“…Ni el mas aberrante terror podía detener la gloria y la sed de batalla de los Piratas…”

El Abordaje de los Muertos Vivientes

El peligro aguardaba delante de sus ojos. El buque se internaba en el Mar Fantasmal, donde los tripulantes conocerían la razón por la que tantas flotas aguardaban en esa área sin mareas.
No se conocía a nadie, que hubiese superado ese trayecto siniestro de muerte y desolación. Nadie que yaciera con vida para contarlo.

La perspectiva de barcos destrozados tampoco ameritaba una buena desembocadura en el sendero acuático.

Erión y Romir parecían ser los mas conscientes de la fatídica decisión tomada por el Capitán. Un rumbo suicida que no suponía regreso y que desplegaba pensamientos inciertos a todo Ser Humano presente.

– Nosotros somos los Piratas de las Penurias Sangrientas –

Exclamaba sonriente Shal’Kas y, para sorpresa de los ancianos, todos los jóvenes, incluyendo a Kokú sobre el mástil central, demostraban alegría y confianza frente al intrépido muchacho del cinturón de diborrenio. Una extraña fe irradiaba ansiedad a la mayoría de los presentes, mientras que la princesa de Brind, Azul, aguardaba en las mazmorras, encerrada. Por su parte temía lo peor ante un inexplicable ruido que arañaba la superficie bajo sus pies, y desde la distancia divisaba el acontecimiento perpetuado sobre la cubierta.

Una tenebrosa aura se dispersaba, invisible a los ojos, pero tan latente como una inherente corazonada.

Y aunque la neblina se hubiese esparcido, ella concebía una densa nube en la figura del muchacho. A penas su larga chaqueta se mantenía intacta ante la grisácea estela que rodeaba a su cuerpo. Los iris de la dama no tardaron en dirigirse hacia el suelo y, bajo la perspectiva de sus piernas, justo debajo del quipao un leve golpe resonó en la madera. A poco se formaba una protuberancia inexplicable en las maderas, como si fuese una abolladura. Era algo tan fuera de lo común, que sin llegar a comprenderlo tuvo que aislarse al notar que la plataforma empezaba a astillarse por sí sola.

Los murmullos, que resonaban desde las profundidades, se tornaban poco a poco más.

La dama no lo dudo, manoteando los orificios del portón con sus finos dedos intentó abrirla sin sentido y gimió:

– ¡Padre! Ayúdame –

Y a medida empujaba aquella prisión, que de alguna manera la había enjaulado a pedido del Rey, finísimas láminas de roble se diezmaban y sobresalían de entre el suelo, al tiempo que la insólita protuberancia se encorvaba en un espacio de mayor longitud.

Erión, en la cubierta, suspiraba ante el acontecer. Los jóvenes se arrodillaban delante del pirata, e incluso Kokú descendía del mástil con plena seguridad en sus movimientos, para luego llegar al Capitán y ofrecerle una reverencia.

Romir, sin palabras, contemplaba el repentino efecto provocado por Shal’Kas y los golpes resonaban a la distancia, en dirección a la alcoba.

Era como si todos yaciesen poseídos ante la presencia del Capitán,
como sin necesidad de decir nada le comprendieran…
y como si cada acción que los jóvenes tomaran,
estuviese concienzudamente ligada a su mente…

De repente, Shal, suspiró hacia el cielo y los tripulantes, que se hallaban prácticamente mimetizados por el temor, soltaron sus manos y se separaron.
Algunos trepaban los mástiles con salvajismo,
otros zamarreaban las velas como si fuesen cortinas.
Otros preparaban los cañones y cargaban la pólvora,
mientras otros agitaban las mechas llenos de resolución.

Las viejas miradas de Erión y Romir se cruzaban mientras sus labios yacían boquiabiertos.

– ¿C…Cómo es posible? –

Murmuraba el Rey, quién había demorado toda su juventud en adquirir la confianza, el equilibrio y la fuerza suficiente para actuar como los niños lo hacían en cuestión de segundos.

– ¿Q.. Qué has hecho? –
El padre de Azul a poco temblequeaba y, el audaz Capitán pasaba a su lado. Tras posarle la mano en el hombro susurraba:

– Gracias por tales principios –
– ¿P… Prin… Principios? –

Replicó el buen hombre y, tras girarse de espaldas, alertó como ese muchacho… El que tiempo atrás dudaba sobre ser el Líder de la flota, tomaba el timón con absoluta libertad y reía ante el pasaje de la muerte.

El viejo hombre no lograba calmar los nervios y la piel de gallina había llegado a tomarle por sorpresa, cuando de pronto un grito agudo le atrajo la atención. Seguido de ello los golpes huecos e incesantes hacían eco desde los aposentos.

– Hi… Hija –

Rápidamente Romir se liberó de todo deber hacia los jóvenes, y sin conciliar aliento alguno se introdujo en el interior de la recamara.

Erión admiraba la fuerza de voluntad, del ahora oficial del buque de guerra, mientras el movimiento de los doce niños le tomaba por desprevenido. Se asimilaban a piratas con una experiencia desconocida.

– Cent… Tu hijo ha espabilado –

Murmuró para sí, como si creyera estar acompañado por su antiguo colega.

Tras superar el lecho, unas endebles artesanías se hicieron añicos tras impactar contra el suelo. Romir pasaba sin contención alguna por las escaleras que llevaban al pasillo interior. Nada era más preciado para él que su propia hija.
Los peldaños estaban tan ocultos por la penumbra que por poco no se concebía la presencia de estos junto al lecho.

Rápidamente descendió y al llegar a la galería, divisó el lejano portón de roble golpear deliberadamente.

– ¡Padreee!! –

Persistía ella sin calma y, repentinamente, los siniestros murmullos hacían tal eco que asemejaban el ambiente a un barco fantasma.

Las frases no tenían sentido alguno, se asimilaban a algún idioma ancestral del que, ni Romir mismo, poseía conocimiento.

Casi se podía repetir cada letra y cada vocal a espaldas del antiguo consejero del Cráneo Negro. Y ante sus ojos, varios muchachos, incluido Kokú, blandían sables, espadones, arpones y lanzas en el extremo central del buque, retrocediendo hacia la Popa.

-¿Q… Qué sucede? –

Sus rostros ya no sonreían, eran tan pérfidos como el de Shal’Kas, tiempo atrás. Sin embargo el Capitán sonreía y el anciano a poco suplicaba una explicación.

– ¿P… Por qué? –

Una gélida brisa resopló tras su nuca y el hombre se enderezó, mientras creía alucinar. El buque viraba a un lado con tanta fuerza, como sí Shal hubiese cambiado de decisión en el último segundo.

– Ris Gotk Narú –

Se oyó decir tan claro, como si le susurrasen al oído, e instantáneamente Erión se volteó de espaldas pudiendo verlo todo.

– Jasnoth, Jasnoth, Jasnoth –

Gritaban con voces roncas y los filos chocaban permanentes contra escudos oxidados.

– P… Por los Dioses –

Replicó Erión y, antes de poder meditarlo siquiera, los jóvenes cargaban hacia delante de él con euforia.
Al tiempo que Shal’Kas dejaba el timón girarse sin detenimiento y, aislándose del mando, empuñaba sus cuchillas detrás de su resplandeciente cinto.

– ¡A por ellos Piratas! –

Una mueca relucía su envidiable y perfecta dentadura.

Erión se arrojaba a cubierta y el sonido de los filos colisionaban sin remedio, mientras su mirada contemplaba las sombrías figuras esqueléticas abalanzarse sobre el barco. No muy lejos de allí, comenzaban a estallar los disparos de los cañones hacia direcciones desconocidas.

– Esto solo es el principio –

Exclamó un delgado espectro qué, de espaldas, en las Penurias Sangrientas, observaba a los muertos vivientes apalear algo en el archipiélago. Mareas de seres, incontables, formalizaban una montaña de cadáveres sobre el Guardián… el Salvador… el Juzgador…

De regreso al barco que lentamente avanzaba sobre el Mar Fantasmal, Erión se arrastraba sobre la cubierta, mientras una batalla iniciaba. Siquiera lograba comprender la audacia de esos muchachos, quiénes minutos atrás temían a la llegada de los esbirros de Jasnoth. Eran ahora más valientes y suicidas que los que haya conocido. Incluso más que los Cazadores Furtivos del Cráneo Negro, que al menos tenían un mínimo sentido común al enfrentar lo inexplicable.

Rápidamente el anciano se irguió, ante la llegada de innumerables seres espectrales y se adelantó donde, confiado, aguardaba Shal’Kas.

– ¿Qué has hecho muchacho? –

Ya siquiera él respondía, solo le observaba con una sonrisa de oreja a oreja. Como si se hallara al borde de la locura y no necesitara meditar respecto a lo sobrenatural presente.

– ¡Hijo de Cent’Kas! Nos has guiado por el camino equivocado. Nuestro aliento y ¡el de esos niños!… Ahora todos pendemos de un hilo –

Devastado, el anciano imploraba misericordia. Como si el propio Shal le estuviera juzgando al llevarle a un peligro que también le castigaría a él, como el propio Capitán.

Sin más, echó a reír a carcajadas y, ante la mirada perpleja del consejero del Cráneo Negro, refuto sin discernimiento:

– Los piratas no tememos a la muerte, Erión –

Ambos voltearon la mirada al frente y decenas de seres espeluznantes se atrincheraban sobre el buque de guerra. Sus delgados cuerpos les permitían tener mayor cavidad. Y aunque ninguno reaccionaba a los cortes de los sables empuñados por los jóvenes, seguían llegando más y más dispuestos ocupar el espacio.

Mientras el caos estimulaba el destino endeble de los mortales sobre la cubierta, y el galeón se reclinaba de un lado y más tarde al otro, en el interior se gestaba otra problemática.

La carrera por el extenso pasillo levó finalmente al encuentro entre padre e hija. Romir y Azul abrazaban sus dedos a través de los orificios del portón hacia la mazmorra. Era tal la presión, que se hallaban absortos, sin palabras. De pronto ella se giró a un lado y el hombre divisaba como el agua comenzaba a manar de una extraordinaria protuberancia en el suelo.

– N… ¡No! No es posible hija mía –

Gritó al tiempo que azotaba el cerrojo para salvarla. Y ella, sentada en una esquina, advertía como el agua iba coloreando con humedad las paredes.

– ¡Azul! ¡Lucha, no debes darte por vencida! –

Gritaba afligido su padre, mientras la doncella se congojaba en un mar de lágrimas.

De pronto y, ante la mirada de ambos, una mano esquelética sobresalió y la abertura se amplificó.

¿Podrá Romir liberar a su hija de la prisión? ¿Lograrán los tripulantes del barco dispersar a los muertos vivientes?