“…Y el desenlace incrédulo arremetía sobre la mirada crucial del destino, el aliento se afligía ante tormentos inesperados. Ya nada podía modificar el futuro…”

La Esperanza de los Débiles.

En un detonante destino, Velnor había sido derrotado.

Sin embargo el ritual yacía completo y, entre la densa neblina, la figura de un Ser se hallaba inmerso.
Los pocos guardianes y cazadores que quedaban, festejaban victoriosos. En cuestión de segundos los rumores se esparcían por el resto de la Aldea.

Tarde o temprano, cierta frase llegó a oídos de Nozepul.

– Velnor ha muerto –

Si bien el gran Mago no podía liberarse del conjuro de ilusión de Hore, dichas palabras le espabilaron. Su furia, sin precedentes, le proporcionaba extensas llamaradas a sus extremidades. Era como si se tratara de dos feroces fauces de dragones.

Los hechizos del encantador y la bruja, no hacían más que incentivar la osadía de las llamas. A duras penas, Reorich lograba canalizar sus hechizos para mantener los hogares que quedaban sanos.. Asimismo, una barrera mágica resguardaba al consejo presente.

Los centelleantes iris de Nozepul se centraban en la perspectiva frontal.
Allí, donde, entre densos arbustos se avecinaba el último aspirante, el Druida, Geón. Quién llegaba para involucrarse en la destructiva batalla.

– ¿Alguna nueva idea, Hore? –

Gritó Sálex, ante el infierno perpetuado. Aquél del que Reorich luchaba por abolir, con todas sus energías.

Fascinado, el Alquimista, solo avizoraba el acontecer a costa de sus vidas.

– ¡Dante! La ilusión no ha surtido efecto –

Insistió el encantador, que al no recibir respuesta alguna de su compañero perdía la cordura.

– Me temo que Nozepul se ha librado por otra razón –
– Ha oído sobre la muerte de Velnor –

Refutó una nueva voz entre los presentes. Ante su pálido rostro, Reorich, alzaba el ceño.

– Quién… ¡Muchacho! –

Respondió el encantador, cuando notaba a un joven entre las escasas filas del último bastión.

– ¿A caso no adviertes su frente, viejo tonto? –

Replicó Melissaeh, entre risas.

– ¡Tú! ¡Bruja! –
– Orgullosa de serlo –

Reorich, incapaz de voltear el rostro para recibir al nuevo llegado, preguntó:

– ¿Quién se acerca al peligro inminente, con semejante intrepidez? –

– Se trata del último discípulo de Cron, Gran Mariscal –

Contestaba, al instante, el Ilusionista que portaba la máscara de cerámica.

– Con que él es el portador de la reliquia… –

La mirada fija y la sonrisa de Hore no le agradaban a Geón en lo absoluto.

 

 

El consejo de Místicos era desconocido por la mayoría, e incluso por él.
A poco pensaba que el Gran Sabio hubiera sido el más poderoso anfitrión de Triviltor. Sin embargo, al notar las puntiagudas orejas del clérigo, recordó la última frase que había oído del Vidente cuando se hallaba inseguro ante una presencia hostil.

– Incluso los Elfos –
Se repetía a sí mismo, sin lograr recuperar las palabras que seguían a continuación.

De seguro se alojaran en algún recoveco de su biblioteca mental, en su subconsciente…

Aún más sorprendido, aguardaba con mesura, sin dar ningún paso más. Puesto que no tardaba en contemplar como las llamaradas se esparcían por doquier y castigaban una especie de cúpula. La barrera mágica que protegía al consejo contra la ira de Nozepul.

– Si has traído el Yelmo serías de gran ayuda, muchacho –

Anunció, de pronto, el Alquimista. Quién investigaba el cuerpo del joven, con detallado interés.

– Yo… Mi… –
– ¿Lo has perdido, jovencito? –

Exclamó, con sumisa sensualidad, la bruja de cabellos rojizos.

– ¡Al parecer le ha sido sustraída! Me informan de un ritual desconocido en el campo de iniciación –

Quebró el silencio aparente el mensajero. Aquél que, en ese momento, comandaba las tropas defensivas.

– ¿Ritual? –
– Esto se vuelve más y más interesante… –

Murmuró Hore, ante la confusión que pesaba en Reorich.

– ¡Pero Velnor ha caído vencido! –

El incendio afloraba de repente, ante el estímulo de dichas palabras. Nozepul apenas conservaba su figura humana, puesto que su enojo era irreversible. Reorich no podía bloquear su furia durante mucho tiempo.

Si bien la furia del místico más peligroso de Triviltor era clara, sus iris se centraban en Geón. Ignoraba la presencia del resto, integrantes del Consejo, quiénes le ocasionaron problemas momentos atrás.

– V.E.L.N.O.R –

Exclamó, casi deletreando, como si inculpara al Druida de su muerte.

El muchacho no tardó en advertir los tatuajes que aparecían y se desvanecían, por sí solos, en la frente del Mago. Se trataban de figuras similares a los suyos, solo que con una tonalidad bordó.

Hore, el Alquimista, estudiaba la situación con calma. Y aun así, sabía que el terror se podía desatar en cualquier momento.

– ¡Última noticia! Al parecer un Demonio de Yahandá nos ha asistido en el combate –

Anunciaba a gritos, el Líder de las tropas defensivas.

– Lance… –

Murmuró, por lo bajo, Geón. Así comprendía la razón de su retirada y de repente Sálex, junto a Melissaeh, replicaban:

– ¿Un Demonio? –
– ¿De Yahandá? –

Faltaba más, dicho discurso fue suficiente para arrebatar todo control contra Nozepul.
Desde joven, solía ser uno de los Guardianes de Triviltor que impedía el avance de clanes enemigos.

– Esto es grave –

Exclamó Reorich, mientras el sudor se arrastraba sobre su rostro.

Su resplandeciente aura se debilitaba, las raíces arraigadas al cuerpo del místico comenzaban a incinerarse y, con ello, el hechizo sombrío de la bruja desaparecía ante el cenit de la iluminación.
El desastre estaba a punto de propagarse y, antes de vaticinar eventos posteriores, Geón invoca al poderoso oso.
Con toda la fuerza de sus pasos, el animal corre y se abalanza sobre el enemigo.

Todos alertaban el acontecimiento sumidos en el asombro, pero el mago simplemente posa la mano en el peludo cuero de la fiera y el mismo se desvanece.

– N… No es posible –

Todos palidecen ante el suceso, mientras el Alquimista disfruta lo poderoso que se ha vuelto su mentor.

– ¿No hay nada que podamos hacer contra este bastardo? –

Exclamó Sálex, fuera de sí.

El Místico, de pronto, avanzaba. Por cada paso, se formalizaban llamaradas que consumían todo tras su espalda.

– Me temo que… –

Murmuraba Reorich, ante la locura desatada delante de sus ojos.

– Sin Velnor y sin la reliquia, Nozepul será invencible –
– Debe haber algo que podamos hacer –
– ¡Muchachos! –

Replicaban temiendo lo peor, la Bruja y el Encantador.

– No tiene caso. Incluso ha escapado de mi ilusión, y por alguna razón la técnica del joven Geón ha sido abolida con el toque de sus dedos –

Explicaba Dante, sosteniendo la mascarilla sobre su rostro.

– Solo queda una alternativa, pero tendré que hacer uso de tu esencia compañero –

Refutó el sonriente Hore, ante las trágicas expectativas de vida.

– ¿M… Mi esencia? –

– Nunca lo he intentado antes –

El Alquimista destapó, de pronto, una vasija que conservaba en la bolsa de cuero que se sostenía de su cinturón y una misteriosa aura sobresalía. Luego, un torbellino grisáceo se formaba horizontalmente desde el interior del mismo.

– ¡Hazlo muchacho! –

Gritó Sálex, que retrocedía ante la llegada del destructivo elementalista.

En cuestión de segundos, la técnica de Hore absorbía la energía de Dante. Quién, repentinamente, caía de rodillas.

– H… Hore… GKKK… –
– ¡Espera! Eso puede… –

El Alquimista asentía con fascinación.

– Se trata de una técnica mortal. Arrebatar la esencia de alguien, implicará su muerte –

– Pero… –

Replicaba Geón con tristeza. Siquiera sus hechizos podían variar el destino del consejo.

– ¡GKKKK!! –

Dante se revolvía sobre la hierba, ante la maliciosa sonrisa de su compañero. Melissaeh, ocultaba los labios con sus manos.

– Un sacrificio importante, para experimentar
– Haz dicho… Ex… ¡¿Experimentar?! –

Respondía Geón, ante la silueta sin vida del Ilusionista, y el Alquimista reía con su mirada fija en la vasija que sus manos acababan por tapar.

Reorich cerraba sus ojos, ante la exasperante situación.

– ¡Ya hazlo! –

Gritaba Sálex. Quién solo le preocupaba salvarse, a costa del resto. Melissaeh no tenía aliento suficiente para responder al trágico acontecimiento.

– Espera… Debe haber otra manera –

Murmuraba Geón, casi afónico. Pero, sin ser oído por el Alquimista contemplaba la tétrica y fría resolución de éste.
El envase, de pronto, volaba por los aires. Había sido arrojado por el sonriente hombre.

– ¡NO! –

Exclamó Geón y, tan pronto su frente se tatuaba, un cuervo fue invocado. Graznando se alzó hacia la noche, en busca del envase. Sin embargo, el sonriente Alquimista empujó al druida contra el suelo y el ave regresó, de forma rapaz, a proteger a su amo.

La vasija superaba a Nozepul… Geón contemplaba sin palabras el siniestro, mientras Hore reía sin límites.

– ¿Q… Qué has hecho muchacho? –

Replicaba Sálex, al borde de la desesperación, con hundidas ojeras. La vasija se resquebrajaba a espaldas de Nozepul y el extraño polvo gris se convertía en cenizas.
El Alquimista no lograba contener la carcajada, y su mentor ignoraba lo que hubiera arrojado.

– T… Tú… Estabas confabulado con… –

Gritaba el Encantador y, por fin, las lágrimas se arrastraban sobre el rostro de Melissaeh al ver a Dante sin vida sobre la hierba.

– ¡Calma Sálex y Melissaeh! –
– ¿Gran Mariscal? –

El Elfo abría sus ojos, de pronto.

– Aunque Dante muriese, yo como clérigo… Puedo resucitarlo –
– ¿Oh? –

Respondió maravillado el Alquimista.

– Pero Gran Mariscal… Esa técnica consumiría una gran parte de su… –
– No necesitas decirlo, delante de ojos sospechosos –

Sálex asentía ante la mirada atenta de Hore.

– ¡Como pueden perdonarlo! Ese hombre ha asesinado a su compañero por nada –

Gritó, sin más, Geón señalando al Alquimista. Aquél que negaba, sin siquiera, pestañear y entre risas.

– ¡Explica por qué has hecho eso! –

Melissaeh, a duras penas podía hablar entre sollozos.

– Todo era parte de la experimentación de la bomba mimética –

Sonreía el frio Hore, empuñando una mano sobre la otra.

– ¿De qué se trata eso? –
– Lo verá a continuación, clérigo Mariscal –

A espaldas de Nozepul, las llamas consumían todo. Sin embargo, el grisáceo humo se expandía conformando una barrera y, poco a poco, se generaba una neblina.
Hore sonreía maliciosamente.

– Veamos Maestro, si el experimento es viable –

Tan pronto Nozepul se volteó, cargó contra sus propias llamas y furioso lanzaba sus conjuros hacia la nada. Todos quedaron perplejos ante la alegría del Alquimista.

– Los hechizos de Dante partían del ilusionismo. No tengo que explicarles a que se enfrenta el Maestro –

– Sorprendente –

Exclamó Sálex, mientras Geón rechinaba los dientes sin lograr aceptar el sacrificio.

– ¡Ahora es cuando debemos atacar, Melissaeh! –

La dama asentía, tras frotar la muñeca por sobre su rostro. Las lágrimas se esparcían y todo, en torno a ella, se transformaba en sombra.

– Muy bien –

Replicó el Gran Mariscal, sin perder Hore su atención al mismo.

– Aderthad Bel –

Los hechizos ataban, idealmente, a Nozepul de frente. Mientras otros le llegaban por la espalda.

– V… Velnor… –

Murmuraba el mago elemental, mientras mareas místicas le rodeaban por completo. Y en un intento de vencer a todos, y a cada uno, formó una barrera congelada que reflejaba todos los hechizos.

– I… Imposible –

Cada técnica era rechazada ante la refracción constante.

– Estoy harto de esto –

Murmuró Geón, y a medida que sus ojos contemplaban la resurrección de Dante a manos de Reorich, un tatuaje se plasmaba en su frente. El cuerpo dócil del muchacho, repentinamente se transformaba en un feroz oso. El mismo, se apresuraba para llegar a espaldas de Nozepul y, con sus poderosas extremidades, aprisionó al mismo por la espalda.

Tras esto, la barrera se desvanecía. Los hechizos llegaban a su destino. Geón y Nozepul estaban atrapados en un indefinido espiral de conjuros.

– ¡ARGHHHH!!! –

Por primera vez, la estrategia surtía efecto contra el mago elemental. Y tan pronto Dante se erguía recuperado de la muerte, Reorich ofrecía un escudo mágico para proteger a Geón.

En un intento de salvarse, Nozepul invocó a la enorme pantera, que tras ocupar un gran espacio en el terreno logró alarmar a los hechiceros.
Sin embargo, Reorich, haciendo uso de sus técnicas iluministas le abolió.

Antes de poder hacer algo en la terrible batalla, el animal había desaparecido.
Y el Gran Mariscal caía de rodillas, ante el agotamiento. A punto de salir victoriosos, una ridícula explosión arrasó el horizonte.

– ¿Qué ha sido eso? –

El comandante, sin aliento, movilizaba con sus manos a las tropas hacia el sitio.

– ¡Eso proviene del área de iniciación! –

Un majestuoso espiral negro se alzaba hacia el cielo y las nubes esparcidas tras la tormenta, ahora se reunían sobre lo desconocido.

Geón, quién protegido por la magia de Reorich detenía a Nozepul y le obligaba a recibir los ataques místicos, contemplaba el acontecer distante. Sus ojos de animal lagrimeaban sin descanso.

– E… Eso es… –

Exclamaba con voz ronca.

Hore, que solía admirar la total destrucción, ahora se sorprendía.

Los acontecimientos a espaldas del consejo eran alarmantes. Tardíamente, Geón, comprendía que Nozepul era el peón. El verdadero rival se hallaba allí, en la distancia.

Siquiera Lance podía contener el ritual completo.

Atroces ventiscas se conformaban y diezmaban todo a su paso. Los guardianes, que asemejaban un muro de rocas, se perdían ante la fuerza eólica. Y aunque el ninja aguardaba a contraviento, no podía reconocer al culpable, artífice, del ritual.

– ¿Qué puedes hacer ahora Sombra? –

Exclamaba una voz ausente, ante la explosiva energía que avanzaba hacia el cielo.

El ninja procedía a arrojar sus shakken al frente, para intentar asestarlos en el desconocido enemigo. Sin embargo, logró divisar como las mismas se introducían en la esencia oscura y desaparecían ante el ras de la tierra.

– Esto… –

Siquiera conseguía terminar la frase, cuando alertó oscuras manos sobresalir de las capas mágicas que formaban una envolvente hacia el más allá.

Tan pronto como las criaturas se avecinaban, Lance desenfundaba su sable y la vaina caía delante de sus pies. En guardia, se proponía atacar a todo ser que sobresaliese de aquel siniestro espacio.

– ¿A caso dedicaras tu vida a detenerlos? –

Tardíamente el Ninja alertaba algo fuera de lo común.
Mientras los guardianes volaban con sus pesadas armaduras, por la mismísima fuerza del viento, su vaina aguardaba sobre la tierra. A poco la envolvente formaba un delicado espiral que se introducía en la funda.

– Se trata de un portal… –
– Exacto Sombra. ¿Crees poder derrotar todo lo que de allí provenga? –
– ¿De dónde vienen? –

Una carcajada resonó, de repente, que aunque se notara de presencia cercana se hallaba a distancias incalculables.
¿A caso era éste el efecto que producía aquella envolvente?

Lance no demoraba en cuestionarse si realmente el oponente se encontraba detrás del inmenso portal, o si la voz provenía del interior del mismo.

En guardia se preparaba a acometer contra lo que se avecinara, pero las extremidades que sobresalían, aún no alcanzaban a escapar del interior.

Asestando la resplandeciente Katana contra el suelo, el ninja procedía a alzar la vaina.
La risa se desvanecía por completo, y la envolvente se reducía con notoriedad.
Era como si la oscura esencia fuese tragada por el sombrío interior de la funda.

Tras absorber todo el hechizo, cerró la abertura al envainar su sable, y delante de sus ojos advirtió el Yelmo de Diamante.
El terror parecía haber finalizado. La reliquia había sido recuperada, pero algo presionaba junto a su cinturón.
Por momentos parecía como si la vaina se esparciera desde dentro.

El Ninja tomó el Yelmo y se marchó del lugar.

En la distancia, los hechizos del consejo de Místicos golpeaban sin cesar al mago elemental. Y en el horizonte todo retornaba a la normalidad. La explosión se había desvanecido, sin explicación alguna.
El feroz abrazo del oso obligaba a Nozepul a recibir conjuros por doquier. Sin embargo, con la absorción del portal, sus iris irradiaban con mayor plenitud.

– V… Vel.. Velnor… –

Dante recapacitaba en el momento más inesperado.

– ¿Maestro? –

Murmuraba el místico de la máscara de cerámica.

– Esto tiene buena pinta.

Replicó Hore.

Una esfera se formalizaba delante de los ojos de Nozepul. Geón sentía un despampanante calor surgir de aquella circunferencia.

– ¡Aléjense de él! –

Gritó, exasperado, Reorich.

– ¡GGUUUUUUUUHHH!!! –

Sálex y Melissaeh tomaban la distancia suficiente, mientras Reorich permanecía para proteger a Geón. Dante y Hore retrocedían a paso lento, alertando como el suelo se resquebrajaba y el círculo luminoso emanaba llamas.

– Ahora todo depende de ti –

Se oyó desde la brisa y los esplendorosos ojos de Nozepul tornaban todo radiante. Llamas ilimitadas se erguían formando ramificaciones. Su propio cuerpo se incineraba, y con él también lo hacia Geón.

– Debemos sacar al muchacho de allí –

Gritó Sálex tras recuperar el aliento.

Una barrera de fuego arrasaba con todo, delante de la mirada del consejo. La mitad de la Aldea de Triviltor se convertía en cenizas y el único cuerpo en pie era el del poderoso Nozepul.

– E… Es imposible –

Murmuraba la bruja, perpleja, ante la destrucción latente.

– Como temía… El sacrificio de Dante no fue suficiente –

Replicó, con una nerviosa sonrisa, Hore.

– ¿Sacrificio? –

Hore sonreía viendo al suelo y, aunque la máscara ocultaba el rostro de Dante, sabía que le observaba fijamente.

– Gnnn… –

– ¡Gran Mariscal! –

Respondió el Ilusionista, ignorando el dilema con Hore.

Enfurecido, Sálex, invocó innumerables raíces desde la tierra y las estampillaba contra la barrera.

– ¿Qué sucede? –
– Reorich permanece conectado a Geón, debemos hacer algo Melissaeh –

– S… Solo… –
– ¡Resista Gran Mariscal! –

Dante intentaba apoyar al debilitado Elfo, quién segundo tras segundo se desmoronaba.

– Solo la reliquia podría detenerle –

– Iré por ella… –

Murmuró entre risas, Hore.

– No hay necesidad –

Refutó una voz, a espaldas de todos.

La mirada fija del Alquimista se detuvo en el nuevo llegado.

– Interesante –

Sin lograr ignorar la conversación ajena Dante se giró y comenzó a liberar al Gran Mariscal, al tiempo que empuñaba sus manos.

– Un Demonio… –

Ante la noche, el individuo resaltaba por el resplandor que le ofrecía el Yelmo de Diamante bajo el brazo. Miradas siniestras se entrelazaban ante la destrucción total.

– De Yahandá… –

Murmuró sonriente el Alquimista, mientras su manos e introducía en la bolsa de cuero que colgaba de su cinturón.

Reorich apenas lograba desviar la vista para contemplar las negras prendas del ninja, confundiéndose con la oscuridad de la noche.

– No hay suficiente tiempo –

Respondía Lance, luego de posar la reliquia de Geón delante de él y empuñar el mango de su sable.

– Ciertamente, no –

Hore y Dante cruzaron las miradas nuevamente. El Yelmo de Diamante se hallaba a pocos pasos de ellos.
Sálex y Melissaeh luchaban por rasgar la barrera de fuego con sus conjuros, cuando de pronto contemplaron a Nozepul que se giraba hacia ellos. El incendio ya, siquiera le dañaba. De forma mágica la capucha se reconstruía por sí sola, hasta ocultar su presencia. Los rasgos de su rostro se revitalizaban.
Nozepul se recuperaba de todas sus heridas y el hechizo sanador de Reorich parecía haberlo asistido en ello.

Los resplandecientes iris del Mago elemental se dirigían hacia la vaina que portaba el Ninja.
Tan pronto como Sálex y Melissaeh notaron el Yelmo de Diamante a espaldas, y la constante mirada siniestra de Nozepul contuvieron sus manos para conjurar sus mayores hechizos.
Sin embargo, el Archimago dio un paso adelanta y la barrera de llamas se desvaneció por completo.

Reorich posaba las manos sobre la tierra y recitaba:

– ¡Del agua y la naturaleza! ¡De la luz y la música! ¡De las aves y los peces! –

– ¡Gran Mariscal No! –

Gritó Sálex, como si comprendiese sus intenciones.

– Es demasiado tarde para tomarlo en serio –

Respondió, con voz ronca, Nozepul.

Y dos fulminantes rayos solares, provenientes de sus manos, fundieron a Melissaeh y Sálex en cuestión de segundos. Sus gritos se hicieron oír a distancias remotas.
Niños, aprendices, maestros y guardias se refregaban sus oídos al oír tal tormento.
Antes de convertirse en cenizas, Sálex murmuró:

– Dante… Protege a Reorich… –

Sin necesidad de saberlo, el místico ya se detenía delante del Elfo, dispuesto a todo contra su propio Maestro.
Hore, por su parte, contemplaba con agrado el Yelmo de Diamante, pero el duelo final contra Nozepul le conmovía aún más.

Dejando caer sus brazos, el místico elemental proseguía su marcha, próximo a enfrentar a sus antiguos alumnos.

Lance presentía que si desenvainaba su reliquia el portal volvería a abrirse en aquel sitio. Temía el riesgo que su vaina se destruyera.

– ¿Dónde está el muchacho? –

Exclamó sobresaltado.

Delante del panorama, el Alquimista liberaba una cierta cantidad de arena que transmitían la idea de la ceniza. Dante estiraba sus brazos delante de las sofocantes llamas. Nozepul se abalanzaba hacia éste con suma desesperación, puesto que su mirada se retenía en la funda del sable.

Reorich proseguía con sus palabras:

– ¡Restos de vida y muerte! ¡llantos y alegrías! ¡fuerza y descanso! –

A su derecha se aproximaba un espíritu nocturno, proclamando:

– Una técnica, que atraerá una oscuridad superior –

El clérigo rechinaba los dientes. Y a su izquierda un espíritu luminoso le correspondía:

– Un sacrificio notable. Las Sierras de Feror se consumirán por la avaricia de otros –

– ¡Silencio! –

Replicó Reorich, y los espíritus se unificaron convirtiéndose en un espiral que se desvanecía delante de su rostro.
La tierra bajo él temblaba y se resquebrajaba. Su mirada celestial perdía la osadía, segundo a segundo.

Hore alertaba el destino del Elfo con conmoción, e ignoraba la presencia de aquellos espíritus.

Un resplandor se expandía delante de su rostro. A su lado, Dante murmuraba versos incomprensibles.
Tan pronto como el Alquimista arremangaba el puño de su túnica, adelantaba un brazo ante el ilusionista y con su otra extremidad tomaba un envase vacío.

El brazo negro y machucado de Hore recibía un fulgor Solar. Nozepul alzaba el ceño al notar que a espaldas de Dante se producía una explosión de estrellas. Diminutos y milésimos restos celestiales se esparcían por doquier.

– Hore, tú –

Exclamó el místico de la mascarilla de cerámica. Y el compañero asentía, al tiempo que su envase se soltaba de sus dedos para capturar parte del polvo de estrellas.

El oscuro brazo del Alquimista yacía ahora sano y, enfurecido Nozepul, inició su carga contra sus súbditos.
Al alcanzarlos con sus manos, les tomó por la garganta y les alzó, como si se tratasen de simples niños.

Tras extender sus brazos, logró separar un cuerpo del otro y divisar que en el interior del polvo de estrellas renacía Geón, con unos años más que antaño.

– ¡Sacrilegio! –

Respondió a viva voz el místico y detrás, del luminoso druida, se acercaba el Ninja que tomaba el Yelmo de Diamante con ambas manos.

– ¡NOOOO! –

Los iris de Nozepul retomaban su cenit. Tan pronto pretendía destruir a sus rivales con una oleada de llamas advirtió que Dante sustraía su máscara y con su mirada, su Maestro recibía una poderosa técnica. Asombrado, Hore, notaba una superioridad mística en Dante, tras retornar a la vida.

Nozepul sentía que caía, en un abismo tridimensional.
En el cual, su cuerpo se repetía en numerosas ocasiones y descendía, como si cayera de espaldas. Sus manos se alejaban del espacio ulterior y sin, siquiera, vacilar liberaba a sus súbditos.

En aquél instante el Yelmo de Diamante finalmente calzó sobre el cráneo del druida y el ninja avanzaba para aplicar el golpe de gracia en el oponente.

Al abrir sus ojos, Geón se mimetizaba en el resplandor que suscitaba sobre su cabello.
Reorich se había desvanecido, su esencia giraba en torno al druida, quién alertaba el retiro del Ninja hacia Nozepul.

Pero al acercarse Lance al místico, el que yacía preso de la ilusión de Dante, la vaina emitió una conexión con la mente de Nozepul. Y en aquel mundo, donde se hallaba recluido, oyó una voz conocida.

– No es tarde, huye e inicia la campaña. Debes recuperar las reliquias, el portal ya ha sido dispuesto –
– ¿Velnor, eres tú? –
– Solo soy lo que tu subconsciente desea que sea. Tan pronto el Ninja pierda el control del portal recuperaré mi estado físico –
– Pero ¿Cómo? ¿Dónde hallaré las reliquias? –
– Lo notarás en el momento oportuno. Ahora debes recuperarte y marchar hacia el Ritian, o todo habrá sido en vano –

Una sombría extremidad se reconstruía en aquél mundo incoloro. Nozepul la tomaba y, como si se recuperara del hechizo, sus ojos alertaron la llegada de Lance. Quién, a último momento, recapacita tras pretender desenvainar su sable y propicia una patada voladora al Mago.

Dante permanecía atónito. Con su palma, Nozepul bloqueaba el ataque delante de su rostro.

– Asombroso –

Refutaba Hore. Quién regresaba para recuperar el envase que contenía una estrella.
Una vez allí, observaba con detenimiento la recuperación del Druida.

Tan pronto como el Ninja se elevó corporalmente sobre Nozepul, éste le liberó y el Sombra se retiró entre laderas de escombros humeantes.

Geón recapacitaba y los tatuajes comenzaban a formarse en su frente. Pero, su oponente se desvaneció murmurando:

– Volveremos a encontrarnos, Druida –

Una estrella fugaz captaba la atención del fortalecido sucesor y portador del Yelmo de Diamante. La misma se dirigía hacia la lejana Aldea en las Montañas del Ritian.

La muchedumbre se acercaba a espaldas de los sobrevivientes, protegida por guardianes y cazadores.
Sumidos en una mínima esperanza seguían el rastro de una luciérnaga. La que se asemejaba a las estrellas en las que se habría convertido el Gran Mariscal.

Dante posó la mascarilla en su rostro y detuvo su mano sobre el hombro de Hore, mientras éste repetía la acción su brazo sano.

– Te has fortalecido, a pesar del sacrificio –
– Ahora nosotros debemos proteger el mundo contra la corrupción –

Y tras desligar sus brazos, libres, Geón avanzó recibiendo una mano, por cada uno, sobre su hombro.

El Alquimista sonreía, mientras el Ilusionista parecía observarle con sumo respeto.

– Debo marchar a las Sierras de Feror, joven Geón, tendrás que liderar a Triviltor en mi ausencia –

El muchacho asentía, sin palabras.

– ¿Qué harás tú, Hore? –

– La Gran inmigración, de la que contaba el Vidente, se avecina y el enemigo aún se encuentra suelto. Debemos prepararnos para el próximo reencuentro –
– Así es –

Replicó Geón, observando al más allá con la verdadera vista de un halcón.

Allí, donde los arbustos de la selva se entrelazaban formando innumerables senderos. Allí, donde un nuevo amanecer se avecinaba. El sombrío Ninja corría a toda velocidad, mientras la vaina que enfundaba su Katana se replegaba sin descanso.

– … –

– Paún… Paún… –

Clamaba una voz en el lejano oriente. El joven, finalmente, superaba la naturaleza y avanzaba por sobre un árido pasaje. Sediento y agotado, mientras en las lejanías creía advertir rocas formando una abandonada muralla.

– ¡Déjame en paz! –

Gritaba, irritado, mientras presionaba los lados de su cabeza.

– Guíame… Paún… –

Sobre la cima de una montaña rocosa, una capucha sobrevolaba. En la penumbra del rostro, una sonrisa se deleitaba y el feroz rugido de una pantera atormentaba a todo ser vivo en torno a éste. Desde el trasfondo se contemplaba la dura caminata del joven, Héroe, de Triviltor.

Continuará…