Capítulo 13 – La Audacia del Viriathro Fab

por | Abr 26, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Frente a la verdad, la discordia, lealtades y deslealtades emergían desde el misterio…”

La Audacia del Viriathro Fab

La visita al sanador del Imperio, Corey, había resultado un dilema mayor. Si bien Fab mejoraba, la llegada de las bestias desde la invasión del muro Norte habría atraído a uno de sus monstruos.

En medio del caos, se descubrían las verdaderas intenciones de Corey. Él favorecía la amenaza de las criaturas, a costa de la extinción humana. Asimismo, no solo se constataba que en realidad era un Elfo, sino que también poseía conocimientos arcanos.

Tras la disputa entre Corey y Romir, por la simple opinión del pequeño Erion, Lena descubre alguna clase de ilusión óptica. En la misma, cada cuadro que quitaba de su porta apoyo concebía una ilustración del pasado que estaba conectada con hitos que había vivido.
En determinado momento las imágenes se convirtieron en una total confusión que le ocasionó una pérdida del conocimiento y un posterior ataque místico.

Romir sospechaba que el Elfo aún yacía presente. Sin embargo, la risilla macabra del Mariscal se podía oír con mesura. O bien se trataba de una alegría que sólo Lena podía sentir.

La batalla fuera de la cabaña era devastadora. Incluso con la presencia de Cent’Kas, Dorothea y Joseph, la criatura parecía poseer una profunda resolución.

Erion, aún sostenía la primera ilustración que se encontraba sobre el armario e intentaba advertir al resto de lo que sospechaba. Tras el trauma que Corey le provocase, no conseguía hablar con libertad.
Asimismo, la atención estaba dirigida hacia Lena. Rultz y Romir asistían a la dama que sufría de forma constante.

El fino vestido se desgarraba por sí solo, como si una inexplicable e invisible fuerza la azotara. En ausencia de heridas, Romir sospechaba que se trataría de un conjuro psíquico.

Y en un mundo de ensueño Lena corría detrás de Romir. Le llamaba insistente, pero nada variaba. Al frente caminaba y una hilera de enredaderas se arraigaban sobre la superficie. Como si se tratasen de garras, dispuestas a atraparle. Descalza recorría el sendero hipnótico y las risas indescifrables resurgían desde la nada misma. Se encontraba sola y, a duras penas, vislumbraba la sombría figura de Romir, que con el pasar del tiempo, sobre el horizonte se degradaba.

– Romir… ¡ROMIR! –

Balbuceaba su nombre en la realidad, y el muchacho le tomó el pómulo lleno de preocupación.

– Resiste Lena. Tú puedes. –

Fuera del hogar las feroces extremidades de la bestia se movilizaban de un lado a otro, buscando bloquear cualquier debilidad que Cent’Kas intentara hallar.

– Este es diferente –
Exclamaba Dorothea y el mayordomo, con suma seriedad, asentía.

– Si los conocen es buen momento para ponerme al día –

– ¿La mayor amenaza del Imperio nos solicita ayuda? –

Y las garras descendieron desde las alturas, buscando atraparles, pero ágil el campeón crepuscular retrocedió con un salto. Tras incorporarse en el tejado de la semidestruida cabaña, observaba con desdén.

Las extremidades de la criatura se estiraban como si sus brazos se tratasen de los tentáculos de un pulpo, capaces de encogerse y alargarse con libertad.

Desprevenidos, Joseph y Dorothea, fueron atrapados en sus pies. Aunque luchaban por rebanar los formidables brazos, sus cuerpos acaban enredados como si fuesen presas de una serpiente constrictora .

– ¡Aghh!! –

– Veo que ahora si solicitan de mi ayuda –
– ¡Procede Demonio! –
– Y quién me dice que no son cómplices del Imperio? –
– Te contaré mi dramática vida si nos liberas –
– La información sería valiosa. ¿Y qué hay de ella? –

La concubina negaba sin descanso y la brazada estaba a punto de llegar a su garganta.

– ¡Hazlo! –

Gritó Joseph, al tiempo que la katana de Cent’Kas rebanaba en dos la extremidad que lo capturaba.

Un furioso rugido estallaba por parte del monstruo y su herida liberaba un líquido burbujeante de tono azulado.

– ¿Y bien? –

Exclamaba el ninja. Quién limpiaba los rastros en el filo de su espada con un ligero movimiento contra el aire.

– ¡Sálvala! –
– Ella no ha contestado –

Con sutileza envainó y se marchó en retirada.

– ¡No puedes dejarla morir, Demonio de Yahandá! –

Gritó, exasperado, el mayordomo. Y Cent’Kas detuvo su despedida. Apenas giró el rostro buscando advertir a la dama. Esta parecía dispuesta a morir engullida. Solo era cuestión de tiempo, hasta que perdiese el aliento.

– ¡Responde Dorothea! ¡Maldición! –
– Estaba claro que uno de los dos era cómplice, a favor de la corona –

Sin remedio, el mayordomo arrojó sus puñales dispuesto a salvarla. Pero siquiera fueron rivales contra la pulpa de sus brazos. La Katana de Cent’Kas poseía el filo excepcional para ello.

– Supongo que habrá que esperar que acabe con el almuerzo –
– ¡Demonio! –

Joseph corría, de pronto, buscando quitarle la katana de su vaina. Sin embargo, los nervios le precipitaban a una derrota. El ninja poseía reflejos superiores y, siquiera, tuvo que esforzarse para quitarlo de su alcance. Tras propiciarle un sin número de patadas, Joseph quedó de rodillas sobre el suelo.

Una envolvente celestial se abrió paso a través de la concubina y la extremidad de la criatura le soltó de forma mágica.

– Lo sabía… –

Murmuraba Cent’Kas, al tiempo que desenvainaba su katana.
Joseph creía que el demonio pretendía degollarlo y cerró sus ojos. De todos modos, oyó la voz del Elfo y espabiló.

– Dorothea… –
– Él no planea que ella muera –

Repetía Cent’Kas y el Elfo, Corey, apareció finalmente. Esta vez, vestía una oscura túnica con una capucha.

– Toma mi mano Dorothea –
– No lo creo… –

Replicó el ninja y, determinante, se abalanzó tras su espalda.

El Raudo Cent’Kas…

Respondió, Corey, entre risas. Una prominente pared conformada por ambas extremidades de la abominación fueron suficientes para impedir su pasaje.
Sorprendente no fue la forma con la que el místico lograba controla a la bestia, sino la veloz regeneración de los tentáculos dañados.

– No creerías que una simple katana, vencería a un místico como yo ¿verdad? –
– Todos son iguales, en lo que a mí respecta. Algunos poseen, incluso, orejas mas minúsculas –
– En cambio su clan visten todos similares. ¿Quién podría reconocer sus aptitudes como el Líder de los Demonios de Yahandá? –

Joseph palideció ante el diálogo ajeno y, tras la liberación de Dorothea, corrió a asistirle.

– ¿Te encuentras bien? –
– ¿Cuál es tu misión? –
– ¿Cómo dices? –
– Recuerda tu objetivo y déjame ser –
– Entonces… ¿es verdad que eres cómplice? –

Ella asintió y, severo, Joseph regresó a su misión. Proteger a Romir.

Antes de retirarse del todo, murmuró de espaldas.

– ¿Lena lo sabe, acaso? –

Siquiera espero respuesta alguna, pues ella permaneció sin palabras. Al instante, se retiró y toda preocupación en él se desvaneció.

– Y aunque solo eres un simple hombre… Sospechaste mis intenciones desde el principio –

Clamaba, con alegría, Corey.

– ¿Cómo no descubrir el misterio en la fachada dónde te hospedas? ¡Un noble Elfo que no decide regresar a sus tierras! –
– Muy locuaz para ser un demonio. Pues tu destino está escrito y creo que podré acelerar la sensación que albergaras –

De repente,, ambas extremidades de la bestia rodearon su cuerpo, hasta envolverle completamente. La katana se soltó de sus manos y quedó prisionero bajo la atención de Corey.

– Dorothea. Es hora –

La dama negaba. Observaba sus abanicos clavados sobre la superficie.

– Yo también tenía una meta –
– No puedes negar lo que eres, y en este Imperio nada de lo que el emperador desea se escapa fácilmente. Debemos marcharnos, cuanto antes. –
– Pero Lena… –
– Ella está fuera de tu alcance ahora mismo –
– ¿Por qué? ¡Qué has hecho con ella! –

Fuera de sí, la concubina se puso de pie. Estaba dispuesta a regresar a la cabaña, cuando Corey la tomó por el brazo.

– Estamos en peligro aquí, Dorothea. ¿Eres consciente? –

– Necesito que ella se salve –

– ¿Desde cuándo te preocupa? Recuerda quién eres… –

Ella asentía, pero sus ojos no se desviaban de su intención. Y repentinamente, la mirada del Elfo se tornó tan celestial como el aura que se propagaba alrededor de la abominación.

– ¿Me desobedecerás después de todo lo que he hecho por ti? –
– Debo asegurarme que Lena está bien. Luego iremos –
– No hay nada que puedas hacer. Ese es su destino –
– Ella me aprecia como a una hermana –
– El Mariscal está allí. Si te dejo ir, no habrá vuelta atrás –
– Que así sea. Encontraré la forma de escapar –

Y sus miradas permanecían fijas. La concubina solo tenía ojos para la cabaña y Corey únicamente para ella.

Se oían de fondo los gemidos de Cent’Kas, imposibilitado para respirar entre la fuerza de la criatura.
En el interior de la cabaña, Romir se encontraba al borde de la desesperación y Rultz no lograba asistirle. El mayordomo ingresaba con la mirada seria, y al contemplar la situación se abalanzó junto al magistrado.

– ¿Qué sucede? –

Exclamó confundido.

– Corey, Corey ha hecho esto –
– Per…
– ¡Silencio! Debo concentrarme –

Erion golpeaba la pared de madera y desde la ruptura observaba los acontecimientos.
Al ver al campeón crepuscular en problemas se preocupó tanto, que acabó golpeando a puño cerrado para llamar la atención al resto.
Sin embargo, todos estaban ocupados en la cuestión que ameritaba y, recostado en el lecho, Fab se presionó para avanzar dónde se hallaba el niño.

– Erion.. –

Chistó al pequeño. Y éste se volteó, a medida sudaba.

A paso lento, avanzaba el Viriathro, y al seguir la vista hacia dónde Erion señalaba divisó a Cent’Kas en peligro.

– ¡Rultz! – Clamó asistencia, pero el hombre yacía perplejo junto a Romir.

Y en un intento desesperado, superó la puerta destruida. A medida descendía por las escaleras, desenfundó el sable de oro que aún yacía en su poder.

– Muchacho –

Exclamó el Elfo con una maliciosa sonrisa –

– ¿Empeorarás tu estado por el Demonio de Yahandá? –
– Por la esperanza de todos, debe haber algo que pueda hacer –
– No puedo dejarte hacerlo. ¡Retrocede! –
– Jamás. Agradezco su tratamiento, pero él es mi amigo. –


Alzando el ceño, Cent’Kas por poco perdía el conocimiento. Dorothea aprovechaba la situación para tomar el pasaje libre hacia Lena.
Fuera de sí, Fab avanzó, tomando prisa a cada segundo que pasaba así las heridas le interfirieran.

Sobresaltado, Erion observaba ante la llegada de Dorothea. A duras penas conseguía producir un alarido incomprensible que la palma de la mano del Elfo produjo una mística llamarada y Fab soltó su sable al frente. Más luego se tumbó cubierto de llamas.

El filo había conseguido ensartarse en uno de los tentáculos de la bestia. Sin embargo, el sacrificio había sido superior. Fab había muerto para salvar al Héroe de los esclavos.