“…Y en el afán de la ardua victoria, el desenlace no eran más que falsas y sangrientas promesas…”

La Legendaria Vehemencia de los Líderes.

Aún faltaba más para la llegada del atardecer, y los bandidos que debían recuperar a Helen DeathTrick llegaban a Colmena de Drill. Sedientos, hacían su ingreso al mercado negro y los pocos residentes que aún quedaban alzaban el ceño.
De haber contado cada jinete la razón por la que se retiraron ante el alarmante acontecimiento, no sería de extrañar que todos estuviesen de regreso.
Detrás de los llegados, e incluso a espaldas de Naher, se aproximaba el jinete más despiadado.
Así todos liberaran los corceles sobre los establos y se dirigiesen ágiles a la taberna para saciar su sed, Wes’Har llegaba pensativo y con el sombrero bajo.
Los pistoleros hicieron una pausa repentina ante la apertura de la tranquera, temían la reacción del rebelde. Además de ello Jor’Mont, el Líder, se hallaba ausente.
Como si proporcionara una nefasta señal el anciano, que repartía las municiones, llegaba desde la distancia cargando una pesada bolsa de cuero.

Mientras algunos hombres se cuestionaban la escases de bebidas, en ausencia del Líder, otros preparaban una fogata. Puesto que en el camino de regreso habían encontrado un enorme borrego sin vida, sobre los pasadizos de Runfenir.

El anciano sonreía, creía haber visto la mirada vacía en Wes.
La noche pasaba silenciosa y en lo que las llamas cocieron el alimento, cuando uno de los bandidos se disponía a separar en trozos un corte de carne, Wes’Har, quién permanecía oculto con el rostro sombrío, se puso de pie de pronto.

– Cabrones… –

Los hombres ya se proponían a degustar la cena, e incluso el anciano que repartía municiones había recibido una porción. Susurros en la noche se aglomeraban entre las tiendas del mercado.

– Helen DeathTrick no ha sido rescatada –
– Pero han cazado un borrego legendario –
– Dicen que han huido del Rigor Lejano –
– Si Jor’Mont supiese… –

No era fácil reconocer dichas frases, sin embargo Naher las oía como una canción de cuna y la atención, constante, de todo Demonio de Drill se dirigía al muchacho que aguardaba, de pie, delante de la fogata.
Uno de los hombres escupió a un lado un trozo de cuero y exclamó:

– No me vaciles niño, hasta la cena sabe agria con tus comentarios. ¡Tú no eres el Líder aquí! –

Naher dedicó un extenso silbido, que obligó a silenciar hasta al más testarudo. Ahora todos hacían caso omiso a Wes y disfrutaban de la cena, pero no fue suficiente. Las manos enguantadas del muchacho parecían bailar sobre sus colts, junto a su cinturón.

Tal acción no era suficiente para detener la osadía de los hombres con un silbido, y el vaquero que había hablado, de pronto, se irguió sobre su tronco y señalándole exclamó:

– ¡Pequeño S…! –

Y su comentario no tuvo desenlace, puesto que el estallido de un disparo le hizo caer de espaldas.
El anciano reía mientras mascaba la carne y, de reojo, alertaba el certero disparo en la sien del desdichado hombre.
De repente todos guardaron silencio y, atónitos, observaban al pistolero.

– ¿Quién gritó la retirada, cabrones? –

Todos y cada bandido, repentinamente, se observaron con desdén. Y, aunque no lo hubiesen planeado, puesto que huir fue instinto de todos al alertar el desmesurado número de tropas de Sheriff, aprovecharon la situación para señalar al cadáver.
Por poco sus mandíbulas cedieron su incesante labor ante la carcajada del anciano, quién no participó del rescate pero notaba la mentira de la que cualquiera de ellos sería cómplice para escaparle al temor.
Naher, por otra parte, proseguía cenando y siquiera volvió a silbar. Comprendía que era innecesario, y con la retirada de Jor’Mont el joven Wes era capaz de arruinar el rebelde imperio que se edificara en la mente del Líder.

– ¿Qué hay de ti, pendejo? –

Todos dejaron de cenar, puesto que una colt en alto apuntaba a uno de los tantísimos.

Naher proseguía con la cena y siquiera observaba al frente. Sabía que cualquier respuesta le jugaría en contra y a la vez dudaba si el silencio lo beneficiara.
Pero en cuanto todos siguieron su posición y el anciano gritó…

– ¡Que sabroso borrego! –

…Wes no tuvo más opción que guardar sus armas de fuego, avanzar unos pasos y proponerse a tomar un trozo de carne.
Antes de lo previsto, Naher le alcanzó un trozo con una rama y lo arrimó hacia él. Luego alzó la vista, y sus miradas se entrecruzaron ante el recelo del resto. El anciano reía como para ocultar los susurros ajenos de la gente.

Pero la cena no duró demasiado. Un mensajero llegaba desde el Pasaje Silencioso, con noticias que obligaron a interrumpir aquella reunión nocturna.

– Señor… –

Wes dedicó unos minutos a disfrutar la carne asada y, aunque no lo esperase, todos le observaron detenidamente.
No había mejor Líder suplente que la mano derecha de Jor’Mont. Además nadie buscaba ostentar rivalidades con él , y preferían prescindir de ciertas libertades para mantener el aliento.

– Señor –

Repitió el exhausto bandido.

Las miradas de Naher y Wes volvieron a cruzarse y el mensaje no tardó en ser recibido por el segundo, que refutó:

– ¿Qué quieres wey? –

– El pozo de agua hacia el Pasaje Silencioso ha caído. Los Sheriff del Rigor Lejano perseguían al Fantasma de Runfenir –

Y, al oír tal nombre, el pistolero se levantó de su sitio y masticó con rapidez su porción.
Planeaba regresar hacia los establos, pero, imprudente, Naher posó la mano en su hombro y murmuró:

– Quizás sea el momento oportuno para tomar el pozo del Cruce Austero y agilizar la misión de Jor’Mont –
– Ciertamente –

Respondió él.

Quizás tal objetivo eclipsara la derrota del rescate a Helen DeathTrick.

Faltando minutos para la medianoche, el plan se puso en marcha y numerosas tropas de bandidos marcharon hacia el Sudeste, capitaneadas por Wes y Naher, a su lado.
La cena aún yacía en abundancia y, con la retirada de los jinetes, el anciano atrajo a todos los mercaderes para degustar el asado.

Sin descanso, los peones de Jor’Mont formaban cavidades en el pasaje hacia Alfarón. Luego de suministrar las dinamitas en cada fosa, unificaban las mechas en una mayor.
A medida se acercaban al pozo de agua, formalizaban una barrera media lunar explosiva. Sin embargo el último trecho formaba parte del área de protección al lugar de los asesino de Comadrón.
A medida se acercaban al sitio, oyeron el galope del corcel de Stev, quién horas atrás intervenía en aquel peligroso territorio.

– Veamos si las leyendas de los asesinos del Comadrón divierten al violento Stev –

Murmuraba Jor’Mont ante la mirada expectante de Dean.
Su hijo, Jarriet, anudaba las mechas buscando unificar todas en una.

Y aunque se labraran mitos de frialdad respecto a los asesinos del Comadrón, la protectora Maia no era tan agresiva como sus guardianes. Ella creía que el mundo se regía por una calculadora estrategia.
Siquiera conocía el impulso del peligroso Stev, y hasta dónde podían llegar sus oscuras decisiones.

Maia había mejorado el fortalecimiento de las tropas, tras haber enfrentado al siniestro pistolero más buscado de Runfenir. Sabía que en cuanto los chismes soplasen con la brisa, cualquiera intentaría conquistar el Comadrón.
Su aldea estaba suficientemente lejos y se requería proteger el paso, para que las caravanas llegasen a suministrar la suficiente agua que requería la entera población.

En aquél momento se transportaba una gran cantidad. Asimismo se utilizaban vasijas de barro, pertenecientes de Alfarón y una barrera de asesinos resguardaba en la zona, protegiendo las provisiones. Mientras tanto Maia avanzaba a caballo, detrás de la caravana.
Por horas había discutido con sus guardianes el hecho de llevar un revolver colgando del cinto, pero no pretendía dejar a otro intruso tomarla por desprevenida. Aún así, y desconociendo que el transporte no se producía en medio de la soledad de la noche, oyó las botas de alguien resonando contra cuero. Más luego, alzó el ceño y al observar hacia el filo luminoso de la luna divisó una inmensa silueta que se acercaba ocultándolo todo.
Uno de los guardias lo había advertido ante el calmado galope de su corcel, sin embargo, y habiendo arrojado un cuchillo al frente, jamás lo oyó siquiera resbalar por sobre el terreno.
Estaba seguro de haber arrojado el puñal a mira certera, pero, aún así, optó por avanzar y descubrirlo por sí mismo.

– ¡No rompan la formación! –

Exclamó la nerviosa Maia, que lideraba aquellas tropas de asesinos.

Y el mensaje recobró atención en los camaradas del guardián que irrumpía hacia lo desconocido de la noche.

Stev, quién se trataba de la corpulenta silueta que obstaculizaba el resplandor lunar, había tomado el cuchillo con su mano sin siquiera dañarse. Tras segundo de arremeter hacia el frente, los rivales se cruzaron. Ante la incertidumbre del asesino, el enorme hombre le superaba tras hacerle devolución del puñal y asestarlo en su frente. El cuerpo del curioso se desmoronó delante de las miradas inconclusas del resto de asesinos.

La luna comenzaba a emitir su pálido resplandor en aquella figura que, amenazante se proponía embestir a todo ser frente a sus ojos.

Sin faltar más, los guardianes se preparaban ante el repentino combate. Siquiera gritaron para alertar el peligro y recíprocamente la atención se contagiaba como una peste invernal.

Maia procuró detener la marcha, y antes que los dos últimos asesinos de la formación alertasen la amenaza, palmeó sus hombros en el pasaje y les hizo señal de proteger la caravana.
Su corcel relinchó de pronto, y avanzó hacia la ruptura de la barricada humana, al tiempo que la dupla de asesinos se desvanecía a su espalda ante la noche.

– Destrocen al impostor –

Llegó a gritar uno, y más luego se desmoronó ante un corte brutal del jinete.
Pero cada puñal, por cada mano de aquellos hombres era una amenaza letal contra el despiadado Stev. Sin más, comenzó a disparar con su revólver.
Parecía no fallar proyectil alguno puesto, que tras cada estruendo en la noche un cuerpo yacía en el suelo.
Gemidos de histeria se auguraban entre los asesinos y, al ver que no podían alcanzar al invasor enloquecían dando cortes por doquier con sus afiladas dagas.

A tiempo llegaba Maia para controlar la situación, antes que los asesinos se despedazaran entre sí. Su curvilínea silueta se convirtió en el objetivo del hombre, y haciendo caso omiso del corcel para evadir la montañosa amenaza de oponentes, avanzó sobre ellos.
Procuraba alcanzar a la dama, ignorando incluso los intentos de los asesinos de rebanar sus extremidades. Y faltando poco para alcanzarla, observó perplejo al constatar que una colt le apuntaba al frente.

Ni se inmutó, que un disparo resonó desde el lugar de la jinete. Los asesinos alzaron el ceño, temiendo que su Líder hubiese caído. Sin embargo era ella quién hubiera jalado del gatillo.

El corcel avanzó sin estribos y su montura, junto al invasor, se desparramaron ante la atención de los asesinos.
Solo había bastado un disparo de la dama para detener su impulso, y antes que sus guardianes  convirtiesen en picadillo al demente, apresuró la marcha de su corcel para contemplar el desenlace de su vida.

Los hombres estaban por apuñalarlo, pero repentinamente se detuvieron al advertir la llegada de Maia.
Tan pronto ralentizaba su avance, la muchacha observaba al corcel del impostor retirarse a suma velocidad. Sin ir demasiado lejos murió en cuyo escape, y los ojos de la asesina despertaron de pronto. Su disparo no había dado en el hombre.

Guardianes parecían cautivados ante el acto heroico de su Líder. A poco, hasta, pretendían desplazar las viejas costumbres y utilizar aquél armamento que había detenido al monstruoso mercenario.

Uno de los guardianes le sustrajo el revólver a Stev y lo alzaba como si fuese una tecnología victoriosa para Comadrón.
Siquiera logró alertar a sus hombres, que Maia notó a los dos asesinos mas cercanos del intruso volar por los aires y se desparramaron por el suelo.
Stev estaba de pie, de repente, y por cada puño abrazaba un cuchillo. Sus ojos observaban sin descanso a la doncella y su dentadura se hacía visible ante una macabra sonrisa.
Los asesinos voltearon enseguida para hacerle frente, pues ahora se mofaba de ellos, con sus propias armas. Ella contemplaba sin palabras.

Los cuchillos parecían míseros alfileres en aquellas enormes manos que los sostenían. La sangre afloraba como una catarata que impulsaba el agua contra las rocas.
Gritos de agonía sucumbían por cada corte que desgarraba la osadía de los asesinos y la dama temía que la historia del Fantasma de Runfenir se repitiese.
Solo que esta vez no se hallara aquél niño, BlackHawk, que pudiese intercambiar su aliento por saciarse la sed.
Privándose del mal recuerdo, Maia alzó nuevamente su revólver y apuntó hacia el fornido hombre, que paso a paso se mantenía inexpugnable ante la sobrevalorada defensa del área.

– Muérete bastardo –

Gritó ella, a punto de jalar el gatillo. Pero aquél rival no parecía temerle, ni aunque el proyectil pudiese quitarle la vida en un pestañeo.

Gritos de ira se inmortalizaban ante el giro de cuchillas del maleante y cuerpos se desmoronaban sin cauce.

Un nuevo estallido resonó desde la distancia y el sendero de dinamitas estaba finalizado. Jor’Mont observaba hacia el Oeste y, a su espalda, se oía el lamentable suspiro de los trabajadores.

– Vayan, beban. Dudo que los asesinos nos hayan alertado –
– Vamos, hijo –

Murmuró Dean a Jarriet, y ambos, junto a otros Demonios de Drill marcharon hacia el pozo de agua.
Asimismo los disparos replicaban constantes en la lejanía, formando un eco eterno ante el paisaje nocturno.
Al llegar a la fosa, los pistoleros saboreaban el agua, al tiempo que Dean detenía a su hijo.

– Escucha Jarriet, debes irte de aquí. Regresa a Rigor Lejano. ¿Puedes hacerlo? –
– Pero tu… –
– Este es un duro pasadizo a la muerte. Pero sé que tu destino vela por un propósito mejor –
– No, ¡Padre! No te abandonaré –
– Escucha. ¡Jarriet! Escúchame –

El hijo negaba sin descanso y los bandidos anunciaban un chiste entre risas.

– Vamos, vengan. O nos la beberemos toda –
– ¡Diablos! Que maravillosa sabe –
– ¿Sienten como el cuerpo se refresca internamente y revitaliza todas las energías? –

Comentarios dispersos proseguían, y finalmente Jarriet oyó a Dean, lamentando su resolución.

– Bebe suficiente y márchate. Esta no es vida para ti Jarriet. Recupera tu lugar en Rigor Le…-
– ¡Pero ellos! Ellos son injustos –
– La vida es injusta hijo mío. Por eso debes guiarles para que se comprendan –

Jarriet asintió entre lágrimas. En tanto no lograba asimilar, que quizás no volviese a verle. Tras darle un prolongado abrazo, se arrojó en el pozo de agua.

– Disfrútala muchacho –

Gritó un bandido, ante la débil sonrisa de Dean.

De esa manera, Jarriet, saciaba su sed con soltura ante la mirada atenta de su padre.

La luna permanecía intacta, como un iris que contemplaba el frustrado devenir de la batalla.
Varios cadáveres se apilaban alrededor del sádico hombre. Los pocos que aún permanecían en pie, comenzaban a dudar. Así fue que el disparo estalló desde la perspectiva de Maia.
Quizás por suerte, o el arma de fuego fallara, el proyectil rozó apenas el hombro de Stev. Rasgó su chaleco, y el impacto no causó herida suficiente para detenerlo.
Sin desviar la mirada de la Líder, el hombre avanzaba hacia ella, mientras empuñaba los cuchillos. Estaba decidido a acabar con el bastión de los legendarios asesinos de Comadrón.
Unos a otros, los asesinos colgaban sobre él, y con una fuerza superior los enterraba en el suelo, para luego cortarles el pellejo.
Era como si las hienas quisieran derrotar a un furioso rinoceronte que aunque herido, aún poseía la suficiente integridad para aplastarlas en el intento.

Maia observaba perpleja la llegada del peligroso rival y, antes de volver a jalar el gatillo, obligó a su corcel a retroceder para emprender la retirada. Pero Stev liberó un puñal de sus manos y tras arrojarlo lo asestó en el cuello del pobre animar.
Tras un leve relincho, el corcel se desmoronó a un lado la doncella quedó atrapada contra el árido terreno.

– ¡Nooo! –

Gritaba asustada buscando zafarse de la prisión animal, y viéndose al borde de la desesperación alzó su revólver disparar a quemarropa contra el agresor. Pero ahogada de nervios, no consiguió abatirlo y el hombre estaba lo suficientemente cerca.
Tras arrebatarle el revólver, dejó caer las últimas municiones y avanzó por sobre el corcel sin vida.
Ella luchaba por tomar el puñal sobre el cinturón, pero el abdomen del animal pesaba sobre su cadera.

– ¡Maldita sea! –

Con la llegada de Stev, y tras manotear su cabello adelantó el puñal delante de su delicado cuello, mientras la sonrisa maliciosa se grababa en el perfil corpulento de aquella silueta.

– ¡Déjame ir, monstruo!

Y tan pronto planeaba degollarla, avizoró numerosos jinetes aproximándose desde el Oeste. Sus sonrisa estaba por desvanecerse al contemplar como un número desorbitado de asesinos se aproximaba, liderados por un jinete de curtidos ropajes de cuero.

– Si me matas, no lograrás salvarte –

Rechinando los dientes, Stev golpeó el rostro de Maia contra el suelo y se retiró tomando otro puñal.
Aunque corriera hacia el Este, los jinetes del Comadrón eran más veloces.
Mujeres y hombres llegaban para salvar a Maia, y la noche a poco comenzaba a finalizar.

– ¡A por él! –

Gritó el Líder de las tropas, cuyas prendas ocultaban su entero cuerpo y llevaba, plegadas, por cada extremidad tres cuchillas en forma de garra.

Stev corría como si no hubiera mañana, y los asesinos se aproximaban desde los lados.
Así, saltaba cuerpos y esquivaba las armas arrojadizas de los legendarios asesinos.

– ¡Demonios de Drill! –

Gritó, repentinamente, Jor’Mont al divisar movimiento en el vasto horizonte.

Todos, y cada uno, junto al pozo de agua voltearon la mirada para contemplar los sucesos. A sus espaldas, el sol naciente ya se encontraba incorporado dando inicio a un nuevo día.
En cuestión de segundos, mientras se proponían a regresar, la oscuridad esclarecía.

– ¡En marcha! –

Prácticamente saltando del descanso, se aproximaban hacia su Líder. Jarriet, por acto reflejo planeaba ir también. Sin embargo Dean le bloqueó el paso.

El húmedo joven palidecía y su padre negaba con la cabeza.

– Primero lucharé, luego me iré. –
– No, No lo harás. Este es el mejor momento –
– ¡Padre! –
– Retírate –

Jarriet negaba sin consuelo, pero sabía que la única alternativa era pedir ayuda al Rigor Lejano. Tras frotar sus ojos, se marchó y diminutas lágrimas se desparramaron por sobre su semblante.
Al tiempo que Dean se unía a la batalla, Stev alertó al fugitivo de su hijo, mientras llegaba al lugar donde se reunían los Demonios de Drill. Sus ojos se cruzaron con los de Dean, y el inicio de las represalia estaban a punto de producirse.

– ¡Luchen hasta la muerte nos depare! –

Gritó el Líder, al tiempo que los hombres desenfundaban sus revólveres y escopetas.

Los asesinos del Comadrón parecían formalizar el estrecho horizonte. Hasta Jor’Mont se sorprendía de la cantidad que eran.

– Estamos muy cerca de los explosivos. Señor, volaremos por los aires junto a ellos –

Exclamaba uno, sudando, sin clarificar tal sentimiento por estar sobre las fosas, o por la llegada de aquellos legendarios asesinos.

Jor’Mont, que había previsto los sucesos, había preparado una fogata. Pero las mechas de los explosivos no llegaban hacia ella.
Detrás del desconcierto de los Demonios de Drill, Jarriet tomaba un corcel y se marchaba a toda velocidad. Dean prácticamente podía sonreír al verle retirarse del infierno que estaba por gestarse.
Fue en ese momento, que Stev tomó al hombre del cuello y le alzó hacia el cielo sin soltarle. No existían palabras que expresen razones, y los vaqueros suministraban envases con agua al líder. Así, el hombre bebió del agua calmadamente y, de pronto, advirtió el acontecimiento.
Sin dudarlo, avanzó para intentar detener la violencia del gigante vaquero.

– Stev la guerra se aproxima, necesitarás de todos para vencer –
– Grrr… –

Gruñía el hombre y Dean a poco perdía el aliento.
Justo en aquél momento le soltó, sobre el árido terreno, y antes que se percatara, le hurtó su colt y regresó al frente de batalla.

– ¿Dónde está su hijo, Dean? –

Y el hombre tosía sin más, mientras el Líder le observaba con desprecio. Siquiera aguardó respuesta alguna, al dar la espalda a la batalla que estaba por iniciar, advirtió la ausencia de uno de los caballos junto a la caravana.

– Desertor –
– E… El solo es un muchacho –
– Veo que ahora si puedes hablar, iluso –

Tras retener uno de los envases en su cinturón se marchó hacia los corceles y abandonó la batalla con el Comadrón.

– ¿V… Va a abandonar a sus homrbes? –

Gritó exasperado Dean, que se arrastraba intentando ponerse de pie.

Tras acomodar su sombrero, el vaquero montó sobre un corcel y le observó de reojo. Una sonrisa se ampliaba en su rostro.

– Me has hecho recordar que Helen se encuentra en aprietos. Y además… –

Dean casi suspiraba al oír tales palabras, y antes que se retire avanzó hacia él. Parecía proponerse a pedir un último favor, cuando se sobresaltó al escuchar el final de su frase.

– Debo liquidar al que abandonó la batalla ¿no? –

Murmuró con frialdad, aquél Ser que también planeaba abandonar dicha batalla.

– ¡NO! ¡Espera Jor’Mont! –

Gritaba Dean, y de pronto, lo exhausto en él se había desvanecido al oscurecerse la esperanza de su hijo.

– No grites escoria, alertaras a los demonios –

Y dando cuenta de ello, a punto de marcharse el Líder, Dean gritó sin descanso:

– ¡Oigan! –
– No estropearás mi plan –

Los hombres vacilaron al oír el grito a sus espaldas. Incluso Jarriet, que se aproximaba a Alfarón, creyó escuchar algo en la distancia y se volteó a ver. Pero la distancia era tal que no divisaba a nadie.

Al contrario de los Demonios de Drill, que tenían órdenes claras de defender el sitio, Stev regresó la mirada y alertó al padre corriendo hacia los corceles. Era suficiente para liquidarlo con sus propias manos, pero el tiroteo inició, de pronto, sin darle oportunidad alguna. La batalla, finalmente, había comenzado.

– ¡Origan, Jor’Mont está esca…! –

Proseguía Dean, cuando de pronto un disparo estalló delante de él y le alcanzó.

– Kkkk… J… Jarriet –

Murmuraba cayendo de la montura, para más tarde revolcarse sobre el suelo.
Jor’Mont sopló su revólver, acomodó su sombrero y se retiró, apresurado, del campo de batalla.

– ¡Son demasiados! –

Gritaba un vaquero en la muralla de hombres.

– ¡Enciendan la dinamita! –
– No tenemos con qué hacerlo –

Stev no hablaba pero comprendía perfectamente aquél diálogo, y en medio de la lucha avizoró que el Padre de Jarriet se arrastraba aún. Rápidamente fue por él, mientras desenvainaba su cuchillo y los Demonios de Drill alertaron su fuga.

– ¿A caso temes a la muerte, estúpido? ¡Regresa aquí! –

Exclamó uno de los hombres, pero repentinamente contempló como Stev le apuntaba con su Colt.

– B… Bastardo –

A suficiente distancia para retirarse, Stev dirigió la puntería al suelo, bajo los pies del hombre y disparó…

– ¡¡¡Q… Qué!!! –

Siquiera logró advertir que estaba sobre las mechas, y en medio de la confusión un asesino que superaba la muralla le apuñaló por la espalda.
Al desmoronarse y perder la consciencia, comprendía que aquél disparo había encendido las mechas.

Stev llegó a espaldas de Dean finalmente, y cuando se proponía a apuñalarlo los explosivos estallaron de forma cruenta.

El ruido era tal que la explosión resplandeció en el horizonte. Jarriet logró captarla a la distancia y se lamentaba por su padre.
De haber regresado por él, se hubiera cruzado con Jor’Mont, pero prefirió hacer caso al pedido de su progenitor y prosiguió la marcha.

¿Podrá salvarse del instinto vengativo del Líde de Colmena de Drill? ¿Se habrá salvado, a caso, su padre ante aquél destructivo acontecimiento?