“…Y cuando las opciones son mas claras que el agua, cuando no queda más que luchar, el destino se interpone…”

El Final de las Represalias

La Colmena de Drill yacía en festejo y alegría, hasta que la llegada de Jor’Mont puso en marcha el golpe definitivo. Aquél que los bandidos, desde hacía décadas, ansiaban con locura. Aquél que el Líder solía posponer.
Siquiera temían a las murallas, pero jamás habían podido capturar el punto estratégico del Cruce Austero. Y aunque Wes’Har lo hubiera conseguido, pues por ello se festejaba, Jor’Mont lo desconocía. Un solo impulso golpeaba el interior del hombre que lideraba a los Demonios de Drill.
Aunque hubiese demostrado que su hija no era más que una excusa, ahora comenzaba a sentir importancia hacia ella.
¿Cuál era el sentido de festejar en ausencia de quién él más protegía?

Nada se interponía esa noche en el revuelo de los demonios. Todos estaban dispuestos a enfrentar el destino, y tan solo necesitaban la munición suficiente.
Las llamas iluminaban el centro del mercado negro y el borrego se convertía, a poco, en cenizas. El agua derramada y el sake relucía sobre las áridas tierras.
Corceles relinchaban ante el triste silbido de Naher. Más y más jinetes se unificaban ante la empresa final.
En cuanto Jor’Mont posaba su sombrero, Wes’Har sustraía la espiga entre sus labios y, antes de volver a situarla en su sitio, escupió hacia el suelo.
Así inició la marcha, y aunque debieran ir por detrás, Jor’Mont planeaba arrasar Cruce Austero antes de tocar puerta en Rigor Lejano. Pretendía incitar el terror dando tiempo a los Sheriff a respirar.

La noche aún era joven en Rigor Lejano y no existían palabras que justifiquen el tiroteo que los vaqueros efectuasen fuera de la muralla. Cualquier ser habitual hubiese muerto al instante ante aquel atroz fusilamiento.
Sin embargo no hallaron cadáver alguno, y Don Canet se cuestionaba quién había sido el primer borracho que despotricara, gritando, sobre el supuesto ataque.

Todo asimilaba a un desorden para alterar el show que había paralizado el rostro de más de uno en Rigor Lejano. Hasta la doncella más atrevida de la Taberna lamentaba como el negocio se había precipitado al abismo por un falso advertimiento de hostilidad.

– ¿Seguirá bailando, verdad? –

Murmuraban algunos, entre los expectantes. La hipnosis era un sabor dulce al paladar, ante los temores que angustiaban. Aún así, unos cuantos deberían dar estrepitosas explicaciones a sus parejas tras caer al borde de la tentación.

En un privado dormitorio Helen observaba hacia una ventana lo desconocido, mientras el mar se agitaba en la distancia. Presentes, en el lugar, se hallaban Jarriet, quién no dejaba de entrever su fino atractivo, y Andy, quién si bien la miraba de reojo aún conservaba cierta preocupación por su mentor.

– Helen –

Rompió con el silencio Andy Blackhawk, y como si una fría brisa ingresara desde fuera de la alcoba, la damisela se volteó hacia él. Su piel se erizaba y su delgada figura atrajo la atención de Jarriet, quién había quedado sin palabras.

– Ya dejen de mirarme de esa manera y retírense –

Exclamó ella.

– ¿Podemos? –

Respondió el mayor, vestido de Sheriff.

– Si, podemos –

Añadió Andy BlackHawk, y tras tomar del hombro a Jarriet se marcharon del dormitorio.
Helen procedía a cambiarse, sin despegar el oído detrás de la puerta de ingreso. Allí, oía la voz de Andy y parecía alucinar.

– Lo hemos conseguido. Ahora solo debemos irnos con ella sin atraer la atención –
– ¿Atención eh? Apenas sabré como olvidarlo –
– ¡Despierta! Mi mentor nos asistió y aún no se si esté a salvo –
– ¿El Fantasma de Runfenir? Siquiera un demonio sobreviviría a esos disparos. Olvídate de él –

Andy negaba sin descanso y, de pronto, ambos muchachos se sobresaltaron ante la llegada de una doncella mayor que vestía lencería de encaje.

– Ya va siendo hora que salgas mujercita. La noche es joven… –

Aunque sus pasos seductores entorpecieran la concentración de Jarriet, sus pómulos yacían enrojecidos y sus ojos llorosos, detalle que Andy no perdió de vista.

– ¿Se encuentra bien señora? –
– Señorita –

Respondió ella al interés de Andy. Su compañero se alarmó ante los modales del joven y, detrás de la puerta, Helen mordía sus labios de manera inquietante.

– Que caballero el niño. ¿Te permiten tus padres venir aquí? ¿O a caso eres un invitado de honor? –
– Mi hermanito se ha encariñado con la nueva bailarina –

Exclamó, sonriente, Jarriet.
– Vaya, vaya. De eso no caben dudas ¿eh? –

Replicó ella entre susurros y Andy, a espaldas de Jarriet desenvainó un puñal y lo posó cuidadosamente tras su espalda.

– ¿Hermanito? –
– Je je je –

Entre nervios, reía Jarriet. Mientras tanto, la dama acercaba sus bermellones labios al joven sheriff.

– ¿Dónde? ¿Dónde están ellos? –

Gritaba desesperado Don Canet. Buscaba despertar a todos los expectantes en la Taberna.

– Más problemas… Apúrate jovencita o te sacaré a rastras –

Gritó la dama y se retiró de regreso a la puesta en escena.

Jarriet y Andy se alarmaron, el teatro no había durado lo suficiente. Helen, que estaba poniéndose al tanto abrió la puerta y permitió ingresar a sus nuevos amigos. El vestido árabe yacía sobre el lecho y se había camuflado el cuerpo con prendas vaqueras. Llevaba arremangada una camisola de seda y, tras sustraer un puñal del cinturón de Andy, procedía a recortarse el pantalón para que no le entorpeciera el paso. Asimismo portaba un sombrero y su negra melena por sobre sus hombros.

– ¿Por qué te has vestido tan… –
– ¿Como hombre? –

Respondió ella a la duda de Jarriet.

Andy palidecía ante su facilidad con el puñal y, antes de quedar afónico, refutó:

– Así pasará desapercibida –

Ella asintió y luego de regresar el cuchillo a su sitio, les invitó a escapar por la ventana.

Mientras tanto los altaneros vaqueros se abrían paso por la taberna, atrayendo múltiples miradas. La doncella se presentó, finalmente, delante de ellos.

– ¿Qué sucede caballeros? –
– Este patán ha dejado ingresar a dos niños –
– ¿Niños? ¿Aquí? No es posible –

– ¡Señor, Señor! –

Llegó un agotado hombre a interrumpir los acontecimientos.

– ¿Qué sucede ahora? –

Respondió el gordinflón, a regañadientes.

– Cruce Austero ha caído. Los Demonios han tomado el pozo de agua –

– ¡¿Qué has dicho?! –

Las miradas del público yacían perplejas.

– ¡Don Canet! –

Gritó otro, desde el fondo.

Tales problemáticas comenzaron a ser oídas entre los rumores de la Aldea y los muchachos se transformaron en un asunto antiguo. Incluida la repentina desaparición de la joven Helen DeathTrick.

 

 

Las murallas comenzaron a ser ocupadas por vaqueros con rifles. Pues en el delgado horizonte se conseguía divisar, ante la noche, fogatas y una baluarte humana de bandidos. Al centro de la misma aguardaban Jor’Mont, Wes’Har y Naher.

– ¡Los Demonios de Drill están aquí! –

Gritaban, alarmados, en la Aldea.
Y en cuanto todos lo supieron corrían a esconderse en sus hogares. Solo los más valientes salían para enfrentar el inverosímil terror.
Los bailes en la taberna cesaban y las tiendas, de un momento al otro, se encontraban selladas.
Algunos jóvenes plantaban cara desde las terrazas y quién no estuviera encerrado, o bien pertenecía a los Sheriff de Don Canet  se habría olvidado esconderse en el toque de queda.

Vaqueros se movilizaban por las silenciosas callejuelas. Sus botas de cuero resonaban de forma incesante y los aldeanos, encerrados, enloquecían de nervios, al no tener certeza de quien se aproximara desde afuera.
Aún así, llevaban constancia del tiempo y así consideraban lo que demorarían en ingresar.

Los guardianes de Don Canet poseían el arsenal suficiente para vencer, pero al perder la Fortaleza del Cruce Austero las reservas de agua era mínimas. Jamás habían perdido la misma, y eso era un debilidad al orden del Rigor Lejano.

Jor’Mont sabía que no tenía prisa alguna en invadir y que la moral de los Sheriff se precipitaría ante el temor que los demonios infundían. Sin embargo, dos problemas le preocupaban. El desenlace de las tropas en Comadrón y el estado de Helen, su hija.

Ella se encaminaba hacia las playas. La vista era excepcional para la joven, y también para Andy BlackHawk.
Tras lo que viera en la alcoba de la señorita, su mirada hacia ella era diferente. Quizás, incluso, hubiera olvidado el asunto contra sus padres.
Jarriet les seguía detrás por más que él fuese, de los tres. quién mejor conocía la Aldea.

– ¡Se acercan! ¡Se acercan! –

Gritaba el embriagado marinero desde el Puerto. Y aunque el Mayordomo Egor notase su acercamiento, no logró alertar a los jóvenes que descendían hacia las costas.

Tras tomarse Jarriet de la cabeza, Andy se desmoronó sobre la arena. Pues entre risillas, Helen le había empujado. En cuclillas, ella le avizoraba delante de su rostro, mientras por detrás resplandecía la luna que conquistaba el cielo nocturno.

– Intentemos pasar desapercibidos, Andy –
– Pero… –
– Algo anda mal… Los caminos están muy solitarios –
– Habrán ido a dormir, ji ji –

Jarriet negaba ante el comentario de la pícara doncella.

– Miren eso –

Replicó Andy BlackHawk, y sus compañeros siguieron la pista de sus dedos que se enderezaban hacia el Este.

– E… E… Eso es… –

Por sobre el horizonte marítimo, en el más allá, una grisácea nubosidad aplacaba la visión total y las siluetas de unos buques parecían maximizar su tamaño, minuto tras minuto.

– ¡Están aquí! ¡Debemos advertir a todos! –
– ¡Cálmese señor! Pase a la Mansión, para su seguridad –

Replicaba Egor ofreciendo asilo al nervioso marinero. Al intentar, este, dirigirse hacia la Aldea y avisar a todos los campesinos, el mayordomo posó su mano en el hombro del señor. Antes de percatarse siquiera, le ofrecía una copa de hidromiel y, antes de asimilarlo, ya lo bebía. Era como si con ello volviese a respirar ante un repentino ahogo de tormento.

Tras varios tosidos quedó claro, más bien, que con el alcohol enloquecía.

– Calma Señor, ingrese al hogar por favor –
– Pero… Debo advertirles –
– No tardarán en verlo con sus propios ojos –

El anciano asintió y, a medida ingresaba, saboreaba otro largo sorbo de hidromiel.

Los muchachos en la playa parecían palidecer bajo el resplandor de las estrellas.

– ¿Qué son? –
– Navíos –

Contestó ella, al confundido Jarriet.

– Se están acercando más y más –

De pronto,  una ráfaga de disparos se oyó desde el lejano oeste. Tal fue el estremecedor sonido de los estallidos que los jóvenes, por poco, pierden el cuello al girarse hacia la Aldea.

– ¿U… Un ataque? ¿En Rigor Lejano? –

Exclamaba sorprendido, Jarriet.

– Vayamos a inspeccionar –
– ¿Has perdido la cabeza, Helen? ¡Eso no sonó a un simple duelo! –
– Vamos, no seas cobarde. ¿Qué dices tú, Andy? –

El muchacho yacía, aún, con la mirada perdida hacia los galeones que avanzaban sobre la marea.
Preguntas como… ¿De dónde provienen? y ¿a dónde se dirigen? comenzaban a entorpecer su inconsciente…

Helen zamarreaba, una y otra vez, la manga de Andy. Estaba dispuesta a investigar que sucedía en la muralla Oeste, pero requería un valiente cómplice. Jarriet, de solo imaginarlo lo lamentaba, pero no demoró en volver en sí y abrazar un impulso de coraje.

– Si están atacando Rigor Lejano, ¡debo protegerla! –

Exclamaba para sí, y aunque los otros dos no le oyesen, su pose anunciaba resolución.

Así partieron hacia el pueblo que asimilaba estar abandonado, pues ningún ser osaba movilizarse entre las callejuelas. Gran parte de los Sheriff se concentraban en las murallas.

A medida avanzaban, oyeron a un anciano conversar historias sobre los espectros que le atormentaron en el Pasaje Silencioso, ante el eco de una cabaña.

– Y aunque todo estaba perdido, fuimos en búsqueda del hombre. ¡Y allí estaba él! El Fantasma de Runfenir, con su atuendo oscuro como la noche. Mis compañeros le enfrentaron primero y fue un veloz movimiento de sus dedos que su colt escupía proyectiles por doquier. Como si un propio batallón nos enfrentara en la noche.

– Vaya… ¡Y tu has sobrevivido! –
– ¿Yo? Yo más bien me he fugado. Creía alucinar, pues más tarde vi a un niño portar una winchester y vencer a un jinete con un disparo. ¡Siquiera falló ante la conmoción! –

– Lejos estás ahora de ello. No hay de qué preocuparse –
– Además han dicho, que finalmente derrotaron al Fantasma de Runfenir –

Las voces de numerosos ancianos replicaban mientras parecían apilarse en torno al hogar a leña de la cabaña. Andy se encaminaba al frente, pero no perdía de vista los rumores para dar con noticias sobre su mentor. Y aunque las habladurías no fuese positivas, una pequeña esperanza latía en su corazón.

– El no puede haber muerto –

Exclamaba, y los otros dos le miraban confundidos.

– Allí es –

Anunció Jarriet, de repente, y aunque señalase hacia más adelante, probablemente Helen y Andy se hubieran perdido en los silenciosos senderos. En cambio, el tercero conocía el área como la palma de su mano, pues allí había nacido el.

– Desde aquí podemos verlo y pasar desapercibidos, salvo que… –
– ¿Qué? –
– Que la invasión supere las murallas –
– ¿Eso nunca ha sucedido verdad? –

Replicó Andy y Jarriet negaba, mientras una dulce sonrisa se dibujaba en el rostro de la dama.

– Ustedes no ven lo que yo –

Exclamó un hombre sobre la terraza.

– ¿Y qué es lo que ve? –
– Cientos y miles de jinetes formalizando una fortaleza en el horizonte, hacia el lejano Oeste –
– ¿Y cómo no está usted al frente? –

Exclamaba Jarriet con soberbia, mientras Andy notaba la misteriosa alegría en su compañera.

– Mi padre ha llegado –

– ¡Son Demonios de Drill, chico! Ellos no temen ni a las consecuencias de sus actos, ¡mucho menos a un asalto a la Aldea más fortificada! –
– ¿Y que hará cuando estén aquí dentro? –
– Miraré hacia el Este –
– Apuesto que aún no lo ha hecho, ¿verdad? –

– ¡¿Q.. Qué?! –

Se oyó más tarde y los muchachos siguieron camino al frente. Allí pudieron oír la voz de Don Canet liderando. La misma replicaba sobre los puestos de batalla.

– Sus familias nos esperan ahí debajo. ¡Recuérdenlo!, antes de dar un paso en falso –

Andy oía sorprendido y a punto de gestarse una batalla, las palabras producían honor en Jarriet. La doncella, por su parte, había dejado de sonreír.

– El impulso de los Demonios de Drill es el temor. Ese miedo al que inducen quiebra la moral de los defensores –

Y con el comentario, Andy recordó como dispararon a quemarropa contra Erabo al alertar la llegada del Fantasma de Runfenir.

– El miedo… –

Balbuceaba, mientras la dama asentía.

– Es una batalla psicológica –
– Lo es. Ellos pueden perdurar en el horizonte varios días. Lo que producirá en los defensores un par de posibilidades ilusorias que acabarán derrotándoles –
– ¡El Rigor Lejano no es cualquier Aldea! –

Contestó Jarriet.

Y el diálogo era inequívoco, pues la batalla había iniciado. La primer ráfaga de disparos consternaba a algunos Sheriff. Incluso se imaginaban corriendo a esconderse para ignorar la realidad que enfrentaban.

Corceles relinchaban en la distancia, y el eco de los estallidos resonaban por doquier. Alaridos de guerra protagonizaban la disputa armada.
Siquiera Don Canet lograba concluir sus frases que los Sheriff, consumidos por el orgullo que las palabras le provocaban, abrieron fuego.
De pronto una gran humareda se congestionaba sobre la muralla, ante los disparos.
Unos a otros, los demonios caían alcanzados por la furia del Rigor Lejano.
Y en sus rostros de bravura, instaron a las tropas a atacar. Una batalla que, fácilmente Jor’Mont podía postergar hasta el suplicio de los débiles, finalmente estallaba.

– ¡Avancen cabrones! –

Gritaba el pistolero Wes’Har, quien masticaba una espiga a medida su caballo iniciaba la carrera.

Silbidos se oían junto a Wes, del propio Naher y la melodía embarcaba a los audaces jinetes a concretar su campaña más ansiada.
Disparos comenzaban a arrasar sobre las murallas y algunos Sheriff caían tumbados, al ser alcanzados por la trayectoria de los proyectiles.

Don Canet no perdía de vista los cuerpos que se soltaban desde las alturas, y cómo la inminente guerra comenzaba a vencer la defensa más óptima de toda Runfenir.

– ¡Luchen por el orden! Nadie ha superado estas murallas jamás en la vida. Recuerden a sus ancestros, ¡abrácenlos! Pues ellos nos observan en tan honorable acontecimiento –

Gritos de guerra se entonaban por sobre el árido terreno.

– Por los Dioses, ha comenzado –

Murmuraba un anciano, desde el interior de una tienda.

Andy y Jarriet no podían alertar nada, pues los muros eran lo suficientemente altos para rechazar los impactos de las balas.
Sin embargo, los ojos de Helen parecían resplandecer. Pues sabía a qué se debía aquel inicio de hostilidades.

Y en la mansión de Don Canet, el marinero aguardaba observando hacia el Este mientras se embriagaba con el sake.

– ¿Qué es tan importante que siquiera logras oír los disparos? –
– El Más Allá –

Egor, el mayordomo, dudaba de la integridad de aquel hombre. Incluso las ráfagas de disparos cercenaban los tejados como si el combate se produjese a pocos metros.

– D… Demasiado veloces se avecinan –

Balbuceaba el viejo, cuyo rostro palidecía ante el trauma.

Siquiera lograba mantener la copa en su mano. Aquella, que tras deslizarse hacia el suelo, se hizo añicos.

el mayordomo intentó alejarlo para limpiar el desorden y, desesperanzado el anciano, cayó de rodillas junto al estallido del cristal.

– ¡Re.. Recapacite! –

Exclamaba y al observar por la ventana quedó estupefacto ante el terrible paisaje.

Aquella lejana batalla naval que los muchachos advirtiesen en las playas, repentinamente tocaba las costas de Runfenir. Ya era demasiado tarde, para transmitirlo hacia el Oeste.

– Pero…  ¿qué rayos? –
– He estado intentando decirlo durante días –
– Estamos perdidos –

El anciano asentía, al tiempo que su piel temblequeaba. Y aunque se hallara en posición de reposo sobre el suelo, era el miedo lo que lo atormentaba.

Disparos perforaban los murales que solían ser inalcanzables. Ahora los Sheriff se hallaban en desventaja y las paredes no eran ningún obstáculo para los demonios.

– ¿Qué haremos? –

Exclamó Andy, al ver como los orificios se incrementaban al frente.

– También debemos luchar –

Respondió Jarriet.

– Pero en esta posición… –
– Nada les detendrá –

Añadió, de pronto la joven.

– Helen… –

Nombrarla no calmaría la incertidumbre. Andy BlackHawk sabía que probablemente sus minutos de aliento fuesen contados.

– ¡Prepárense todos! –

Gritó Don Canet, y numerosos hombres comenzaron a descender de las murallas. Otros, aún disparaban desde las alturas.

– Ustedes serán las guarnición de reserva. Si la puerta llegase a abrirse, acaben con todo ser que cruce sus caminos –

El alguacil gordinflón regresaba, escalando la muralla, para inferir mayor confianza a los hombres. Mientras tanto, detrás de los Sheriff de reserva, Andy, Helen y Jarriet no dejaban de contemplar el portón aquél que les separaba de la amenaza real.
Montones de jinetes cabalgaban detrás de esa lámina de tronco.
Los hombres siquiera hablaban, apenas se podía sentir su inquieto aliento mientras apuntaban al frente.
Jarriet estaba decidido a unirse en tal campaña y su amigo a entorpecer su paso. Sin embargo, Helen tomó de la mano Andy BlackHawk y tironeaba.

– Muévete –

Susurraba por lo bajo. Aunque él no respondiera, su gesto era claro. Le preocupaba abandonar al compañero, que se había convertido en su amigo.

– Su honor vale más que su vida –

Oyó más tarde, de aquellos finos labios y como si su dulce voz le cautivara se dejó llevar.
Para su sorpresa, decenas de hombres y mujeres se retiraban de sus hogares y se dirigían también hacia el Este.
Repentinamente una explosión se hizo sentir a espaldas de Andy. Habrían utilizado dinamita para abrirse paso por el Rigor Lejano.
A medida la polvareda se desvanecía, y con la presencia de algunas siluetas, los Sheriff de reserva abrieron fuego al unísono.

El avance de los Demonios de Drill era inevitable. A medida Andy se alejaba de la invasión, alertó como todas las personas que se dirigían hacia la playa yacían, de pronto, paralizadas.

– ¿Q… Qué sucede? –
– No lo sé –

Las miradas no cesaban al Este. Cada campesino había perdido el habla ante la perspectiva singular. De igual modo Egor, y el pescador yacieran pálidos con antelación en la mansión de Don Canet.

– Demasiada fuerza –

Exclamó alguno de los dos.

La nube de la explosión avanzaba convirtiendo el área de la batalla en una abundante neblina. Don Canet aún gritaba sus órdenes desde las alturas, y los disparos de cada rifle resonaban haciendo incomprensibles lenguajes.

Jarriet alcanzó a alertar un revólver en el suelo, tras la muerte de la primer barrera de hombres. Mientras se proponía tomarlo, se percató que Andy y Helen habían desaparecido.
Por un momento planeaba retirarse armado, cuando advirtió entre la niebla de guerra el avance desmesurado de dos jinetes. Se trataba de Jor’Mont y Wes’Har, quiénes finalmente se hallaba en el interior del Rigor Lejano.

– ¡Vamos pendejos! –
– ¡A la carga!! –

Enormes eran los ojos de Don Canet. Tras oír tremendas voces comprendió que la invasión se propagaba de manera inagotable. Las murallas eran un inconveniente para sus hombres, pues recibían disparos al frente y por la espalda.
A poco, comenzaban a rendirse y el gordinflón les instó a descender nuevamente. Imponer el orden una vez más.

– ¡Sus familias se encuentran allí! Al filo de garras impostoras. ¡Luchen por el Rigor Lejano!! –

Gritaba a medida regresaba debajo de las murallas y la nube era tan espesa, que en el interior siquiera podían conocerse entre los aliados. Sin embargo los Demonios de Drill llevaban paños de seda y reducía su ceguera ante el fuego amigo.

Jor’Mont comprendía que ello podía ser una desventaja, y por tanto anunció:

– ¡Desmonten todos! –

Los disparos resonaban por doquier y la batalla persistía en el interior de la Aldea. Algunos de los seres, delante de Andy eran alcanzados, y finalmente él observó hacia la playa. Era incomprensible que todos se hallaran paralizados y de espalda al peligro.

Al contemplar el mar, los iris negros de Andy también quedaron en una especie de ciclo infinito. Siquiera podía pestañear ante lo que lograba divisar.

Antes de comprenderlo, todo a su alrededor se oscurecía. Era como si algo de mayor tamaño ocultase toda la luz presente.

– E… Estamos muertos –

Clamó uno, y antes de acabar como el resto, Helen tironeó a Andy para obligarlo a huír de lo que se avecinaba.
La destrucción del diminuto puerto se hizo oír, de pronto.
Aún no estaba claro que era lo que se aproximaba, pero algo había dejado a todos congelados de miedo.

La batalla aún no cesaba y mientras restase aliento en Don Canet sus órdenes no dejaban de hacerse sentir.
Sin embargo, un repentino codazo en su cien le hizo tropezar. Tras embarrarse entre la mezcla de tierra con la marea rojiza que paulatinamente contenía la superficie, tosió sin más, al tiempo que oía los desgarrados gritos de dolor de los caídos y la furia indescriptible en las voces de los Demonios de Drill.

Un Sheriff aún permanecía en la muralla. Se trataba del hombre que hubiera salvado a los niños del Fantasma de Runfenir. En ausencia de jinetes no tardó en comprender que ya todos habían superado la Fortaleza de los buenos hombres. Sus manos siquiera podían cargar el rifle ya. Tarde o temprano, sabía que caería abatido y prefirió observar hacia el Oeste, el árido continente de Runfenir.
Los corceles se retiraban relinchando por todas partes, cuando de pronto una silueta comenzaba a formarse en el horizonte. Era tan negruzca como si trajese la noche a su paso. Al acercarse comprendió que no era un caballo, sino otro hombre.

Siniestro y solo avanzaba a rango de disparo. Y aunque el hombre creyese justificable jalar el gatillo una vez más, pues suponía era un demonio rezagado. Al verlo en cercanía comprendió.
Aquel ser no vestía como el resto y la oscuridad de su silueta formaba parte de sus propias características. Sus prendas eran negruzcas, y por detrás una capa revoloteaba de forma constante.
En otra ocasión hubiera gritado por su llegada, puesto que le conocía como uno de los buscados que encuadraban las paredes de la taberna. Pero la realidad era que otros de su calaña ya se hallaban invadiendo la Aldea.
En la duda interminable, su consciencia le invitó a respetar su honor como Sheriff y cargar contra él. Pero, de repente, una carcajada le dejó prácticamente sordo. Seguido de ello, sintió un cañón ardiente presionando, por detrás, su cabello.

Tras vacilar, soltó su rifle y solo tuvo ojos para el forajido que se aproximaba. Incluso sintió el trauma al notar que una extraña mascara, desfigurada, ocultaba el perfil de su rostro. Aún sintiera su vida dirigirse al vacío de la colt que le apuntaba sobre la nunca.

– ¿Aguardabas la muerte aquí, en vez de luchar como tus compañeros? ¡Cobarde! –
– Y… Yo –

Aunque no lograse comprender por qué el Fantasma de Runfenir seguía con vida, era lo único que podía contemplar antes que su cráneo fuese perforado por el proyectil de la colt.
Sabía que no recibiría ayuda del forajido oscuro, pues él había advertido al Rigor Lejano su presencia en la mañana. Además había liderado el fusilamiento. Sin embargo, Erabo alzó la cabeza y su confuso rostro pareció notarle. Acto seguido, la carcajada cesó y el maniático detrás del Sheriff fue abatido.
El hombre, a punto de ser su víctima, imaginó que le habían salvado por la espalda pero al contemplar la colt del Fantasma de Runfenir apuntándole palideció.

Con su entrada, los zafiros incrustados en su capa parecían resplandecer. Un zarpazo de su cuchilla logró vencer a un agresor, mientras el otro se desplomaba ante un disparo frental de su revólver.
Los demonios que se abrían paso, alertaron al ente nocturno saltando entre los cuerpos moribundos y se voltearon disparando a quemarropa. Tal cantidad de proyectiles no fue suficiente, pues el siniestro Ser se empujó sobre uno de los muros y la capa logró ocultar todo su cuerpo. Como en repetidas ocasiones, ningún proyectil lograba superar su reliquia.
En medio de las disputas a muerte, Don Canet se erguía mientras refregaba sus manos por sobre su rostro. En la abrumadora perspectiva y confundido ante la abstracta visión, contempló una espiga delante de sus ojos.

– Te tengo cabronazo –

Oyó, así, la voz de un muchacho y planeaba enfrentarlo hasta que sintió la colt pesando delante de su frente.

– Años de pendejadas y de cabrones enviados a la muerte. Ahora que te tengo, te lamentas como un maldito puerco –
– E… Espera, muchacho… –

Entre estruendosas y masivas descargas, Jarriet alertaba la muerte de cientos ante los hostiles. Sabía que su vida podía correr el mismo trágico desenlace. En la confusa incertidumbre creyó oír la voz del alguacil. Aquél que rogaba por su vida, como algún niño oculto ante una pesadilla.

– Te daré un título ejemplar. ¿Qué dices? –
– Calla cabrón. Morirás solo. Respira mientras puedas –

Jarriet alzó su revólver, pues reconocía ambas voces y no tendría una oportunidad similar.
Tomando el arma de fuego, con ambas manos, intentó hallar la presencia de Wes entre la humareda. De no ser por su peculiar diálogo, jamás le habría detectado.

– De rodillas, cabrón –

Sin más rodeos gatilló. Para suerte el muchacho volteó el rostro. El proyectil apenas arañó su pómulo, sin embargo fue suficiente para herirle.
De rodillas acabó él, tratando de vaticinar quién le había disparado. Incluso Don Canet deseaba conocer a su salvador, pero el azar no detendría el impulso de Wes’Har.
Tras ponerse de pie apuntó una colt hacia el Líder del Rigor lejano, y otra hacia la procedencia de la descarga que lastimase su pómulo.

– ¡¡¡Caaabrooon!! –

Entre disparos adyacentes el siniestro forajido avanzaba saltando y esquivando. Incluso los Sheriff le disparaban a todo lo que se movía delante de sus ojos.

Pero la niebla de guerra no parecía ocultar su atención y precisión. A medida se abalanzaba al frente y derrotaba a los que intentasen abatirlo, alertó a Jarriet que se hallaba en peligro ante la mira de Wes’Har.
Erabo no se proponía favorecer al joven bandido una vez más y, por tanto se interpuso entre ambos.

– T… Tú… –

Exclamó Jarriet, al notar la llegada del forajido.

La niebla de guerra comenzaba a esparcirse y el pistolero, Wes Har, logró alertar al Fantasma de Runfenir delante del culpable.

– ¿El Fantasma eh? Que día tan grato, cabrón –

Las miradas entre Don Canet y Erabo se cruzaron sin más, así ostentaran un enemigo en común.
Pero al retirarse la humareda, el peligro era aún mayor.
Jor’Mont Podía contemplar la escena con total libertad.

– Esperen… Nos rendimos –

Gritaba Don Canet.

– Dos pájaros en uno. ¡Dispara Wes! –

Replicó Jor’Mont ante la maléfica sonrisa del pistolero.

Los Sheriff soltaron sus rifles ante la determinante rendición del Alguacil, y algunos Demonios de Drill aprovecharon la situación para invadir la Aldea.
Hombres armados ingresaban a la taberna y a tiendas varias, mientras otros seguían el curso del camino hacia el Este.

– ¿Qué será ahora de los inocentes, Canet? Ja Ja Ja –
– Los Demonios de Drill, finalmente se convertirán en un pueblo unido –

Murmuraba Jor’Mont ante los augurios de su mano derecha.

– F… Fantasma –

Contestó Don Canet, ignorando a los rebeldes.

Jor’Mont, que permanecía tranquiló, alzó su rifle al notar que detrás de Erabo se encontraba Jarriet.

– Vaya, vaya… Pero que tenemos aquí –
– Fantasma… Si detienes esta invasión, olvidaremos tu búsqueda –

Insistía el gordinflón, de rodillas.

– Elimínalos, Wes’Har –

El pistolero asintió mientras presionaba la espiga entre sus labios y Erabo se mantuvo firme en su sitio.

– ¡Fantasma de Runfenir! –
– Hasta cuando estarán con eso, pendejos –

Exclamó el sádico pistolero, quién sin más rodeos disparó a Erabo para demostrar que los espíritus no existen.

Jarriet se alarmó, pero aún así Erabo se mantuvo de pie y ante el resplandor de su capa esquivó la descarga.

Wes’Har contemplaba confundido la situación, y furioso apuntó ambas colt al siniestro forajido. Más tarde disparó, sin cesar.

Aprovechando tal situación, el Fantasma de Runfenir avanzó girando su cuerpo y evadió los proyectiles hasta quedar delante del atacante.
Al ver Jor’Mont a Jarriet a su alcance, apuntó su rifle. Sin embargo, con su puñal, Erabo destrozó el cañón del mismo y propició una patada al joven Wes’Har.

Furioso el Líder de los Demonios dejó entrever su cinturón y desenfundó una colt. Se proponía a fusilar a Jarriet, cuando el revólver de Erabo descansó en su frente. Sin más, el hombre rechinó los dientes ante la audacia del forajido.

Wes se erguía dispuesto a asesinar a todo Ser presente y Don Canet observaba la disputa atemorizado.
A tiempo, Jarriet apuntó su revólver al pistolero y amenazó con dispararle una vez más.

– ¡Suéltalas! –
– ¡Pendejo! –
– ¡Que sueltes las armas! –

Ignorando la advertencia, Wes apuntó su colt al frente. Antes de jalar el gatillo, Jarriet hizo lo suyo. El proyectil eficazmente dio en uno de sus hombros y Wes cayó de espaldas lamentando el dolor.

– ¡Cabrooon! –

Antes que pudiese contra atacar, Jarriet tomó carrera y desde el suelo, Wes’Har, advirtió al otro muchacho apuntar la colt desde lo alto.

– Pagarás por esto, bastardo –

Al ver el resto de Demonios de Drill que sus líderes se hallaban en una situación de desventaja, y tras la rendición de Don Canet rodearon a Jarriet y el Fantasma de Runfenir.

Jor’Mont que no podía aceptar ser ayudado por sus hombres, en el momento en que Erabo alertaba la llegada de los bandidos se zafó de su colt y le propició un puñetazo.
Antes que pudiese reincorporarse, Jor’Mont disparó a Jarriet y el muchacho se desplomó junto a Dont Canet.

– ¡Nooo! –

Gritó el Alguacil, e inmediatamente olvidó la rendición. Planeaba erguirse y enfrentar al propio Jor’Mont, pero otro disparo le alcanzó. Los Sheriff tomaron sus armas, ignorando la ventaja numérica de los enemigos.

En la distancia, Andy y Helen que regresaban a toda prisa lograron divisar el encuentro de los hombres en discordia. Ante la oscuridad latente se avecinaban corriendo.

– ¡Padre! –
– ¡Maestro! –
– ¿Helen? –

Wes’Har se arrastraba dolorido, y ante el silbido de Naher fue asistido por algunos demonios. Planeaban marcharse, pues la victoria por parte de Jor’Mont era clara. A pesar que algo se acercaba desde el más allá y hacia tiempo se oían ruidos a destrozos sin saberse a ciencia cierta a que se debía, el Líder de los Demonios cruzaba miradas con el Fantasma de Runfenir. Ambos planeaban dar inicio a la feroz escaramuza, cuando de pronto, y ante la atención de todos, la ausencia de disparos alertaron lo venidero.

Desde camino al puerto avanzaba un gigantesco navío por sobre el árido terreno. El agua marítima brotaba por doquier, mientras remarcaba un trayecto por donde se desplazaba la barcaza.
Siquiera podían premeditarlo y, en medio del terror del público, los hombres se desviaban de su inminente llegada.
Entre dos tiendas, sobre un diminuto callejón sucumbían, abrazados, Helen DeathTrick y Andy BlackHawk.
Los Sheriff empujaban forzosos a Don Canet, quién se preocupaba mayormente por el joven Jarriet.
Y en medio de las atroces consecuencias Jor’Mont y Erabo se vieron alcanzados por el avance pertinente.

Gran parte de la Aldea sucumbía hasta una destrucción amplia. Toneladas de escombros e individuos alcanzados por el galeón desaparecían de la visión, hasta conformar una marea que descendía hacia las costas.

A una velocidad incalculable y sin manera de detener el impulso, pues incluso las anclas yacían inconclusas en las cadenas de hierro.
Insostenible la enorme portada del barco logró atravesar la muralla del Rigor Lejano y entre un ruidoso avance acabó por perder en el horizonte, dirigiéndose hacia el Pasaje Silencioso.

Ante la relevante ausencia de Jor’Mot, los Demonios de Drill se dieron a la fugar. Aún así, no perdían de vista el barco de guerra que había logrado interceder en la batalla.
En las playas, hacia el Este, una flota aguardaba en descanso ante el movimiento de la misma. El banderín dorado revoleteaba ante el impulso de la brisa y unos individuos descendían hacia las costas espumosas.

– Si hallan algún viriathros, tráiganlo de regreso. De cualquier manera aceptaremos cualquier ser para ahorrarnos el drama por retirarnos en momento de guerra –
– Si, señor –

Sus pasos metalizados resonaban como un ejército, cuando no eran más que una docena de hombres.

Ante un rejunte de escombros, con los ropajes deteriorados dos hombres luchaban entre sí, al borde de la desesperación. En ausencia de sus armas de fuego y a pesar del daño recibido, aún concebían suficiente fuerza para acabar muertos a trompadas.
Otros luchaban de igual manera. Hasta que los seres que provenían del más allá les rodearon y conformando un estrecho círculo, desenvainaron sus lanzas y apuntaron los filos a los aparentes líderes de la batalla.

– De rodillas –

Gritó uno, de los cuantos que parecían resplandecer en la propia noche por sus majestuosos jorgales de oro.

Los presentes no eran más que el propio Jor’Mont y Erabo. Tras el cruce de las afiladas lanzas, procedían a abandonar la discordia y al cabo de unos minutos acabaron siendo capturados. Luego yacían encerrados en las mazmorras del buque.

La conmoción era avasallante. Ninguna persona había contemplado tal destrucción jamás en la historia de Runfenir.

– Se han ido –

Gritaba un Sheriff y los campesinos comenzaban a presentarse, abandonando todo escondite.

Una marea de destrozos permanecía sobre el sendero principal de la Aldea. Montones de escombros por doquier, y entre los Sheriff armados aparecieron Andy y Helen. Ella no le quitaba los ojos de encima y él no dejaba de buscar a su mentor entre el público.
El lamento de Jarriet se oía de fondo y, arrastrándose sobre su herida, Don Canet se acercó a él y le palmeó el hombro.

– Tu eres el héroe del Rigor Lejano, chico. Mira a todas partes, pues tu nos has salvado a todos. Estamos en deuda contigo –

Y aunque el dolor le molestase demasiado, una sonrisa se dibujaba en su rostro. Jarriet había alcanzado las expectativas de su padre.

– Señor Canet –

Exclamó uno de los soldados, y el gordinflón renegó un breve período de tiempo.

– Los Demonios de Drill parecen haberse retirado con intenciones de investigar la barcaza.

El Líder rechinaba los dientes. Cualquier beneficio actual sobre Drill desencadenaría una derrota sin precedentes.

– ¡Envíen tropas hacia allí! ¡Debemos llegar antes que ellos! –

– ¡En marcha! –

Y así, aunque la batalla finalizara el lejano Oeste proveería nuevos asaltos. En aquel momento, y mientras Don Canet era inspeccionado por un doctor, Helen DeathTrick planeaba liquidarlo pero Andy encontrando la colt del Fantasma de Runfenir, le detuvo.

– Lo sé… Lo sé… Tu momento amerita. Pero ahora, somos libres –
– O podríamos ser buscados por imponer nuestras propias reglas –

Respondió ella, alzando el ceño.

– ¿Pudiendo explorar el mundo entero, deseas acabar entre rejas? –
– Todos acabaremos en sus rejas algún día, Andy –
– Lo sé… Lo sé… Pero no estaremos solos –

Respondió el muchacho, señalando a Jarriet. Y a medida abandonaba la aldea con el arma de fuego de su mentor, Helen cruzó miradas con el popular salvador del Rigor Lejano.

– No es más que… una mascota –

– Helen… ¡Esperen! ¡Helen! –

Y los aldeanos se reunían en torno al muchacho que llamaba, una y otra vez. Quién fuera a quien le hablara se había desvanecido ya.

– ¿A quién le hablas muchacho? –

Exclamó Don Canet, preocupado.

– Al parecer habla con fantasmas –

Reflexionó una anciana.

– ¿El Fantasma de Runfenir? ¿Dónde está él? –

Gritaba enloquecido el alguacil gordinflón ante la expectativa de todos.

Un navío se retiraba sobre la marea y los espadachines dorados formaban un ejército ordenado, que de pie aguardaba órdenes. Detrás de ellos, una escalera llevaba a los aposentos interiores y en dos prisiones se hallaban el silencioso Fantasma de Runfenir y el Líder de los Demonios de Drill.
El segundo se jactaba que en cuanto se liberara asesinaría a todos y cada uno, con sus propias manos. Erabo parecía dormitar y, de pronto, al abrir sus ojos contempló una batalla naval lejana.

– La guerra aún no acaba. ¡Todos a sus puestos de combate! –

Gritaba organizando, uno de los mariscales.

– Parece que esto, solo acaba de iniciar –

Murmuró el Fantasma de Runfenir, con una irónica sonrisa.