“…Cuando todo lo perdido se revuelve en el inconsciente, cuando la lucha acaba de iniciar…”

El Asalto de Andy BlackHawk

La noche trascendió ante los conflicto, y si bien Erabo y Andy BlackHawk se alejaron lo suficiente del Rigor Lejano en alguna parte del desierto de Runfenir se hallaban explorando la cuadrilla de Sheriff que Don Canet había enviado. Buscaban capturarles vivos o muertos, y habiendo pasado la noche bajo sumo desconocimiento se dirigían al hogar natal del muchacho.
Tras incalculables aventuras compartidas, ahora el joven retornaba a los campos conocidos.

– Lo sé… Lo sé… He regresado a ustedes –

Exclamó con voz leve y su mentor no pudo ignorarlo.

– ¿La sed te ha obligado a conversar solo? –
– Sed, hambre… Pero no, les veo… –
– El Pasaje Silencioso –

Si bien en Runfenir él era una leyenda, los rumores sobre aquél territorio abandonado no eran confiables. Incluso el Fantasma de Runfenir deslizaba los dedos cerca de su revólver, por si a caso debía disparar.

– Como si pudieses hacerles algo con ello… –

Murmuraba el muchacho, quién asentía hacia lo desconocido.

– No solo ellos se avecinan a nuestro trayecto –

Y tan pronto finalizó su comentario se detuvo, obligando a Andy a pausar la marcha. En las lejanías se oían galopes.

Era prácticamente imposible para el muchacho, que el forajido alertara la llegada de la amenaza antes de oír los corceles avanzar por las llanuras.
Al percatarse y comprender que llevaba razón contempló como el jinete oscuro apresuraba la marcha hacia las hectáreas de trigo. Andy rememoraba como regresaban a hurtadillas junto a su hermano, días atrás.

– ¿Planeas mantener el diálogo espiritual o vuelves al mundo terrenal? –

Replicó el siniestro pistolero, cuya máscara en la penumbra no ilustraba su sonrisa. Sin embargo, Andy, solía imaginarla para añadirle algo de humanidad a aquél frío ser al que nominaba mentor.

– Voy, voy… –

Luego de adelantarle y sumergirse entre los pastizales, los galopes se tornaron más perceptibles y el diálogo comenzaba a susurrarse en los alrededores. Quizás por la temprana edad en la que Andy BlackHawk se disputaba la vida en la naturaleza, comenzaba a darle ciertos dones.

– ¿Les oyes? –

Preguntó el forajido, como si hubiese premeditado todo. Sorprendido, el niño que días atrás no podía apuntar la colt a los borregos, asentía. Oía el diálogo con suma precisión y la brisa de la noche, no era más que un señuelo natural que torpemente intentaba confundirle. Aprovechando las ventiscas se ubicaba en el sitio apropiado para escuchar, y las frases revoloteaban con la presión del aire.
– Poco a poco te haces uno con la naturaleza. Y eso te ayudará a confiar en ella. Debes ser huésped de ella, como si fuera tu propia… –
– Madre… –

Siguió el muchacho, y sus negruzcos iris parecían reflejar el pálido resplandor de la luna que les acechaba desde las alturas.

– M… Mi hogar está cerca –

El Fantasma de Runfenir asentía y, aunque el muchacho intentara apresurar los pasos hacia la cabaña en las oscuras praderas, le detuvo tomándole del hombro.

– Aguarda, oye y luego decides –

Andy volvió a soltarse sobre la hierba y retomó la serenidad, tras respirar con calma.

En algún lugar del espacio nocturno dos corceles relincharon al unísono y el diálogo entre numerosos vaqueros proseguía.

– ¿Prefieres la ira de Don Canet a estar en estas tierras de nadie? –
– No se trata de eso… –
– Escucha, ni ellos podrían tocarnos. Siquiera nosotros a ellos –
– Así es, son simplemente espíritus –
– Apuesto que con un disparo salen despavoridos. Imagina con el explosivo –
– Eso no sería prudente, alertaríamos a los que buscamos –
– No es el problema de los fantasmas. Esta tierra es su altar, si la ensuciamos nos perseguirán, incluso, hacia Rigor Lejano –
– ¡Calma anciano! Prometo ser limpio y purificador –
– ¿Tú? ¿Justamente tú? ¡El que se la pasa en el Salón, así forme una envidiable familia! –
– ¡Oh caray! Y lo bella que es su mujer –
– La belleza no lo es todo. Si solo supiese montar como las vaqueres –
– ¿Cuáles? ¿Dónde? –

Las risas, prácticamente, aturdían el silencio exasperante.

– ¿Montar? ¿Una mujer es bella por montar un caballo? –

Murmuró, confundido, el muchacho y recordó que su madre detestaba los animales cuadrúpedos, pero Helen DeathTrick había montado el corcel por sí solita.

– Eso no tiene importancia –

Respondió el pistolero.

– De eso hablan y ríen –
– ¿Sobre qué comenzaron? –
– Lo sé… Lo sé… –

Andy recordó de pronto, como su difunto hermano, Romer, detestaba buscarle en esos espeluznantes lugares.

Erabo planeaba iniciar el tiroteo contra los Sheriff, sin embargo, en señal de silencio, posando el dedo índice sobre los labios, Andy le ofreció avanzar al pistolero por los campos. Esta vez se retiraban lentamente y, como si se mezclaran entre las sombras de la naturaleza, sus siluetas se despedían desde la perspectiva. Tras conseguir distanciarse lo suficiente, sobresalieron de los pastizales y, allí, donde Erabo contemplaba la lejana y apagada cabaña, Andy BlackHawk se detuvo.
Siquiera conversaba con los espíritus, y aunque el forajido volteó para verle, el muchacho yacía con la mirada perdida.
– Jalina, tú también… –

Luego de ver con mayor atención, el siniestro pistolero advirtió las tumbas a pasos, delante del joven. Y antes de poder acompañarle en el dolor, posando su mano en el hombro, éste se derrumbó sobre la tierra. Su rostro palideció por completo y, cuando estaba por gritar al cielo, Erabo se aproximó y le tapó los labios.

El galope repentino, se abrió paso desde el horizonte, y el pistolero ofreció la espalda a los precursores.

– ¡Allí! –
– ¡A por ellos! –

La capa revoloteaba delante de sus ojos, y resplandeciente atraía la atención de los hombres.

– Esfúmate hacia la cabaña muchacho, conseguiré tiempo –

Sin pensarlo dos veces, Andy frotó su puño por sobre su derramada tristeza y avanzó hacia el hogar.
Por su parte, Erabo se erguía delante de los jinetes.

– ¡Dispárenle! –
– Así será más entretenido –

Susurró él con una mueca de agrado y sus dedos rodearon su colt.

– ¡No lo duden! Se trata del Fantasma de Runfenir –

Tras el relinchar de uno de los animales, comenzaron los estallidos de las armas de fuego.
No muy lejos de allí, en el pozo de agua, dos Demonios de Drill interceptaron los disparos. Ante la fogata, que habían improvisado para compartir brochetas de liebre, soltaron la cena y cargando sus cinturones iniciaron la exploración de los alrededores.
Debían proteger el pozo de agua a como diese lugar, pero no planeaban sacrificar sus vidas ante una horda de Sheriff.

Las hostilidades habían iniciado ante la capa resplandeciente, que confundía a los pistoleros. El forajido se dirigía a los pastizales, logrando desviar la atención sobre el muchacho. Y, éste, tras ingresar a la cabaña notó las prendas colgadas, los platos de loza grisáceos por el leve polvillo y la mesa preparada para la pasada cena.
La pena era una gran molestia pero, tan pronto alertó la escopeta de doble caño de su padre, sobre una estantería, y dos cinturones repletos de cuchillos envainados, recobró la energía suficiente para participar en el combate. Su estómago rugía por el apetito y apenas podía respirar ante la sequedad de su aliento, pero tenía claro que antes del descanso detendría la tormenta.
Rechinó los dientes para calmar sus principales instintos y, pateando la puerta de ingreso, se abrió paso hacia los lunáticos. Apenas sus manos podían sostener el Winchester que gatilló al frente, y un jinete se soltó del corcel con el tórax cubierto de proyectiles.

Un cartucho vacío escapó de la recámara y el muchacho más confiado en el segundo intento, tras superar el primero, apuntó a otro rival.

Los vaqueros saltaban de sus caballos y disparando, se arrojaban sobre los pastizales.
Mientras, en algún lugar, entre la penumbra, los Demonios de Drill contemplaban la disputa.

– El Rigor Lejano se avecina –
– Quizás solo seguían el rastro de esos desdichados –
– Quizá. Aún así debemos alertar al Jefe –
– Yo iré. Tú protege el pozo –
– ¿Y por qué no lo proteges tú? –
– Así comes mi cena también –
– Prefiero comer los días que resten por vivir –
– ¡Cobarde! –
– ¿Y qué hay de ti? –

En medio del debate, los disparos replicaban y los hombres no se hallaban lo suficientemente lejos. De pronto una dinamita cayó a pasos de uno de ellos, y antes de percatarse de ello, uno prefirió huir hacia Colmena de Drill mientras el otro desapareció por completo.

– ¿A dónde has lanzado esa cosa? –

Gritó un Sheriff a otro que portaba una antorcha entre sus manos.

– Es la primera vez que lo hago, pero a alguien le he dado –
– ¡Pero el Fantasma de Runfenir sigue de pie! –

El pistolero se movilizaba, esquivando la puntería de los vaqueros. Siquiera, era comprensible para ellos qué, a la hora en que el muchacho intercedió en la batalla, a paso de tortuga, y pudiendo apenas cargar la escopeta, vieron un objetivo más práctico.

En lo que unos cuantos planeaban acribillarle, el Fantasma de Runfenir dejó de esquivar proyectiles y participó activamente en la discordia.
Ni alertaron cuando desenfundó su colt que sus oídos constataron los impactos de su temible puntería.
Mucho menos comprendían que no lograran darle ni una sola vez y, de repente, se encontraron sobre la tierra. Balbuceaban de dolor…

– E… Es imposible –
– El es anormal… –

El anciano, que temía a los espíritus, finalmente no había participado. Y aunque la moral de la mayoría descendía rápidamente, otros buscaron romper con lo sobrenatural y avanzaron. Sabían que, tarde o temprano, Erabo se quedaría sin municiones y cobrar la captura del Fantasma de Runfenir era más interesante que sobrevivir como cobardes.

Pero no contaban con la intervención de Andy BlackHawk.
Cada vez que utilizaba el rifle arrasaba con una vida. Él no poseía ya sentimiento alguno, había dejado unos cuantos en la tumba de su familia. Ahora su preocupación era proteger al protector, aunque siquiera hiciera falta.
Las acciones de Erabo dejaban a más de uno sumidos en dolor y arrastrando sus cuerpos sobre el terreno.
Sin embargo, el muchacho no diferenciaba a los hombres de un borrego, y solo el anciano sobrevivió a aquella noche. Además del prófugo Demonio de Drill que había huido anteriormente.

El amanecer comenzaba un nuevo día. El muchacho siquiera podía seguir cargando el arma de fuego ante los alaridos de la hambruna, y su mentor murmuró:

– Ahora te buscarán a ti también, chico –
– Ahora somos dos Fantasmas de Runfenir –

Replicó él y, de pronto, su olfato le atrajo a algo tentador.

Sus pasos le guiaban ante la llegada del Sol naciente y recordó que por aquél sendero su padre le llevaba a cargar agua del pozo. Cada noche que lo hacían él se marchaba hacia Pasaje Silencioso y conversaba con los espíritus.

Erabo recargó sus municiones y enfundó viendo la retirada tardía del anciano. Sin embargo algo más atraía su atención y, si bien sus ojos no lo viesen, parecía hacerlo de forma extraordinaria. La caravana de Jor’Mont a poco llegaba a Alfarón y en dirección hacia el Comadrón.

Finalmente Andy alertó un toldo con una fogata, junto al pozo de agua. Desaforado, planeaba internarse en el mismo y saciar su sed, pero al ver las brochetas cocidas junto a las llamas perdió los estribos y degustó con locura. Más luego, no tenía fuerza ante el cansancio y quedó varado en el trecho hacia el agua dulce.
Erabo, quién de pronto contempló los trozos del cadáver de un Demonio de Drill y el par de brochetas, imaginó que la paz allí sería momentánea. Tan pronto alcanzó al muchacho, lo alzó e introdujo en la tienda. Al instante, se encaminó hacia el pozo de agua para cargar un pocillo de aluminio.

– Descansa Andy BlackHawk. Has soportado lo suficiente –

Las ideas del Fantasma de Runfenir eran inequívocas. Una caravana cubierta de dinamita se avecinaba hacia Alfarón y los reos, con sus corceles, acabaron asustando a los aldeanos, quiénes se escondían en sus tiendas de ladrillo.
Las escena era digna de temer, quizás no por los primeros bandidos pero si por el guardián de retaguardia.
El violento Stev observaba de lado a lado a aquellos flacuchos seres que atemorizados se ocultaban.

– Esos hombres dejan sus pertenencias a alcance nuestro… –

Exclamó Jarriet, de pronto, mientras les contemplaba sorprendido sobre su corcel. Y el jinete a su lado, el padre, respondía.

– Sus vidas solo dependen del agua y su trabajo es a cambio de aquél diezmo. Incluso se podría interpretar que desean que robes una vasija y se las retornes cargada con agua –

– ¿Y esos seres son los que el Líder desea matar? –
– No, son los asesinos los que prohíben el acceso al agua –

Contestó Jor’Mont, al frente de las tropas, y si bien Jarriet le observara con respeto, su padre frunció el ceño. Sabía que si el Comadrón o los Demonios de Drill concebían un monopolio de agua, Alfarón acabaría de igual modo.

– ¡Alto! Comencemos los preparativos –
– Aún queda por llegar –

Respondió Dean.

Y, por detrás, se avecinaba el fornido Stev. Quién agregó:

– No te dejarán el pozo libre. Lucharán por el –

Sorprendido, Dean, observaba a aquél vaquero gigante que pesaba su cuerpo sobre el lomo del caballo. Pero más bien le atrajo la atención oírle hablar, pues su voz eran tan temible como su imagen.
A medida el jinete avanzaba, todos se abrían paso. El único que se mantuvo era el propio Jor’Mont.

En cuanto Stev alcanzó el frente, desmontó y se encaminó solitario hacia el desierto entre el pozo de agua y Alfarón.

– Siquiera lo pienses –

Exclamó al marcharse.

Y todos observaron perplejos su retirada, pero ninguno se atrevía a cuestionarlo. Jor’Mont finalmente anunció:

– Prefiere hacerlo solo. Preparen las tiendas, estaremos aquí al menos un día –

Los bandidos asintieron y comenzaron a movilizarse.
Una feroz lucha contra Comadrón estaba a punto de iniciar.

¿Qué revuelta producirá la fuga del Demonio de Drill desde el Pasaje silencioso? ¿Qué decisión tomará Don Canet ante las noticias sobre la fallida captura del Fantasma de Runfenir? ¿Logrará Jor’Mont su cometido en el Comadrón?