Capítulo 15 – La Influencia Espectral

por | Jun 3, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Ante el borde del cáos, una nueva amenaza surgía…”

La Influencia Espectral

Gritos despavoridos se oían en las cercanías. Aún yacían algunas armas de filos, petos, hombreras y yelmos de camino al Pantano de Suglia.
En el horizonte, al Este, parecía conformarse una delgada línea resplandeciente. El amanecer estaba a minutos de su llegada.
Jiont estaba preocupado. Era como si su llegada a aquel sitio, plagado de botines provocara una invasión total al Imperio.
Los gritos de humanos eran desesperanzadores. Y bastaba con ver los cuerpos tendidos y despedazados de la docena que decidió traspasar el muro Norte en busca de la libertad.
Solo dos quedaban allí, habían ansiado en menudas ocasiones que el Imperio venciera en la batalla y, quizá así, pedir clemencia para regresar.
Pero esta era una realidad demasiado lejana.
Aquella abertura de la muralla había permitido el avance de las criaturas.
La columna de espadachines había desaparecido ante el primer impacto.
Algunos eran engullidos por alguna monstruosa figura en la noche.
Rastros de sangre transitaban por doquier y, como mucho, dos bestias habían perecido y se encontraban repletas de flechas y jabalinas en su entero cuerpo. Pero no era suficiente para detener el arrollador impacto del Pantano de Suglia.

Como as bajo la manga, se había pedido la liberación de los prisioneros en las cavernas para obtener un pertinente apoyo en la invasión. Armados con petos y espadas oxidadas, planeaban retirarse hacia el Oeste. Pero la repentina llegada de un guerrero de placas obstaculizaba todo pasaje.
Algunos marcharon a la batalla. Sin embargo, el guardián de la mascarilla triste de porcelana parecía ser imbatible.

Un cadáver que había recibido el letal impacto de la asta en su frente, yacía sobre el suelo. Mientras tanto, cuatro sables de bronce replicaban contra el mástil dorado.
El longevo y de mayor estatura no perdía de vista el combate. Buscaba aprender de la lucha, para detectar algún punto débil. Por lo pronto parecía carecer de ello.

Tras erguirse, desvío el mástil de su asta y logró desarmar a tres hombres. Aunque uno aún yacía armado, se dirigió a los anteriores. Con una fuerza arrolladora ensartó el asta en el tórax de uno y, aunque moviese las piernas, murió pasados los segundos.
Con el hombro revestido por el gorjal, golpeó el mentón de otro hombre y le dejó inconsciente. Más tarde, arrancó la lanza del moribundo cuerpo y asestó el filo en el cuello del tercer condenado.

Un quinto rebelde tomaba el sable de bronce con ambas manos. Sudaba completamente y un fulgurante conjunto de nervios resonaba en su interior.
Se hallaba alertando como el último se desangraba ante el porrazo que atravesaba su garganta.
Y, antes que se pusiera en posición de combate, el guerrero desenfundó un sable. Tras lanzarlo al frente, el filo dorado ensartó entre sus ojos.

Más luego, aproximándose a la atención del prisionero longevo, pisoteó el cuello del último caída y le arrancó el sable de oro. En el mismo momento en que lo envainaba, alzó el asta y rastros de sangre salpicaron frente a los prisioneros guiados por Rebok.

– ¡Al Norte! –

El silencio había sido devastador. A duras penas se oía la lejana batalla y alguno de los rebeldes que gruñía.
Volteándose de espaldas, el guardián se encaminó de regreso al Oeste y, con su sable, degolló al hombre que había recibido un letal daño en el tórax.
Insoportable era la perspectiva para el longevo, quién avanzó sutiles pasos para enfrentarle. Sin embargo, Rebok le detuvo, a su lado, y el medio centenar marchó al frente para arrollar al enemigo.

Asimismo, la multitud era una ventaja mayor para el guerrero que azotaba el asta de un lado a otro. Luego de yacer tendidos sobre la superficie unos diez hombres, el resto se fugó hacia el Norte.
Otros cinco hombres, junto a Rebok, avanzaron para derrotar al guerrero de placas.
Por más que los ataques en simultáneo estuviesen a su favor, el longevo y los otros no eran simples prisioneros.
La fuerza demoledora de los sobrevivientes obligó al guerrero a desenvainar su sable, puesto que no daba a basto para bloquear los ataques cortantes con el asta.

Y aunque lograse deshacerse de la mayoría, un sable de bronce le tomó desprevenido detrás de las rodillas.
Al instante, el feroz guardián se doblegó de rodillas al suelo.

El resto, unidos a Rebok, avanzaron para asesinarle. Sin embargo, el guerrero aún permanecía luchando en su inmovilidad.

– Eso fue todo –

Imposibilitado a ver su espalda, el guerrero venció sobre todos los cortes, exceptuando el de Rebok que destrozó su mascarilla de porcelana.

Mientras el polvillo levitaba, el longevo le ensartó el sable en el brazo que portaba la espada de oro. Tras quitársela, se preparó para finalizar el combate.
El filo dorado se dirigía a su cuello, cuando repentinamente dos guerreros de placas aparecieron para protegerle. Siquiera utilizaron sus armas que derribaron a la mayoría de los presentes y, luego, unieron sus sables dorados frente al longevo.

– Esperen –

Clamó Rebok.

Y los guardianes alertaron como el aparente líder apuntaba el sable de bronce al bello y desnudo rostro del guerrero que se hallaba al borde de la muerte.

– ¿Será uno por uno? –

Exclamaba sonriente Rebok.

Ante la siniestra duda, el longevo se liberó.

– Nos marchamos al Norte –

Murmuró Rebok, y se voltearon de espaldas como si nada hubiese sucedido con antelación.

– Por poco le vences –
– Ahora tendrán que hacerlo sus compañeros –

Respondió sonriente el longevo.

Y efectivamente los guerreros de placas tuvieron que arrastrar el cuerpo del tercero que no podía caminar por ostentar los tendones de las rodillas cortados.

Los prisioneros se reunían ante la horrorizada perspectiva del Norte, al tiempo que el sol naciente se erguía anunciando el amanecer.
Todo se vislumbraba en cuestión de minutos y el panorama era desalentador.

La abertura del muro era mayor, cuerpos yacían por doquier y la macabra presencia de las criaturas se encontraba ausente.
Al menos habían conseguido alertar a dos, probablemente sin vida.

Cluín y Jiont se alarmaban ante el avance del día. Finalmente su escondite sería develado pero, para su suerte, no se alertaban monstruos acechando.

– ¿Qué es eso? –

Exclamó el Viriathro, señalando el cinturón resplandeciente que obtuvo el rebelde.

– Probablemente algo de valor y por ello me lo quedaré –
– Su resplandor es inusual. Jamás vi algo así –
– Y jamás yo me sentí tan seguro de mi mismo –
– ¿A qué te refieres? –
– Sígueme. Sé cómo irnos de aquí –
– ¿Y hacia dónde iríamos? –
– De regreso –

El Viriathro palideció. Tal había sido el costo de la búsqueda de la libertad, que al encuentro de aquel cinto brillante planeaba volver, a pesar de conocer la invasión que se producía delante de sus ojos.

– Estas demente –
– ¿De qué sirve irnos y salvarnos dos? Debemos salvarlos a todos –
– No pensabas así anoche –
– No tenía esto en mi poder –

Y vistiéndose, pasó el cinto alrededor de su cintura.

El Viriathro aún yacía pálido y tan seguro se veía Jiont, que prefirió que se adelantara sobre él.

Mientras tanto, en el Gran Torreón, el Gran Mariscal se encontraba con los ojos cerrados y parecía meditar. Numerosos cadáveres vivientes se aproximaban hacia él. Pero, de pronto, gruñó y los muertos vivientes se voltearon hacia Jasnoth. Sus resplandecientes iris le observaron.
Débilmente, ante la fortaleza del Darnoth, cubiertos ambos de cadenas, logró alzar su dedo índice en la súplica. Les invitaba a marchar lejos del Mariscal.
Los moribundos seres parecían asimilar el mensaje y lentamente prosiguieron con la marcha, hasta perderse en el laberíntico torreón.
Jasnoth sonrió y, de repente, alertó como el Gran Mariscal abría sus ojos.

Furioso, el prisionero reanimó, haciendo señas a los cadáveres que yacían alrededor y su esclavizador le ofreció una amplia sonrisa.

– Jasnoth… Jasnoth… –

Los moribundos se aproximaban a él y, de pronto, al formar una leve brisa con su mano desarmó los endebles cuerpos hasta que la superficie ostentaba piezas de armadura y los amarillentos ojos que, poco a poco, retornaban a la normalidad.

– un Ser como tú podría reanimar a las bestias del Pantano de Suglia para que luchen a mi favor –

Darnoth negaba rotundamente y cargaba las cadenas para alejar a su hermano de la presencia del Líder del Imperio.

– Pero para ello debería separarles a ambos… –

Y sus dedos se encontraron enfrentados mientras observaba despectivamente a ambas criaturas.

De pronto Jasnoth sonrió, al tiempo que Darnoth negaba sin descanso.

Entre los moribundos que avanzaron hacia el laberíntico torreón, el mensajero se dirigía fuera del habitat. Mientras que los otros regresaron lo más ágiles que podían.
Antes de sospecharlo, uno salto sobre el mariscal y le oscureció la vista con sus deterioradas extremidades. Otras manos avanzaron por debajo y cerraron sus labios, otras se abrazaron alrededor de su cuello y otras separaron sus brazos, mientras una rodilla presionaba su espalda.
Finalmente, un quinto cadáver de ojos amarillentos apareció en frente y le manoteó la nariz.
El sonriente Jasnoth observaba el espectáculo a medida que su cabello crecía, como si fuera una enredadera que se abría paso fuera de la prisión.
En el tránsito reanima a los cadáveres que aún poseían ojos.

Repentinamente una carcajada resonó desde las superiores inmediaciones y Jasnoth irguió el ceño.

Darnoth negaba comprimiendo la cadena contra Jasnoth. Sin embargo, el individuo oscuro se levantó a costa de las cadenas y abatió al individuo claro, privándole de su momentánea consciencia.

De repente, todo moribundo presente, incluido el mensajero se reconstruía de tal manera que se convertía en un poderoso guerrero espectral. La armadura se fusionaba a sus pieles y un yelmo de calavera recubría sus rostros. Una delgada lámina de acero les cubría los ojos y un sable uniforme brotaba de su mano, como si proviniese de sus propios huesos. Al tiempo que otra lámina de acero, de mayor tamaño, evolucionaba en su brazo restante.

– Jasnoth, Jasnoth, Jasnoth –

Se oía en el interior de la sala y también en el exterior, puesto que el mensajero había logrado atravesar los oscuros pasadizos.
Hacia el Norte marchaba, con el paso más lento, como si procurase pasar desapercibido.
Nobles sintieron su prominente paso y la curiosidad les hizo salir a corroborar de que se trataba.
Ocultos en un callejón sin salida, Roños, Ralonte y otros rebeldes advirtieron como el Ser se aproximaba.

– ¿Será una de esas bestias? –

Exclamó uno.

– Es prácticamente de nuestra estatura –

Respondió Ralonte.

– Shh… Silencio –

Y todos asintieron ante la solicitud de Roños. Sin embargo, el silencio no perdudaría. Puesto que el mensajero espectral no solo apuñaló a los nobles que espiaban fuera del hogar, sino que se introdujo en el interior del mismo. Gritos desalmados se oían por doquier.

La curiosidad fue tal que uno de los rebeldes observó desde la callejuela, al tiempo que el resto cerraba los ojos y suplicaba que aquél terrible Ser se marchara.
En tal perspectiva logró divisar como la oscura herida contagiaba todo su cuerpo. Desde su tórax, se conformaba una enredadera siniestra que acaparaba todo su cuerpo, mientras sus ojos se tornaban amarillentos y gritaba con locura.

– Aparta –

Clamó Roños, alejando al hombre de su vista.

– C… Creo que me ha visto –

Replicó asustado.

¿Qué acarraría tal contagio en el hogar noble?¿Acaso tendría el mensajero la misión de formar un ejército de espectros?