“…Cuando el karma no esclarece la encrucijada del corazón…”

El principio del Final. Azgal, Dan y la bestia

 

La delgada línea morada resplandecía guiando a Azgal a ambos destinos, la indefensa Nube se hallaba a punto de ser engullida por el enorme felino y por otra parte el valiente Ed buscaba alcanzar al místico antes que éste le rostizara con su magia.
Fuera de sí, Azgal, empujaba los escombros analizando la difícil situación.

Las palabras del anciano, que muriera ante el tormento de Relthas, se repetían en su memoria.

“…Tu hallarás el camino Azgal. Nunca abandones la esperanza. Ilumina a los tuyos y encuentra: La gloria…”

Su mirada le llevaba hacia la protección de su último amigo, pero su cuerpo y su consciencia le guiaban hacia la dama. De pronto, en la plena incertidumbre, advirtió al malherido Rod recostado en la arena. Él le exclamaba:

– Ese hombre… El puede controlar al animal. M… Momentos antes le disparé con mi ballesta y… –

Azgal cerraba sus ojos pensativo, pero aquellas palabras le inspiraban confianza. Si podía detener al hombre, la bestia no sería una amenaza.

Sin mas rodeos dio la espalda a Nube, temiendo un terrible error, y se lanzó al frente. En busca del místico recorrió el largo trecho, mientras premeditaba detenerle con sus brazaletes.
Inesperadamente su mirada se cruzó con la del monje que portaba cascabeles negros, en torno a su cuello.

– Q… Quien –

Pretendía preguntarle quien era, pero naturalmente la carrera les hizo evitarse y sus ojos distinguieron al enemigo del resto.

– ¡Marchen contra él muchachos! Azgal ha llegado para proveernos la esperanza que necesitábamos! –

Exclamaba Ed al tiempo que avanzaba desde el centro de los espadachines, dispuesto incluso a perder la vida de ser necesario.
Los reclutas recibian con honor tal mensaje y se reunían con los sables en alto.

– Comete un trágico suicidio General –

Murmuraba el sonriente místico, quién desconocía la llegada del héroe con sus brazos estirados.

A pocos metros de allí las sandalias del monje se hundían sobre la arena. El ágil avance de éste, tomó por sorpresa a los aldeanos.
Nube advertía la oscura sombra abalanzarce sobre ella, cuando de pronto el extremo de un báculo se detuvo delante de su pálido rostro. Unas delicadas vendas resoplaban ante la brisa.

– ¡OOOH! –

Pronunciaron todos de pronto, y Nube aún no comprendía. Desde una distancia inconcebible el misterioso hombre estiraba su mano, sosteniendo el extenso roble con sus dedos.
Su cuerpo se erguía sobre una sandalia, al tiempo que su otra pierna se alzaba exhibiendo una posición de sumo equilibrio.

Su instantánea acción asestó un golpe en la mandíbula de la enorme criatura. La que acabara desparramándose entre los escombros. Tras segundos giró  el bastón, para posarlo en la superficie, e inclinándose firme a su oponente rozó los cascabeles de onix con su mano desnuda. Mientras el dedo pulgar sostenía una arandela y señalaba su mentón, el resto se dirigía hacia el frente. Mas tarde alzó su rodilla izquierda sobre la restante.

La melena resoplaba ante el aire. Los habitantes cayeron de rodillas ante su sublime destreza.

Entre desaforados gruñidos, el felino se erguía de pronto observando fijamente a su nuevo contendiente.

Por otra parte, Azgal logró encadenar por la cintura al místico por medio de sus brazos. Tras un alarido de ira le alzó hacia el mismísimo sol. Su magia se desvanecía ante la conmoción y, aprovechando tal acontecer, Ed y sus guardias azotaron a cortes al hombre.
El héroe se disponía a alzar el cuerpo del intruso y obligar a que aquél desconocido rostro impactara en la arena. Pero repentinamente una carcajada resonó en las Estepas Ardientes, y el místico se convirtió en cenizas.

Azgal conseguía salvar a Ed de su destino, pero sus manos soltaron una capucha que se desplazaba entre cenizas por el viento.

– ¡¿Dónde ha ido?! –

Gritó de pronto el muchacho, quien no se percataba del repentino desvanecimiento.
Los guardias observaban perplejos los ropajes arrastrarse sobre la arena y Ed perdía el aliento. Sus espadas ni siquiera portaban rastros de sangre.

Girándose de pronto, el muchacho intentaba alertar la situación con Nube. Para su sorpresa el monje bloqueaba las zarpas de la criatura con facilidad.

– ¿Quién es ese? –

Murmuró uno de los jóvenes espadachines.

Todos observaban sorprendidos los audaces movimientos de aquél desconocido hombre.

Ed entregó uno de sus sables al héroe, quien no lo dudo más y se encaminó para acabar con su sed de venganza.

Nube y los aldeanos sobrevivientes se retiraban donde el General y sus reclutas asistían a Rod. Una formidable batalla estaba a punto de iniciar entre los dos acaudalados torrentes de agua.

Un desorbitante rugido proliferaba abarcando las extensas estepas. El polvo se soltaba de entre los murales, sutilmente tallados.
El monje doblegaba su báculo como si formara parte de su brazo y dejaba entrever su delgada espalda cubierta por la vestimenta de cuero.
Azgal, por su parte, se posicionó en frente. A pasos de ambos merodeaba aquella gigantesca criaturas, mientras sus garras arañaban las arenas haciendo un extraño sonido. Sumado a éste los brazaletes del héroe del reino, añadían agudos estallidos.

Nube notó desde la distancia, como los rayos solares resplandecían en aquellas gastadas pulseras. Y como también relucías las oscuras perlas de onix que conformaban el collar del monje.

– No se quien eres y agradezco que nos hayas ayudado. Pero tengo un asunto pendiente con esa bestia –

Murmuró Azgal, ignorando la presencia del devastador felino.
El hombre del báculo suspiró y ofreció una sonrisa.

– Han pasado tantos días, que a penas recordaba lo que era dialogar –
– ¿Quién eres y que tramas? –
– Mi nombre es… –

De pronto la bestia rasguño al frente buscando quitarse al hablante de su presencia. Impredecible, el monje evadió la amenaza y haciendo uso de su báculo aprisionó la garra contra el suelo.
Un delgado corte se abrió paso por su tórax, liberando el abrigo de cuero que ocultaba su cuerpo.
Todos notaron la vestimenta que portaba y alzaron el ceño.

Se trataba de una camisola de seda y pantalones anchos, con una faja colorada a modo de cinto. La desordenada melena le llegaba a los hombros y el vello facial era abundante.

Ágil giró el bastón, soltando a la criatura que rugía con ira, y lo detuvo detrás de su nuca. La brisa soplaba su ondulante cabello.

– Mi nombre es Dan. Provengo de los Valles del Ritian y soy el último guardián de mi estirpe –

Exclamó de repente. Uno de los hombres, el mas anciano entre la muchedumbre, añadió:

– Ritian… Un guardián del Sol –
– Qué haz dicho? –

Replicó otro confundido.

El monje cerró sus ojos, como si de pronto meditara. Ni siquiera le conmovía la énfasis de los rugidos que exhalaba la bestia delante de él.

– ¿Guardián del Sol? –

Murmuró pensativo Azgal.

La descomunal figura retomó su iniciativa hacia el hombre que meditaba, y de pronto el resplandor se esfumaba. El cuerpo se tornó sombrío, ante el acercamiento de la amenaza.

– ¡Ten cuidado Dan! –

Gritó Azgal a punto de avanzar por detrás de la criatura.

Todos sofocaron su aliento un mísero segundo y en aquél momento el monje abrió sus ojos.
La bestia se abalanzaba sobre éste cargando con ambas zarpas en las diagonales, cuando de forma sorprendente Dan alzó su báculo y las afiladas garras se tensaron en el roble. Retrocediendo el mismo elevó uno de sus pies y le propició, a suela de sandalia, una patada en la mandíbula.

El enorme felino cayó de espaldas ante la prominente fuerza y el polvo se elevó de tal manera que todos paulatinamente comenzaron a toser.

Unos leves movimientos se evidenciaron en la superficie, tras aquella embestida contra la arena.

Al esparcirse el polvo, todos advirtieron el báculo clavado en la arena. Mientras que el monje aguardaba sentado, en posición de loto, con los ojos cerrados y meditaba ante un fulgor de luz solar.

¿Qué intenciones tendría Dan? ¿Se tratará de un aliado o un enemigo para Azgal?