“…Las riendas de la catástrofe se soltaban ante la llegada del más poderoso titán…”

¡Por el Misticismo! El consejo frente a Nozepul.

La lluvia se cernía sobre la Aldea de Triviltor, sus diversos caminos con sinfín de empalmes yacían solitarios. Apenas algunos guardias aguardaban fuera de las chozas con paredes de adobe. El agua conformaba densos barriales y, en el interior de los hogares, el murmullo de los individuos era una sonido que se mezclaba con el incesante goteo.

En una de las tantas viviendas, se retiraban los integrantes del consejo junto al mensajero. La reunión había finalizado y el clima les había tomado por sorpresa. Era como si no buscara separarles por esa noche.

Frente a las ocultas puertas de la Aldea, cubiertas por frondosas copas de arbustos, dos torres permanecían iluminadas por antorchas. Dos guardias monitoreaban la llegada al campamento.

Un encapuchado llegaba junto a un hombre, dispuestos a ingresar.

– ¿Qué te traes? Quítate esa capucha, ahora mismo –
– Hazlo –

Replicó el hombre a su espalda, quién se hallaba cubierto de humedad.

– ¿A caso es sordo? –

El otro guardia lanzó una carcajada y el encapuchado liberó su rostro. Tras alzar la mirada, sus deslumbrantes ojos tomaron por sorpresa a los protectores de la Aldea.

– ¡N… Nozepu! –

Exclamaron atónitos. Uno procedía a entornar una palanca, cuyos pestillos soltaron las cadenas que sostenían cada cara del portón. Tras abrirse el portón, ambos hombres se inclinaron y encogieron con respeto.

El místico avanzó, sin dar respuesta alguna. Mientras el otro, detrás de él, sonreía con plenitud.

– Demasiado sencillo –

Un guardia descendía de la torre para asistir al encapuchado, mientras el otro se disponía a cerrar las puertas.
De repente, y ante la sorpresa de todos, un guardia se avecinaba. Agitado buscaba ingresar a la Aldea cuando las puertas comenzaban a clausurar el paso.

Oculto por la extensa tela de los ropajes, Nozepul descubre sus mangas y con la energía de su misticismo produce una centelleante flama.

– ¡Esperen! ¡Esperen! No cierren –

Trabando la palanca de forma que quedase una cuarta parte de la abertura a disposición del desconocido el guardia, desde lo alto, y Velnor, desde lo bajo, se volteaban para observar.
El último, temía haber sido descubierto y de repente sus iris negruzcos contemplaban la agradable noticia.

– ¿Qué es lo que traes entre tus manos? –
– La Reliquia del Gran Sabio –
– ¿Reliquia? ¿Qué es eso? –

Exclamó el guardia, junto a Nozepul.

El resplandeciente objeto era ingresado a la Aldea. Se encontraba a pocos pasos de Velnor, cuando un lamentable rugido resonaba desde el interior de la selva.

– Debemos entregarla al Consejo, lo antes posible –
– Permíteme –

Replicó el sonriente hombre detrás de Nozepul.

– U… Usted es… V… Velnor –

El hombre asentía maravillado, ante el asombro del guardia que procuraba asistir a Nozepul.

– Lo siento Señor Velnor. Pero mis compañeros han sacrificados sus vidas por esta voluntad. Preciso entregar la reliquia por mí mismo –
– Pero… ¿Qué dices? –

Respondió el otro, al tiempo que el guardia en la torre clamaba:

– Nozepul debería llevarlo. Sus discípulos están reunidos en el Parlamento. –

Tras oír tales palabras, el encapuchado observaba la hierba húmeda y Velnor le posó la mano sobre el hombro.

– ¿Les echas de menos? –

Murmuraba, mientras los guardias comentaban con alegría la llegada de los adeptos del Gran Sabio Cron.

– Disculpen. Seguiré camino. Hablaremos luego –

El guardia de la torre asentía y contemplaba el resplandeciente Yelmo seguir camino entre los numerosos hogares.

De pronto un relámpago azotaba a espaldas de Velnor. Desgarraba el mismísimo y oscuro cielo en dos. Su sonrisa estaba por deshacerse, cuando repentinamente Nozepul alza el rostro y una llamarada se pronunciaba desde sus dedos.

– ¿Qué diablos? –

La lluvia siquiera lograba desvanecer aquél conjuro. Tan pronto como un estallido se abría paso a su alrededor, la torre y el portón se consumía en llamas.

Aturdido, el otro guardia planeaba tomar su espadón a medida se ponía de pie. Pero tan pronto Nozepul le tomó del cuello, sus brillantes ojos irradiaron tal fulgor que el protector se convirtió en cenizas.

El que transportaba el Yelmo de Diamante se volteó de repente. Aterrorizado alertaba como las llamas se expandían de forma sobrenatural ignorando, incluso, la humedad propia. La que parecía, además, ofrecerle mayor plenitud al fuego.

Finalizado el consejo, ni la tormenta lograba cauterizar la intrépida disputa entre Sálex y Melissaeh. Al centro de ambos, y algo aturdido, el Clérigo Reorich advertía el acontecer distante.
Por su parte, el mensajero notó una gran humareda y exclamó:

– ¡Estamos bajo ataque! –

Resueltos a defender al Gran Mariscal, ante lo inesperado, el ilusionista y el alquimista se adelantaban ignorando la constante precipitación.

– Ese Guardia… –

Murmuraba Reorich confundido, a la vez que la bruja y el encantador proseguían con sus diferencias a viva voz.

Sus miradas contemplaban el porvenir de los acontecimientos, hasta que perdieron el habla. Junto al guardia se hallaba el desaparecido místico, del que hablasen tiempo atrás, Velnor el psíquico.

Sálex en un impulso por detener el sospechoso avance del enemigo gritó al mensajero, junto a él.

– ¡Mensajero! Posees el cargo del Capitán suplente. Corre, informa y reúne a tantos cazadores y guardianes como sea posible –
– Pero… –

El Elfo, Reorich, asentía. Tan pronto como el informante recibiera tal confirmación marchó en busca de asistencia hacia el Oeste.

– Entrégame la reliquia, soldado –

Murmuraba Velnor, al tiempo que se aproximaba a su encuentro.

– L… Lo siento. Por el honor de mis compatriotas… Yo debo –

El resplandor del Yelmo se reflejaba ante sus siniestros iris. Velnor había perdido la alegría, y con ello su paciencia.

En cuestión de segundos tomó al guardia por el cuello. Tal fue la presión que el hombre se desmoronó, más tarde, perdiendo la vida. Junto a él, la reliquia se desprendía de sus manos.
Velnor descendía la mirada sobre la húmeda hierba y repentinamente el cuerpo físico del protector del yelmo se evaporaba.

– ¡Deténganlo! –

Gritó el Elfo.

Como si hubiesen olvidado las disputas previas, Sálex invocaba un árbol desde la tierra, bajo sus pies, y una enorme raíz se elevaba avanzando hacia el agresor. Sobre la misma, el encantador y la bruja se trasladaban hacia el paradero de Velnor.
A corta distancia, Melissaeh alzaba sus manos a los lados. Las sombras de la noche se convertían en ilusorios guerreros de gran estatura, que tomaban carrera para alcanzar a Velnor. Pero tan pronto el mismo alzó el ceño, el poderoso Nozepul entro en escena y con una oleada de llamas deshizo los oscuros soldados de la bruja.

– ¡Nozepul! –

Exclamó Sálex sorprendido, y tras ello los ojos fulminantes del mago incineraron la raíz sobre la que se transportaban.

– Cuidado –

Melissaeh empujó su cuerpo fuera de la superficie móvil, llevándose al encantador. Ambos se revolcaban sobre la hierba, al tiempo que una llamarada se formalizaba incinerando el conjuro invocado por Sálex.
El fuego no tardó en llegar donde el consejo aguardaba, tras dirigirse hacia el origen del tronco místico. Allí, Dante y Hore cubrían a Reorich ante la intensidad del incendio.

– Maestro Nozepul –

Murmuró Dante alertando como, en cuestión de segundos, todo se consumía delante de sus ojos por más que la tormenta luchara contra el mismo. Su compañero replicó confundido.

– Nos encontramos ante una encrucijada nueva… Velnor se ha unido a Nozepul –

Sálex se levantaba de pronto ante la asistencia de Melissaeh. Sus miradas contemplaban la flama insaciable hacia el ingreso de la Aldea. Hogares formaban feroces ráfagas destructivas. Muy por delante, Nozepul irradiaba tal fulgor desde sus ojos, que parecía ser esclavo de una ira incontenible e inexplicable.

– ¿A dónde ha ido Velnor? No tiene forma de… –
– ¡Allí! –

Respondió la bruja y, con su dedo índice, señalaba una gigantesca pantera de tamaño extraordinario que repentinamente había invocado.

– Imposible… Esa técnica… –

Melissaeh asentía, y delante de los místicos Velnor montaba de pronto el enorme animal. Mas luego saltaba por encima del incendio y desaparecía del alcance de todos, llevándose consigo el Yelmo de diamante.

– ¿Todo ha sido por la reliquia? –
– En manos de un psíquico es probablemente inútil, pero… de quién haya invocado esa bestia… –

Sálex observaba atónito a su compañera, que silenciosa asentía.

– Pero ahora tenemos un grave problema del que ocuparnos –

Añadía la dama de cabellos rojizos.

– Nozepul es un místico de los elementos. No será sencillo detener esta locura –
– Y probablemente… Ni sea posible. Pero supongo que sus discípulos serán de ayuda –

Al lado de ambos, de repente, se acercaban a la carrera Dante y Hore.

– También yo participaré de esto –
– Reorich… –

Replicó, conmovido, Sálex.

Y adelantando a los adeptos de Nozepul. El Elfo se preparaba para hacer frente al poder destructivo presente.

– Esta será una batalla sin igual, y el consejo debe proteger el futuro de Triviltor como sea posible –

Murmuraba Reorich, ante el feroz Nozepul. El que no parecía ceder su excesiva ímpetu ante los llegados.

¿Podrá el consejo detener la osadía del malvado Nozepul? ¿Qué se traerá Velnor con la reliquia, perteneciente al druida, Geón?