propia y pálida piel. La mirada de sus ojos se cernía frente a la visual del pirata y a poco la sonrisa del muchacho desaparecía.

– L… Lo Sabía… –

Exclamaba él y, como si regresase a la normalidad, pretendía descender hacia la alcoba. Pero los gritos comenzaron a devastar el fúnebre silencio.

Erión llegó, tras subir las escaleras, y sin ver a los lados comenzó a depositar objetos sobre la abertura que llevaba hacia las mazmorras. Primero una rudimentaria alfombra, más tarde una frazada y, al voltear la mirada, vio a Azul sobre el lecho. Rápidamente intentó empujarla de su sitio, pero el temor se apoderaba de ella y, seguido de los gritos del anciano, acabó ignorando las consecuencias en el pasadizo. La incertidumbre ganaba connotación.

El hombre vio a Shal’Kas, ya no se trataba de aquél siniestro pirata, siquiera su cinto resplandecía. Mientras que a su espalda se oían los arpones y espadones sucumbir contra la cubierta.

– ¿Q… Qué es lo que está sucediendo? –

Shal’Kas ingresó donde aguardaba Azul, y ella parecía haber quedado con la mirada espeluznante hacia el frente.

El terror se dispersaba por sobre el buque, los muertos vivientes atrapaban a los jóvenes y los arrojaban hacia el mar, dónde eran tragados por innumerables manos. Unos a otros caían, gritando atemorizados, mientras los cañones parecían haber cesado. Las figuras espectrales, finalmente, avanzaban hacia el timón.

Alguno de los jóvenes, atemorizado, escalaba los mástiles, mientras otros apenas llegaban a tocarlos y rasguñaban la madera con sus uñas. Las esqueléticas extremidades tironeaban desde sus piernas y les soltaban fuera de la cubierta.

– ¡Héroe, sálvanos! –

Gritaba Kokú, entre lamentos.

Pero Shal’Kas parecía haber regresado al de antes y, tan pronto como notaba el agua abrirse paso por sobre la alfombra, corrió a tapar la abertura. Temía que el barco se estuviera hundiendo por la popa.

– ¿Q… Qué es lo que haces ahora, hijo de Cent’Kas? –

Azul comenzó a lagrimear ante el desalentador destino, y al divisar a Shal que cubría la fosa de escalones le empujó fuera y gimió:

– ¡Paadre! ¡Paadreee No! –

Erión descendió la mirada y con sus manos tomó a la joven de los hombres, buscando deponer su osadía.

– Lo siento joven… –
– ¡NOOOO!!! –

Shal’Kas yacía sentado, tras el empuje de la doncella. Y de pronto, como si se tratara de un himno, oía el nombre del Príncipe de la Muerte en forma de eco.

– Jasnoth, Jasnoth, Jasnoth –

– ¡HÉROE! –

Gritaba Kokú desde el mástil central, y otros niños no alcanzaban a escalar tan alto como él.
Y en el área de cañones tres jóvenes se abrazaban atemorizados, mientras los demacrados espectros les rodeaban.

– ¡Hijo de Cent’Kas! Haz algo –
– ¿Algo? ¿Con qué? –
– Por los Dioses…. –

Erión abrazaba a Azul, quién sollozaba sin consuelo mientras veía el agua sobresalir a través de la alfombra, y de pronto alertó bajo el lecho un enorme baúl de hierro.

– ¡Héroeee! –

Gritaba el niño con mayor amplitud, y los muertos empezaban a escalar los mástiles mientras perforaban sus uñas.

– Estamos perdidos Kokú, Shal’Kas nos ha abandonado –

Replicó otro de los jóvenes que pateaba a uno de los siniestros seres, desde las alturas.

El nombre resonó en los aposentos y el muchacho desvío la mirada hacia fuera. A poco los esbirros de Jasnoth ingresaban al dormitorio, mientras otros masticaban el timón.
El galeón se inclinaba con mayor presión y los espectros resbalaban hacia los aposentos.

– Mal… Maldita sea… Si Romir estuviese aquí podría ayudarnos –

Murmuraba a regañadientes Erión y de pronto Azul frotó su rostro con sus manos. Tras recomponerse se puso de pie, ante la mirada perdida del anciano.

– ¿Qué haces chiquilla? –
– Lucharé –

A tiempo el hombre le tomó del brazo y ella forcejeaba.

– Espera, mira –

Ella le siguió la mirada bajo el lecho y sus ojos se asombraron.

– ¿Qué es ese baúl? –
– No lo sé. Pero si puedes ayudarme taparemos la abertura –

Ella asintió y ambos comenzaron a empujarlo hacia fuera.

Shal’Kas espabilaba al ver a los muertos vivientes y de pronto estos enloquecían. El cinto de diborrenio relucía con notoriedad. Con pasos más ágiles, se arrastraban en busca del Capitán y un crujido resonó al desenvainar los puñales.

– Yo soy… El Pirata de las… –

Murmuraba el muchacho y, en un ascenso desde la popa, cuando el barco se hundía lentamente cortó el paso de varias figuras esqueléticas que amenazaban con ingresar a los aposentos.

Kokú contenía sus ojos cerrados ante la expectativa, cuando uno de los jóvenes le llamó repentinamente.

– ¡Kokú! ¡Mira, es nuestro héroe! –

Tras abrir los ojos, alertó el cinturón resplandeciente. Y tan pronto como lo hacía, el temor se desvaneció. Como la neblina se había esparcido antes, de forma mágica.

– ¡A la carga! –

Gritó uno de ellos con soltura.

Rápidamente regresaron a cubierta y, a puñetazos, empujaron a los flácidos cuerpos.

– ¡Luchen todos! ¡Por la libertad! –

Tras saltar de espaldas, Shal pateó a uno de los esbirros y forzó el timón hacia babor. Luego asestó ambos puñales en la frente de dos enemigos.

Los jóvenes avanzaban mientras esquivaban los arañazos y saltaban a la intemperie. Tras el peligroso recorrido de avanzadilla, tomaron los arpones y espadones abandonados. Sumidos en una extraña confianza se separaron para abarcar mayor espacio.

– ¡Luchen Piratas de las Penurias Sangrientas! –

Exclamó Shal’Kas fuera de sí, y sus palabras de pronto llegaron a oídos de los jóvenes que aguardaban en el área de las armas de fuego.
Mientras uno se sacrificaba, el resto regresaba a cubierta para observar el brillo de diborrenio, que tanto les encandilaba.
Al regreso, el miedo se desvanecía y una fuerza de voluntad extrema les ayudaba a combatir sus miedos.
Las mechas comenzaban a encenderse y los cañones a reventar disparos contra las enormes bodegas que flotaban sobre la marea.
Los sonidos de la batalla no demoraban en llegar a oídos de Erión, quién empujaba el baúl junto a la Princesa de Brind.

– Tironear de esto, ¡es más duro que empujar una roca! –
– ¿Qué es lo que hay aquí dentro? –

Replicaba ella, confundida.

Finalmente el largo baúl, había ayudado a tapar momentáneamente la abertura, pero el agua aún discurría por ciertos huecos.

– A la larga tendremos que abandonar el barco –
– Jamás –

Gritó Shal’Kas desde el fondo, a medida luchaba contra los agresores.

– Tenemos más barcos en el Puerto de Lind –
– ¿Lind? –

Ella asentía ante el asombro del anciano, pero el muchacho no demoró en responder.

– ¡Este es mi barco! –
– Este es… un barco de Lind –

Respondió ella y tomando un arpón ingresó al campo de batalla. Los jóvenes la miraban con recelo y reunidos en torno a los aposentos bloqueaban el paso de los muertos vivientes.
Mientras el Capitán trepaba los mástiles y arrojaba sus puñales, se lanzaba de frente y producía letales cortes a los esbirros. El descanso no era una opción.

Desde la distancia, a las alturas de la torre del archipiélago, un Ser observaba la cruda imagen de la desolación.

Sobre el cráter formado por una explosión se contemplaba una inmensa montaña de cadáveres móviles. Unos sobre otros trepaban sin término.

Y en las orillas, aguardaba el precursor de las hordas, quién con su extensa melena, la que llegaba hasta el agua misma, observaba hacia la neblina.

– ¿El Guardián ha caído? –

Exclamó una voz, y el individuo, expectante del acontecer distante, negó con la cabeza.

– ¿No crees que hubiera limpiado todo ya, de estar con vida? –

Añadió otra voz.

– El no ha muerto. Solo requiere una intención –
– ¿Intención? ¿De qué hablas Raudo…? –
– Silencio. No oses nombrarle –
– ¿Por qué no? Si solo es un cobarde más, del Cráneo Negro –
– Es más que eso… –

La brisa resoplaba sobre su fina melena y ante el trasluz del sol se advertía una delgada mascarilla de seda, bajo sus ojos.

– Yo seré la intención que despierte al guardián. Es tiempo de ocupar el sitio –
– Pero tu… hijo… –

El individuo simplemente le observó de reojo, bajo el fulgor de luz solar y más tarde se arrojó hacia la cuenca de agua potable.
Jasnoth sonreía viendo hacia el Mar Fantasmal, y tan pronto avanzó sobre el océano, se sumergió hasta perder totalmente su esencia. Y así fue como un rastro negruzco, sin burbujas, se trasladaba hacia el buque a una velocidad indescriptible.

Mientras que la montaña de cadáveres comenzó a incinerarse.

Desde la torre los individuos restantes se presentaban como figuras sombrías, mientras uno caía a toda velocidad delante de la escalera caracol. Buscaba quebrantar la Ley Fundamental.

– ¿Por qué él se ha adelantado? –
– Porque el Raudo detesta esperar, y estos duelos ciertamente se han tornado eternos –
– Pero yo era el siguiente –
– Lo se… Probablemente ahora los duelos acaben en tan solo segundos –
– ¿Qué insinúas? –

Un suspiro sopló desde aquél dialogante, que de repente avanzaba hacia el trasluz del sol.

– Que un simple hombre quebrante la Ley Fundamental significa el castigo de todos los mortales que conviven en las Penurias Sangrientas. Pero que un juzgado, delante del juicio la quebrante… Imagínalo tu mismo –

– El lleva razón, prepárense todos. La siguiente ronda será contra los cuatro –
– Que el mejor consiga la salvación –

A punto de fundirse con el agua, el individuo contempló el barco de Lind desde distancias inconcebibles.

Y de pronto una llamarada incineró a los muertos vivientes sobre el Guardián.
Alzándose hacia el cielo, sus prendas yacían machucadas, su armadura casi deteriorada, y sin más revuelo prosiguió su último grito.
Como si despertase de una eterna pesadilla…

– ¡¡¡KAAAAASSSSS!!! –

Las alas sobresalieron de su espalda y al ver hacia la torre produjo una imponente corriente de viento, para luego dirigirse al sitio al que estaba encomendado a proteger.

La ventisca provocada era tal que provocó un torbellino en dirección al Mar Fantasmal.
En un abrir y cerrar de ojos llegó al individuo que se encontraba a punto de colisionar sobre el caudal.

– Lo logré… –

Resonó el crujido de un sable al desenvainar y el hombre alcanzó a bloquear el feroz ataque del Guardián, pero fue tal la fuerza que le empujó hacia unas ruinas. La polvareda sobrevolaba y el furioso juzgador aterrizó frente a aquél pícaro ser.

– Imperdonable… –

Murmuró con voz ronca.

– ¡Es ahora o nunca! –

Gritaron desde la torre los otros tres individuos, que de pronto optaron por arrojarse al igual que el primero.

– Tu no te quedaras con toda la gloria Raudo… –

Exclamó uno de ellos.

– Ya deja de nombrarle –

Replicó otro.

– Gusanos… –

Murmuró el Guardián y sus alas volvieron a abrirse para acometer contra ellos. Pero esta vez, el individuo a su espalda, corrió para abrazarle por detrás mientras el sable yacía a metros de ambos.

– ¡GRAAAHHHHH!! –

– Somos lo que somos –

Susurró el raudo hombre.

– N… Nadie osará quebrantar… –

Las alas comenzaban a revolotear a costa del peso que soportaba el guardián en sus hombros. Era tal la potencia, que se asemejaba a un dragón.

– Vaya… Vaya… La hemos liado –

Exclamó el individuo y en lo que dura un pestañeo, su cuerpo fue arrojado fuera del alcance del protector de la torre.

Mitad hombre, mitad dragón ascendía al encuentro de los otros tres.
Uno recibió un atroz corte frontal, que tras ensartarlo el Guardián se despojó de su espada.
El segundo se convirtió en cenizas ante una llamarada de fuego.
Y el último fue capturado por sus espinosas alas.

– R… Raudo… C… Cent… –

Exclamó al tiempo que su cuerpo se desgarraba a pasos del primer individuo. Tras blandir su sable él le aguardó y el Guardián giró tantas veces, con la fuerza de sus alas, que el propio viento devastó todo a su alrededor.
Los cadáveres fueron arrojados hacia el mar, las ruinas se desintegraban, y el mismísimo Cráneo Negro se convirtió en polvo.

Más tarde, descendió delante de ágil Cent y, ante el fulgor solar, se advirtieron sus prendas de ninja…

– Muy bien, comencemos –

Murmuró Cent’Kas.

Los vientos a poco llegaban donde el Capitán de las Penurias Sangrientas y sus piratas luchaban. Las velas comenzaban a agitarse y, aunque los muertos vivientes fuesen centenares, no parecían ser la amenaza suficiente para detener la confianza que irradiaba el cinto de diborrenio.
Pero desde las profundidades, un nuevo mal se avecinaba. Repentinamente los seres espectrales se arrodillaban, y a su paso clamaban:

– Jasnoth, Jasnoth, Jasnoth –

Ante la mirada de todos y el atardecer perpetuando el horizonte, Shal’Kas aguardaba delante de sus compañeros, cuando un espiral acuático se realzó desde el frente.

– ¿Qué sucede? –

Exclamó Erión desde la alcoba.

– Ellos se arrodillan… Algo anormal se avecina –

Replicó la dama y, ante la confusión de todos, el Capitán respondió:

– Jasnoth –

Y como si el mar propio empapara un torrente de agua salada, el Príncipe de los Muertos ascendió sobre la cubierta y apoyó los pies en la misma. Con sus demacradas manos, cubiertas de tatuajes aplaudió y todos los esbirros se pusieron de pie.
El Líder yacía con los ojos cerrados y apenas se oía el galeón tambalear ante el hundimiento en la popa. Las velas débilmente se golpeaban con los mástiles.

– Finalmente has llegado a destino –

Murmuró con voz ronca, tras abrir sus ojos. Los esbirros alzaban sus brazos clamando:

– Jasnoth, Jasnoth, Jasnoth –

Shal’Kas le observaba con respeto y lentamente empuñó sus cuchillos. Mientras que el resto de los tripulantes mantenían la guardia. Erión caía de rodillas y el asombro caracterizaba su rostro. Azul comprendía el temor de éste al alertar lo que suscitaba alrededor de la flota.

Las bodegas flotantes parecían avecinarse desde ambas direcciones, y el galeón viraba a babor ante el sonido incesante de las burbujas, como si algo desde las profundidades le empujara hacia un trayecto predestinado.
Adelante comenzaba a formarse, hacia el horizonte, un gran castillo. El mismo sobresalía de las mareas y se erguía sobre un montículo. De enormes torres y un estrecho pasaje acuático al centro.
Oscuras, las atalayas contenían en sus alturas centinelas esqueléticos.
Sobre toda la edificación se hallaba un jardín, que asimilaba a la naturaleza, y un trono se encontraba al centro del mismo.

El paisaje era incomprensible para el anciano y la princesa.

– ¿Cuál es tu deseo Kas? –

Shal’Kas alzó la vista por encima de la deidad y señaló hacia el castillo. A poco Jasnoth sonreía y los esbirros se retiraban hacia las profundidades, de regreso al enorme obstáculo frontal que les impedía avanzar, salvo por el pasaje central.

– Cruzaré y llegaré a Daghol –

Replicó el Capitán y Jasnoth rio a carcajadas.

– Hijo de Cent’Kas reflexiona un momento… Fácilmente podríamos… Desviarlo –

Murmuró Erión tras rechistar y Azul consentía tales palabras.

A penas logró finalizar la frase el viejo consejero del Cráneo Negro, que el Príncipe de los Muertos movilizó su cuerpo, como si se reflejara en los rastros de agua y se volvió a formalizar junto a aquél hombre.

– Imposible… Todo lo que ves aquí se encuentra en comunión conmigo. Solo una fuerza externa podría modificar el destino de las cosas –

Susurró.

Erión por poco muere de un infarto al verte tan cerca. Fácilmente Jasnoth había destruido el círculo defensivo de los jóvenes piratas.
Azul, al ver al corrompido a tan corta distancia no lo dudó y atacó con su arpón. Pero la extensa melena de aquél Ser desvió la trayectoria del filo.

– La Princesa de Brind de los lejanos Reinos de Ingub. Dime… ¿Deseas ver a tu padre, el Rey, nuevamente? –

Las lágrimas se arrastraron sobre su rostro de forma incesante, y al oír tal noticia Erión alzó con mayor magnitud el ceño.

– ¿Princesa? –

Murmuró Shal’Kas por lo bajo. Los jóvenes piratas se giraron en guardia al instante.

– Princesa… Y pudiendo ser ya, la Reina de Ingub –

Repitió el macabro Ser entre risas.

De pronto todos avanzaron con sus filos, incluido Shal’Kas. Azul se quedó perpleja ante la sonrisa maligna de Jasnoth

Pero para sorpresa de éste, los espadones y arpones no se dirigían a la princesa, sino que se detuvieron en torno al cuello de la deidad. Por su parte, Shal’Kas, apuntaba uno de sus puñales entre los ojos del Príncipe.

– ¿Qué me detiene, ahora, a asesinar al Líder de los Muertos? –

Replicó sonriente el Pirata de las Penurias Sangrientas.

Jasnoth prosiguió con su macabra risa y, ante la sorpresa de todos, cada uno de los esbirros reía a carcajadas desde sus puestos. Incluso se oían siniestras risas mezcladas con burbujas desde las más lejanas profundidades. El propio mar parecía reírse ilusoriamente, mientras las olas se picaban por doquier.

– Solo existe un modo para que traspases el pasaje de la muerte, Kas… Y es perdiendo tu alma –
– Hallaré un nuevo método, asesinándote a ti –
– ¿A caso, de veras, crees poder asesinar lo que ya ha muerto? –

Uno de los niños, en guardia, aplastó un cráneo sobre la cubierta con su bota. Tras convertirlo en añicos, como si se tratase de un cristal provocó a aquél Ser incomprensible. Jasnoth rio aún con mayor fuerza y le observó directamente a los ojos.

– ¡Acaben con esa cosa de una vez! –

Gritó Erión mientras la figura de Jasnoth se licuaba y, de repente una ola se formalizó desde la nada. Tras ello, salpicó sobre aquél niño amenazante.

Los filos se cruzaron, pero el Príncipe se había desvanecido. Y desde el agua sobresalieron incontables extremidades que manotearon la pierna del niño y lo arrastraron por sobre la cubierta.
El niño con piel de color llegó a tomar su mano, antes de ser tragado por el mar.

– ¡No me sueltes Kokú! –

Él negaba rechinando los dientes, y el resto abrazó a Kokú para que ambos no acabaran entre las fauces del océano.

Shal’Kas, de rodillas, no soltaba a uno de los jóvenes, cuando de pronto contempló una densa neblina que se formaba sobre el trono del castillo. El cuerpo de Jasnoth reaparecía sentado en este y de la misma nubosidad se reconstruía una corona de tres afilados puñales sobre su cabeza.

El barco comenzaba a flotar con lentitud hacia el pasadizo y las mareas se tornaban calmas. Los esbirros en las torres golpeaban sus huesudas manos contra la pared. Se oía a los centinelas estirar las cuerdas de sus arcos y apuntar hacia el pasaje de la muerte.

Erión, temiendo lo peor, corrió a virar el timón a estribor pero yacía atascado.

– ¡Maldición! ¡Suelten anclas! –

Gritó perdiendo la cordura.

La princesa de Brind se encargó de activar el mecanismo, pero de pronto se comenzó a oír el astillar constante del propio hierro. Las pesadas cadenas eran masticadas por los esbirros en el fondo del mar. Y aunque parecía haberse detenido el curso del buque momentáneamente, retomó su osadía hacia el tétrico destino antes de lo pensado.

– Maldita sea. ¡Hijo de Cent’Kas! Estamos en apuros –

Uno de los jóvenes azotó con su espadón las extremidades que arrastraban la pierna de la víctima hacia el mar, y cuando lograron salvarlo todos sonreían, al tiempo que él lloraba.
Pero repentinamente se oyó un estallido desde el trono y Jasnoth reapareció, en persona, sobre cubierta ante un denso espiral de neblina.

Portaba una gruesa coraza negra que resguardaba completamente su cuerpo. Las hombreras se asemejaban a estacas hacia el cielo y todo, sus brazos, piernas, cintura, portaban escamas de hierro oscuro. Incluso sus dedos parecían contener extensas uñas de hierro.
Inesperadamente la deidad, que ya no reía, tomó al niño del cuello. Tras golpear uno de sus pies repletos de coraza sobre la cubierta, la misma se resquebrajó e hizo sucumbir a todos a su alrededor.

– ¿Crees poder desafiar tu destino? –

El pequeño se lamentaba implorando piedad y Shal’Kas, que era el único en pie avanzó empuñando sus cuchillas. Pero de repente Jasnoth arrojó al desafiante tripulante hacia un hueco, en una de las torres, que yacía bajo la penumbra. Tras ser capturado por los esbirros se oyó el letal desmembramiento.

– ¡AGGGHHH!! –

Shal’Kas a regañadientes atacó con ambos puñales y el cinto de diborrenio resplandecía con suma notoriedad, pero Jasnoth desarmó una de las cuchillas con su propia armadura.
Y el Capitán alertó el terror en los alrededores.
Los jóvenes eran arrastrados sobre la cubierta, manoteados por diversas extremidades, incluidos Erión y Kokú. Mientras que Azul giraba un arpón a los lados, intentando alejar a los muertos vivientes a su alrededor.

Al ver hacia las alturas Shal’Kas advirtió como una lluvia de flechas llegaba desde las torres y furioso asestó su restante puñal entre las hombreras de Jasnoth. En su pecho.

– ¡Tú! Estúpido Kas –

Y aunque el Príncipe de la muerte intentara quitarse el puñal, el muchacho no lo soltaba.

– ¡Muérete!! –

Pero ya era demasiado tarde, las flechas estaban a punto de llegar.

Y de pronto una extraordinaria ventisca en forma de torbellinos llegó, procedente de las Penurias Sangrientas, y azotó con todo.

Los disparos punzantes fueron empujados contra el mar y los esbirros desplazados de las torres, los jóvenes se liberaban de las garras de los muertos y el mar se picaba formando mareas que diezmaban al propio montículo y fundían al castillo.
Hierro, roca y hueso, se desgarraba ante la fiereza del océano.

Jasnoth no tenía palabras para expresar su furia y en un intento de llevarse a Shal’Kas consigo, hacia las profundidades, manoteó su mano para arrojarlo al mismísimo mar. Pero un arpón lanzado por Azul traspasó su hombro.
Finalmente el Príncipe de la muerta cayó fuera del buque, sumergiéndose casi en el acto por el peso de su armadura.

A prisa, Erión, Kokú y diversos sobrevivientes atraparon a Shal’Kas, su Capitán, y el mar acabó por tragarse todo. La neblina se esfumaba de forma instantánea y las velas resoplaban con fuerza, mientras un extenso continente se dibujaba en el horizonte.

– ¡Lo hemos logrado! –

Gritó con alegría Erión.

– Ese viento nos ha salvado de la perdición –

Replicó otro joven.

– Pero el agua no parece detenerse desde la alcoba… Y Daghol se formaliza delante de nuestros ojos –

Exclamó Azul.

Y aunque todos sonrieran victoriosos, Shal’Kas permanecía con la mirada perdida hacia las Penurias Sangrientas, hacia el mar mismo.
En las lejanías, la princesa de Brind logra divisar un pequeño navío con un caballo blanco, cuyo jinete apuntaba un arco y flecha hacia ella.

– Esto aún no ha acabado –
– ¿Qué insinúas hijo de Cent’Kas? –
– Los huesos sobre cubierta no han desaparecido. ¡Piratas! ¡Prepárense para el contraataque!

Y el mar se separaba en dos, alzándose una extensa flota negra. Cuyo almirante era el propio Jasnoth, que pesaba su cuerpo sobre el arpón, clavado sobre la cubierta. Esbirros por doquier en mástiles y redes.

Mientras que en la distancia más inconcebible, el Guardián de la torre de las Penurias Sangrientas se preparaba para quitar la vida al último de los supervivientes de su ira.

– Y ahora recibirás el castigo por tu temible acción –

Cent’Kas se quitó la mascarilla de ninja y a viva voz replicó:

– No hay modo que lo hagas. Soy el último Kas y siempre debe haber un Kas en las Penurias Sangrientas… –

…CONTINUARA…