Capítulo 14 – Por un nuevo mañana

por | May 20, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…La libertad, el heroísmo y la buena voluntad siempre conlleva a una desgracia…”

Por un nuevo mañana

Ante los ojos del pequeño Erion, el viriathro Fab se incineraba por una llamarada mística ocasionada por el propio Corey. Quién se suponía era su sanador, se convertía en el asesino. Muy a pesar de su doloroso intento, la espada de oro solo había conseguido ensartarse en la extremidad de la abominación.

Cent’Kas luchaba para contener el aliento, contemplando al muchacho que, en dos ocasiones, intentara salvarle. Era ahora un cuerpo rostizado que apenas se podía reconocer por sus rasgos faciales.
Siquiera había conseguido gritar por las quemaduras que murió pasados los segundos.

La situación de Lena no mejoraba y sus asistentes siquiera se habían enterado del fortuito sacrificio. La pesadilla de la noble no hacía más que aflorar de forma trágica. Las enredaderas se convertían en garras de oro que manoseaban su cuerpo y prensaban sus pasos hasta convertirla en una estatua dorada.
El oro subía por encima de su piel y desgarraba todo su vestido, hasta convertirla en una desnuda estatuilla brillante. Estrellas replicaban en su consciencia y Romir se había desvanecido por completo.

Ante la terrible realidad, Romir se quitó su capa y la usó para abrigarla. El vestido se había deshecho y, siquiera se encontraba en esa existencia. El sudor era tal que su cabellera yacía húmeda y sus ojos entre abiertos denotaban un centelleo inexplicable.
Erion lloraba, de pronto, y su alarido asimilaba a un bramido de un oso joven. Caía de rodillas entre sollozos, incapaz de controlarse.
Allí fue que Rultz logró despertar de la hipnosis que la aparente excitación de Lena producía en él y advirtió la ausencia del viriathro en su lecho.
Para cuando notó a Erion sollozando, el rebelde creía hacerse una idea de todo. En ese entonces, la concubina hizo su entrada y cruzó miradas con el mayordomo.

Antes de que la guerrera pudiese comprender la condición de la noble, Joseph se puso de pie y en guardia.

– ¿Qué haces tú aquí? –
– Mi… Misión –
– La has abandonado ya, retírate –
– Te equivocas –

Ambos estaban dispuestos a iniciar un revuelo de puñetazos y patadas en aquél lugar. Sin embargo, Romir se irguió en su sitio y gritó:

– ¡Suficiente! –

Rultz se dirigía hacia fuera pero el niño, poniéndose de pie, le abrazó por la cintura. Buscaba impedir otro sacrificio por su culpa.

– ¡Aparta pequeño! –

Erion negaba reiteradamente y le abrazaba tan fuerte como si concibiera alguna clase de familia en ellos.
Las lágrimas comenzaron a soltarse desde los párpados del rebelde.

– Mataré a ese maldito elfo –

Gritó, y fue suficiente diálogo para Romir olvidara a Lena por un momento. Se proponía investigar al respecto.

– ¿Co… Corey? –

Clamó, y Joseph rechinó los dientes.

– Espere magistrado –
– Protege a Lena con tu vida –
– ¡No salga Magistrado Romir! –
– ¿Pretendes morir aquí? –
– Aguarde –

Y tratando de detenerle, el mayordomo le siguió, dando oportunidad a Dorothea a contemplar la situación en la que se hallaba Lena.

– ¡Corey! –

Gritó Romir, sobresaliendo de la semi destruida cabaña.
Detrás, le seguía el mayordomo sin poder hacer nada al respecto.

La criatura rugió con amplitud, provocando viento que asimilaban a huracanados. Sin embargo, el magistrado no desistía.

– ¿Que le has hecho a Lena? ¡Cobarde! –

– ¿Oh? –

El encapuchado Elfo volteó la mirada hacia la cabaña, pretendía constatar el impulso de Dorothea.
Joseph había logrado detectar la temible perspectiva. No sólo el cuerpo de Fab yacía rostizado, sino que además el campeón crepuscular aún se encontraba capturado por los tentáculos.

– Esto es un error magistrado –
– ¿De qué nos servirá sobrevivir si nos hallamos a su merced en el interior de su hogar? –

Sin tener respuestas al respecto, el mayordomo guardó silencio.

– ¡Libérala Corey! –
– ¿Están ciegos acaso? –

Respondió con una pregunta el místico Elfo.

– L… Lena… –

Murmuraba Dorothea ante el cuerpo, de quién ella debía proteger.
Rultz aún planeaba enfrentar al enemigo, en venganza por Fab y a costa de Erion, quién aún no le soltaba del abrazo.

– Prefiero morir que vivir viendo como el héroe ha caído –

La concubina cayó de rodillas y tomó a Lena del pómulo.

– L… Lady Lena… –

También Dorothea derrochaba lágrimas ante el abrupto acontecer. Aún Lena yacía excitada ante el inexplicable conjuro que la tenía poseída.

Sin más, y perdiendo las fuerzas, los afilados abanicos se soltaron de las manos de su guardiana y, al mismo tiempo, Rultz logró liberarse del afecto de Erion para marchar hacia afuera.
Ante gritos de dolor sin explicación, o traducción alguna, el niño tomó un abanico y huyó hacia el mismo lugar.

– Es… Espera pequeño –

Exclamaba la concubina, sin poder erguirse, pues solo tenía ojos para Lena.

Asimismo, Rultz empuñaba su sable de oro y se proponía liberar al campeón crepuscular, a medida la ventisca azotaba contra su cuerpo.
Y en la indecisión de Joseph, el pequeño Erion apareció por detrás de todos.

– Y la reunión por el Demonio de Yahandá prevalece –
– ¡Corey! ¡Libérala! –

Indeciso frente al monstruoso Ser, delante de sus ojos, Rultz, empuñando el sable, no sabía hacia donde marchar. En ese preciso instante, Erion se adelantó corriendo hacia dónde yacía el cuerpo de Fab.
El rebelde advirtió la resolución del niño y, antes de lograr detenerlo, numerosos tentáculos invadieron el panorama.
Buscando salvar el pellejo de Romir, su mayordomo se adelantó y fue capturado por las extremidades.
Tantos Rultz, como el magistrado, sucumbieron lejos del alcance de la criatura.

– GNNN… –
– ¡Joseph! –

En la carrera, Erion, divisaba el cuerpo sin vida del viriathro y, mientras las lágrimas se escapaban desde sus ojos, advirtió la katana.
Tan pronto la criatura unía los cuerpos de sus presas, Cent’Kas y Joseph, dirigía el resto de los tentáculos, dispuestos, a capturar al niño.

Por su parte, Corey, contemplaba con admiración como el pequeño rivalizaba frente a su muerte.

Rultz y Romir aguardaban de rodillas y, en cuanto el sable de oro se liberada de las manos del primero, el otro planeaba hacerse con el mismo.

– Esa abominación está lejos de toda comprensión –
– Aún así… Por Lena… yo… –

Romir tomó el sable y se abalanzó sobre los cráteres que provocaron los impactos de la bestia.

Con todas sus fuerzas, Erion arrojó el abanico al frente, así fuese su última voluntad. Y aunque la misma lograra desbaratar la presión que limitaba el aliento del ninja, el resto de las extremidades se fundieron sobre el pequeño. Éste ya no tenía modo de escapar y, en un último intento corrió hacia la katana que se encontraba a pocos pasos de él.

– Insensato –

Exclamó Corey y la bestia dejó caer la prominencia de sus extremidades sobre el pequeño.
Pero totalmente liberado, Cent’Kas, tomó carrera a medida arrojaba numerosos shurikens. Las miradas del pequeño y el campeón crepuscular se cruzaban en un ínfimo segundo.

Viéndose imposibilitado, Erion empujó la espada y, aunque Cent’Kas logró abrazar el mango de la misma los tentáculos acabaron por arrasar con todo.

-¡Nooo! –

Gritó Rultz, sin consuelo. Y Romir, furioso, se abrió paso entre los cráteres mientras portaba el sable de oro.

La muerte de Fab y el futuro incierto de Erion habían sido suficientes. Enloquecido, el ninja, produjo un centenar de cortes que acabaron por derrotar a la bestia y, tan pronto regresó al suelo, buscó al pequeño sin descanso.
Tal había sido la agilidad de sus ataques que la criatura sucumbía de espaldas, con innumerables heridas.
Incluso Joseph se encontraba libre.

Bañado en la sangre del monstruo, Cent’Kas avanzaba entre los escombros. Posaba la Katana sobre su hombro y, sin embargo, una densa aureola celestial había importunado la muerte de Erion. Los tentáculos se dispersaban a través de su misticismo y el pequeño levitaba sobre la mano del Elfo. Poco a poco le estrangulaba y, así el Demonio de Yahandá lanzara raudos cortes frente a la barrera celestial, no había nada que pudiera hacer para evitarlo.

– Él debe morir con mis propias manos –
– ¡No!  –

Exclamaba el Demonio de Yahandá, imposibilitado para atravesar el muro celestial. Al tiempo que el cuerpo rostizado del viriathro aguardaba recostado a su lado.

Rultz lamentaba no haberlo intentado y, al igual que en Erion, las lágrimas fluían como densas cascadas junto a sus rostros.

– Raudo Cent’Kas. El futuro depende de este día –

Corte tras corte, la barrera no cedía y, exhausto, el campeón crepuscular negaba.
Incluso se soltaba la figura del Árbol de la vida de las Sierras de Feror de la mano del pequeño y el místico sonreía con agrado.

– Adiós Erion –

Murmuró el Elfo y la llamarada desde la palma de su mano irradiaba delante del rostro del pequeño.

Tan pronto se oían los gritos desconsolados y el Elfo reía macabramente, que el sable de oro atravesó detrás de su hombro.

– ¿Q… Qué? –

Romir le apuñalaba por la espalda, a tiempo.

– T… Tú… –
– Te advertí que te mataría –
– Maldito humano –

En cuanto el Elfo planeaba voltearse para erosionar el cuerpo del magistrado con su llamarada mística, Joseph se adelantó y, empujándolo tomó el sable de oro.
El conjuro fue tal, que Erion se liberó y al desaparecer la barrera el Demonio de Yahandá tuvo vía libre.

– ¡AGHHH! –
– ¡Joseph! –
– Prometí protegerle con mi vida, ma… magistrado –
– No hay de que lamentarse. Acabaré con todos y cada uno –
– Muy imprudente… –

Oyó el Elfo, un sutil susurro a su lado y la katana se abrió paso por su cuello.
Aún así, pareciendo haber sido degollado, su cuerpo se tornó etéreo y se desvaneció por completo.

Tanto Erion, como Joseph y Romir habían sido salvados pero un gran costo yacía delante de sus ojos. Fab había muerto.

El terror se esfumaba a tiempo, mientras Dorothea conservaba el puño delante de su corazón, Lena recuperaba el conocimiento.

– ¿Lena? ¿Lena? –

Gritaba repetitivamente Romir, a medida se acercaba a la cabaña.
A pesar de todo, Erion no lograba expresar palabras por Fab y acercó la artesanía del árbol de la vida a su mano.
Rultz, por su parte, tomó la larga capucha del campeón crepuscular y tapó al héroe que perdió la vida en el intento de salvarles.

Cent’Kas sabía que la batalla estaba a punto de iniciar y que un sinnúmero de incertidumbres afloraban con el pasar del tiempo. Sin embargo, la valentía de los esclavos había aflorado en él un sentimiento. El deseo de liberarlos a todos, en nombre del Viriathro.

La invasión proliferaba en el Imperio. Decenas de espadachines dorados habían sido derrotados. Se rumoreaba la presencia del Cráneo Negro en la batalla.
Y por orden de los Generales se buscaría asistencia por parte de los esclavos. Puesto que el ataque asimilaba a un apocalipsis y era más factible unirlos a la batalla que encerrarlos a aguardar la muerte.
Con la llegada de la guardia Imperial a la caverna de los Viriathros, se alertó el abuso de rebeldes hacia Sinuesa y, a tiempo se logró calmar la fogata de impureza.
Los prisioneros, guiados por Rebok, planeaban hacer frente a la amenaza ante su triunfo sobre los Viriathros. Sin embargo, tras abrirse las puertas encontraron múltiples espadas viejas y armaduras de bronce.
Inspirados por alguna clase de desafío, se armaron planificando marcharse esa misma noche.
A duras penas dejaron cinco espadas en el fondo, para aquella raza inferior a la que habían hostigado con suma libertad.
Lo que ninguno imaginó era que los mejores sables se encontraban en atención de la penumbra.
Asimismo, los Viriathros preferían no luchar y, abrazados, se consolaban tras la golpiza recibida.
El Líder tapó a Sinuesa, que yacía sentada en cuclillas, cubriendo sus destrozadas prendas y al borde del pánico.

Los prisioneros avanzaban a paso ligero.

– Podríamos ir a por los Nobles –

Exclamó uno, junto a Rebok. Y éste contestó:

– Primero debemos ubicar el puerto para planificar la fuga –

Y dispuestos a todo, marchaban hacia el Noroeste. Pero la llegada de un guerrero de placas impidió la retirada.
Se trataba del hombre aquél que portara grabado el rostro triste. Siquiera contaba con espadachines dorados. Solitario, desenvainó su asta de doble filo y aguardó delante de un centenar de hombres.

– ¿Quién se ha creído éste? –

– Ha perdido la cordura. Somos demasiados –

– ¡Al Muro Norte, si desean sobrevivir a mi encuentro —

Murmuró, a penas oíble, por los hombres más distantes.

– Tienes agallas, lunático –

Incluso se avecinaban prisioneros de las restantes cavernas. Pero aquél Ser siquiera dudaba ante las claras hordas de hombres exaltados.

Como si planeara liderar a todos, Rebok avanzó hacia el frente para plantar cara al obstáculo. También unos cinco guerreros bien definidos, se presentaron al reto. Unos de enorme estatura y otros de cuerpos fornidos.
Pero siquiera fue suficiente para quebrar la resolución del guerrero de placas.

– En lo que a mí respecta… –

Balbuceó el primero que se retractara.

– Podrían liquidar a diez de nosotros y noventa te harían picadillo –

El guardián no respondió.

– Así que te invitamos a valorar tu vida y hacerte a un lado –

Prosiguió Rebok.

Cabía imaginarse que para que enviaran a un guerrero de placas, estaban cortos de personal tras la invasión. Asimismo, se trataba de un hombre que disfrutaba la matanza de rebeldes, e irónicamente utilizaba la porcelana para describir la tristeza por la muerte.
Los prisioneros veían su presencia como una ofensa. Siendo tantos, liberados, y osaban enviar a uno solo de ellos. No faltaba el que dramatizara y aguardara a espaldas de todos por el coraje de aquel guerrero.

– Si desean vivir. ¡Repito! ¡Al Norte! –

– ¿Crees que somos idiotas? No se requiere una potente audición para concebir que la batalla proviene de allí –

Gritó uno de los hombres. El más longevo y alto de todos.

– Si desean venir a por mí, no podría estar más agradecido. Veamos que tan hombres dicen ser –

Y faltando más, otros que buscaban adquirir cierto protagonismo salieron al encuentro del guardián. Ignoraban a los cinco que yacían delante.

Manipulando oxidadas espadas de bronce, cargaron contra el adversario. Confiados por la superación numérica, siquiera lo dudaron.

Una sarcástica risilla se constató a través de la mascarilla triste de porcelana y, haciendo un leve giro con su asta, el guerrero ensartó el filo en el cráneo del que se apresuraba por delante de todos.
Más tarde encorvó su cuerpo bajo el mástil de oro y replegó cuatro cortes que, al unísono, buscaban cortarle los dedos.
Fue anecdótico como, sin presencia visual, arrastró las manos hacia fuera y los mohosos sables  replicaron al centro.

Más tarde, el guerrero pateó al primer cadáver y ofreció su espalda dorada. Los prisioneros siquiera lo dudaron, por más cobardes que se viesen le atacaron sin pensarlo dos veces. Sin embargo, el choque del bronce con los gorjales solo provocó un tenue zumbido.

– Nos han dado armamento dañado para confiarnos –

Exclamó el longevo.

– Por lo visto, planean que seamos la línea de carne contra lo que se avecina –

Replicó Rebok. Y no eran palabras mayores. La estrategia de los generales era usarlos de cebo contra las bestias. No es que tuviesen mucha opción entre morir encerrados, ante el guardián o frente a lo desconocido.