“…y desde la naturaleza todos, y cada uno de sus elementos eran protagonistas del evento…”

La Guerra Mística comienza.

En la vasta selva, Geón, contemplaba a regañadientes los guardianes caídos. Había perdido su reliquia al confiar en uno de los suyos, Paún el cazador. Y una vez más, el misterioso sombra que le protegía, llevaba la razón.
A poca distancia, en la Aldea de Triviltor se propagaba un infierno de magnitudes exorbitantes. El druida dudaba si protegerles, puesto que le habían traicionado. Sin embargo sabía que el usurpador del Yelmo de Diamante se dirigía hacia aquél lugar.

También había logrado descifrar que Paún, se encontraba poseído por intenciones de un enemigo del que aún desconocía. Uno, que al parecer, buscaba fervientemente quitarle la reliquia.

El rostro inexpresivo, por la máscara que le cubría, del ninja le hizo indagar sus opciones. La lluvia torrencial les acompañaba, formando barriales que se mezclaban con la sangre de los guardias.

– ¿Por qué le perdonaste su vida? –

Exclamó fríamente el sombra.

Geón observaba las llamas sobrenaturales en el horizonte. Cuya esencia ignoraban la propia, e interminable, tormenta.

– No era su culpa –
– Por él, has perdido tu reliquia –
– ¿Tú también eres poseedor de una? –

El ninja desvió la mirada, evitando responder.

– ¿Por qué me ayudas? Tu clan ha sido reconocido como demonios durante décadas por Triviltor –

– Tu no perteneces allí. En dicha traición lo has concebido. Pero hay una razón más… –

– ¡Te he dicho! No son ellos… Están poseídos. Hace días festejaban por el ritual de mi iniciación –

– En este mundo, tú, druida, solo podrás confiar en tus animales –

– ¿Qué hay de ti? –

La lluvia rebosaba por doquier. Su sonido, era lo único audible que demostraba el silencio de la respuesta.

Geón perdía la cordura y la figura del sombrío hombre, que días atrás le producía pavor se había desvanecido. Ahora le veía como un guerrero, incluso el más leal de todos los que había conocido.
Sin más, le enfrentó, como nunca lo hubiera pensado antes. Buscaba quitarle la máscara, pero el ninja le manoteó del brazo.

– ¿Quién eres tú? ¿Por qué me proteges? –

El druida suspiró y olvidó su intento, incluso el espadachín le había soltado. Tras darle la espalda, la ruidosa lluvia parecía ensordecerlo todo.
Había previsto que no le respondería, sin embargo… Lo hizo.

– Mi nombre es Lance y mi intención es proteger el Yelmo como reliquia. Puesto que posee una extraordinaria potencia mística. Capaz de acarrear un mal desgarrador en manos equívocas –

– El Gran Sabio lo había vaticinado… La ira del tercero –

– La envidia se hallaba más cerca de lo que crees –

– ¿Entonces debo recuperar la reliquia, así enfrente a mi propia familia? –

El ninja asintió y el druida mantuvo la mirada al frente, dónde las llamas abatían con todo a su alcance. No bastarían más palabras para tomar la decisión.
Geón y Lance partieron hacia el deslumbrante ocaso, cuyo fulgor no se desvanecía con la tormenta.

Feroces relámpagos azotaban desde la incalculables distancias del cielo, como si una deidad estuviera furiosa puesto que no lograba derrotar a las flamas místicas.

Todo se incineraba y la rabia se traslucía en el rostro del mago. Chozas se consumían, árboles se astillaban, el fuego se tornaba invencible.

– Nozepul –

Exclamó Reorich, custodiado por Dante y Hore. El místico de ojos llameantes volteó, al instante, su rostro hacia el Consejo. Los cinco aguardaban, buscando defender lo poco que quedaba de Triviltor contra aquella fiera encarnizada.

– ¡Sorprendente!  El Maestro ha alcanzado un nivel superior de destrucción con su misticismo –
– Hore… –

Replicó Dante, mientras su compañero sonreía con su mirada fija en el mentor.

– Reorich. Debemos detener a Nozepul entre los cinco. –
– No es como si nuestras técnicas surtieran algún efecto contra él, Sálex –
– Te equivocas Melissaeh, solo hemos conjurado a partir de la naturaleza y no hacia él mismo –

El alquimista, de mirada perpetua y sin descanso, respondió:

– Me temo que solo podríamos vencerle olvidando todo límite destructivo dispuesto –
– ¿A costa de erigir nuevos males, similares a él? –
– No Dante. Nozepul está bajo el control de alguien. No se trataría únicamente de su liberación –

Contestó el Mariscal de los Elfos, y el ilusionista con la máscara de cerámica asintió.

– Si no nos ponemos serios, no detendremos su osadía –
– Me gusta cómo suena eso –

Respondieron Melissaeh y Sálex con sonrisas macabras.

– Tu orden cumpliremos, Gran Mariscal.

Desde la distancia, llegados al finalizado Parlamento, se aproximaban los guardias de Triviltor. Portaban relucientes armaduras ante el resplandor de los relámpagos y eran liderados por el Mensajero, ahora Capitán.

– El Consejo está haciéndose cargo –
– Estamos salvados –
– No… Se trata de Nozepul. Y uno ha desaparecido –

– Así es. Exploren la Aldea. Debemos hallar al otro, lo antes posible. –

Sin rodeos, todos avalaban la decisión del Capitán y comenzaron a investigar las chozas que aún perduraban, mientras se producía un incesante conventillo.

– No entiendo ¿Dónde se encontrará el habilidoso Paún? –
– ¿Creen que el Consejo pueda detener esta guerra? Se trata del hombre que probablemente asesinó al Gran Sabio –
– Y es a quien buscamos. ¿Verdad? –
– Ni me lo recuerdes. Luego de ver la masacre que provocó en el altar –
– ¿Dónde se hallará el muchacho de la última iniciación? –
– Dicen que falleció en el interior de la selva –

En algún lugar, los comentarios eran recibidos por el siniestro espadachín. El que aguardaba entre arbustos y procedía a detener las intenciones de Geón, quién estaba a punto de cometer el acto ilógico de presentarse.

– ¿Cómo lo sabías? –
– Shhh… –

Tres guardianes, llegaban desde el Oeste para conversar con el Líder sustituto.

– ¡Señor! Los iniciados e instructores aguardan en el Almacen. El último bastión de Triviltor como solicitó –
– Muy bien. ¿Han investigado el área de los rituales? –
– ¿Quién iría hacia allí, mi Señor? –
– Bien. Esperemos a preparar un contra ataque en caso de que el Consejo no sea capaz de detener a este hombre –

Entre los arbustos, ajenos a la Aldea, el druida y el ninja expectaban la situación. Temían que todos los guardias estuviesen bajo control mental.

– ¿Área de rituales? –

Murmuró el Sombra, confundido.

– Shhh… –

Replicó el druida.

– Procederé a explorar el Área de iniciación, Señor –

Exclamó un guardia ante la atención oculta del ninja.

– Ve e infórmame –
– ¡De inmediato! –

El guardia partía hacia el lugar, que llevaba hacia el almacén. El Sombra, por su parte, pretendía seguirle pero Geón le detuvo.

– Debemos detener la invasión –
– Hm… –

Ráfagas de fuego se abrían paso consumiendo todo en torno al místico. Su capucha apenas sobrevolaba ante la brisa constante.

– ¡Impétrux! –

Gritó Sálex alzando sus manos.

La tierra bajo los pies de Nozepul se resquebrajaba. Innumerables raíces se arraigaban, de pronto, en su cuerpo y presionaban sus piernas. Súbitamente se enlazaban en torno a su cintura, presionando sus piernas.

– Eso no será suficiente –

Exclamó Dante. Y como si lo hubiera predicho, el místico buscaba incinerarlas por medio del tacto, pero de repente la tierra sobresalió llenando de polvo sus manos.

La asistencia de la lluvia con la propia tierra embarraban al poderoso destructor, cuyos ojos centelleantes se tornaban tan resplandecientes como fulgores pálidos.

– El Maestro es un mago elemental, no lo olviden –

Anunció Hore fascinado por el desempeño de su mentor, mientras el encantador rechinaba los dientes.

– ¡Maldición! El clima le ayudará a él en esta ocasión –

Uniendo ambas palmas hacia el cielo, Nozepul invocó  un relámpago que formalizaba un sin número de ramificaciones estelares.

– Te ayudaré –

Respondió la bruja con una sonrisa maléfica. Sus rasgos se estiraron tan pronto que su joven rostro parecía confundirse, a poco, con el de una anciana.

– ¡Erulus Pontigis! –

Toda la oscuridad que les rodeaba, y la propia sombra del fuego se reunían en un espiral que parecía proteger a las raíces del resplandor fulminante. Mientras tanto el rayo se formalizaba sobre Nozepul.

– La luz siempre vencerá a la noche. No será suficiente –

Insistía Hore.

Y, de pronto, el Gran Mariscal, Reorich se adelantó entre los adeptos. Con sutileza alzó sus manos, arremangando las mangas por sí solas.

– Mariscal –

Murmuró el místico con la máscara de cerámica, y repentinamente la sonrisa del alquimista perdía su valor.

– Aiwe Bel… –

Como Hore hubiera anticipado el relámpago fundía las sombras y poco a poco petrificaba las raíces. Sin embargo un aura rejuvenecedora lograba mantener puros los conjuros atacantes y asimismo abolía la destructora técnica de Nozepul.
Las raíces presionaban con mayor fuerza.

– Es ahora, Hore –

Tan pronto como los ojos de Nozepul se convertían en iris congelados, todo a su alrededor se convertía en escarcha. El alquimista arrojó un envase de vidrio hacia las llamas y murmuró:

– Lo lamento Maestro, utilizaré su conjuro para tal caso –
– Pero muchacho –

Respondía Sálex, atónito.

– No hay necesidad de alarmarse, viejo –

Tan pronto el envase recibió una chispa del incendio, Hore recuperó el recipiente haciendo uso de su energía y con su mano produjo una llamarada hacia Nozepul. A poco el hielo se derretía, e incluso el hechizo sanador de Reorich fortalecía los conjuros del consejo.

– Sorprendente –

Mientras Geón se hallaba asombrado por el desenvolvimiento del Consejo y sus conjuros, Lance aprovechó el momento para desvanecerse entre las sombras.

Tardíamente el druida comprendió que el espadachín sombrío se había marchado.

Los iris de Nozepul se convertían, repentinamente, en torrentes de agua y en cuestión de segundos una gigantes ola se formalizaba, de forma mágica, detrás de su espalda. Estaba a punto de devastar con todo, cuando el místico que portaba la máscara de cerámica produjo una ilusión por medio de sus manos. En ella Nozepul salía victorioso, pero en realidad se hallaba inmerso en un sueño.

– Tenemos un problema –

Exclamó el ilusionista, al término de su participación. Sálex y Reorich asentían al unísono, previendo sus palabras.

Perplejo Geón comprendía lo que dirían a continuación, y pensando que el Sombra estaba su lado murmuró:

– Sus técnicas son defensivas. Si tu participas en esto, probablemente venceremos –

El silencio y la lluvia constante hicieron que el druida sintiera la monotonía. Al voltearse, terminó por comprender que se encontraba solo.

Y sabía que tarde o temprano Nozepul se liberaría de aquellos hechizos defensivos. Temía tener que tomar partida en la batalla mística, mientras la incertidumbre acaparaba toda su conciencia.

¿Dónde había ido el ninja? ¿Si ya no le protegía, cuál sería su verdadero plan?