“…Era tanta la luz, cuyo candor les cegaba…”

La determinación del Monje de Ritian

Las problemáticas en el Reino Azgal persistían. Si bien el místico había desaparecido, la bestia seguía siendo una amenaza para los sobrevivientes.
Un nuevo individuo se presentaba en el combate, el Monje del Valle Ritian conocido como Dan.

El polvillo generado ante la última anécdota se esparcía de forma sutil. Los aldeanos lograban presenciar a aquél hombre en posición de loto, con el báculo a su lado. Al tiempo que la bestia se desparramaba sobre la superficie y Azgal le observaba detenidamente.

– Es hora –

Espiritualmente el muchacho percibió a Tobías, Valros y todos los seres que, con el devenir de su camino, había perdido.
Sus almas se arraigaban en forma de ramificaciones, las que erguían sus extremidades al mismísimo cielo.
Las palabras del anciano revolvían su inconsciente.

– Protege a los tuyos. Encuentra la gloria –

Ante la mirada de todos, Azgal avanzó dos largos pasos de repente y al trasladar el tercero de ellos saltó hacia el aire apuntando su sable hacia el felino.

Al instante sintió los pasos veloces de las sandalias sobre la arena, y al desviar la mirada alertó la prominente llegada del monje.

Sus armas colisionaron incesantes y el sonido retumbó por doquier.

– ¿Q… Qué? –

Ante la expectativa del público, el filo curvo de Azgal era bloqueado por el báculo.

– ¿Por qué el…? –

Murmuró Nube, desconcertada, ante los sucesos.

El animal aprovechó la situación para recuperar su posición.

Tanto sudor salpicaba entre sus manos. Las armas firmemente manipuladas colisionaban ante el silencio degradante.

– Dan… Tu… –

Azgal le miraba despectivo y de pronto saltó a un lado esquivando aquél obstáculo, pero el monje abalanzó su cuerpo por los aires tras asestar el báculo en la arena.

Una inesperada patada por la espalda, envío al muchacho al suelo. La espada escapó de sus manos, y de pronto se desparramaba sobre la superficie.
El felino, no perdió la posibilidad, rugiendo dirigió su zarpa al rostro del guerrero que se arrastraba hacia el.

Fervientemente el muchacho detuvo el ataque por medio de su brazalete y ágil se giró, lejos de la amenaza.
Por otra parte, Dan se volteó en torno al báculo y retomo la postura.

Azgal recuperaba el aliento, mientras se ponía de pie, y el animal se retiró de pronto dando un brinco.
Los aldeanos creyeron que la bestia se dirigía hacia ellos, pero por sorpresa notaron su repliegue.

Pretendiendo seguir su carrera, el muchacho, tuvo que detenerse. El báculo de Dan se formalizaba sobre su hombro.

– Detente. Un combate tiene límites –

Exclamaba aquél silencioso monje, mientras que Azgal rechinaba los dientes.

– Muchos han muerto y nuevos pesaran sobre las arenas, si dejo que esa cosa sobreviva –
– Un combate limpio no se debe concretar de tal manera –
– Esa bestia ha arrebatado demasiadas vidas ya –
– Se trata de su instinto. No debes interferir en la naturaleza –

Los brazaletes tintinearon de pronto, tras empuñas las manos. Rápidamente Azgal alzó sus dedos y detuvo el roble de Dan, pero esta vez el Héroe de las Estepas Ardientes la evitaba en retroceso.
De esta manera se libró del alcance del Guardián de Ritian y se volteó para emprender el curso hacia la criatura.

Los cascabeles del collar de Dan resonaron de pronto y un fulgor solar se expandía sobre él. Sus ojos se abrieron de pronto y sus sandalias apuraban el paso para alcanzarle.

– Protejan a Azgal a toda costa –

Exclamó el General Ed, interponiéndose en el pasaje.

Detrás de él los espadachines formalizaban una muralla humana. Y el monje detuvo la marcha para resistir, en posición de ataque.

La criatura logró deslizar las garras sobre la arena, provocando un leve movimiento sísmico tras el descenso de su salto. Detrás, desarmado, le perseguía Azgal y extrañamente los rayos solares se potenciaban en el valle donde el monje era retenido.

– Todo este tiempo Azgal nos ha protegido llevando un enorme peso en sus hombros, desde muy niño –
– ¡Dispersen su osadía! –
– Jamás traicionaremos a nuestro camarada –

Se imponía Ed al frente de los reclutas, mientras el monje aguardaba con el báculo a un lado.

– ¡Todos con el General! –
– ¡Al frente! –

Nube y los aldeanos advertían como se formalizaba la muralla en el valle y la luminosidad se extendía en torno a aquél misterioso huésped.

– No me dejan opción.. –

Murmuraba Dan, quien tras soltar su báculo unifico un puño cerrado con la palma de su restante mano. Su cuerpo resplandecía, mientras que sus cascabeles negros proseguían aún mas vislumbrantes.

– General.. Esa cosa es inhumana –
– No se deterioren. Azgal es nuestra esperanza y debemos aferrarnos a él –

Exclamaba Ed y sus dedos se cerraban con fuerza en los mandobles de sus espadas.

De repente el monje cerró sus ojos y se desvaneció, mientras que un fulgor de luz produjo un estallido de polvo.

– ¡No se dobleguen! –

Gritó el General y, ante el silencio de la brisa, un feroz impacto se produjo cerca de él.

– ¡GUAAAH! –
– ¡UGHH! –
– ¿Q… Qué ha sido eso? –

Uno a otro, los gritos se oían incesantes y el sudor humedecía la piel del General.

– ¿Qué es lo que hacen? –

Murmuró un aldeano ante la incomprensión total de los sucesos. Desde sus panoramas el acontecer era una nubosidad plena. Nube observaba al frente y una duda le invadía.

– ¡Resistan! –
– ¡No puedo ver nadaaa! –
– ¡ARGHH! –

De repente, la hija del difunto Rey, se levantó de su sitio y se encaminó hacia los atacantes. A sus ojos, los guardias caían ante certeros puñetazos y patadas mientras todos aguardaban su turno.

Eddy sintió un impacto cercano a él y lanzó un corte delante de su ceguera. Pero como si enfrentara a un mural, su sable escapó de sus dedos. Los gritos de sus reclutas persistían, sumado a cada ataque. Hasta que finalmente se encontraba solo, empuñando el filo con ambas manos.

– Te advertí que se dispersaran –

Ante la inseguridad Ed esperaba su turno, mientras oía las afligidas voces por doquier. El polvo permanecía a su alrededor, pero de pronto dos destellantes esferas se presenciaron frente a él. El monje había abierto sus ojos.

– ¿Por qué haces esto? –
– La venganza no es el camino. Todos merecemos encontrar la redención a nuestros actos –
– ¡Se trata de una bestia! –
– Hasta ellas hallan redención en su destino –
– . . . –
– Debo detener a ese muchacho, antes que sea demasiado tarde –
– No pretendo dejarte vía libre –

Nube incrementaba sus pasos, mientras su respiración se tornaba agitada. De pronto, percibió la figura del monje que saltaba contra Ed arrojando una luminiscente patada al aire.

– ¡Espera! ¡No lo hagas! –
– ¿Nube? –

Una pared de luz resplandeciente se formó de pronto, delante de Dan. Y justo cuando sus cuerpos estaban a punto de colisionar, el aura empujó a ambos luchadores.

El fulgor se dirigió a aquél lugar y la expansión produjo el desvanecimiento del nubarrón. Ed se revolcaba sobre la arena, sin manera de comprender nada. Mientras que Dan solo consiguió ver un colgante, que le resultaba conocido.

¿Qué ha sucedido? ¿Quién ha interferido? ¿Podrá Azgal cumplir su misión finalmente?